Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Andréa

Positano , Italia

Jasmine y yo casi nunca discutíamos.

Aunque, en los últimos tiempos, supongo que sí. Ambos estábamos consumidos por la tristeza, la culpa, la frustración… Ya no nos entendíamos, ya no nos hablábamos.

Y, sobre todo, ya no nos escuchábamos.

Pero si había algo que odiaba de Jasmine , era su capacidad para reprimirlo todo y guardárselo hasta que estallaba.

Han pasado tres años; parece que ha cambiado. Supongo que el conflicto ya no le da miedo, o al menos no conmigo; no ha dejado de despreciarme desde el día de la boda.

—Pegan bastante, ¿no creéis?

No reacciono al comentario de Clémence , sentada delante de Kai en la moto acuática de al lado. Me está intentando provocar, lo sé. Es la única que tomó partido en nuestra ruptura, y desde entonces me odia.

Lo reconozco, me dolió. Y al mismo tiempo, me alegré de que Jasmine tuviera a alguien. Esa persona debería haber sido yo.

—Es verdad que hacen buena… —empieza Kai , hasta que le lanzo una mirada asesina—. Quiero decir, no tanto como vosotros cuando estabais juntos, claro. Siempre pensé que estabais hechos el uno para el otro.

Observo a Ezra y Jasmine ganar velocidad, provocando olas a su paso. Tiene el pecho pegado a la espalda de mi amigo, y le rodea el torso con las manos: me pone enfermo.

No estoy celoso. No del todo.

Intento convencerme de que Jasmine lo hace a propósito para fastidiarme. Además, conozco a Ezra : es un casanova. Le encanta encadenar aventuras de una noche; no tiene la menor intención de sentar la cabeza.

Solo un poco.

—Pero en realidad no —se burla Clémence , con la cara bien alta—. Si no, Andy no la habría tirado como un trapo.

Estoy a punto de defenderme cuando ella acelera con un rugido atronador. Su moto sale disparada hacia delante, lo que obliga a Kai a aferrarse a su mujer mientras reza por lo bajo.

«Tenía mis motivos», me habría gustado responder.

Soy el último en arrancar, con la mente nublada por la frustración.

Todo el mundo cree que dejé a Jasmine porque me dio por ahí. Soy el malo de esta historia, pero nadie se ha molestado jamás en preguntarme cómo me sentía.

De pequeño, mi madre me dijo que lo más desgarrador del mundo es que te deje la persona a la que amas. Descubrí que hay algo aún peor: romper con alguien a quien todavía quieres hasta la médula.

«Tú lo elegiste», me reprocha mi conciencia. «Asume las consecuencias de tu decisión».

Las olas del mar Tirreno bailan bajo el sol radiante y esparcen destellos plateados sobre la superficie. Me aferro con fuerza al manillar de la moto; el motor tiene una potencia indomable. El aire marino me azota el rostro a medida que acelero, y me llena de una falsa sensación de libertad.

Jasmine y Ezra se abren paso a unos metros, una distancia que parece alargarse hasta el infinito en el azul del agua. Están demasiado lejos para oírlos, pero distingo con claridad a Jasmine estallar en carcajadas. Esa risa antes se la provocaba yo.

No puedo evitar ponerme celoso. La tensión entre nosotros flota en el aire como la brisa salada. A ratos se me escapa la mirada, inquieto por la cercanía entre Ezra y ella.

No pensaba que dolería tanto verla tan cerca de otro, después de todo este tiempo.

El rugido de los motores se intensifica a medida que aceleramos y atravesamos las olas en una competición silenciosa. Clémence y Kai enseguida nos sacan ventaja, pero soy incapaz de alejarme demasiado de mi ex.

Aprieto el manillar de la moto, y la frustración me consume al ver a Ezra volver la cabeza hacia Jasmine y susurrarle algo que la hace reír.

De pronto, una ola más alta que las demás hace tambalear las motos. Veo la escena desarrollarse ante mis ojos con absoluta impotencia. Jasmine se resbala con torpeza del asiento, y la arrastran las olas. Su grito de sorpresa resuena en el aire antes de hundirse.

«¡No!».

Recuerdo de golpe que lleva un chaleco salvavidas, así que no corre peligro de ahogarse.

La moto de Ezra se aleja de ella, mientras Jasmine se agita en el agua revuelta, como si no se hubiera dado cuenta de que se ha caído.

Está entrando en pánico, lo noto enseguida.

Sin pensarlo, freno en seco y doy la vuelta. La preocupación vence a los celos mientras me aproximo a ella.

—¡Jazz! —grito por encima del rugido de las olas, con el corazón desbocado—.

¡Agárrate! —Llego hasta donde está y le tiendo la mano para sacarla del agua.

El alivio que se le refleja en los ojos oscuros dura muy poco.

Me doy cuenta de que está llorando, y es por mi culpa—.

Todo está bien, Jasmine . ¡Agárrate de mi mano!

Nos rozamos con los dedos, pero el mar bravo parece divertirse al separarnos una y otra vez. Consigo agarrarla tras varios intentos, aunque, una vez que la tengo, la levanto a la primera.

Se acurruca entre mis brazos. Tiembla tanto que los dientes le castañean. Jasmine se aferra a mí como a la vida, con la respiración entrecortada.

Le devuelvo el abrazo, y le acaricio el pelo empapado.

—Estás a salvo —le susurro al oído—. Estoy aquí.

No responde, demasiado concentrada en intentar controlar el pulso. Ezra regresa hacia nosotros a toda prisa, con el rostro desfigurado por la preocupación y la culpa.

—Mierda, ¿estás bien? Lo siento, yo…

—Está bien —lo tranquilizo con un asentimiento firme—. Me la llevo a la orilla.

Parece a punto de protestar, pero una mirada basta para convencerlo.

Vale, soy su exnovio. Yo la dejé a ella, es cierto. Pero sigo siendo el que mejor la conoce aquí. Sé lo que necesita.

—Vamos a volver —prevengo a Jasmine con voz suave—. Ponte tú delante, Arrietty. Yo te sujeto.

Ella vacila, pero noto que el miedo empieza a disiparse. La ayudo a colocarse a horcajadas delante de mí. Apoyo las manos en sus muslos para darle estabilidad y luego le indico que se agarre bien al manillar.

Llevábamos tres años sin estar tan cerca.

Todavía tiembla cuando arrancamos, pero conduzco lo bastante despacio como para darle confianza. Es la primera en bajar cuando llegamos a la orilla. Pone los pies en la arena; el agua le llega apenas por el tobillo.

La ayudo a desabrocharse el chaleco salvavidas en silencio. Y, al contrario de lo que imaginaba, no opone resistencia.

—Gracias —suelta de pronto.

Se niega a mirarme a la cara. Le pongo un dedo bajo el mentón para levantarle la cara. Cruzamos al fin la mirada y vuelve a latirme el corazón.

«¿Habrá alguna otra mujer que consiga provocarme lo mismo que tú, Jasmine Pham?».

—No será porque no te he advertido que no lo hicieras.

Ella suspira, cansada. La sigo hasta las toallas y me sacudo el agua del pelo.

—Tú me has desafiado delante de todos.

—¿Desde cuándo una simple broma te afecta tanto? Antes siempre estábamos a la gresca, cuando éramos amigos.

Aún recuerdo los meses que pasaron entre que nos conocimos y nos dimos el primer beso. Nunca estábamos de acuerdo en nada. Jasmine era la chica soñadora que se sentaba en primera fila, y yo el gandul que llegaba siempre veinte minutos tarde a clase. Mi pasatiempo favorito era provocarla.

Burla tras burla, acabó por rendirse.

Le gustaba. Pero supongo que ya no tenemos quince años… Hemos crecido los dos.

—Exactamente —replica con una mirada fría—. Pero ya no somos amigos.

Uf. Creo que eso es lo más doloroso de todo. Antes de enamorarnos, Jasmine y yo éramos los mejores amigos del mundo.

La conocí cuando pasaba por un momento complicado, y ella me salvó de mí mismo. Me calmó y me apoyó. Me hizo ser el hombre que soy hoy, y por eso le estaré eternamente agradecido.

«Ella me dio un propósito en la vida».

Su amistad es algo que atesoro… pero que pisoteé.

«Mejores amigos para siempre», nos dijimos.

Tres años después de nuestra última conversación, la tengo justo delante de mí. Tres años de arrepentimiento y de culpa. Odié a mi madre por haber influido en mi decisión, odié a mi propio miedo por haberme empujado a comportarme como un cobarde…

«¿Para qué?».

Tres años intentando sustituirla, sin éxito; luchando contra una fuerza invisible, contra un dolor en el pecho que nunca desaparece del todo, contra los recuerdos que se esfuman durante el día para atormentarme pasada la medianoche.

Tres años sin ver a Jasmine … y aun así, ha estado presente durante todo este tiempo. Incluso cuando creía haberla olvidado, tuvo que reaparecer y arruinar todos mis esfuerzos.

«¿Y si cometí el mayor error de mi vida?».

«¿Y si paso los próximos cincuenta años igual que los tres últimos?».

—Entiendo que estás enfadada conmigo —suelto de pronto—. Nunca me llegué a disculpar por la forma en que terminó todo. Así que, aunque sea demasiado tarde… lo siento.

Jasmine permanece callada, pero veo que mis disculpas la conmueven.

—¿Crees que te guardo rencor por haberme dejado?

—Su voz me golpea como un látigo. Algunos giran la cabeza hacia nosotros en la playa, pero a ella no le importa—.

Tienes derecho a no quererme ya, Andréa —prosigue con una sonrisa gélida—.

Jamás quise encerrarte en una relación en la que no fueras feliz.

Pensé que me conocías lo bastante como para saber eso.

Me quedo sin palabras. Quiero decirle que se equivoca, que yo soñaba con quedarme a su lado. Pero estaba agotado. Se me habían acabado las ideas, y en el fondo esperaba que me retuviera.

Que luchara por hacerme cambiar de opinión.

—Claro que estoy enfadada —resopla—. Lo que te reprocho es que me hicieras sentir que yo era el problema.

Que dejaras que tu madre te convenciera de que no era suficiente para ti.

Que permitieras que se entrometiera en nuestra relación, en asuntos privados sobre los que no tenía ningún derecho a opinar.

Este no es en absoluto el mejor lugar para hablar de ello, y veo claramente que esquiva el tema principal a propósito. Como en el pasado.

«No quiero hablar de eso», era su frase preferida.

Al final acabé por sentirme frustrado y lleno de rencor.

—Lo sé.

—Pero el pasado es pasado —me tranquiliza—. Cuando me dejaste, creí que iba a estar mal para siempre. Pero con los años una se da cuenta de que el ser humano tiene mala memoria. Estoy lista para conocer a otra persona, Andréa .

«Mentirosa». Solo intenta ponerme celoso, consciente de que es lo que mejor funciona conmigo. Lo que ignora es que he trabajado mucho el problema con la ira y la posesividad.

—¿A quién? ¿A Ezra ? —me burlo, aun así.

Jasmine pone los ojos en blanco, molesta. No tiene ocasión de negarlo, porque el susodicho aparece como si lo hubiera invocado sin querer.

—¿Hablabais de mí? Espero que de algo bueno.

Elijo dar por terminada la conversación en lugar de replicar. No quiero testigos, y menos aún si es mi amigo.

—Te advertí que no me echaras a los tiburones —lo acusa Jasmine con expresión asesina—. Admítelo, lo has hecho a propósito.

Ezra pone una mueca cómica, aliviado al verla bien. Le he oído llamarla Sophie hace un rato, aunque me he hecho el sueco.

Se me revuelve el estómago, pero no digo nada. Jasmine tiene razón, tiene derecho a pasar página. Al venir aquí sabía que corría el riesgo de verla coquetear con otros.

Pero… Pensaba que estaba preparado.

«Qué imbécil soy».

Tres años no bastan.

—Podemos comprarte manguitos si quieres —se burla Ezra —. He visto unos con ballenas, en la tienda de ahí al lado.

—¡Perfecto! —responde Jasmine mientras le dedica una peineta que, lo admito, me sorprende en ella—. De paso aprovechamos para comprarte algo de gracia.

Ezra hace como que lo piensa en serio, con los brazos cruzados.

—No sé, creo que, si puedo elegir, preferiría un suero de humildad. Gracia ya tengo bastante.

Jasmine le lanza la toalla a la cara para que se calle.