Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

Jasmine

Positano , Italia

No quería enfadarme, lo juro.

Yo jamás me enfado. Nunca alzo la voz. Prefiero callarme y huir antes que iniciar una discusión.

Quizá esa fue nuestra perdición.

Pero últimamente la vida ha sido difícil, en muchos aspectos. Me he sentido angustiada, humillada, maltratada. He pasado los últimos meses organizando una boda a sabiendas de que él estaría allí, en compañía de otra mujer.

Cuando Clémence me habló de la idea de la buddymoon , lo confieso, intenté escabullirme. Pero sé lo importante que es para nuestros amigos que estemos Andréa y yo a su lado para celebrar su amor. Al fin y al cabo, se conocieron gracias a nosotros.

Así que me preparé como pude. Incluso llegué a convencerme de que era capaz de convivir durante dos meses en un grupo reducido con Andréa .

«Y al final me he dado cuenta de que le guardo un rencor terrible».

Sin embargo, estaba convencida de que no.

Cuando Andréa me dejó, lloré sin parar durante semanas enteras.

Mis mejores amigas pensaban que iba a morir deshidratada.

Y luego se me pasó, así, de golpe. Con ayuda de la terapia, me convencí de que todo iba bien porque me negaba a venirme abajo más tiempo, porque quería que todo el mundo dejara de hablarme de ello.

Mi psicóloga dice que soy una experta en el arte de la negación.

—¿Ya habéis hecho las paces? —me pregunta mi amiga cuando salimos del Airbnb .

Tras dos días de celebración, la boda ha llegado de una vez a su fin. Los invitados han regresado a su casa. Entre ellos: Zélie , la compañera de Andréa .

«Lo más difícil empieza ahora».

Él y yo hemos pasado todo este tiempo ignorándonos de mutuo acuerdo, sobre todo para que nos perdonaran por haber fastidiado la fiesta de nuestros amigos.

Clémence nos echó una bronca monumental; estaba furiosa porque destrozamos una tarta muy cara, pero sobre todo porque montamos una escena delante de todos.

En consecuencia, llevo dos días arrastrándome con la esperanza de que me perdone. Estoy avergonzada, como amiga y como wedding planner . De hecho, le propuse reembolsarle el gasto, pero lo rechazó.

—No exactamente —digo, y hago una mueca mientras me coloco el sombrero de paja—. Pero lo prometo, ¡nada de escándalos! Quiero que Kai y tú tengáis la mejor luna de miel posible… Nos vamos a comportar como adultos.

En nuestro grupo —y sin que ella lo sepa—, llamamos a Clémence «la Tirorganizadora», una mezcla de «tirana» y «organizadora». Digamos que le gusta que todo esté… en orden. Si no se sigue el plan establecido, estamos todos jodidos.

—Por cierto, el sobrino de Kai ya se ha hecho viral en TikTok con el vídeo —me informa—. Mírate el hashtag # weddingcakegirl. Eres famosa.

Resoplo de humillación, y eso le arranca una sonrisa. Supongo que empieza poco a poco a perdonarme; es una buena noticia.

Nos quedamos en Positano los próximos días. Allí, las casas de colores pastel se incrustan en la ladera como joyas preciosas.

En el programa de hoy: paseo por la ciudad y descanso en la playa. Los chicos se levantan tarde, cada uno en su habitación, pero Clémence y yo hemos decidido salir a dar una vuelta e ir al mercado.

Positano es precioso. Recorremos las calles sinuosas de la ciudad, y los pasos resuenan sobre los adoquines desgastados por el tiempo. El sol de la mañana me acaricia la piel y los rayos dorados se filtran entre las contraventanas de madera de las tiendas y proyectan dibujos danzantes en el suelo.

El olor me recuerda a Gordes : la mezcla de aromas deliciosos de fruta, flores y pasteles, unida al salitre que flota en el aire, me confirma que estamos de verdad junto al mar.

—Jazz… ¿Puedo hacerte una pregunta?

Me vuelvo hacia Clémence mientras bordeamos la playa llena de sombrillas de colores. Somos amigas desde los doce años. No hablo con ella tan a menudo como con Lily, Nolia o Camelia, pero tenemos una confianza que solo se consigue con el paso del tiempo.

Sé que puedo contárselo todo.

Excepto…

—Nunca me has contado por qué te dejó Andréa .

—Pregúntaselo a él. Es el mejor amigo de tu marido, ¿no?

Siempre había creído que Andréa le había contado la verdad a Kai . La reacción de mi amiga me demuestra que no, porque todo lo que sabe Kai enseguida lo sabe Clémence .

Ella se detiene frente a un restaurante. A juzgar por el olor nauseabundo que desprende, el plato del día lleva pescado. Acelera el paso para alejarnos, y se tapa la nariz y la boca con las manos. Tiene una expresión sombría, incluso algo indignada.

—No le pregunto a Andréa porque, por si no lo has notado, estoy enfadada con él.

«¿Eh? ¿Desde cuándo?».

—Lo invitaste a tu boda… y a la luna de miel —le recuerdo, desconcertada—. Por cierto, tenemos que hablar en serio de este concepto de buddymoon , porque es muy raro. ¿Vais a acostaros mientras estemos todos allí? ¿Tengo que comprar tapones para los oídos?

— Kai lo invitó —me corrige con un suspiro—. Yo no.

Le pregunto por qué, estupefacta por su confesión. Clémence parece exasperarse por la pregunta, porque casi grita mientras levanta los brazos al aire:

—¡Porque te rompió el corazón!

«Ah. Ya entiendo». Es mi amiga de toda la vida, y se ha puesto a defenderme sin que yo se lo pida. Sé que no debería… y, sin embargo, de pronto siento una gratitud profunda hacia ella.

Tras la ruptura, me sentí muy sola. Mis mejores amigas me apoyaron muchísimo, pero no fui capaz de contarlo todo. Me aislaba la pena, y los secretos.

La verdad es que Andréa tenía derecho a dejarme. Nadie debería forzar a nadie a quedarse con alguien que ya no ama. Yo tampoco le puse las cosas fáciles; ambos tuvimos parte de culpa.

Andréa no es el villano de esta historia. No tengo derecho a guardarle rencor, y aun así…

«No soy perfecta».

—Deja de torturarlo —digo como única respuesta—. Creo que él también sufrió con la ruptura. Ya ha tenido suficiente castigo.

La oigo mascullar algo parecido a «¿Entonces por qué te dejó?», pero no respondo. Todavía no estoy lista para hablar de ello. No sé si lo estaré algún día.

«La negación. Siempre la negación».

Es la única manera de afrontar los problemas que me enseñaron mis padres, aunque sé que en realidad no es más que una bomba de relojería. Un tic-tac me resuena en las sienes a cada segundo; esto amenaza con explotar en cualquier momento. Pero aguanto. No pierdo el control.

¿Durante cuánto tiempo?

—No debí insistirte tanto para que vinieras con nosotros a sabiendas de la tortura que sería. Perdona, ¡soy tan egoísta!

Me río un poco antes de agarrarme a su codo.

—Anda, no digas tonterías. Sé que me repito, pero estoy bien.

Ella aprieta los labios, escéptica.

—¿Seguro? ¿Lo prometes? Porque si no, los dejamos ahí y hacemos ese viaje por carretera las dos solas, en plan romántico.

—Ni pensarlo —replico con determinación—. Son vuestras primeras vacaciones como marido y mujer. No te preocupes por mí, pienso demostrarle a Andréa lo que se pierde.

Lo digo un poco por decir, pero de pronto el rostro de Clémence se ilumina con una sonrisa maquiavélica y sé que acabo de cavar mi propia tumba.

—¡Exacto! Hagamos que se arrepienta de su pésima decisión. ¿Qué mejor sitio que Italia para eso? —sonríe mientras abre los brazos frente a nosotras—. Mira, te encuentras con hombres sexys en cada esquina, es el paraíso.

No debería iniciar un juego tan peligroso, pero en realidad Andréa lo hizo primero al traer a Zélie . Al fin y al cabo, ¿por qué no aprovechar estas vacaciones para soltarme un poco y conocer gente?

Estoy soltera, y soy joven y sexy . He pasado página.

Es hora de demostrárselo al mundo.

—¿Vas a tomar el sol en topless ?

Clémence desafía a su marido con la mirada, recostada en la tumbona. El sol le da de frente, pero no pestañea.

—Sí. ¿Por qué?

Kai es un hombre inteligente. Responde un «No, por nada» y se va a extender su propia toalla sobre la arena ardiente. Sabe que Clémence va a hacer lo que quiera, le guste a él o no.

Lo veo, sin embargo, dirigir a Andréa y Ezra una señal amenazante, como si les ordenara que miraran hacia otra parte. Sonrío, de pie bajo la sombrilla de rayas naranjas y verdes.

Los chicos se nos han unido en la playa grande de Spiaggia . La vista es impresionante, aunque hay un montón de niños que gritan, corren en todas direcciones y nos lanzan arena sobre la toalla.

Voy a acabar por enterrar a uno hasta el cuello.

—Jazz —me llama Clémence , mientras coge la crema solar—. Quítate la ropa, voy a echarte.

Sé perfectamente lo que pretende: quiere que me quede medio desnuda delante de Andréa , conforme a nuestro plan de venganza maquiavélica.

De repente me recorre una oleada de nervios ante la idea de desvestirme, pero ya es demasiado tarde para echarme atrás. Me gusta mi cuerpo. Lo que detesto, en cambio, son las estrías. Por eso he intentado ocultarlas como he podido.

Me quito el vestido por la cabeza, y muestro mi bañador nuevo.

Siento el peso de su mirada, aunque finja que no me doy cuenta.

Andréa me recorre con la mirada los hombros desnudos, y luego desciende por el pecho, cubierto en parte por el bañador amarillo de una pieza.

Tiene mucho escote, y me resalta los muslos y el culo redondo.

Me doy la vuelta para sentarme junto a Clémence , satisfecha de haber conseguido captar la atención de mi ex.

—Creo que está teniendo un ataque de apoplejía —me susurra mi amiga mientras me extiende la crema fría por la espalda.

Esbozo una sutil sonrisa de orgullo. No me atrevo a echar un vistazo en dirección a Andréa . Sin embargo, dudo mucho que la vista de mi cuerpo, que ya conoce de memoria, lo haya desconcertado tanto.

«A los hombres solo les gusta la novedad», suele decir mi tía. «Por eso les resulta imposible la monogamia».

—Y, sin embargo, no hay nada que no haya visto ya… —respondo en voz baja.

—Justo por eso. Lo sabe. Me juego lo que quieras a que tenerte tan cerca y no poder tocarte lo está matando.

Justo en ese instante alzo la barbilla. Andréa me mira fijamente desde su tumbona, y hace que me estremezca.

Es solo un acto reflejo. Ya no me atrae.

—Espero que se esté arrepintiendo —murmuro entre dientes.

Una vocecilla interior me ruega que no sea tan mezquina, pero es lo único que hace que no pierda la cabeza ahora mismo.

Cuando Clémence termina, nos ponemos las dos a tomar el sol en silencio.

Andréa y Kai son los primeros en ir a bañarse; Ezra se queda un rato.

Él se agacha frente a mí, con una sonrisa en los labios.

Solo entonces reparo en los tatuajes que tiene en los brazos, el torso y los muslos. Serán unos veinte, más o menos.

—¿Estás intentando matarlo lentamente, verdad? —se burla, con los ojos ocultos tras unas gafas de sol.

—Vete, traidor —mascullo mientras me pongo la mano de visera para mirarlo.

Ríe un poco, sin ofenderse lo más mínimo. Todavía me cuesta digerir la vergüenza del momento en que descubrí que Ezra era el primo de Kai .

«¡Qué idiota!».

—¿Sabes qué es lo gracioso de que me eligieras a mí y no a otro? —continúa—. Aparte de que íbamos a la misma boda, quiero decir.

—Me da igual. Vete.

—Mi nombre significa literalmente ‘ayuda’ —prosigue sin inmutarse—.

Supongo que mi destino es ayudar a los necesitados.

—Le pongo la mano en la cara para apartarlo, molesta.

Le he perdonado que me mintiera, pero eso no significa que quiera ser su amiga—.

¿Quieres volver con él, entonces? —pregunta a través de mis dedos extendidos como una estrella de mar sobre su nariz.

«¿Este nunca se rinde, o qué?».

—¡Para nada!

—¡Uf! Porque si es así, lo estás haciendo rematadamente mal.

No me da tiempo a mandarlo a paseo. Kai y Andréa regresan justo cuando Ezra propone en voz alta:

—¿Y si montamos en moto acuática?

Lanzo una mirada recelosa al mar que se extiende ante nosotros, y niego con la cabeza.

—No, gracias. Quizá más tarde…

—No te fuerces —me aconseja Andréa , mientras se seca los brazos, antes de girarse hacia Ezra —. Déjalo. Jasmine no lo hará, no le gustan las emociones fuertes. Y además, le tiene miedo al agua.

Abro la boca, estupefacta. ¡Cómo se atreve! Las mejillas me arden de humillación, y quizá también porque se sacude el pelo mojado, y las gotas le salpican el torso desnudo y musculado.

—¿De verdad? —se sorprende Ezra , mientras cruzamos una mirada—. ¿Qué es lo que te da tanto miedo?

La verdad es que tengo fobia al agua y a las profundidades. Nunca he aprendido a nadar, claro. No es algo que esconda, pero la manera en que Andréa acaba de soltarlo me pone de los nervios.

«Si lo que quiere es que lo odie aún más, lo ha conseguido».

—Tonterías. De hecho, ¿sabes qué? —suelto al incorporarme, de pronto presa de un arranque de valor—. Me voy a montar.

Mi ex entrecierra los ojos. A todas luces, no me cree capaz de hacerlo. Me molesta que siga pensando que me conoce después de tres años de contacto cero.

Me vuelvo hacia Ezra para regalarle una sonrisa radiante.

—¿Me pongo contigo?

—¡Pero no aproveches para meterme mano!

Le doy un puñetazo en el vientre, lo que le arranca un gruñido de sorpresa.

«Bueno, retiro lo dicho. Me da que Ezra y yo vamos a ser muy buenos amigos».

—Buen golpe, Sophie .

Adivino enseguida por qué me llama así, pero no digo nada, por miedo a que mi ex lo entienda también.

—¡Pues vamos allá!

Mis amigos no me creen, está claro. Incluso Clémence me susurra en voz baja que no tengo por qué hacerlo. A decir verdad, no tengo ninguna gana de montar en moto acuática. Habría preferido quedarme en la tumbona tomando el sol, pero Andréa ha cometido el error de desafiarme delante de todos.

«Él, más que nadie, debería saber que eso nunca es buena idea».

Tras pagar una hora de alquiler, nos ponemos los chalecos salvavidas. Kai se monta detrás de Clémence . «¿Y por qué ibas a conducir tú?», ha exclamado ella con indignación antes de que él le cediera el puesto. Andréa se queda solo, y yo termino por aceptar la mano de Ezra .

—¿Estás segura? —me pregunta, con gesto de lo más serio.

Asiento, y meto los pies en el agua fría y transparente del mar Tirreno. Él se sube primero, y me deja mientras tanto sumida en un silencio angustioso. Se me acelera el corazón ante la idea de lo que estoy a punto de hacer, por una estupidez, por orgullo.

—Me basta con que no me lances a los tiburones —bromeo a medias.

Me encaramo a la moto de agua y me acomodo a horcajadas. Ezra me aconseja que me agarre fuerte a él, aunque le haga daño, y se lo agradezco.

—No iré demasiado rápido, de todas ma…

—Jazz —me interrumpe Andréa , muy cerca. Su expresión culpable demuestra que se arrepiente de haberme puesto a prueba. Bien hecho—. Perdón —murmura.

No sé a qué se refiere. Si a lo del banquete, a la provocación de hoy o a haberme dejado en el peor momento de mi vida…

—Vas con tres años de retraso —replico en el instante en que Ezra arranca.