Epílogo
Veinte años después…
La vida había transcurrido muy deprisa y, casi sin darse cuenta, ya habían pasado veinte años desde el momento en el que se dieron el sí quiero. En esa boda pasaron muchas cosas, casi todas bonitas, que ahora os paso a relatar.
Lucas encontró el amor entre los compañeros de Martín, concretamente con Mateo, al que conoció en la boda. Fue tal el flechazo que no se han vuelto a separar desde aquel día. Lo curioso del tema es que ambos eran de Valencia, y vivían en calles colindantes, pero no se habían visto en la vida.
Ellos tuvieron que lidiar con la familia de Mateo, que se negaba a que mantuviera una relación con un hombre, pero, como él mismo dijo, ya era un hombre adulto, no un niño de quince años, que tenía su trabajo y no necesitaba el permiso de nadie para ser feliz.
Ese mismo día en el que discutió con sus padres, cogió sus maletas y se marchó a vivir con Lucas, que lo recibió con los brazos abiertos.
Se casaron cinco años después de la boda entre Martín y Olivia, y habían recurrido a un vientre de alquiler para tener hijos, y lo consiguieron.
Eran padres de dos mellizos, Marcos y Leo, que contaban con doce años en este momento.
Otros que también se comprometieron en la boda fueron Irene y Ricardo, pero ellos fueron más rápidos en todo, tanto en casarse, que lo hicieron a los seis meses, y se quedaron embarazados en la luna de miel.
Eran padres de una hija, Marta, que tenía dieciocho años y estaba estudiando medicina, para empezar a trabajar en la clínica de los padres de Olivia.
Ana y Rodri terminaron su relación porque ella decía que no estaba segura de sus sentimientos. Rodri lo pasó verdaderamente mal, y al final, decidió poner tierra de por medio, y se instaló en Valencia, en una pequeña casita que alquiló en la misma urbanización en la que vivían Martín y Olivia.
Allí conoció a Lucía, una compañera de trabajo que tuvo toda la paciencia del mundo con él, porque, cuando llegó, estaba tan desilusionado con el amor, que no quería mantener una relación seria con ninguna mujer.
Fue cuando llegó Abel, un nuevo compañero de trabajo, que se vio amenazado, y se armó de valor para empezar de nuevo.
Hoy en día, viven juntos y son padres de un niño, Martín, que tenía trece años y que llegó para completar su felicidad.
Ana, por su parte, seguía sin tener pareja estable.
Decía que había entendido que ella no estaba hecha para ser monógama, ni siquiera para tener una relación abierta, que prefería irse a su casa, sola, después de haber disfrutado de una buena sesión de sexo, que tener que aguantar un hombre y sus manías.
Todos estaban de acuerdo en que se había arrepentido de romper con Rodri, pero que como ya lo vio feliz en su nueva ciudad y con su nueva pareja e hijo, no quiso decir nada y dejarlo que continuara con su vida.
En esa boda también sufrieron un episodio de lo más desagradable, pues Rocío apareció por allí, y lo hizo como loca, bajo los efectos del alcohol y las drogas, pidiendo dinero y montando un espectáculo.
Ismael no dudó en cogerla por el brazo y sacarla de allí, no sin antes llamar a la policía.
Trató de agredir a Olivia, alegando que se había quedado con todo lo que era suyo, e incluso quiso llevarse a los niños, pero no pudo, porque los invitados se plantaron delante de ellos, que permanecían dormiditos y ajenos a todo lo que sucedía en el salón.
Le hicieron un juicio rápido, y la condenaron a un año y nueve meses de prisión, además de una orden de alejamiento de todos y cada uno de ellos.
Las últimas noticias que habían tenido de ella era que se había casado con un anciano millonario francés, y que vivía en París a cuerpo de reina, sin dar un palo al agua, acostándose con todos los que le daba la gana, pues su marido se lo permitía, siempre que lo hiciera en su casa y delante de él.
En fin, hay personas para todos los gustos, ¿qué le vamos a hacer?
Y ha llegado el momento de contaros cómo ha evolucionado la historia de Martín y Olivia.
En estos años, no os voy a decir que la relación hubiera sido idílica, porque ninguna lo era, todas tenían altibajos, discusiones y problemas, como en todas las casas, pero sí que el amor los hacía superar cualquier obstáculo.
Olivia adoptó a Héctor en el mismo momento de la boda, pasando a ser su hijo mayor. Ahora tenía veintitrés años, y había terminado la carrera de arquitectura y paisajismo, trabajando con su padre codo con codo.
Por el contrario, Martina había querido estudiar Medicina estética, y estaba cursando el tercer año de la carrera, con unas notas fantásticas.
Pero la familia no se quedó ahí, cinco años después, llegó al mundo Manuel, un niño adorable que tiene síndrome de Down, pero que al que todo el mundo quería.
Manuel contaba con catorce años, y estaba cursando tercero de la educación secundaria obligatoria. Le costaba un mundo aprender, pero le gustaba tanto hacerlo, que no dudaba en pedir ayuda a sus hermanos mayores, o a sus padres, consiguiendo aprobar todos y cada uno de los cursos que terminaba.
Héctor tenía especial predilección por su hermana Martina, a la que seguía tratando como si tuviera cinco años, y que era motivo de enfado entre ellos, sobre todo cuando su hermano mayor se ponía a fiscalizar sus relaciones y terminaba por espantar a todos los novios, menos a este último, que se lo había metido en el bolsillo.
Pero eso no significaba que no le prestara atención a su hermano, al que se llevaba a la playa con sus amigos, o a jugar al futbol, incluso una noche se lo llevó de fiesta, pero eso no le gustó mucho, pues decía que ese tiempo lo podía pasar durmiendo y al otro día jugar a algo.
Olivia seguía dirigiendo la clínica de Valencia, y Martín llevaba el despacho de arquitectura que había abierto su padre. Las delegaciones de la ciudad en la que vivían antes estaban en manos de gente ajena a la familia, pero que las llevaban como si fueran suyas propias.
Hoy era el día del cumpleaños de Manuel, y él había decidido que no quería una fiesta, sino que quería pasar el día en familia, en el Oceanográfico de la ciudad, ya que le encantaban los animales marinos.
Se podía llevar horas y horas viendo documentales de peces en la televisión, y siempre con una sonrisa en la boca.
Héctor ya vivía en su propia casa, una que le regalaron sus padres, mientras que Martina seguía viviendo con sus padres, aunque pasaba más tiempo en la casa de su hermano que allí. Por eso, habían decidido que se verían en la puerta, y así no tenía que ir hasta allí para salir todos juntos.
—Manuel, ¿qué te ocurre?
—Estoy nervioso, mamita.
—Pues, haz el favor de relajarte, que vas a estar con la familia, con nosotros.
—No, porque viene el novio de Martina… ¿Y si le caigo mal?
—¿Quién te ha dicho que viene el novio de Martina? —preguntó Martín, que todavía no lo conocía, ni quería hacerlo, la verdad.
—Me lo ha dicho Héctor, esta mañana. También me ha dicho que esta noche duermo en su casa, pero que no necesito llevarme nada, que allí en su casa tengo ropa.
Esta última parte ni siquiera la escuchó, Martín se había quedado anclado en eso de que venía el novio de su hija a un evento familiar. Parecía que, si no lo conocía, no era tan cierto, y podía seguir pensando en que su niña todavía era pequeña, la inocente Martina…
—Es normal, mi amor, los niños crecen.
—Sí, pero mi niña no, ella se tiene que quedar con cinco años…
—Tu niña ya tiene veinte años, al igual que Héctor tiene veintitrés. ¿Acaso no te acuerdas cuando tenías esa edad?
—Por eso mismo lo digo, Olivia, porque sé cómo piensan los hombres con veinte años.
Olivia soltó una carcajada, que seguía teniendo el mismo efecto en Martín que al principio.
Era como el mejor bálsamo para él. Pero esa carcajada se le cortó de golpe, al ver llegar a Héctor con una chica de la mano.
Lo mismo que su marido sentía con Martina, le ocurría a ella con su niño, porque, aunque no lo hubiera parido, era y siempre sería su niño.
—Mamá, papá, ella es Manuela, mi vecina…
Martín y Olivia se miraron, y empezaron a reír, hasta el punto de que contagiaron a sus hijos y sus parejas. Nadie entendía lo que les pasaba, pero verlos así, de esa manera, les provocó un ataque de risa. Cuando consiguieron parar, ambos volvieron a mirarse, y hablaron los dos a la vez.
—¡Un vecino con derecho a roce!