Un vecino con derecho a roce Capítulo 35
83%

Capítulo 35

—Hola preciosa, ¿qué tal ha salido todo?

—Hola, cariño, pues ha salido todo bien, pero hay un problema.

—¿Tengo que ir a partirle la cara a ese gilipollas? Porque, si es así, no dudes en decírmelo, porque hay que ser imbécil para dejar escapar a una mujer como tú.

—No tiene nada que ver con eso, pero necesito que me hagas un favor…

—Hombre, yo te haría todos los que tú quisieras, pero creo que no debes estar en condiciones para tanto jaleo, ¿no?

—No me seas idiota, Lucas, que no me estoy refiriendo a ese tipo de favor.

—Cachis, bueno, ahora en serio, ¿qué necesitas?

—Me tengo que coger una baja y necesito a alguien que se haga cargo de la clínica mientras que yo no me incorporo, y había pensado en ti.

—Eso está hecho. Cuando te den el alta, me envías toda la documentación que tengas pendiente, si es que tienes algo, y yo me ocupo de la que vaya surgiendo a partir de mañana.

—Sabía que podía contar contigo. Y no, no tengo ninguna documentación pendiente. Pero, ya sabes, que tendré el teléfono encendido para cualquier cosita que te surja o necesites.

—Descansa, preciosa, que te lo mereces y es lo que debes de hacer.

—Lo haré. Gracias, Lucas, por estar siempre ahí, pendiente de mí.

—Estaré aquí siempre, bonita, no lo dudes.

La cara de Martín iba del asombro a la furia, no se podía creer que ese hombre lo estuviera poniendo verde y ella tan solo sonriera, como si no le importara lo que ese tipo decía de él. Eso sin contar con el coqueteo que tenían los dos.

Por primera vez desde que había vuelto a verla, se sintió inseguro, se sintió amenazado por ese hombre, que tenía la clara intención de conquistar a Olivia, y a ella, al parecer, no le desagradaba la situación, a juzgar por la sonrisilla con la que le había contestado sus provocaciones.

No se pudo mantener en silencio, tenía que soltarlo o le iba a provocar una úlcera de estómago. Por eso, no dudó en decirle todo lo que había pensado durante la llamadita de teléfono. Lo que lamentaba era no poder haberle visto la cara al idiota ese y decirle cuatro cosas.

—Qué bien te llevas con el tal Lucas ese, ¿no?

—¿Perdona?

—Lo que has oído. He podido oír que me ha puesto verde, grana y oro, y tú ni siquiera le has dicho por ahí te pudras.

—¿Y eso me lo dices tú a mí? ¿Tienes el valor de reprocharme que trate bien a un compañero cuando tú te has estado acostando con otra y pretendías seguir conmigo?

—Yo no te estoy reprochando que trates bien a un compañero, sino que no me hayas defendido como deberías, cuando ese hombre se ha dedicado a insultarme.

—De verdad, no entiendo cómo puedes tener tan poquísima vergüenza. Mira como el tema de acostarte con la otra no te interesa que lo hablemos.

—Si me acosté con Rocío fue para salvar la vida de mi hijo, pensando que podía concebir otro hijo.

—Claro, porque la posibilidad de pagarle para que se sometiera a una fecundación in vitro no se te ocurrió ¿verdad? Eso no entraba en tus planes.

—Pues mira, no, no lo había pensado, y me duele en el alma que no se me hubiera ocurrido.

—Mira, Martín, no te vayas a pensar que soy tonta, no lo hiciste porque era mejor acostarte con ella, rememorar viejos tiempos, porque sigues sin olvidarla.

En ese momento de pleno apogeo de la discusión entre los dos, Héctor decidió despertarse, y tuvieron que dejarla para otro momento. O al menos eso pensaba Martín, porque Olivia había dado por zanjada la conversación.

De momento, se sintió muy cansada, por lo que decidió cerrar los ojos un rato, intentando dormir, pero una punzada en el vientre hizo que se despertara de momento, soltando un grito que le desgarró la garganta.

—¡Olivia! ¿Qué te ocurre?

—Martín, algo va mal, por favor, avisa al médico.

—Todo va a salir bien, mi vida, te lo prometo.

Martín salió de la habitación, corriendo por todo el pasillo, mientras que Olivia se quedaba llorando a lágrima viva y Héctor la miraba, asustado por lo que le pudiera pasar a su mami.

Minutos después, se llevaron a Olivia de allí. Martín no podía ir con ella, pues Héctor no se podía quedar solo ni con otra persona que no fuera él. Recordaría el día de Navidad para los restos, pues el miedo se apoderó de él de una manera de su corazón y de su mente, que no podía controlar.

Una hora fue lo que tardaron en traer de nuevo a Olivia a la habitación.

Por un momento, recordó esas palabras que había dicho el doctor, que cualquier disgusto le podía provocar un aborto, y por eso, decidió en ese momento que no volvería a discutir con ella, no hasta que naciera el bebé y pudieran hablar tranquilamente.

—¿Cómo está todo, doctor? ¿Ha habido algún problema?

—No, tan solo ha sido algo normal después de la intervención, eso sí, necesita muchísima tranquilidad…

—No se preocupe, que no tendrá ningún disgusto más, se lo aseguro.

—Eso sería lo ideal, Martín, que no tuviera más sobresaltos.

Martín no pudo evitar llevar las manos a su vientre, y acariciar esa pequeña barriguita que lucía, mientras que las lágrimas caían por sus mejillas. Olivia también lloraba, también tenía miedo, y él lo sabía.

—Lo siento, mi vida. Te prometo que, a partir de ahora, todo lo que ha sucedido se quedará en el pasado. No pienso reprocharte nada, ni de tu actitud ni de nada, estás en todo tu derecho de verme como te dé la gana.

—Eso espero. Lo más importante para mí, en estos momentos, son los dos niños. A uno, ya lo hemos podido salvar, o al menos, todo apunta a ello. Ahora me toca a mí intentar salvar al otro.

—Y yo estaré a tu lado, siempre, te lo juro por mi vida.

Sin poder evitarlo, Martín la abrazó, dejándole un beso en el cuello, que sabía que la estremecía, pero que a él le encantaba hacerlo. Héctor miraba a los dos, sin saber lo que sucedía, y llamó a su padre.

—Papi, ¿mamá bien?

—Sí, cariño, tu mami está bien, no le ha sucedido nada.

—Mami malita, culpa Héctor.

—No, corazón mío. Yo no estoy malita por tu culpa, aquí, en mi barriguita, está creciendo tu hermano, o tu hermana, que todavía no lo sabemos…

Mientras que Olivia intentaba explicarle al niño que lo que ocurría era que estaba embarazada, para quitarle el sentimiento de culpa, su padre la escuchaba atentamente, con un amor en su mirada que a ella la estaba derritiendo.

Pero no, ese hombre no era bueno para ella, además de que no pensaba volver a Madrid, en Valencia estaba construyendo su nueva vida, había hecho amigos nuevos, y estaba empezando a ser feliz de nuevo, y no lo iba a cambiar por correr a su lado.

Ya se había terminado eso de correr detrás de él, eso de vivir siempre pensando en lo que sería mejor para él y para el niño y, por mucho que le doliera separarse de Héctor, ya encontraría la manera de poder verlo, al igual de que sus abuelos vieran al bebé.

Cuando trajeron la comida de Navidad, el niño empezó a aplaudir, porque sabía que, si la comida era así, era porque Papá Noel había venido a traerle los regalos, aunque él no los veía por ninguna parte.

—Papi, regalos Papá Noel, no están.

—Mi vida, al hospital no puede entrar Papá Noel, porque si se pone malito con los virus, no podrá repartir nunca más los juguetes a los niños que se han portado bien, pero te los ha dejado en la casa en la que viven ahora los abuelos.

—¿Cuándo va Héctor?

—Dentro de unos días, cuando te encuentres bien y ya no estés malito.

El niño miró a su padre, sin saber si creerlo o no, pero optó por pensar que su padre tenía razón y que, pasados unos días, podrían volver a casa y jugar con sus juguetes nuevos.

El oncólogo le dijo a Martín que, mientras que no tuviera contacto con nadie más que con ellos, la mascarilla se la podían quitar, pero que, en cuanto que le dieran el alta, tendría que llevarla siempre, al menos hasta que la inmunidad estuviera clara.

Las defensas del niño estaban muy bajas, debido a su enfermedad y a toda la medicación que había tenido que tomarse por eso, así que, durante un tiempo, cualquier virus podría atacarle, y no era aconsejable.

Y llegó el día en el que le dieron el alta. A Olivia ya se la habían dado hacía unos días, pero se quedó allí con el niño. Ya no tenía que mantener reposo absoluto, pero tampoco podía cometer excesos, aunque Martín sabía que ella no era de esas, no pudo evitar tener miedo.

Mientras que no salían del hospital, Olivia daba pequeños paseos por la habitación, ya que no quería salir fuera y que pudiera contraer cualquier virus que le transmitiera al niño.

—¿Tienes todo? —le preguntó Martín.

—Sí, lo llevo aquí, en esta bolsa.

—Dame, yo lo meto en la parte baja del cochecito del niño.

—Está bien, toma, y así no cargo.

Cuando salieron de la habitación y llegaron a la parte de los ascensores, un hombre demasiado guapo se acercó a ella, dándole un abrazo por la espalda, de una manera tan íntima que a Martín no le gustó absolutamente nada.

—¡Lucas! No me hagas eso, que sabes que me pones los vellos de punta.

—Y eso es lo que más me apasiona, que te estremezcas cuando estoy cerca.

—Serás idiota…

—Por cierto, yo soy Lucas, el sustituto de Olivia hasta que pueda volver. ¿Tú quién eres? —le preguntó Lucas a Martín, que no pudo callarse.

—Yo soy el gilipollas que la dejó escapar, el padre de sus hijos, Martín, mucho gusto.

Lucas lo miró y, sin saber el motivo, soltó una carcajada que provocó que se le saltaran hasta las lágrimas. Cuanto más se reía él, más cabreado estaba Martín, hasta el punto de increparlo sin ningún pudor.

—¿Se puede saber de qué coño te ríes?

—Uy, campeón, tu cara dice mucho más que tus palabras.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Pues está muy claro, que estás más celoso que un mono, y no te atrevas a negármelo.

—No, no te lo voy a negar, pero también te diré que no te lo pondré fácil, porque pienso luchar por mi familia hasta que ya no me quede aliento.

—Así me gusta, que me lo pongan difícil, los tipos facilones no me van absolutamente nada.

Ahora, la que soltó una carcajada fue Olivia, que, aun con la mascarilla puesta, no pudo evitar que se le notara, pues fue algo tan espontáneo lo que soltó Lucas, que ni Martín se dio cuenta del doble sentido de sus palabras.

—Será mejor que nos marchemos ya, no quiero seguir escuchando tonterías y estupideces.

—¿Me estás llamando tonto y estúpido, Martín? —preguntó Lucas, divertido.

—No, estoy llamando tonto y estúpido a lo que estás diciendo. Ahora, nos vamos, que Ricardo está abajo esperando, con el coche.

En cuanto que entraron en el ascensor, y viendo que Martín no se había dado cuenta de lo que Lucas había insinuado, no dudó en aclararle la inclinación sexual de su amigo.

Por un momento pensó en seguir ocultándoselo, pero sería mejor ver la cara de idiota que se le iba a poner, así que, esperó a que todos estuvieran sentados en el coche para soltarlo.

—Por cierto, Martín, Lucas…

—No quiero saber nada de ese tipo, mucho menos que se vuelva a nombrar en mi presencia.

—¿Estás seguro de eso?

—Completamente. Es tu amigo, hasta ahí, porque sé que volveremos a discutir, y no te conviene.