Capítulo 37
Ese día, ambos tenían que acudir a la clínica, Olivia para una revisión rutinaria, y Martín para la primera revisión de Héctor, para ver si podía despojarlo ya de la tortura que le suponía el uso de la mascarilla.
Por eso, decidieron ir juntos, y así, tanto el niño como el padre, podrían verle la carita a su hermana Martina, pues ese era el nombre que habían decidido para ella. Bueno, en realidad, lo decidió su madre y su padre le dio la aprobación.
En cuanto que entraron por la puerta, y para disgusto de Martín, con la primera persona que se toparon fue con Lucas, que venía hablando por teléfono, pero que no dudó en decirle a su interlocutor que lo llamaba más tarde.
—Pero bueno, cariño, cada día estás más guapa. Este embarazo te está sentando demasiado bien para mi cordura —le dijo Lucas a Olivia, abrazándola fuerte.
—Papi, hombre no gusta Héctor —dijo el niño, que no le gustaba cualquier persona que se acercara a su madre más de la cuenta.
—A papá tampoco le gusta, campeón —contestó Martín, mirando fijamente a ese hombre y su manera de interactuar con Olivia.
—Cariño, ¿todavía no le has dicho a este hombre mis intenciones? —preguntó Lucas, divertido.
—Pues no, porque no me ha querido escuchar.
—¿Se puede saber qué es lo que me tienes que contar? Te advierto que no estoy para tonterías…
—Chico, ¿tú nunca te relajas? —le preguntó Lucas.
—Si tú estás cerca, te aseguro que no.
—Y eso que todavía no sabes nada…
—Pues nada, cuéntamelo tú, y así nos enteramos todos.
—No tengo ningún interés sentimental en Olivia, a no ser que tú me propongas un trío, porque me muero por morder ese culito que tienes, chico —contestó Lucas.
Martín no sabía dónde meterse, ni que decir, pues se quedó con la boca abierta, boqueando como un pez fuera del agua. Olivia, al verle la cara, empezó a reír a carcajadas, sin poder ni siquiera hablar.
—Chica, que vas a terminar ahogándote, y yo no pienso hacerte el boca a boca, que no quiero que don culito prieto me parta la cara —dijo Lucas, riendo.
—¿Perdona? ¿Cómo lo has llamado? —preguntó Olivia, sin parar de reír.
—Don culito prieto. Te iba a preguntar si te habías fijado en su trasero, pero qué cosa más tonta, si lo habrás visto y manoseado a placer, a juzgar por cómo luce tu vientre.
—¿Podéis dejar de hablar de mí como si yo no estuviera? —preguntó Martín, que no sabía si reír o enfadarse.
—Papá, culito prieto —dijo Héctor, divertido, y Olivia volvió a reír de la misma manera.
—Bueno, me halaga que os estéis divirtiendo a mi costa, pero vamos tarde a la consulta del niño —dijo Martín, simulando enfado, aunque sí que estaba un poquito molesto, pero no por lo que habían dicho, sino por la complicidad que había entre ellos.
—Es cierto. Luego te veo, corazón, y así me cuentas un poquito cómo va todo por aquí.
—Venga, pero nada de hablar de trabajo. Estás de baja y aquí todo va perfectamente.
Subieron al ascensor que estaba allí mismo, y se dispusieron a ir primero a la consulta del niño, en la que le realizarían las pruebas de inmunidad, para ver en el estado en el que se encontraban sus defensas.
Mientras que no tenían los resultados, pasarían por la de ginecología, pues así habían quedado con los médicos.
Como era de esperar, y sabiendo que era la directora de la clínica la que estaba allí, que, además era la hija de los propietarios, la pasaron al interior en el mismo momento en que salía la paciente que estaban atendiendo.
—Por aquí, todo va genial, Olivia. La niña crece muy bien, así que, sigue con las mismas indicaciones que te di. Eso sí, te vendría bien empezar a dar paseos, porque ya estás en el último trimestre y no puedes coger demasiado peso.
—¿He cogido mucho peso desde el principio hasta ahora?
—No, estás dentro de los límites de peso, más bien por debajo, por eso te lo digo, para que no te confíes en estos tres últimos meses. Cuanto menos peso, más facilidad a la hora del parto.
—No se preocupe, doctor, que saldremos a pasear todas las tardes. El clima de aquí invita a eso.
—Héctor quiere ver hermanita —le dijo el niño al doctor.
—Pues nada, ven aquí conmigo, que yo te la voy a enseñar. Seguro que es tan guapa como tú.
El doctor cambió la pantalla del ecógrafo a 4D y pudieron ver la carita de la niña, y se quedaron completamente asombrados del parecido que tenía con su hermano. Cuando escucharon el corazón de Martina, su padre no pudo evitar coger de la mano a Olivia, que la apretó, visiblemente emocionada.
—Bueno, queda claro cuáles son los genes dominantes, ¿verdad? —dijo el ginecólogo con guasa.
—Pues sí, me acabo de dar cuenta de que yo solo soy la incubadora, porque, como tenga mi carácter, no va a parecer ni mi hija —contestó Olivia, negando con la cabeza.
—Olivia, me parece que ni eso, porque esta niña se ve demasiado tranquila, y tú eres un manojo de nervios —dijo el doctor, provocando que Martín soltara una carcajada.
—Doctor, no sabe usted bien lo impulsiva que es…
—Uy, ni tú tampoco me has visto en mi pleno apogeo, y reza para no verlo.
—Martín, vaya preparándose para el momento del parto, porque ahí, le aseguro que la va a ver —dijo el doctor, entre risas.
Con las imágenes de la niña impresas, metidas en un sobre y que llevaba su hermano en la mano, porque no había un dios que se la quitara de las manos, volvieron a la consulta del niño, en la que ya los estaban esperando con los resultados.
—De momento, las defensas están en el mismo porcentaje que un niño de su edad, así que, ya podemos quitar la mascarilla. Eso sí, le recetaré unas defensas en ampollas, y se tendrá que tomar una al día, para seguir reforzándola.
—Con respecto al trasplante…
—Eso va todo a la perfección, a la vista está. Los marcadores tumorales están dentro de los parámetros de cualquier persona y, al subir las defensas, eso significa que no hay rechazo. De todos modos, y hasta que no pasen dos años, tendremos que seguir haciéndole controles.
—¿Dos años?
—Sí, primero serán mensuales, durante el primer año, y en el segundo año, pasaremos a hacerlos cada tres meses. Si todo sigue igual, ya las revisiones serán cada seis meses o un año.
Olivia se vino abajo, tan solo de pensar que el momento de que volvieran a su casa estaba cada vez más cerca, lo que ella no sabía es que eso no ocurriría nunca, a menos que ella quisiera, pero eso no pasaba por su mente en estos momentos.
Tanto los padres de uno como del otro, así como sus amigos, habían vuelto a casa después de las fiestas navideñas. En ese momento, y con la excusa de que Olivia no estuviera sola en un estado tan avanzado del embarazo, Martín le dijo que se fuera a vivir a la casa grande.
El padre de Olivia, la persuadió, diciéndole que aquella casita era muy pequeña para vivir con la niña, que no tendría ni una habitación propia, mientras que en la otra sí que contaría con una.
Además, cuando Martín se marchara, ella podría seguir con el alquiler de esa vivienda, que contaba hasta con piscina en el jardín.
Ismael sí que le contó a Kike la verdad de todo, de que había comprado esa casa, no la había alquilado, para que Martín pudiera vivir ahí con su familia.
Ese era el momento perfecto para que su hijo pudiera conquistar de nuevo a la madre de su hija, por eso, ambos llegaron a un acuerdo por el que se comprometían a no decir absolutamente nada.
Si el estudio de arquitectura no se había abierto ya era porque Ismael entendía que, en estos momentos, su hijo debía de estar con el niño y con su mujer, al menos hasta que esta diera a luz a la niña, que sería el momento en el que él le pondría las llaves del despacho en la mano, para que lo dirigiera.
Mientras tanto, Martín estaba como si estuviera de baja médica, por eso seguía cobrando su sueldo como cualquier otro trabajador.
Olivia aceptó la oferta de Martín que contrató a una empresa para que hiciera la mudanza, pues no quería que ella tuviera que cargar con cajas ni con nada.
Eso sí, ella pidió no dormir en la misma cama ni en la misma habitación que Martín, y él, por mucho que le doliera, terminó por alojarla en una de las habitaciones de invitados.
Martín se llevaba casi toda la noche pendiente de los dos, del niño y de ella, pues la escuchaba muchas veces quejarse por el volumen del vientre y el hecho de que no pudiera moverse con la agilidad que a ella le gustaría, haciendo que a Martín le saliera una sonrisa de manera no premeditada.