Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

Jasmine

Positano , Italia

— Jasmine , hay un tipo raro sentado en tu cama.

En la pantalla, veo a mi prima Lily fruncir el ceño, preocupada. Camelia y Nolia , mis mejores amigas, se inclinan hacia el teléfono para observar mejor al desconocido.

No necesito darme la vuelta para saber de quién se trata.

—Es Ezra , el primo de Kai . No le hagáis caso. Se marchará si seguimos ignorándolo.

Por desgracia, oigo que se acerca. Yo me había instalado en el escritorio de mi habitación para hacer una videollamada. Le pregunto si no tiene nada más interesante que hacer aparte de molestarme, pero él me tiende un bote nuevo de aftersun .

—He pasado por la farmacia y te he comprado esto, así que pórtate bien conmigo. Estás roja, pareces una gamba.

Acepto el regalo y le doy las gracias, recelosa. Tras el desastroso día en la playa, volvimos al apartamento donde nos alojaremos hasta que nos vayamos a Capri .

Subí los ciento cincuenta escalones de la calle principal de Positano , incapaz de disfrutar de la vista panorámica, mientras Andréa y Kai se marchaban a hacer la compra.

Ahora se encuentran preparando la cena, con la música a todo volumen para animarse.

Cuando me he escapado, Clémence los observaba desde el sofá mientras se desataban con «I’m Just Ken» , de la película Barbie .

Yo he preferido encerrarme en mi cuarto antes que sufrir semejante suplicio, por muy fan de Ryan Gosling que sea.

—¿Ese es el que te tiró de la moto de agua? —pregunta Nolia —. No nos habías dicho que era guapo.

—¿Para qué iba a deciros eso?

Me fijo en que mi amiga está sentada junto a su piscina, en bañador, y con unas gafas de sol con forma de mariposa. Detrás de ella, distingo a su marido, Camille , dormido en una tumbona. Nazeena se divierte pintarrajeándole la cara con unos rotuladores.

—Fue sin querer —precisa Ezra , mientras se sienta en el reposabrazos de mi silla—. La había prevenido que se agarrara bien a mí.

—Estaba demasiado mojado, resbalaba mucho…

Ezra deja escapar una media sonrisa antes de soltar:

—Ese es el título de tu sex tape .

—Ugh, das asco —gruño, y lo empujo.

Pero insiste, tan rígido y pesado como una estatua de mármol. Me resulta imposible echarlo, lo que les arranca una sonrisa a mis amigas. Seguramente sospechan que, pese a nuestras peleas, Ezra no es mal tío.

Es la única persona de este grupo que me conoce como Jasmine , y no como esa entidad inseparable Jasmine - Andréa , como si fuéramos un pack .

«Y eso me gusta».

—Entonces —retoma Ezra , colándose en nuestra conversación—, ¿decías que querías aprovechar el verano para sacar un clavo con otro clavo?

En efecto, es justo lo que les he dicho a mis amigas antes de que Ezra se infiltrara a escondidas en mi cuarto. Después de mi última conversación con Andréa , pensé que me vendría de maravilla una distracción.

Me da miedo derrumbarme, si no.

—Personalmente, creo que eso siempre es una mala idea —suspira Lily—. Jasmine , alguna vez me has dicho que no te gusta acostarte con alguien sin estar enamorada.

La fulmino con la mirada, molesta de que revele algo tan íntimo delante de un casi desconocido. Sin embargo, Ezra no parece ni sorprendido ni incómodo. Al contrario, asiente, pensativo ante los argumentos de mis mejores amigas.

—Opino lo mismo —confirma Nolia —. Puedes acabar por caer en tu propia trampa. Déjalo estar.

Eso ya lo sé. Lo he meditado largo y tendido hace un rato, en la ducha. Pero ahora mismo es lo único que me mantiene a flote. Pienso que tengo que sustituir a Andréa por otra persona, para demostrarme que he pasado página.

—¿Soy la única que piensa que debería hacerlo? —pregunta Camelia mientras levanta la mano—. Lo siento, pero soy muy rencorosa. Quiero que él se arrepienta.

—¡Gracias! ¡Por fin alguien de mi bando!

Levanto el brazo para chocarla en broma, a través de la cámara, hasta que Lily nos informa de que eso ya no se lleva.

Ezra se vuelve hacia mí, con los ojos entrecerrados.

—¿Es otra táctica más para intentar ponerlo celoso?

—¿«Otra»? —repite Nolia alzando una ceja.

Les explico lo que pasó en la boda, y le echo la culpa a la aplicación de escorting de su marido por el plantón que me dieron.

Cuando Ezra me recuerda que no le he contestado, suspiro y le digo que no ha entendido absolutamente nada. He elegido sanar en lugar de alimentar el rencor… lo cual solo es cierto a medias.

Ezra deja escapar una risa burlona, pronto seguida por las de mis mejores amigas.

—Qué tierna. Te crees tus propias mentiras —dice a modo de burla.

—Vale, de acuerdo, ¡lo confieso! —cedo, mientras levanto los brazos, acorralada—.

Quiero hacerle ver lo que se pierde. ¿Contento?

Ya sé que soy mezquina. Pero ¿no crees que tengo derecho a serlo, aunque sea un poco?

Andréa me dejó en el peor momento de mi vida y aparece tres años después del brazo de otra mujer.

¿Por qué no iba yo a tener también derecho a divertirme?

El silencio que sigue a mi pequeño discurso me hace apretar los dientes. Al ver la mirada de mis amigas, adivino que les doy lástima. Nolia y Camelia seguramente entiendan lo que siento, pues han pasado por relaciones parecidas.

—Tienes razón —responde Ezra haciendo como si se arremangara una camisa imaginaria—. Bueno, entonces, ¿cuál es el plan? Si vosotras sois las Totally Spies , ¿puedo ser Jerry ?

Camelia estalla de alegría al proclamarse Sam, «porque es pelirroja». Lily y Nolia , por su parte, se pelean entre Alex y Clover . Yo no tengo fuerzas para seguir la conversación.

—El único problema es que llevas tres años intentando encontrar a alguien. Y ya sabemos todas cómo ha salido —dice Camelia con mala cara.

—Pensaba que no se me daba bien ligar… hasta que te vi en acción —confirma mi prima con solemnidad—. Ahora me parece que no lo hago tan mal.

No me indigno. Tienen razón, nunca ha sido mi punto fuerte. No sé cómo Andréa se enamoró de mí, nunca hice nada especial para conseguirlo.

Han pasado diez años y, ahora que me encuentro en la jungla de la soltería, tengo la sensación de no conocer ni entender los códigos.

—Sí, pero esta vez cuentas con un arma secreta —interviene Ezra —. Yo, al que llamarás «Howl, experto en seducción». *

Le sostengo la mirada, intrigada por su propuesta implícita. No hace falta ser adivina para imaginar que un hombre como Ezra consigue llevarse a cualquier mujer a la cama.

«Probablemente liga muy bien. Sabe lo que hace».

—Mmm —comenta Camelia, poco convencida—. Yo prefiero a Will Smith .

—Seré tu mejor Celestina, si me dejas. Con dos condiciones —continúa Ezra , ignorando a mis amigas.

Y cuanto más lo observo, más se me abre paso la idea en la mente.

«Necesito un guía. Un maestro en la materia».

—Suelta prenda.

—Uno: a cambio quiero que seas mi cockblocker . †

Las chicas y yo intercambiamos una mirada confusa. No era en absoluto lo que esperaba. Ezra se explica sin el menor reparo:

—En pocas palabras, necesito a alguien que me saque de ciertas situaciones. Ya sabes, la típica persona que te llama en mitad de una cita desastrosa inventándose que ha habido un terrible accidente para que tengas que irte… bla, bla, bla.

Nolia niega con la cabeza, con desaprobación, mientras Camelia comenta: «Un clásico. Yo lo hacía mucho antes de salir con Lou ».

—Vale —suspiro, dejando a un lado mis valores feministas—. ¿Qué más?

—Dos: tienes que confiar en mí, es decir, hacer todo lo que te diga sin hacer preguntas.

Es un juego peligroso. Pero, aunque no lo conozco desde hace mucho, tengo la sensación de que Ezra no abusará de su poder. De todas formas, necesito su ayuda, sola no lo lograré.

—Trato hecho.

Le estrecho la mano; espero no arrepentirme de mi elección.

Nos despertamos hacia las seis de la mañana, al amanecer. Un barco nos espera en el puerto de Piano di Sorrento para llevarnos a Capri a pasar el día.

Andréa busca cualquier excusa para hablar conmigo. Pide sentarse a mi lado en el coche, pero Ezra es más rápido. Este aprovecha el trayecto para darme los primeros consejos, o más bien uno solo: «Deja de buscar la mirada de Andréa , si quieres que me crea que ya no le quieres».

Así que eso hago. Cuando embarcamos, mi ex se da cuenta de que la respiración se me acelera al ver el mar y pregunta:

—¿Te encuentras bien?

Me estremezco cuando me roza el dorso de la mano con los dedos.

Ni hablar de volver a caer en la trampa.

—Tengo una pulsera contra el mareo —respondo con calma.

—No me refería a eso…

—No corro el riesgo de caerme por la borda esta vez —lo tranquilizo sin atreverme a mover un músculo—. Y si pasa, sé que te tirarás a rescatarme.

Se suponía que era una broma, pero la intensidad de su mirada me deja sin palabras. Giro la cabeza justo en el instante en que nuestro guía nos explica el resto de la excursión, rompiendo la magia del momento.

Ya no vuelve a hablarme después de eso, se limita a contemplar en silencio las formaciones rocosas y las cascadas.

De camino, pasamos ante un antiguo pueblo pesquero, Marina Grande . Y el faro de Punta Carena, con sus veintiocho metros de altura, me deja impresionada.

Todos brindamos mientras degustamos un limoncello y el barco bordea la isla, salvo Clémence , que dice no tener sed. La Gruta Blanca es la primera que vemos. Es un verdadero paraíso. Según el guía, debe su nombre al resplandor de las paredes de caliza.

—Antiguamente servía de refugio para los pescadores en caso de que hubiera una tormenta inesperada —nos explica.

Todos hacemos fotos, como buenos turistas, aunque yo soy la que se mantiene más alejada de la barandilla.

—También sirvió de escondite contra los ataques de piratas en el siglo xvii —añade Ezra .

Mi amigo lleva un pantalón corto, la camisa abierta sobre el torso desnudo y unas gafas de sol. Evidentemente, el grupo de chicas jóvenes que viaja con nosotros no le quita ojo.

Ezra también lo nota, porque decide ir a hablar con ellas. Cuando pasamos bajo el arco natural de Capri , una auténtica joya de la naturaleza, abandona la proa para reunirse conmigo. Llega con un trozo de papel entre los dedos, donde adivino que hay números de teléfono.

—Eres un chulo.

—Pronto aprenderás del mejor —me promete.

Por fin llegamos al lugar que tanto deseaba descubrir: la Gruta Azul. El guía nos advierte que debemos bajar de uno en uno y subir a bordo de pequeñas barcas.

«Oh». No había pensado en eso. No me atrevo a pedir un chaleco salvavidas; no quiero quedar como la única miedica del grupo. Incluso pienso en quedarme en el barco, aunque eso signifique perderme lo que he venido a ver, pero de pronto me toca bajar.

Andréa asoma la cabeza desde la escalera inferior, con una mano extendida hacia mí.

—¿Vamos?

—Id vosotros. Creo que estoy un poco cansada, voy a…

—No te lo puedes perder —me corta, y me agarra los dedos—. Confía en mí y ven, Arrietty.

Tira de mí con suavidad hacia él y acabo por dejarme llevar. Es absurdo, pero es el único capaz de convencerme. La única persona en la que confío ciegamente aquí. Con una sola palabra logra tranquilizarme. Porque sé, en lo más profundo, que nunca dejaría que me pasara nada.

Me pone las manos en las caderas mientras bajo la escalera con lentitud. Me sostiene con firmeza, incluso después de haber puesto un pie en la barca.

—Toma —me aconseja, y me tiende un chaleco salvavidas—. Mira, yo también lo llevo. Más vale prevenir que curar, ¿no?

Abro la boca para protestar, pero ya es tarde. Ya me lo está pasando por la cabeza, como si fuera una niña. Sus gestos son dulces y protectores, lo que me provoca un cosquilleo en el estómago.

Él no necesita chaleco, Andréa es un gran nadador. Entiendo que lo hace para que no me sienta sola ni incómoda. Ese detalle me da ternura, muy a mi pesar.

Cuando las barcas empiezan a avanzar, me da la mano, y ninguno de los dos rompe el contacto físico durante un buen rato.

—Agachaos todo lo que podáis —nos aconseja el guía cuando llega el momento de entrar en la gruta—. La abertura parece el ojo de una cerradura, así que es mejor tumbarse.

La angustia crece. De repente, temo tener claustrofobia. Andréa me ayuda a pegarme al suelo de la barca. Me abraza por la cintura y nos rozamos con la nariz mientras pasamos bajo la roca húmeda.

«Había prometido seguir los consejos de Ezra . Mierda».

Andréa huele tan bien como siempre, más aún al mezclarse su aroma con el del mar. No me aparta la mirada ni un segundo. Cierro los ojos cuando la oscuridad nos envuelve. El pulso se me acelera por la angustia y el miedo a quedarme atrapada ahí dentro.

O peor: a caer al agua.

—Jazz —me murmura Andréa contra la mejilla—. Te lo estás perdiendo.

Abro un ojo, insegura, y luego el otro. Tiene razón: la escena más mágica de mi vida se despliega ante mí, y me deja fascinada.

Está muy oscuro. La cavidad es negra, y por eso resalta tanto el bello color del agua. Es de un azul fluorescente que parece brillar. Da la impresión de que el fondo del mar estuviera iluminado. Resulta casi irreal.

—¿Cómo es posible?

—Es bastante sencillo —nos enseña el guía—. Hay arena blanca en el fondo, caliza. Y la luz del sol, que penetra a través de una pequeña ventana submarina, sobre la entrada, le aporta ese color turquesa.

Parece un paraíso secreto, una piscina escondida cuyas aguas tuvieran propiedades mágicas.

—Me recuerda a la cueva de las sirenas de H2O ‡ —me susurra Clémence , con una sonrisa infantil en los labios—. En cualquier momento, te tiras y apareces con una cola llena de escamas.

Suelto una carcajada y el sonido rebota en las paredes.

El capitán de la barca exclama:

—¡Tocad el agua y pedid un deseo! ¡Luego besad a vuestra mujer para que os dé suerte! ¡Es la tradición!

Cruzo una mirada incómoda con Andréa , que parece más divertido que yo.

—Inténtalo y te suelto una hostia —lo prevengo con el puño levantado.

—No, gracias. Me considero optimista, no suicida.

Le pregunto por qué parece tan nostálgico, y él suelta un suspiro.

—Me recuerda a la última vez que estuvimos juntos en el agua, cuando teníamos dieciséis.

—¿Te refieres a cuando casi me ahogo por tu culpa?

—No. En realidad, estaba pensando en otra cosa…

Andréa me dedica una sonrisa débil y enseguida sé a qué se refiere.

No lo pienses, no lo pienses, no lo pienses…

Demasiado tarde. Andréa lo dice en voz alta, como para dejarme contra las cuerdas:

—Me recuerda a cuando te besé por primera vez.

* En referencia a la película Hitch , experto en seducción, estrenada en 2005.

† Alguien que impide acostarse con otra persona.

‡ Serie de televisión de Jonathan M. Shiff .