Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Andréa

Positano , Italia

«Joder, qué guapa está».

Apenas se me ha pasado este pensamiento por la cabeza y ya me odio por ello; aun así, la única chica a la que he querido está frente a mí, arrodillada bajo la mesa con un vestido verde manzana desparramado por el suelo, como un nenúfar solitario en mitad de un lago.

Un colorete de un bonito tono coral le ilumina la piel pálida y la vuelve todavía más irreal.

El pelo decolorado le ha crecido bastante desde la última vez que la vi. El recuerdo de aquel día me asalta con violencia, y se me encoge el corazón al recordar sus ojos llorosos mientras me observaba guardar mis cosas en cajas en el maletero del coche.

«Cuídate, Jazz».

Esas fueron mis últimas palabras. Aún recuerdo el dolor que me impedía respirar y las lágrimas en las mejillas cuando arranqué el coche y me obligué a no mirar por el retrovisor.

«Nunca esa calle me había parecido tan larga».

Esos mismos ojos almendrados, herencia de su padre vietnamita, me devuelven ahora la mirada mientras los segundos quedan suspendidos en el aire. Pensaba que estaba listo para verla de nuevo, pero me equivocaba.

El tiempo se detiene y digo lo primero que se me pasa por la cabeza:

—Hola, Arrietty. Cuánto tiempo.

—No me estaba escondiendo —suelta de pronto, como si quisiera justificarse—. Solo estaba recogiendo un tenedor.

Trago saliva, un tanto perturbado por el sonido cristalino de su voz; creía que no volvería a oírlo jamás. Me resisto a la tentación de recordarle que ha salido corriendo tras la ceremonia, justo después de que nuestras miradas se cruzaran.

Del brazo de Ezra , para colmo. Ni siquiera sabía que se conocían.

—Si tú lo dices…

Finjo que no me importa y la ayudo a levantarse. Jasmine evita mirarme a los ojos mientras se incorpora de debajo de la mesa, con los labios apretados. Suelto el mantel, que cae con languidez.

«No la mires, no la mires, no la…».

Demasiado tarde.

Su vestido verde manzana es una auténtica maravilla; es tan largo que roza el suelo y le oculta los tacones de aguja.

El escote en pico se detiene por encima del ombligo, y muestra el relieve de su pecho menudo; las mangas de tul transparente le llegan hasta los codos.

La tela está adornada con bordados plateados y pétalos verdes, lo que la hace parecer un hada del bosque.

Una oleada de calor y una intimidad extraña se apoderan de mí, pero las aparto al instante.

«¡Contrólate, joder!».

—Tú debes de ser Jasmine —interviene mi acompañante—. Me llamo Zélie , encantada de conocerte.

Mi ex se queda inmóvil y todas las miradas en torno a la mesa se vuelven hacia ella. Sé lo que piensan: que Zélie es mi nueva novia. No es cierto, pero no tengo la menor intención de aclararlo; no delante de Jasmine .

Zélie y yo solo somos amigos, aunque nos llegamos a dar un beso una noche de borrachera por una apuesta que se tomó demasiado en serio.

Cuando le supliqué que me acompañara a la boda de Kai y Clémence , aceptó sin dudarlo, con la condición de que le comprara un vestido para la ocasión.

—Encantada —responde Jasmine con voz suave.

Se estrechan la mano con una sonrisa rígida, lo que parece divertir a mi amiga. La fulmino con la mirada, y eso parece divertirla aún más.

De pronto, Ezra tira de la silla de Jasmine .

—¿Te quieres sentar?

Mi ex le dedica una sonrisa débil antes de acercarse a él, y le posa una mano en el hombro en un gesto de gratitud. Frunzo el ceño.

—¿Os conocéis? —no puedo evitar preguntar.

No estoy para nada celoso. Pese a nuestro final trágico, yo solo quiero que Jasmine sea feliz. Aun así, me duele el orgullo.

Quizá porque se trata de Ezra . De todos los hombres de la Tierra, tenía que elegir al primo de Kai … y a uno de mis mejores amigos.

—Es mi acompañante —confirma Jasmine , rígida como un palo.

Ezra , ya sentado a su lado, me sonríe con sorna. Hace como si no me conociera, y se lleva un dedo a los labios para indicarme que guarde el secreto. ¿A qué coño está jugando?

—Ha sido una ceremonia preciosa —comenta Zélie felicitando a Jasmine por su trabajo—. ¡Y el lugar es… impresionante!

Los demás invitados empiezan a tomar asiento poco a poco; pronto, el lugar se llena de bullicio.

Pero el marco es, efectivamente, de lo más encantador.

Esta vez Jasmine se ha superado. Las mesas circulares están dispuestas junto a las columnas, y las ramas de hiedra las rodean como en un abrazo romántico.

La balaustrada ofrece vistas al mar y al acantilado, y está decorada con farolillos luminosos. El sol se pone con lentitud, y tiñe de un matiz anaranjado el agua que se extiende infinita ante nuestros ojos.

Las mesas están adornadas con centros de rosas, junto a largas velas cuyas llamas bailan bajo la suave brisa. Del techo cuelgan plantas que sobrevuelan la vajilla reluciente.

—¿Y desde hace cuánto estáis juntos? —prosigue Zélie para entablar conversación.

Me alegra que plantee la pregunta por mí; la conozco lo bastante para saber que lo hace para ayudarme. Jasmine abre la boca sin lograr responder, visiblemente incómoda. Se le da muy mal mentir, y ambos lo sabemos.

—Dos años —declara Ezra mientras nos sirve una copa de champán—. ¿Y vosotros?

—No estamos juntos.

«Mierda». Quizá he contestado demasiado rápido. Cruzo una mirada con Jasmine , y adivino que no comparte en absoluto mi alegría por volver a verla. A juzgar por el fuego que le arde en las pupilas, antes preferiría cenar sentada sobre la acera que frente a mí.

«La entiendo. Me lo esperaba».

Nuestra última conversación fue… caótica.

—Trabajamos juntos en el restaurante —explica Zélie antes de murmurarme al oído, con los dientes apretados—: Podrías haber intentado al menos no responder tan rápido. ¿Tanto asco te doy?

—Claro que no. No me gustan los malentendidos, eso es todo.

La incomodidad se ve interrumpida por la entrada triunfal de los recién casados. La música nos taladra los oídos, y a ella pronto se le unen los vítores y los aplausos de todos los invitados.

—Dicho esto, entiendo por qué estabas tan hundido cuando te conocí —me susurra Zélie al oído—. Está buenísima.

—¿Y yo qué? Fácilmente soy un nueve.

—Mmm… Supongo que para gustos los colores —me concede con una mueca escéptica—. Yo diría que eres un seis.

La ignoro, molesto en el fondo. Tiene razón, Jazz es deslumbrante. Siempre lo ha sido. Todavía recuerdo como si fuera ayer la primera vez que la vi.

Tenía catorce años, un cabello negro azabache y un aire soñador que despertaba mi curiosidad. En clase siempre estaba mirando por la ventana, tarareando una canción o dibujando algo en la esquina del cuaderno.

A veces me la cruzaba por el pueblo en bici, o la veía recogiendo flores al borde del camino; le daba exactamente igual mancharse el vestido de tierra.

Recuerdo su estilo excéntrico de vestir, con faldas largas y pendientes llamativos. Estaba en las nubes. Jasmine vivía en una burbuja privilegiada a la que solo unas pocas personas tenían acceso. Tenía un universo propio que yo soñaba con comprender. Ella era…

«Un rompecabezas. Un enigma».

¿Y yo?

«Un chaval asocial que solo sabía comunicarse a través de la ira».

Evidentemente, ella fue mi salvación.

—¿Cómo os conocisteis? —les pregunto cuando por fin se calma un poco el ambiente.

Observo a Jasmine , pero apura la copa de champán de un trago. Aún no ha abierto la boca, y eso me irrita. ¿Está tan enfadada conmigo que se niega a hablarme? ¿O simplemente sabe que es incapaz de mentir, y por eso deja que Ezra lleve la voz cantante?

Mi amigo, que lo ha entendido, interviene en su lugar:

—Se me acercó en la calle. Dijo que le recordaba a Howl, de El castillo ambulante, y me pillé enseguida.

De pronto me quedo sin aire. Apenas consigo contener el dolor que me inunda el pecho. Me atraviesa como una puñalada.

Como una traición.

Ezra no miente. Es imposible, porque los personajes de Ghibli eran algo nuestro. De Jasmine y mío.

«¿Sabes a qué personaje de Ghibli me recuerdas?».

«¿A Howl? Ya sé que vuelve locas a todas las chicas». Ella tuvo el descaro de reírse y de poner los ojos en blanco cuando le dije aquello. Pero él… ¿Él le recuerda a Howl?

Estoy tan herido que no logro disimularlo. Cualquiera puede notar la frialdad en mi voz cuando replico:

—Qué romántico.

Jasmine tiene la decencia de parecer incómoda. No formulo más preguntas después de eso, y cada grupo se enreda en su propia conversación. Zélie intenta distraerme, pero yo lo único que quiero es largarme.

Los camareros nos sirven los platos mientras la música hechiza a algunas parejas. La noche nos envuelve poco a poco, y en el cielo aparece la luna en cuarto creciente.

Clémence y Kai se acercan a saludarnos, radiantes. Kai se ha quitado la chaqueta; lleva una camisa blanca que le contrasta con el cabello oscuro, peinado hacia atrás.

—¿Entonces? ¿Todo bien por aquí? —pregunta mientras la sonrisa resplandeciente hace que se le cierren los ojos.

Jasmine pone una mueca y se disculpa ante la novia.

—Os presento a mi acompañante… —empieza a decir antes de interrumpirse, como si hubiera olvidado su nombre.

La observamos en silencio, confusos. Jasmine se ruboriza, presa del pánico, antes de volverse hacia su acompañante. Este sonríe, divertido.

— Ezra —susurra—. Ezra Tsuji.

— Ezra —repite ella mientras evita mi mirada, incómoda—. Perdón, he tenido un lapsus.

«¿Estoy flipando o ni siquiera sabe cómo se llama?».

El aludido contiene la risa, aunque noto que le tiembla un poco la mejilla pese a todo su autocontrol. Los recién casados miran a Jasmine con el ceño fruncido, sin comprender.

—Gracias, Jazz —se ríe Kai , que cree que es una broma—. No había reconocido a mi propio primo.

La reacción de Jasmine no tiene precio. Se queda lívida, avergonzada. Por mi parte, me invade un alivio absurdo al darme cuenta de que de verdad se han conocido hoy.

— Ezra Tsuji… —murmura mi ex, como si hubiera tenido una revelación—. Estabas en la lista. Te envié la invitación.

Su falso acompañante hace una mueca, con un gesto sincero de disculpa.