Un vecino con derecho a roce Capítulo 39
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Capítulo 39

Cuando todos se fueron, en el momento en el que Martín y ella se quedaron a solas con la niña, Olivia no pudo callarse por más tiempo, y se dispuso a decirle a Martín lo que pensaba.

—No debiste decirle eso al niño, deberías de ir preparándolo para que, cuando llegue el momento de vuestra partida, esté preparado.

—No entiendo lo que me quieres decir, ¿a qué te estás refiriendo?

—A que vosotros tenéis vuestra vida en aquella ciudad, mientras que yo la tengo aquí y, no me gustaría que el niño llorara o se sintiera menos querido por mí cuando os tengáis que marchar…

—Te estás equivocando, Olivia. Nuestra vida está en el lugar en el que estéis vosotras, ni más cerca ni más lejos.

—Pero, tu trabajo está allí, y yo lo tengo aquí, además de que no somos pareja y…

—Mi trabajo está aquí, porque hemos abierto otro despacho en esta ciudad, a pocos metros de esta clínica, para que podamos venir juntos a trabajar.

Héctor está matriculado en el colegio que hay en la calle de detrás, y Estefanía se vendrá a vivir con nosotros, para ocuparse de Martina en cuanto que tú vuelvas al trabajo.

—¿Has hecho todo eso para estar cerca de la niña?

—No, Olivia, he hecho todo esto para estar cerca de mi familia, pero, sobre todo, lo he hecho por estar cerca de la mujer de mi vida, que eres tú.

Ella lo miró, con lágrimas en los ojos. Martín pensaba que con esas palabras ya quedaba aclarado eso de que no eran pareja, pero, por si acaso no lo había terminado de entender, la besó. No fue un simple beso de un roce de labios, sino que fue mucho más profundo.

Ambos sabían que tendrían un tiempo por delante en el que no podrían mantener relaciones sexuales, pero eso lo hacía todavía mucho más interesante para ambos, porque así se demostraban que no estaban solo por el sexo, sino por el amor que ambos se sentían.

Al día siguiente, y como a Olivia no le habían tenido que dar ningún punto en el parto, le dieron el alta, enviándolas a las dos a casa. Cuando Lucas vino a traerla y vio a la niña, se quedó con la boca abierta.

—Hija, eres un digno clon de tu padre y vas a ser toda una rompecorazones.

—Pues tú no has visto a Héctor, ese sí que es igualito que su padre.

—Mierda, me parece que nací muchos años antes de lo que debería.

Martín estaba alucinando por la conversación que estaba teniendo lugar entre Olivia y su amigo, pero prefirió quedarse al margen, ya que, siempre que entraba, terminaba catando él.

Ver a su chica con la niña en brazos, lo hizo sentirse completo por primera vez en su vida, y le salió una sonrisa sola, sin pensarlo.

Llegaron a su casa en taxi, y una vez que estuvieron allí, con todos los amigos, celebraron el nacimiento de Martina, y les contaron a todos que habían vuelto a ser pareja, y que no se volverían a separar.

Cuando mejor estaban, cuando disfrutaban de sus hijos porque ya se habían marchado todos, después de pasar allí una semana, en el momento en el que se estaban habituando a su situación, ayudados por Estefanía que se había instalado en la casita de al lado, en la que vivía Olivia al principio, recibieron una llamada de Ismael.

—Hola, papá, buenos días.

—Hola, Martín, ¿qué tal están los niños?

—Perfectos, papá. Héctor se ha aclimatado muy bien a la niña, que es tan buena que tan solo llora cuando tiene hambre.

—Pues eso es bueno, que os deje dormir, porque hay niños que no duermen ni a la de tres.

—Hemos tenido suerte con los dos, porque Héctor también era así, y continúa siendo. Pero supongo que no me has llamado para eso, ¿no?

—No, no te he llamado para eso, Martín. Tenemos un problema…

—¿Algo del trabajo? ¿Algún proyecto que no se ha entregado a tiempo?

—No, hijo, nada de eso.

—¿Entonces? Venga, papá, habla claro ya que me estás poniendo de los nervios.

—Es Rocío…

—¿Qué ocurre ahora con esa mujer? ¿Otra vez ha pedido dinero? Porque me tiene ya hasta los cojones.

—Ojalá fuera eso, porque le daría lo que pidiera con tal de que desapareciera de vuestras vidas de una vez por todas.

—Papá, ahora me estás asustando mucho. Tiene que ser algo muy gordo cuando no eres capaz de decirme lo que ocurre.

—Ayer fui al ático porque Lorenzo me avisó de que había llegado una carta certificada para ti. En cuanto que la cogí y comprobé que venía del juzgado de familia, y sin ni siquiera preguntarte, la abrí.

—¿Una carta del juzgado de familia para mí? ¿Qué ponía, papá?

—Rocío te ha denunciado. Dice que, cuando nació el niño, ella tenía una depresión post parto, y que tú te aprovechaste de esas circunstancias para obligarla a que renunciara a su hijo.

—Hija de puta. Ella no quiere al niño, lo que se quiere asegurar es una pensión alimenticia con la que poder cumplir sus caprichos.

—He quedado con ella esta tarde. Si es dinero lo que quiere, se lo daré. Si lo que pretende es llegar a juicio para ensuciar tu nombre, no dudes que buscaré hasta debajo de las piedras cualquier cosa para que no se lleve al niño, y la que saldrá perjudicada será ella.

—Papá, por favor, mantenme informado de todo lo que hables con ella. Si hace falta, le pongo el ático a su nombre, pero que no se lleve a mi hijo.

—No vamos a ceder a su chantaje, Martín, o toda la vida viviremos con el miedo de que pueda volver a aparecer y a querer llevarse al niño.

—¿Qué vamos a hacer, papá?

—Déjalo en mis manos, hijo mío, luego te llamaré y te diré lo que he hablado con ella.

Olivia, que se había enterado de todo porque Martín había activado el altavoz del móvil, se sintió mareada, y tuvo que sentarse antes de que sus piernas le fallaran. En este momento, los niños estaban durmiendo plácidamente, y ellos se disponían a cenar, pero se les habían quitado las ganas.

—¿Cómo puede una madre actuar de esa manera? De verdad que no lo entiendo —dijo Martín, furioso.

—Lo peor de todo es que ella no quiere al niño. Si lo hubiera querido, aunque solo sea un poquito, se hubiera dado patadas en el culo para realizarse las pruebas de compatibilidad con él, pero no lo hizo.

—Me llegó a decir que para ella no era su hijo, que no lo había querido nunca y que, si lo había tenido, fue para poder sacarme a mí el dinero.

—Todo esto hay que ponerlo en manos de la policía, Martín.

—No tengo pruebas y, a todos los efectos, yo compré al niño. Tenemos un contrato que así lo demuestra, y del que ella tiene una copia.

—¿Perdona? No entiendo lo que me dices.

Martín le explicó a Olivia todo lo que su padre hizo cuando nació el niño, porque sabía que Rocío no lo quería, y estaba dispuesta a darlo en adopción en un país extranjero si ellos no cedían a lo que estaba pidiendo.

—Por eso, mi padre le hizo firmar un contrato en el que se comprometía a darle lo que ella pedía, a cambio de que no se volviera a acercar ni al niño ni a mí.

—Pero eso cuenta a vuestro favor. Ella no va a poder demostrar que tenía una depresión post parto, a no ser que se haya buscado un informe falso. ¿En qué clínica dio a luz?

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque podría hablar con el ginecólogo que llevó su embarazo, además del equipo que estuvo en el parto, ellos podrían testificar a tu favor, enviarme un informe concluyente con el que poder presionarla.

—Joder, Olivia, ¿Por qué siempre vas por delante de mí? ¿Por qué se te ocurren cosas que a mí no se me ha pasado por la cabeza?

—Pues no lo sé, chico, lo mismo y es que soy más inteligente que nadie.

—O que eres capaz de defender a los tuyos por encima de todo y de todos. Voy a avisar a mi padre, que nos envíe por correo electrónico toda la documentación del nacimiento de Héctor, allí tiene que venir todo anotado.

—Esa es una buena idea. Dile que lo envíe lo antes posible, y así podremos analizarlo por si tenemos que llamar al médico mañana a primera hora.

Ni cinco minutos después, ya tenían en su correo electrónico toda la documentación escaneada, que la imprimieron para poder analizarlo de manera más cómoda que en el ordenador o en la Tablet.

Olivia fue anotando todo en una pequeña libreta que había cogido, no quería que se le escapara absolutamente nada, porque en los informes médicos, ninguno de los profesionales detectó síntomas de depresión, y eso era algo, como poco, llamativo.