Un vecino con derecho a roce Capítulo 38
90%

Capítulo 38

Esa noche, a Olivia le costó dormir más de la cuenta, tenía los tobillos hinchados y se sentía demasiado pesada, por eso, decidió bajar a la cocina a tomar una infusión que la ayudara a dormir.

Estaba ya en la última semana de su embarazo, y por eso, el vientre estaba demasiado abultado para su gusto. Justo cuando estaba entrando por la puerta de la cocina, notó como su barriga se ponía dura como una piedra y, acto seguido, notó como un líquido resbalaba por sus piernas.

—Mierda, acabo de romper aguas —dijo más para ella que para nadie, entre otras cosas porque no esperaba que Martín estuviera allí, justo detrás de ella.

—¿Has dicho que has roto aguas?

—Eso mismo, a juzgar por ese charquito que tengo a mis pies.

—Venga, vamos a coger las cosas del hospital, que aviso a mi madre para que se quede con el niño.

Martín estaba incluso más nervioso que ella, y menos mal que Gabriela, en cuanto que la vio por videollamada hacía dos días, puso rumbo a Valencia, pues la veía de lo más rara, como que tenía la cara descompuesta, y eso era señal inequívoca de que el parto estaba más cerca de lo que se pensaban.

Gabriela, en cuanto que escuchó a su hijo dando tumbos por el pasillo, se levantó para saber qué estaba sucediendo. Lo vio en pijama, con las zapatillas deportivas puestas, y la bolsa del hospital colgada en un hombro.

—¿Se puede saber a dónde vas así vestido?

—Al hospital, Olivia se ha puesto de parto.

—¿Y por qué vas así vestido?

—Porque está más nervioso que yo, Gabriela —le dijo Olivia, que salía de su habitación con un chándal, algo cómodo para ir hasta el hospital.

—¿Tú que haces aquí? Te dije que yo subía por todo —le preguntó Martín.

—Claro, y me voy al hospital en camiseta y con las bragas mojadas.

—Anda, hijo, ve tú también a ponerte algo de ropa para salir, mientras que yo aviso a un taxi —le aconsejó su madre.

—¿Cómo que un taxi? Yo tengo el coche ahí mismo, en el garaje.

—Si llevas tú el coche, la niña nace en un camino sin asfaltar en un pueblo de Dios sabe dónde. La idea del taxi me ha ganado.

Martín la miraba sin entenderla, justo cuando le dio la primera contracción, que hizo que se doblara del dolor.

Eso fue lo que lo hizo reaccionar y, en menos de dos minutos, ya estaba con un chándal puesto y bajando los escalones de tres en tres, hasta llegar al lado de Olivia, que lo esperaba sentada en la parte trasera del taxi.

El taxista los llevó hasta el hospital en menos de diez minutos, y fue cuando Martín se dio cuenta de que no había cogido la cartera. Por suerte para ellos, Lucas estaba en la puerta, fumándose un cigarrillo, y no dudó en decírselo.

—Tú, chuloplaya, paga el taxi que me he dejado la cartera en mi casa y tu amiga viene de parto —le dijo Martín a Lucas, que soltó una carcajada por lo que le había llamado.

—Olivia, mi amor. ¿Va todo bien? —le preguntó Lucas a su amiga, mientras que le daba un billete de veinte euros al taxista.

—Todo lo bien que puede ir cuando se tienen contracciones cada cinco minutos y parece que te están partiendo por la mitad.

—Vamos, que aviso a ginecología para que vayan preparando todo. ¿Puedes ir andando o te traigo una silla de ruedas?

—Trae una silla de ruedas o una camilla, porque estoy sintiendo como la cabeza de mi hija está saliendo en estos momentos.

Todo fue un caos, porque, en cuanto que Olivia se bajó del taxi y se puso de pie, la fuerza de la gravedad cumplió su misión y notó como la niña casi se le caía ahí mismo.

En ella, eso que se decía que la primerizas tardaban mucho en dar a luz, y que era muy doloroso para ellas, no se cumplió, pues casi ni se enteró y no le llevó más de una hora desde que rompió aguas hasta que la niña llegó al mundo.

A Martín no le dio tiempo ni de ponerse la bata para entrar, cuando ya escuchó el llanto de su hija. Empezó a ponerse nervioso porque quería entrar, pero todavía no podía. Pero lo que más le estaba jodiendo es que Lucas si estaba ahí con ella.

—Vamos, campeón, entra a ver a tus mujeres, que te están esperando —le dijo Lucas, con guasa.

—Lo has hecho a propósito ¿verdad?

—¿El qué he hecho a propósito?

—El retrasarme para que no pudiera estar en el parto de mi hija.

—Ja, ja, ja, yo no te he retrasado nada, culito prieto, son las normas. La única ventaja que he tenido es que como soy médico, he podido entrar sin cambiarme.

Martín entró en el paritorio en el momento justo en el que le ponían a su hija en brazos a Olivia. Cuando las vio a las dos, interactuando por primera vez, no pudo evitar unirse a ellas, visiblemente emocionado.

—Es preciosa, mi vida. Gracias, gracias y mil gracias.

—No me las tienes que dar, Martín, el destino nos ha premiado a los dos con esta hija, una niña arcoíris, por todo lo que ha representado desde su concepción.

Martín no pudo resistirse, y le dio un beso en los labios a Olivia, que ella recibió encantada, respondiendo a ese beso como si fuera el último, porque no sabía hasta cuando podrían estar juntos.

Subieron a Olivia a planta, junto a la niña, que no paraba de llorar porque tenía hambre.

A su madre no le había subido la leche, y por eso, decidió que no le daría el pecho, sino que la alimentaría a base de leche de fórmula, y Martín estuvo de acuerdo con ella, porque así podría alimentarla él también.

—Olivia, no quiero que vuelvas a esa habitación, no ahora que está ya la niña en el mundo.

—Está bien, si quieres me marcharé de la casa, no hay problema.

—¿De qué coño estás hablando?

—Estoy respondiendo a lo que tú me has dicho.

—No, porque lo que yo te he querido decir es que te vengas a dormir conmigo, que pongamos la cunita de la niña en nuestra habitación, y así podemos ocuparnos los dos durante la noche.

Olivia no supo que responder a eso. Por un lado, se moría de ganas por dormir abrazada a él, pero por otro, el miedo le hacía pensar que no podía volver a caer, que no podía permitir que me volviera a hacer daño, porque ahora tenía alguien más en mi vida por la que no me podía derrumbar nunca.

A la mañana siguiente, ya estaban todos en el hospital, visitando a la madre y conociendo a la niña. Los primeros que llegaron fueron Gabriela y Héctor, pues el niño, en el momento en el que despertó y vio que sus padres no estaban, empezó a llorar que quería ir con ellos.

—Mamita, hermana ya no en barriga.

—No, mi vida, mira, está ahí en la cunita y se llama Martina.

—Matina guapa, Héctor querer mucho.

—Sí, mi amor, ella también te va a querer mucho a ti.

—Héctor quiere Martina venga casa.

—Campeón, dentro de unos días, mamá y la hermanita volverán a casa, donde viviremos todos —le contestó Martín a su hijo.

Olivia lo miró con pena, pues sabía que eso no sería para siempre, y era mejor que el niño se fuera haciendo a la idea antes de que ocurriera y lo tomara de improviso. Iba a decirlo, cuando entraron sus padres, acompañados de sus amigos.

En pocos minutos, la habitación se convirtió en una feria, con todos queriendo coger a la niña. Olivia aprovechó para acercar a Héctor a su pecho, donde lo olió y lo besó mil veces, mientras que el niño la abrazaba.

—Mami, Héctor quiere mucho.

—Yo te quiero con toda mi alma, y quiero que lo sepas. Aunque no estemos juntos, procuraré ir a verte siempre que tenga la oportunidad, para que veas a tu hermana y juegues con ella.

Eso lo dijo en un susurro, como si no quisiera que nadie se enterara, como su fuese una promesa silenciosa entre el niño y ella, una que no le costaría cumplir porque sabía que lo echaría muchísimo de menos.

Sin que nadie se diera cuenta, y mientras que los demás hablaban entre ellos, Olivia se limpió las lágrimas que caían de sus ojos sin control. Se fijó que Martín hablaba con su padre, y que le daba un abrazo, como si le estuviera agradeciendo algo, pero no quiso prestarle más atención.

La niña empezó a llorar porque tenía hambre, y Olivia la cogió en brazos, dispuesta a darle el biberón que le había traído una de las enfermeras.