Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 1
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Un verano para recordar (Las Estaciones 4)

Un verano para recordar (Las Estaciones 4)

Por Morgane Moncomble

© inepub.com

Capítulo 1

Jasmine

Positano , Italia

—Tengo que asistir a una boda dentro de diez minutos y necesito un acompañante para darle celos a mi ex, ¿te apetece?

El desconocido al que acabo de dirigirme de sopetón se vuelve hacia mí, atónito, y sé lo que se piensa: soy una mujer desesperada con un vestido verde manzana y las manos juntas en un gesto de súplica.

«Di que sí, di que sí, di que sí».

Maldigo por dentro a quien debía acompañarme y me ha dejado plantada en el último momento, angustiada por tener que apañármelas con lo que encuentre.

—No estoy loca, lo prometo —añado enseguida—. Solo estoy muy sola, y soy demasiado cobarde para dejar que mi ex gane la guerra de «a ver quién de los dos ha pasado página antes».

No quiero que sepa que no he hecho el amor en tres años ni que lloro en cada primera cita de Tinder a la que voy.

Probablemente debería dejar de hablar. Ahora mi interlocutor va a creer que estoy loca de verdad. Lo peor es que sí que he pasado página, lo juro.

Ya no quiero a Andréa . Al principio fue duro, lo admito. Es el único hombre con el que he estado, así que acostarme con otra persona me da miedo. Pero por fin estoy lista.

Cuando supe que iba a venir a la boda de Clémence y Kai —y, para colmo, acompañado—, tomé cartas en el asunto.

Gracias a CharmMate , la aplicación de escorts fundada por el marido de una de mis mejores amigas, había encontrado al caballero perfecto para el encargo.

Hasta que me llamó, hace apenas una hora, para anunciarme que finalmente no podría acudir. ¡ Camille Levesque va a oírme!

—Vaya —suelta el desconocido como única respuesta—. Es una propuesta tentadora. ¿Me dejas que me lo piense diez segundos?

Asiento, frenética. ¿Por qué lo he escogido a él y no a otro? Por ninguna razón en particular. Digamos que lleva media hora sentado en la plaza de la iglesia y me ha resultado elegante.

En realidad, era él o el sexagenario que estaba dando de comer a las palomas a unos pasos de allí.

Ahora que lo tengo delante, me alegro en silencio.

Es, con diferencia, el hombre más guapo que he visto en mi vida.

Tiene los ojos oscuros e intensos bajo unos párpados pesados, una boca carnosa y un cabello negro lo bastante largo para que le caigan mechones sueltos sobre la frente, pero no lo suficiente para poder llevarlo recogido.

Tiene la piel aún más clara que la mía, lo que delata sus orígenes orientales.

—Vale, acepto.

Parpadeo, y vuelvo en mí. El desconocido no ha sacado las manos de los bolsillos, viste una fina camisa blanca y un pantalón color caramelo, y luce una sonrisa enigmática.

—¿Aceptas? ¿De verdad?

—Me gusta comer gratis —dice como única explicación—. Además, lo has vendido muy bien.

Adivino fácilmente que se está burlando de mí, pero no pico. No tengo otra alternativa, de todas formas, y de ninguna manera voy a enfrentarme sola a Andréa .

Nuestros amigos en común me han bombardeado con mensajes para preguntarme si estoy bien, convencidos de que me voy a venir abajo en un rincón a la mínima.

¡Estoy bien! Y me gustaría que me creyeran cuando lo digo.

—Me recuerdas a…

Me callo, indecisa. Desde que conozco a Andréa , asocio a la gente con la que me cruzo con personajes de Ghibli. Un juego divertido que, con los años, se ha vuelto una costumbre.

A veces olvido que el resto del mundo no puede ver todo lo que me pasa por la cabeza, como ahora.

—… Howl Jenkins Pendragon —termino sin pensar.

La sorpresa se le dibuja en el rostro mientras responde:

—¿Lo dices porque soy japonés? —Abro la boca, descolocada. Estoy a punto de explicarle que no es lo que parece, terriblemente avergonzada, cuando de pronto un gesto divertido se dibuja en sus labios—. Tranquila, es broma. Me encanta El castillo ambulante.

Se incorpora entonces del muro de piedra en el que estaba sentado, dispuesto a seguirme. Me saca al menos una cabeza.

—Si no me equivoco, nos quedan cinco minutos —me advierte al echar un vistazo al reloj que lleva en la muñeca—. ¿Puedo saber tu nombre o debo llamarte Sophie ? *

— Jasmine Pham —preciso como única respuesta—. Jazz, para los amigos.

Me tiende la mano. Se la estrecho, sin sorprenderme del calor que emana. Llevo mucho tiempo sin sufrir temperaturas tan altas, pero no esperaba menos de la costa amalfitana.

—Vamos allá —me animo mientras lo arrastro hasta la iglesia de Santa Maria Assunta .

Todavía no me creo que mi plan haya funcionado… Sobre todo, espero que este tipo no sea un asesino en serie. Si lo es, al menos ruego que se abstenga de cometer un crimen antes de mañana por la mañana.

¡Es el día más feliz en la vida de Clémence , y nadie lo estropeará si yo puedo evitarlo!

Me encantan las bodas. A los nueve años, la película Veintisiete vestidos pasó a definir por completo mi personalidad. A los veintitrés convertí aquello en mi profesión y entré a formar parte de una pequeña empresa de wedding planners .

Soy una enamorada del amor, una idealista y una muy buena mediadora. Por eso me hice autora de cuentos de hadas… aunque, desde hace algún tiempo, tengo la sensación de estar vendiendo un sueño en el que me cuesta cada vez más creer.

—¿Dónde está Clem ? —pregunto a las damas de honor que esperan en la cola frente a la entrada.

Asomo la cabeza hacia el interior para asegurarme de que Kai , su prometido, está en su sitio delante del altar. Todos los demás invitados están sentados; la ceremonia religiosa empezará en cualquier momento.

—Su padre ha ido a buscarla —me tranquilizan—. Están de camino.

Me vuelvo hacia mi acompañante para aconsejarle que vaya a sentarse y me espere. Obedece sin dudarlo, como si la situación no le resultara en absoluto extraña.

—¿Y si estuviera a punto de cometer el mayor error de mi vida? —se escucha decir a la futura novia.

Es triste, pero creo que es la frase que más he oído desde que me dedico a esto.

Me vuelvo hacia mi amiga, que aplasta un ramo de peonías rosas con las manos sudorosas. Su vestido es absolutamente magnífico: un corte princesa que la hace parecer recién salida de una película de Disney .

Tiene los ojos verdes, ocultos tras unas pestañas interminables, una piel bronceada que deja entrever su herencia española y un cabello castaño que enmarca un rostro perfectamente simétrico. En resumen, es preciosa.

Su padre intenta tranquilizarla, pero es a mí a quien dirige su mirada inquieta.

—¿Crees que debería huir? Dime que lo tienes todo previsto por si acaso y que has dejado las llaves en el salpicadero del Mustang Just married .

Le arreglo la cola del vestido por detrás y me aseguro de que está perfecta para que haga su entrada.

—Para empezar, ¡es demasiado tarde para informarme de que quieres un Mustang Just married ! —la reprendo con cariño—. Y, además: si hubiera dejado las llaves en el salpicadero, ya se lo habría llevado alguien hace tiempo.

Mi amiga esboza una sonrisa débil, señal de que empieza a relajarse. Le prometo que todo va a salir bien, luego le lanzo un beso sin tocarla para no estropearle el maquillaje.

—Gracias, Jazz. Te quiero, ¿lo sabes?

—Yo también, Clem .

Y pensar que nos conocimos cuando teníamos doce años… Clémence fue mi primera amiga. Es un honor para mí organizar su boda.

—Vale, ya están todos. Chicas, ¿estáis listas?

Informo rápidamente a mi reducido equipo sobre el orden a seguir, lista para dar la señal de salida, y hago un gesto al cuarteto de cuerda que ya está preparado dentro de la iglesia.

«¡Que comience el espectáculo!».

Al instante, los violinistas empiezan a tocar los primeros compases de la pieza, y pronto se les une el pianista. Las hermanas de Clémence son las primeras en avanzar por el pasillo, flores en mano, con una sonrisa de emoción en los labios.

De repente, un miedo hasta ahora silencioso se me cuela en la mente.

Está aquí. Me va a ver. Ha llegado el momento, después de tres años.

El corazón me late con violencia. Salgo delante de Clémence , que cierra la comitiva.

Esbozo una sonrisa impostada mientras avanzo al ritmo de la música. Soy consciente de todas las miradas fijas en mí, y sé que una de ellas pertenece a Andréa , mi primer amor.

«El único hombre al que he amado».

De pronto, me refugio mentalmente en un lugar cerrado con llave y una voz familiar resuena en mis pensamientos.

«Algún día me casaré contigo, Jasmine Pham».

La música se desvanece, los rostros se difuminan ante mis ojos, y casi lo veo de nuevo sonriéndome con serenidad, como si me estuviera haciendo una promesa.

Después, ese recuerdo da paso a una oscuridad familiar, la cual suele aparecer sobre todo al caer la noche y me impide dormir.

«Se acabó, Jazz… No puedo más. Me rindo».

Se me cierra la garganta y debo controlar la respiración para obligarme a regresar al presente.

«Concéntrate, Jasmine . Eso ya forma parte del pasado».

Consigo alzar un pulgar en señal de apoyo a Kai , que me devuelve una expresión agradecida. Sus padres me sonríen desde la primera fila, ambos vestidos con un traje tradicional japonés, adornado con bordados y motivos de colores.

Entonces, me coloco a la izquierda junto a las demás damas de honor. Me tiemblan las manos, pero lo disimulo como puedo mientras toda la sala se levanta al unísono.

Clémence hace su entrada con gran aplomo, y toda la asamblea se maravilla ante su belleza. Ella llora a pesar de sus esfuerzos por que no se le corra el maquillaje, lo que provoca la risa de todos.

Kai la besa en la frente cuando por fin llega hasta él, y eso basta para convencerme de que tenía razón.

Están hechos el uno para el otro, sin duda.

Solo espero que consigan mantenerse unidos y luchar cuando haya dificultades.

Aprieto el ramo entre los dedos con tanta fuerza que la savia de los tallos se me cuela bajo las uñas. Ya estoy deseando escabullirme para tomarme una copa, o tres.

La ceremonia resulta tan conmovedora como había imaginado. El intercambio de votos hace que se me salten las lágrimas. Se prometen amor, fidelidad y apoyo. Después, como dicta la tradición japonesa, los vemos recibir los regalos: algas, un abanico, una concha de oreja de mar, dinero…