Un vecino con derecho a roce Capítulo 41
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Capítulo 41

En cuanto que se enteraron de que habría boda, todos se pusieron como locos de contento, eso sí, se celebraría en su ciudad, y se aprovecharía para bautizar a los dos niños.

Martín ya tenía toda la documentación arreglada para que, en cuanto que se casaran, Héctor fuera adoptado y llevara los apellidos de Olivia, la que para él era su madre.

Y había llegado el momento de la boda, uno en el que todos estaban de los nervios, empezando por la novia y terminando por la madrina. Primero se llevaría a cabo la boda, más tarde, pero en la misma ceremonia, el bautizo de los dos niños.

Los padrinos de Héctor serían Irene y Ricardo, mientras que los de Martina serían Ana y Rodri, lo decidieron en el mismo momento en el que pensaron que podían hacer la boda y los bautizos a la vez.

Olivia estaba en casa de sus padres para vestirse, junto a los dos niños, ya que Héctor sería el encargado de llevar los anillos. A parte de eso, es que el niño no se quería separar de ella bajo ningún concepto, si hasta durmió con ella en su habitación de soltera, no se le fuera a escapar.

Había elegido un vestido sencillo, de corte griego, con un solo hombro, cinturón de pedrería y falda vaporosa, en seda color champán.

Para el pelo, se decidió por un recogido informal, que dejaba sus rizos medio sueltos por su espalda, y con una pequeña tiara confeccionada con la misma pedrería que llevaba en el cinturón.

Todo ello, iba acompañado de unas sandalias de tacón cuadrado, para estar cómoda durante toda la celebración, unos pendientes largos en oro blanco, y un brazalete que llevaba en el brazo contrario al hombro cubierto.

Cuando su padre, que era el padrino, la vio salir de la habitación y bajar las escaleras, se quedó con la boca abierta. Estaba tan bonita, que no pudo evitar que unas lágrimas le cayeran por el rostro.

—No se puede ser una novia más bonita que tú.

—Eso es porque estoy feliz, papá.

—Lo sé, y te lo mereces. Martín y tú habéis formado una familia preciosa, y este era el siguiente paso que teníais que dar.

—Hija, que guapísima vas. Rezumas brillo y luz, y eso me dice que estás feliz —le dijo su madre, que venía con Héctor de una mano y Martina en el carrito.

—No estoy feliz, mamá. Soy feliz, que es diferente.

—Mamita, estás guapísima —dijo Héctor.

Este año en el colegio le había servido para dejar de hablar como Yoda y construir frases completas, se hacía mayor a pasos agigantados, al igual que Martina, que ya tenía siete meses.

El coche había corrido por cuenta de Lucas, su amigo de Valencia y el que se había hecho cargo de la clínica mientras que ella estaba de baja y que, por supuesto, estaba en la boda.

Martín había aprendido a verlo como el mejor amigo de su chica, y a tolerar y medio entender sus bromas. Eso sí, le seguía diciendo culito prieto y, aunque al principio le molestaba, terminó por acostumbrarse a esa manera de dirigirse a él.

Cuando Olivia salió a la puerta y vio lo que su amigo había preparado para ella, no pudo más que soltar una carcajada, pues era una limusina enorme, en color rosa pastel y con las puertas adornadas con ramilletes que hacían juego con su ramo de novia.

—La madre que lo parió, no podía haber elegido un coche más discretito.

—Cariño, tu amigo Lucas puede ser cualquier cosa menos discreto, te lo aseguro.

—Miedo me da el atuendo que ha elegido para venir a la boda.

—Pues yo me lo espero con una chaqueta de esas de brillo o lentejuelas, de un color brillante, con zapatos de esos modernos, de pico, de piel de charol…

—Papá, por favor, que me lo estás pintando como el presentador de un circo.

Ambos se miraron y soltaron una carcajada de imaginarse la cara que pondría Martín cuando lo viera y, sobre todo, cuando la viera llegar a ella en semejante coche.

Si ellos se caracterizaban por la sencillez, por intentar pasar desapercibidos, Lucas era todo lo contrario. Si le pusiera de moda llevar un letrero de neón que pusiera soy el mejor, llevaría el más llamativo que hubiera en el mercado.

La ceremonia se iba a llevar a cabo en una preciosa ermita que había en el pueblo, junto a un río que daba una imagen de cuento de hadas. Martín y Gabriela estaban en el altar, esperando a que Olivia llegara.

Estaban de los nervios, Martín porque no veía el momento de que su chica llegara para convertirse en su mujer, y Gabriela porque, por fin, veía a su hijo feliz con una mujer y no quería que nadie ni nada estropeara ese momento.

Y había llegado la novia, bajándose del coche con el niño, que portaba un cojín con los anillos.

—Estás preciosa, mi vida. Bueno, estás más preciosa que nunca, porque eres bonita hasta en pijama —le dijo Martín a Olivia.

—Tú también estás guapísimo —le respondió ella, sonriendo.

—Sí, pero el más guapo es Héctor. Mira, papi —dijo el niño, provocando las risas de todos.

La ceremonia empezó de inmediato, y fue de lo más bonita y emotiva, en la que las lágrimas fueron los principales testigos de un amor que había surgido de la nada, pero llegando de una manera devastadora para ambos.

El momento de los votos había llegado, y ambos expresaron sus sentimientos con palabras. El primero fue Martín.

—Olivia, mi vida, mi amor, la mujer de mi vida. Llegaste a mí cuando menos lo esperaba, de una manera brutal, y tuve que verte en el suelo aquel día para darme cuenta de lo mucho que te quería, de lo mucho que me importabas. Eres una madre genial, y quiero hacerme viejito a tu lado.

—Martín, mi amor, mi refugio, hemos pasado mucho hasta llegar aquí, pero volvería a pasar por todas y cada una de las situaciones, menos la enfermedad de Héctor, por ahí sí que no quiero pasar otra vez.

Te quiero tanto, eres tan buen padre y tan buen compañero, que yo también quiero hacerme viejita a tu lado.

Todos los presenten estallaron en un aplauso en el momento en el que se intercambiaron los anillos y se dieron el beso que sellaba ese compromiso que acababan contraer.

De ahí, se marcharon a uno de los mejores restaurantes, excepto los novios, que se quedaron en la zona para hacerse el reportaje de fotos, junto a los padrinos y los niños.

Lucas no se había vestido de la manera que había imaginado su padre, aunque tampoco es que fuera muy discreto que digamos. Llevaba un traje de chaqueta de color azul eléctrico, pero de cuadros, una camisa blanca y una corbata en tonos azules, con muñequitos.

Lo que, para cualquier hombre podría resultar ridículo, en él se veía de lo más elegante y atrevido, pero sin ser extravagante. El tío tenía un porte que no era ni medio normal, y todo el mundo, tanto hombres como mujeres, tenían que girar la cabeza a su paso.

Una vez que terminaron las fotos, y para que los novios se pudieran tomar una copita de champán tranquilamente en su limusina, los padres se hicieron cargo de los niños. El trayecto era como de una hora, aproximadamente, desde la ermita hasta el restaurante, así que tenían tiempo de sobra.

En el momento en el que se subieron a la limusina, Martín subió el cristal que separaba el asiento del conductor de la parte trasera, pues él tenía otras intenciones que la de tomarse la copita de champán.

—¿Para qué has cerrado el cristal?

—Porque quiero hacer el amor con mi mujer por primera vez desde que nos hemos dado el sí quiero.

—¿Aquí? ¿Y si nos oye el conductor?

—No será así, pero, si eso ocurre, tendrá que tomarse una botellita de agua, porque te pienso hacer gritar hasta que llegues afónica. Para empezar, quiero que te deshagas de la ropa interior.

—¿Quién te ha dicho que llevo ropa interior?

—¿En serio? —Olivia asintió con la cabeza —Joder, si es que tú misma me provocas…

Martín se lanzó a su boca, mientras que la sentaba en su regazo y metía su mano por entre sus piernas, con la intención de comprobar que lo que le había dicho era cierto.

Cuando llegó a su sexo, ese que tocó sin ninguna tela que se interpusiera entre ellos, se volvió loco, pero más loca se volvió ella cuando notó sus dedos acariciando sus pliegues.

A ella le faltó tiempo para levantarse el vestido, y sentarse a horcajadas sobre su regazo, no sin antes desabrochar el pantalón de su marido y sacar su miembro, que ella misma introdujo en su interior, hasta conseguir que ambos alcanzaron el clímax.

Sucedió minutos antes de que el coche llegara a la puerta del restaurante, dándoles el tiempo justo para recomponerse.