Un vecino con derecho a roce Capítulo 36
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Capítulo 36

Era el día de fin de año, y todos estaban pletóricos, porque, por fin, lo iban a poder celebrar todos juntos. Aunque llevaran todos mascarillas, y tan solo se la quitaran para comer, el simple hecho de que todos pudieran empezar el año nuevo así, era un motivo de celebración.

Ni que decir tiene que Héctor tenía juguetes de todos los colores y tamaños cuando llegó a casa, pues Papá Noel se había portado igual de bien que Héctor durante todo el año, enfrentándose como un valiente a esa enfermedad que le había llegado de la nada.

Ese día, en la cocina se habían metido Lourdes y Gabriela, mientras que Olivia, junto a Irene y Ana, esperaban sentadas en el jardín trasero de la casa que habían alquilado para vivir en ella el tiempo que estuvieran en Valencia, o eso pensaba Olivia.

Lo que ella no sabía es que el padre de Martín la había comprado para su hijo y su nieto, al igual que ya había mirado la oficina en la que se abriría el nuevo despacho, pero de eso no sabía nadie nada. Eran meras especulaciones las que tuvieron ese día, pero sin concretar nada.

—¿Cómo te encuentras, cariño?

—Físicamente, ahora bien. Quizás un poquito cansada, pero nada fuera de lo normal.

—¿Y anímicamente?

—En ese tema, me encuentro regular. Héctor no se quiere separar de mí, y sé que, el día que tenga que marcharse, lo va a pasar mal, pero creo que yo lo pasaré peor.

—Pero no pienses en eso, Olivia, vive el momento.

—Eso intento, pero me no puedo evitarlo.

Justo en ese momento, en el que llegaban los chicos que habían ido a comprar el marisco al mercado, Olivia sintió como su bebé se movía en el interior de su vientre. Fue una sensación tan extraña, a la vez que bonita, que la expresión de su rostro cambió por completo.

—Olivia, ¿qué te ocurre? —preguntó Martín, preocupado.

—Ven, corre, trae tu mano —le respondió Olivia, sin pensarlo.

La cogió y la puso en su vientre, donde el bebé volvió a dar una patada, haciendo que las lágrimas de su padre corrieran por sus mejillas.

Todos allí se quedaron mirando a la pareja, completamente sorprendidos por la situación, pues nadie se esperaba que Olivia fuera a decirle eso al padre de su bebé.

—Es la mejor sensación que he tenido en mi vida, te lo prometo.

—Bueno, supongo que no es la primera vez que estás en esta situación. Me refiero a que ya has debido notar un bebé moverse dentro del vientre…

—No, jamás noté a Héctor moverse en el vientre de su madre, ella no me lo dijo nunca, como has hecho tú.

—¿En serio? Pues no lo entiendo, mucho menos siendo ella tu pareja.

—Era su pareja, pero no lo quería. Para Rocío, mi hijo era su tarjeta de crédito, su pasaje a la vida fácil —dijo Ismael, que también había visto la escena.

De repente, todo el ambiente se tensó. Era nombrar a esa mujer que tan mal corazón tenía, y todo se volvía negro, tenso, como si fuera una puñetera maldición que venía asociada a su nombre.

—Venga, que esa mujer no tenga el poder de hacer que un momento bonito se convierta en uno incómodo —dijo Irene, que no la conocía.

—Eso mismo digo yo. Además, brindemos porque el año que empieza en unas horas nos dé la oportunidad de volver a ser lo que éramos —dijo Martín, mirando fijamente a Olivia, que no pudo sostenerle la mirada.

Al final, y cuando la tarde ya estaba cayendo, todos entraron en la casa, menos Olivia, que se marchó a la suya para ducharse y vestirse para la cena.

El niño, en cuanto que vio que se levantaba para salir, empezó a llorar, diciendo que se quería ir con su mami, y por eso, Lourdes no dudó en cogerlo en brazos y llevárselo con ellos.

Martín le dejó a la madre de Olivia un pijama, porque estaba claro que el niño no iba a aguantar mucho más allá de la cena, y eso si es que aguantaba durante tanto tiempo.

El tiempo en el que tenía que tener la mascarilla puesta, era una lucha con él, que se la quería quitar.

Cuando estaba con alguien más de los que pasarían las fiestas con ellos, también debía de llevarla puesta, así que, al final, decidieron que todos la llevarían, menos cuando fuera la hora de comer o el niño ya estuviera durmiendo.

Lourdes fue la encargada de bañarlo y ponerle su pijama. Al final, todos irían igual, pues si Héctor veía a todos vestidos de calle, y él estaba con el pijama, se pensaría que se iba a quedar solo, y eso era contraproducente para su recuperación.

Fueron Rodri y Ana los encargados de buscar todos los pijamas iguales, con la única diferencia de que los hombres tenían el pantalón de diferente corte que los de las mujeres, pero por lo demás, todo era igual.

Los que eligieron eran de color crema la camiseta, de estos que eran finitos, pues el frío de Valencia en nada tenía que ver con el de la sierra de Madrid.

Vamos, que, para ellos, ese invierno era como su primavera o su otoño, y la mayoría de las veces no cogían ni chaquetón gordo, sino que marchaban con una chaqueta de entre tiempo.

Las camisetas llevaban un reno en relieve, con un jersey de cuadritos, que estaba confeccionado con la misma tela de los pantalones de los pijamas. Además de eso, compraron también unas zapatillas, que también era del mismo estampado que el pijama.

La foto delante del árbol de navidad quedó ideal, a pesar de tener que llevar, todos, una mascarilla, que ellos se encargaron que también fuera de cuadritos, de lo más parecido a los pijamas.

Efectivamente, Héctor, quiso cenar antes de que todos se sentaran a la mesa, y Olivia se encargó de darle de comer ante la atenta mirada de su padre, porque no se quería separar de ella. A ella ya se le notaba el embarazo, pues su vientre había aumentado bastante en pocos días.

El ginecólogo le dijo que no era nada extraño, que el bebé había crecido muchísimo, y le dejó en un sobre el sexo del bebé, pues ella no quiso saberlo sola, y pretendía que lo descubrieran todos juntos, y justo después de que dieran la última campanada, pero eso no lo sabía nadie.

El niño se quedó dormidito en el sofá, y su padre lo llevó hasta la habitación en la que dormían ambos, pues no quería dejarlo solito ni siquiera para dormir, por si acaso se ponía enfermo y no se enteraba.

Sí, él sabía que era algo exagerado y desmesurado, pero no podía evitar que el miedo se apoderara de su mente y de su cuerpo. Suponía que se le iría pasando poco a poco, pero, de momento y hasta que no le dijeran que el niño no había mostrado rechazo, no era capaz de dejarlo durmiendo solo.

Es más, en esa noche en la que se tendría que quedar abajo, cenando y tomando las uvas con todos, le había colocado una cámara con un monitor, que había dejado en el salón, encendida para que, mientras que él bajaba y llegaba hasta allí, los demás pudieran estar pendientes del niño.

Y había llegado el momento de darle la bienvenida al nuevo año. Tras la última campanada y cuando todos se dieron las felicitaciones oportunas, Olivia cogió a Martín del brazo, pues quería que fueran ellos los primeros en saber el sexo de su bebé.

Sabía que no estaba actuando como dijo en un principio, pero es que, una cosa es que fuera un desastre como pareja y otra muy diferente que también lo fuera como padre. Por eso, porque como padre era un diez, no quería que su bebé creciera sin conocer lo que era una figura paterna.

—¿Te ocurre algo, Olivia?

—No, bueno sí, pero no te tenses, que no es nada malo.

—¿Entonces?

—Verás, ayer, cuando fui a la revisión del ginecólogo…

—Me dijiste que todo estaba bien. Joder, la próxima vez pienso ir contigo, aunque tenga que llevar a Héctor forrado con traje de EPI, de esos que usaban los sanitarios cuando el COVID…

—¿Te importaría callarte y dejarme hablar?

—Lo siento, dime. ¿Qué te dijo el ginecólogo que me quieres contar ahora?

—Lo que me dijo, ya te lo conté. Pero me dejó aquí, en un sobre, el sexo del bebé, no quería saberlo si tú no estabas, y me gustaría que lo viéramos los dos ahora, y así poder contárselo a la familia.

—¿Me lo dices en serio? ¿Tú no has mirado, por curiosidad?

—No, no he mirado nada. Si lo hubiese querido saber, le hubiera dicho que me lo dijera en la consulta, ¿no crees?

—Tienes razón. Ahora, saca ya ese sobre, que me estoy muriendo de curiosidad. ¿Hacemos una apuesta? Porque yo creo que va a ser una niña, tan bonita como su madre, pero con los ojos de su padre, como su hermano.

—Pues yo creo que va a ser un niño, porque dicen que los niños ponen a las madres guapas, y yo, desde que estoy embarazada, me veo así.

—Olivia, mi amor, tú has sido guapa toda la vida, y lo seguirás siendo, así estuvieras embarazada de trillizas.

—No me llames así, que me hace mucho daño.

—¿Así cómo? ¿Mi amor?

—Exactamente.

—Pues lo siento, mi vida, pero es que así eres y así te siento, y no tengo ninguna intención de llamarte de otra manera.

—Uf, eres imposible, de verdad.

—Imposible es que tú me muestres ese papelito que hay dentro del sobre, por favor.

Olivia no pudo evitar pintar una sonrisa en su boca, y Martín se llenó de orgullo. Por eso, porque había aceptado que la llamara de esa manera, sabía que había dado un pasito más en su camino hacia ella.

Cuando abrieron el sobre y vieron ese «Estáis esperando a una princesa», ninguno de los dos pudo evitar que las lágrimas se escaparan de sus ojos, pero en esta ocasión eran de alegría, de satisfacción por tener una buena noticia como esa, que venía a llenar de amor a toda la familia.

Martín se abrazó a Olivia, que también le respondió a ese abrazo y, casi sin darse cuenta, la besó. Primero fue un beso de pico, pero en cuanto que se dio cuenta de que ella no se apartaba, profundizó en ese beso, hasta casi quedarse sin aliento.

—Ole, ole, el año nuevo trae nuevas reconciliaciones —dijo Irene, riendo.

—Eso, eso, y que el próximo nos traiga una boda —añadió Ana.

—Pues que sea la vuestra, porque yo no me pienso casar. Además, nadie ha dicho que nosotros nos hayamos reconciliado —le contestó Olivia, todavía con el brazo de Martín rodeándole los hombros.

—Pues no es eso lo que hemos visto los demás, ni lo que seguimos viendo.

—Pero eso es porque tenemos una noticia que daros, tan bonita que nos hemos dejado llevar.

Ambos se miraron y, como si estuvieran sincronizados, soltaron a la vez. «¡Vamos a ser padres de una niña!» que dejó a todos boquiabiertos por la sorpresa, pues nadie tenía constancia de que supieran el sexo del bebé.

Una vez que superaron el instante de shock, todos se lanzaron a felicitarlos, preguntando cuándo se habían enterado, pues no se habían dado cuenta de que lo habían descubierto hacía pocos minutos.

Después de eso, y mientras que los demás se echaban una copita, Olivia necesitó salir de allí y se sentó en el jardín trasero. Martín, que se dio cuenta de ese gesto, no dudó en seguirla, pues no quería dejarla sola, eso sí, con el monitor del niño a cuestas.

—¿Qué haces aquí, tan sola?

—Disfrutando de la noche, que está preciosa y la temperatura es muy agradable.

—Bueno, para nosotros que estamos acostumbrados a estar bajo cero en esta época, tener catorce grados es una maravilla.