Capítulo 40
Ismael había quedado con esa mujer, pero también con un abogado, y llevaba consigo toda la documentación del parto y el embarazo.
El abogado le había dicho que esa demanda no tenía ni pies ni cabeza, sobre todo, teniendo en cuenta que habían pasado ya casi tres años y no había dado señales de vida antes.
—Espero que estés dispuesto a pagarme una buena suma de dinero por renunciar al niño, porque estoy dispuesta a ir a por todas —le dijo Rocío en cuanto que llegó a la mesa en la que se encontraba sentado Ismael.
—No te pienso dar una mierda.
—¿Perdona? Me parece que no sabes la penita que da una madre desolada porque su marido le ha quitado a su hijo de malas maneras, usando todas sus artimañas para conseguirlo y aprovechándose de una depresión de la pobre mujer.
—No me hagas reír, tú de pobre mujer tienes bien poco. Además, ya le has sacado suficiente dinero a mi hijo. ¿Acaso piensas que no nos hemos dado cuenta de que has sacado más de diez mil euros de su cuenta en apenas dos semanas?
—Hombre, acostarse conmigo tiene un precio, que este cuerpo no se mantiene solo.
—Te iba a decir que eres una puta, pero no, porque la mayoría de esas mujeres lo hacen para poder vivir, y tú…
—Yo lo hago para disfrutar del lujo. Y eso es lo que hay.
—Haz lo que quieras, pero, con esta documentación que hemos conseguido, del seguimiento de tu embarazo y del parto, esa demanda no va a ir a ninguna parte.
Rocío intentó cambiar de táctica, pensando en que, si lo conquistaba, si admitía tenerla como su amante, lo mismo y podía sacar todo el dinero que pretendía pedirle para no tener que dar un palo al agua, pero le salió el tiro por la culata.
—¿Pretendes que me acueste contigo y que sea yo el que te mantenga a partir de ahora?
—Vamos, Ismael, desde siempre he visto cómo me mirabas con deseo, y tienes la edad perfecta para mí. Jamás te verás en otra como esta…
—Deja de decir chorradas, hazme el favor. Tengo a mi lado a una mujer de bandera, guapa, buena amiga y que me llena por completo, no tengo ninguna necesidad de buscar a una amante.
—Sí, pero es mucho mayor que yo. Y, además, te aseguro que no será la fiera que yo soy en la cama.
—Cada vez lo estás poniendo peor, Rocío. Deja ya de hacer el ridículo y márchate de nuestras vidas de una vez para siempre. Ya hemos presentado la documentación en el juzgado, y han desestimado tu demanda. El abogado que te ha aconsejado lo ha hecho muy mal.
—¡Necesito dinero! No tengo ningún sitio a dónde ir, ni un solo céntimo en mi cuenta con el que poder vivir.
—¿Qué has hecho con los diez mil euros que le has sacado a mi hijo?
—Me lo he gastado en fiestas y en ropa, tengo que estar así para conseguirme un buen hombre que mantenga mi nivel de vida.
—Mira, Rocío, por deferencia a mi nieto, que no tiene culpa de tener a una madre como tú, te extenderé un cheque de dos mil euros. Con ese dinero, te puedes buscar un apartamento pequeño y comer durante un mes. A partir de ahí, te buscas la vida, trabaja, como hace todo el mundo.
Rocío lo miró muy seriamente, entendiendo que ahí ya no tenía más que rascar, y cogió el cheque que le extendió Ismael, pensando que se marcharía de la ciudad para siempre. Podría comprarse un billete de avión a Barcelona, donde vivía su mejor amiga, que le daría cobijo.
Después de eso, tenía que ir a la caza de uno de esos viejos millonarios que se desviven por estar con una mujer como ella, de los que las van paseando de fiesta en fiesta y que llenara sus manos de oro y joyas, que sería su seguro de vida para el día de mañana.
Ismael salió de allí con una sonrisa en los labios, habían conseguido lo que pretendían, que se marchara de la ciudad y de la vida de su hijo y su nieto.
En cuanto que tuvo el archivo de la demanda en la mano, que se lo pasó su abogado por correo electrónico, llamó a su hijo, que esperaba con ansias esa llamada.
—Dime, papá. ¿Cómo ha ido todo?
—A la perfección, hijo, y todo gracias a Olivia, que ha pensado más que nosotros.
—¿Ha quitado la demanda?
—No, ha sido mucho mejor. El abogado presentó a primera hora de la mañana toda la documentación en el juzgado, y el juez, una vez que la ha analizado junto a un perito forense, ha desestimado esa demanda.
—Joder, papá, esa es la mejor noticia que me podías haber dado. Ahora sí que puedo respirar tranquilo.
—Si te cuento que, cuando ha visto que no podía rascar nada por ahí, ha intentado seducirme, comparándose con tu madre, la muy idiota.
—¿Se ha atrevido a eso? ¿Ha tenido la osadía de compararse con mi madre?
—Pues sí, pero pronto dejó clara sus intenciones, que no eran otras que buscar a un hombre que, deslumbrado por su belleza, esté dispuesto a mantener su nivel de vida.
—Esa mujer no sabe que, el hombre que sea que consiga atrapar, le durará poco, el tiempo justo de conocerla de verdad.
—Ella no se va a mostrar nunca como es, hijo. Mucho menos ahora, que no puede engañar a nadie con un embarazo, con un niño que le sirva como moneda de cambio, como utilizó a Héctor.
—Seguro que le has dado dinero para que nos deje en paz. ¿Es así?
—Pues sí, le he extendido un cheque de dos mil euros. Lo justo para que se busque algún sitio donde dormir y poco más.
—Ese dinero se lo gastará en la primera tienda que vea, te lo aseguro.
—Entonces, ese ya será problema suyo, no nuestro.
—Gracias, papá, nos has quitado un gran peso de encima.
—No, hijo, las gracias dáselas a tu mujer.
Escuchar de la boca de Ismael esa palabra para dirigirse a ella, hizo que su corazón diera un vuelco.
Efectivamente, era la mujer de su vida, la madre de sus hijos, y quería que se mantuviera siempre a su lado.
Olivia lo miró de manera sonriente, como si para ella también hubiera supuesto un revulsivo eso que había dicho el padre de Martín.
De pronto, y sin que ni siquiera él se lo esperara, se levantó, y fue hasta su habitación, donde tenía guardado el anillo de pedida que un día compró su padre para su madre y que, cuando Rocío se quedó embarazada de Héctor, Gabriela le puso en la mano, por si necesitaba formalizar su relación algún día.
Llegó hasta el salón, donde Olivia lo esperaba con Martina en brazos, dándole el biberón, y Héctor sentado a su lado, cogiendo la manita de su hermana. Ver como su hijo miraba a la niña, con esa protección y esa adoración que sentía por ella, hizo que terminara de decidirse.
—Olivia, sé que no es el momento más romántico, pero no puedo esperar más.
—¿A qué te refieres? No te entiendo nada.
—Hombre, que no estamos en una cena romántica, ni los dos vestidos de gala… Vamos que estamos con nuestros hijos, sin apenas dormir y con ropa de casa.
—¿Cómo quieres que estemos aquí? ¿Pretendes que cuide a los niños con un vestido de lentejuelas o algo parecido?
—Joder, no pensé que me costaría tanto expresar esto.
—Sigo sin entenderte, y tengo que decirte que me estás poniendo nerviosa.
Martín no se lo pensó más, ni buscó más excusas para hacerlo en ese momento, simplemente, se arrodilló delante de ella, sacó la cajita que llevaba en el bolsillo y le hizo la tan esperada pregunta.
—Olivia, eres la mujer de mi vida, la madre de mis hijos, y la persona con la que quiero envejecer. ¿Me harías el honor de casarte conmigo?
Olivia quedó en shock, porque de verdad que no se lo esperaba, pero dijo que sí, sin pensarlo, porque era el amor de su vida, el que había sido capaz de dejar toda su vida atrás por seguirla a ella.
—¡Mami y papi ya no novios, boda! —exclamó Héctor, gritando y saltando de la emoción.
Por suerte, la niña era inmune a cualquier tipo de ruido, ya fuera la televisión, la radio o los gritos de un niño, como en este caso, y continuó comiendo como si la cosa no fuera con ella.
En cuanto que Olivia terminó de darle el biberón y sacarle los gases, la dejó de nuevo en su cunita de viaje, momento en el que Martín le puso el anillo en el dedo.
Parecía mentira, pero era exactamente de su medida, no tenía que hacerle ningún arreglo, a pesar de no haber sido comprado a su medida, sino que era una joya familiar.