Capítulo 1 #2
—Yo os declaro oficialmente marido y mujer —anuncia por fin el cura—. Puedes besar a la novia.
Kai no se hace de rogar; parece que era el momento que más ansiaba. Se inclina para echar a su esposa hacia atrás, y con ese movimiento revela al hombre que su cuerpo me impedía ver hasta ahora.
Cruzamos la mirada por encima de nuestros amigos, como dos imanes. Se me tensa todo el cuerpo y me cuesta respirar.
Está aquí. Me está mirando.
Y no consigo apartar los ojos de él. El intercambio dura apenas cinco segundos, pero es suficiente. Lo devoro con la mirada, desde el cabello color caramelo hasta esos ojos azules de los que siempre he estado enamorada. Tiene la piel bronceada por el sol y ha ensanchado de hombros.
Ya no es el adolescente tímido pero colérico al que conocí hace casi una década. Ya es un hombre. Y, sin embargo, sigue siendo el mismo Andréa de siempre. Han pasado tres años, una pequeña eternidad, pero tengo la sensación de que lo dejamos ayer.
El instante se rompe cuando la multitud estalla en aplausos. Nuestros amigos se ponen en pie; me ocultan de la vista de mi ex, y recupero el control de mis pensamientos.
«Necesito escabullirme». Me hace falta una vía de escape, un martini de manzana, un rincón donde esconderme.
—Aquí estás, cariño —me susurra una voz juguetona al oído—. Te he estado buscando por todas partes.
Doy un respingo al reconocer a mi falso acompañante, que me apoya una mano sobre el hombro. Sus palabras evocan las primeras frases que Howl le dirige a Sophie en El castillo ambulante, lo que me hace poner los ojos en blanco, divertida.
¡Ya veo que se le da muy bien meterse en el papel!
—Pareces al borde del desmayo —añade en voz baja—. Es él, ¿verdad?
Sigo la dirección de su mirada, que cae sobre un anciano barrigón sentado en primera fila. Frunzo el ceño sin querer, indignada.
—¿En serio? ¿Crees que ese hombre es mi ex?
—¿Por qué no? Parece encantador. Me gusta mucho su trajecito de tweed y su… inhalador.
Todo el mundo empieza a salir de la iglesia para esperar a los novios a la salida, con pétalos de flor en mano.
—Tiene cien años —refunfuño, mientras me aparto de él.
—El amor no entiende de edades.
Descubro su sonrisa burlona y comprendo que se está riendo de mí. Decido no contestar y acepto su brazo para salir de allí.
—Vamos.
Somos los primeros en llegar a la Villa Tréville , donde tendrán lugar la cena y la fiesta de esta noche.
Cuando Clémence y Kai me dijeron que querían casarse en la costa amalfitana, pensé enseguida en este lugar, en pleno corazón de Positano .
Se trata de la antigua residencia de Franco Zeffirelli , un célebre director de cine italiano.
Construido sobre un acantilado, el hotel cuenta con numerosas terrazas y jardines que destilan elegancia y lujo.
Y no es para menos: la cena se celebra en la Rotunda, justo sobre el mar Mediterráneo.
El sol ya empieza a ponerse entre las montañas.
Aprovecho para asegurarme de que todo está perfecto, desde el DJ hasta el catering , así como la artista encargada de hacer un cuadro de los recién casados.
—Eres la organizadora, ¿verdad? —me pregunta Howl, mientras se acomoda en una silla.
Me doy cuenta de que ni siquiera sé cómo se llama de verdad; no se lo he preguntado. Estoy a punto de hacerlo cuando, de repente, cunde el pánico. Leo el nombre bordado en la silla de enfrente, y una oleada de angustia se apodera de mí.
« Andréa ».
Debe de haber un error. Han sentado a Andréa demasiado cerca de mí, a pesar de que me había asegurado de que no compartiríamos mesa.
«¡No, no, no, no! ¿Quién ha sido el inútil que ha hecho esto?».
Los primeros invitados empiezan a llegar; contemplan el lugar, asombrados, con estupor.
Aprovecho el tiempo que me queda para precipitarme hacia la silla de Andréa con la intención de cambiarla por cualquier otra.
—¿Necesitas ayuda, quizá? —pregunta mi acompañante sin levantarse siquiera, con las piernas cruzadas.
—No te preocupes, puedo sola.
—Ya veo, enhorabuena —se burla.
Cuando levanto la silla, veo que hay un tenedor bajo la mesa. Se le ha debido de caer a alguien. Me agacho para recogerlo, muerta de calor.
El mantel me oculta mientras me quedo a cuatro patas. Alcanzo el objeto con la mano, pero justo al levantarme oigo la voz de Andréa resonar:
—¿Qué hace Jasmine ?
Me quedo inmóvil. Mi nombre en sus labios… Hacía mucho tiempo. Demasiado.
Ya es tarde para cambiar la silla. Pero si regreso a mi sitio… todo el mundo me verá salir de debajo de la mesa. Y cuanto más espero, más incómoda se vuelve la situación.
—Está buscando… el sombrero —improvisa Howl con soltura.
«O la dignidad, que parece imposible de encontrar».
Se hace un silencio terrible y me pregunto qué está pasando.
—Ya veo —responde Andréa con voz serena—. Y yo que pensaba que se había metido debajo de la mesa para esconderse.
Cierro los ojos unos segundos, avergonzada. Nadie lo contradice, y estoy segura de que mi falso acompañante no habrá logrado reprimir una sonrisa divertida.
De pronto, alguien levanta el mantel. Cruzo la mirada con unos ojos azules que me son muy familiares.
Sigo de rodillas, con el tenedor en la mano. Andréa me observa sin decir nada, con el rostro impasible.
Luego decide rematarme.
—Hola, Arrietty. Cuánto tiempo.
* Personaje de la película de animación El castillo ambulante.