Antes
Andréa
Gordes , Francia
Mi padre dice que a los dieciséis años se es demasiado joven para saber qué es el amor. Sin embargo, si tuviera que describirlo en una sola palabra, diría su nombre.
« Jasmine ».
Me enamoré de ella sin querer, casi sin darme cuenta.
Una mañana me desperté y ya no podía dejar de pensar en ella.
Es así de simple. Ni siquiera tuve elección, aunque no me quejo.
Jasmine Pham es… rara. Tiene un rostro inocente y un alma vieja.
No le importa lo que piensen los demás. Se hace su propia ropa y pasa más tiempo montando en bicicleta por el bosque que con sus amigos.
«Somos tan distintos…».
Y, sin embargo, es la única persona que ha sido capaz de atravesar mi coraza. Se ofreció a ayudarme a repasar inglés y ciencias si prometía dejar de pelearme con todo el mundo. También empecé a llegar a clase a la hora… seis de cada diez veces.
Todos piensan que Jasmine me está cambiando, pero se equivocan. Ni siquiera sé si soy capaz de hacerlo, ni si quiero.
Aun así, estoy llamando a su puerta esta tarde de domingo. Estoy avergonzado y tengo la cara inflamada; me duele mucho, por eso bajo la cabeza con la esperanza de que no lo note.
—¿ Andréa ? —se sorprende al abrir.
—Hola, Arrietty.
Está más guapa que nunca, con un pantalón vaquero corto y un bañador de una pieza. Lleva el pelo castaño recogido en un moño mal hecho, con algunos mechones sueltos por la nuca.
—¿Qué…? —No llega a terminar la frase. Rápidamente me ve las heridas en la ceja y la expresión se le ensombrece. Apenas logro contener la tristeza al ver que la he decepcionado—. Espero que haya valido la pena —suelta.
—Pues no, la verdad.
Me he peleado con un tío sin ningún motivo. Para ser sincero, no me había hecho gran cosa. Me ha dado un empujón y no me ha pedido perdón: la excusa perfecta para desquitarme. No sé qué me pasa.
«Me avergüenzo de mí mismo».
Me duele haberle demostrado a Jasmine que todavía soy así.
—Me lo habías prometido —me recuerda.
—Lo siento…
Ella no responde. Estoy tan cansado que avanzo hasta apoyar la frente en su hombro, con los ojos cerrados. Me impregno de su olor, de su aura tranquilizadora, de su calma.
Soy incapaz de decirlo en voz alta… pero quiero que la gente esté en lo cierto.
Quiero que me salve. Quiero que me cambie, que me empuje a convertirme en un buen tío.
Si alguien puede hacerlo, esa es Jasmine Pham.
¿Pero es justo cargarla con esa responsabilidad?
—No te quedes ahí —suspira, tras deslizarme la mano cálida por la nuca—. Pasa. Mis padres no vuelven hasta dentro de tres horas.
El corazón me da un vuelco ante esa idea. Ya he estado en su casa, pero siempre junto con Clémence y Kai .
Cuando entro, me cuesta respirar. Tengo muchas ganas de abrazarla, pero nunca he estado tan cerca de una chica y me da miedo asustarla.
—Siéntate junto a la piscina, ahora vuelvo.
Obedezco mientras ella entra en una habitación. Veo una toalla mal doblada sobre una tumbona y un libro abierto por la página 293: Mujercitas, de Louisa May Alcott .
Me acomodo en la tumbona cuando Jasmine regresa con un botiquín. Se sienta en el suelo, frente a mí, con las piernas cruzadas, y la dejo hacer en silencio.
—¿Te duele? —Asiento—. Era el objetivo, ¿no?
—pregunta de repente. Tardo un momento en entender lo que quiere decir.
No tengo tiempo de responder, de todos modos, porque Jasmine continúa mientras me desinfecta las heridas—: ¿Qué buscas al pelearte con todo lo que se mueve?
¿Lo haces por la adrenalina? ¿Por la satisfacción de hacer daño… o de hacértelo a ti mismo?
La miro fijamente, con la boca entreabierta. Nunca me lo había planteado antes. Siempre me ha gustado pelearme, como a la mayoría de los chicos de mi edad. Mis hermanos y yo nos pegábamos por aburrimiento.
Si lloraba porque Liam me había hecho daño, me acababan regañando a mí. «¡Deja de lloriquear! ¿Eres un hombre o una nenaza?» es la frase que más veces he escuchado en mi vida.
Aprendí muy pronto que solo podía hacerme entender y respetar con los puños. Mi padre tiene la sangre caliente, así que es normal que yo haya heredado eso de él. ¿Verdad?
—La rabia que llevas dentro… ¿no te cansa?
«Sí. Precisamente por eso tengo que dejarla salir».
—Fuiste tú quien me apodó Calcifer —bromeo—. Solo intento parecerme al personaje.
—Sabes que hay otras maneras de canalizar la rabia, ¿no? Mira, yo, por ejemplo, tejo.
—No soy una chica —replico con una mueca—. ¿Tengo pinta de querer ponerme a tejer?, ¿en serio?
Ella pone los ojos en blanco y farfulla cosas que no alcanzo a entender. Ninguno de los dos dice nada más mientras me aplica la crema en los moratones.
Su cercanía me obliga a ponerme rígido de pies a cabeza. Trato de controlar la respiración pese a tener su rostro a escasos centímetros. Su boca llama a la mía; me muero de ganas de besarla, pero no estoy seguro de tener derecho a hacerlo, y mucho menos de merecerlo.
—Jazz.
Me mira a los ojos, con curiosidad. No había planeado plantear la pregunta, al menos no tan pronto, pero la tentación es demasiado grande . Es mi mejor amiga. Ojalá nada nos separe nunca.
—¿Quieres… quieres salir conmigo?
Contengo la respiración a la espera de su respuesta, con las manos temblorosas. Si me rechaza, no sé si podré soportar la humillación. Jasmine se queda quieta, y no parece sorprendida por mi confesión. Da la impresión de que ya se lo esperaba.
Baja las manos antes de incorporarse, lo que me obliga a alzar el rostro para mirarla.
—No me gusta la violencia. —Lo sabía. Lo he echado todo a perder.
Soy un inútil—. Pero… —añade con una sonrisa tímida—, si me prometes que harás un esfuerzo…
—Asiento antes incluso de que termine la frase.
Me levanto, le aseguro que cambiaré, y al final dice que sí.
Le doy un abrazo, aliviado—. Puedes besarme, si quieres —susurra.
«Oh, guau». No esperaba que me dijera eso, no tan pronto; no estoy preparado. ¿Y si beso mal? ¿Y si después se arrepiente?
Dejo de pensarlo, por miedo a perder la oportunidad. Retrocedo un poco y le pongo las dos manos en las mejillas. Cierra los ojos en el instante en que nuestros labios se tocan. Es dulce, distinto, sencillo.
No hay fuegos artificiales, pero sí una sensación reconfortante que me inunda el pecho. Abro la boca para insinuar ir un poco más lejos, con timidez. Me roza con la lengua, y no necesito más.
Nuestro primer beso es torpe, húmedo, pero tierno. La oigo reír contra mis labios, lo que me anima a hacerlo mejor. Cuando la abrazo por la cintura, la intensidad con la que lo hago nos hace perder el equilibrio.
—¡Cuidado! —chilla Jasmine .
Demasiado tarde: nos caemos a la piscina. El agua nos envuelve, aunque está lo bastante templada para resultar agradable.
No le suelto la mano a Jasmine , ni siquiera cuando asomo primero la cabeza a la superficie.
Me río de nuestra estupidez antes de darme cuenta de que mi novia se agita, desesperada.
Quiero preguntarle qué le pasa, pero no me da tiempo.
Me lanza una mirada de pánico. El agua le resbala por sus pestañas larguísimas, y se me agarra del cuello como si fuera un salvavidas en plena tormenta.
—Jazz… ¿no sabes nadar?
Ella niega con la cabeza, avergonzada, antes de esconder el rostro contra mi clavícula.
—¿Tienes piscina y te da miedo el agua? ¿Cómo es eso?
—Casi me ahogo cuando tenía tres años, un día en que mis padres no estuvieron lo bastante atentos —susurra—. Desde entonces, siempre estoy alejada…
Ahora lo entiendo mejor. La imagino, casi un bebé aún, cayendo a la piscina, y el corazón se me encoge de terror.
Le apoyo las manos en la espalda para demostrarle que estoy aquí, que la tengo bien sujeta, que no tiene por qué tener miedo.
—Estás a salvo conmigo —le susurro al oído—. Siempre. Nunca te haré daño.
La voz de mi padre me resuena en la mente, cortante:
«Eres demasiado joven para prometer esas cosas».
Y, sin embargo, yo lo creo firmemente.