Capítulo 33
Una vez que estuvieron en el interior de la casa, sentados en el salón, Lourdes se puso a explicarles las pruebas que le realizarían al niño, así como la solución que habían encontrado, y que sería la más rápida y efectiva, en caso de que fuera posible.
—Eso no es posible, Lourdes. Por eso volví con Rocío, para intentar que se quedara embarazada de nuevo y hacer lo mismo que hice cuando nació Héctor, pero sin saber que se había hecho una ligadura de trompas —afirmó Martín, agachando la cabeza.
Olivia sintió como dos lágrimas se resbalaban por sus mejillas.
El simple hecho de pensar que Martín había mantenido relaciones sexuales con esa mujer, le provocó un dolor horrible.
Él, que se dio cuenta de lo que estaba pasando, quiso darle una explicación, quiso decirle que para él no fue nada satisfactorio, pero ella lo frenó.
—No necesito saber absolutamente nada de eso. Lo único que me preocupa es la salud del niño, y por eso, no pienso negarme a que me realicen una prueba fetal, para ver la compatibilidad de mi hijo con él.
—¿Estás embarazada? ¿Cómo va a ser compatible tu hijo con Héctor si no…?
No pudo terminar la frase, pues entendió lo que Olivia le quiso decir. ¿Estaba esperando un hijo suyo? Si era así, ¿por qué se había referido al bebé como su hijo, y no como nuestro hijo?
—Sí, lo gestamos los dos, pero es mi hijo, y no hay nada más que discutir. No pienso permitir que me lo quites, ni que esa mujer esté presente en su vida. Tus decisiones son eso, tuyas, y no tengo por qué compartirlas.
—¿Acaso no has escuchado que ya no estamos juntos? ¿No te has dado cuenta de que, si he estado con ella, ha sido para intentar salvar la vida del niño?
—De lo único que me he dado cuenta es de que tú no has tenido la suficiente confianza para contarme lo que sucedía, para pedirme ayuda, y con eso, ya me lo has dicho todo.
—Hijo, pienso que eso, ahora mismo, es circunstancial —intentó mediar Gabriela.
—No es circunstancial, mamá. Es mi hijo, al igual que Héctor, y no pienso separarme de él, así me cueste la misma vida.
—Martín, tu madre tiene razón, y entiendo lo que dices, pero ya lo hablareis más tarde. Ahora, vámonos para la clínica, donde nos están esperando para empezar a realizarle las pruebas al niño —añadió Kike, que ya se dirigía hasta la puerta.
Todos marcharon, repartiéndose en los dos coches que tenían allí, y pusieron rumbo a la clínica, donde los recibieron en la puerta.
Olivia cogió al niño en brazos, que no se quería separar de él.
Tenían que hacerle algunas pruebas un tanto dolorosas para un niño tan pequeño, pero no tenían más remedio que hacerlas.
Martín, por su parte, también entró con ellos, entre otras cosas porque, cuando terminaran con el niño, empezarían a realizarle las pruebas a ella, que se quedaría ingresada un par de días para minimizar el riesgo de aborto.
Olivia sabía que el destino no permitiría que eso ocurriera.
No se iba a cobrar una vida para salvar otra, o al menos, eso quería pensar.
Por eso, entró con una sonrisa en los labios.
Martín quiso entrar con ella, pero no lo permitió, no quería que le hiciera más daño, y por eso, fue Gabriela la que lo hizo, ya que Lourdes tenía que estar para arriba y para abajo comprobando que todo iba bien.
Cuando Martín se sentó en la sala de espera, con su hijo durmiendo en el cochecito, y acompañado por Kike e Ismael, no pudo evitar derrumbarse de nuevo. Eran tantas las cosas que quería decir, tantas las emociones que sentía por dentro, que iba a explotar en cualquier momento.
—Relájate, Martín, que seguro que todo sale bien —le dijo su padre.
—Eso no lo podemos saber y, si encima que la vida de Héctor pende de un hilo, también perdemos al otro bebé, entonces ya es cuando mi vida no valdrá nada.
—No digas eso. En el hipotético caso de que eso ocurriera, que ya te digo que la posibilidad, el porcentaje de que pueda pasar es mínimo, tenéis toda la vida por delante para volverlo a intentar —le dijo Kike.
—Como si tu hija quisiera volver a tener algo conmigo…
—Mira, no te digo que te vaya a perdonar mañana mismo, ni que unas lágrimas te sirvan para algo, porque, conociendo a mi hija, no será así. Pero lo mismo que te digo una cosa, te digo otra. Olivia te sigue queriendo con toda su alma, y, para ella, vosotros dos, sois su familia.
—A veces, el amor no sirve para nada.
—Todo lo contrario, el amor sirve para mucho, tan solo hay que demostrarlo. Olivia no quiere palabras, quiere hechos, y aquí, dirigiendo esta clínica, está feliz, así que, tú verás lo que tienes que hacer.
—Según nos ha dicho Lourdes, el niño tiene aquí para varios meses, casi un año, desde que se haga el trasplante. Había pensado abrir otro despacho de arquitectura fuera de nuestra ciudad, y creo que esta es la ideal para hacerlo —añadió Ismael, que sabía por dónde iba Kike.
—Si lo abres, yo me haré cargo de él, o al menos, quiero trabajar aquí, siempre que me des la oportunidad de devolverme mi trabajo.
—Tu trabajo lo tienes asegurado, Martín, si no te he permitido trabajar ha sido para que estuvieras pendiente de esa mujer, para que no te robara más.
En ese momento, Martín se acordó de la tarjeta que le había dado, y de la que no había comprobado los movimientos ni la había dado de baja, y entró de manera inmediata en la aplicación del banco. Casi se cae de culo al ver lo que había hecho.
Rocío, no solo había hecho uso de la tarjeta para comprarse todo tipo de caprichos, sino que había sacado más de diez mil euros en los cajeros, desde que le había dado la tarjeta.
No dijo nada, sino que, simplemente, bloqueó esa tarjeta, además de llamar al portero de la finca en la que estaba situado el ático.
—Buenos días, señor Lorenzo, soy Martín Villar, del ático B.
—Dígame señor Villar, buenos días.
—Verá, ¿podría comprobar que en mi casa no haya nadie? No dude en usar la llave que le dejé.
—Ahora mismo, señor. ¿Le llamo luego, más tarde, cuando lo compruebe?
—Si no le importa, prefiero seguir al teléfono, por si tengo que intervenir.
—No hay ningún problema, señor.
Lorenzo subió al ático y, con la llave que Martín le había dejado por si había alguna emergencia, abrió la puerta, entrando en la casa. Recorrió todas las estancias, y comprobó que no había nadie.
Martín respiró algo más aliviado, pero no se quedó ahí la cosa, no quiso dejarlo, por lo que le dijo a Lorenzo que buscara un cerrajero y que cambiara el bombín de la cerradura de manera inmediata.
También le pidió que no dejara entrar a nadie, ni siquiera a la mujer que había estado con él, así como que guardara las llaves en un lugar seguro.
—Lorenzo, no sé el tiempo que tardaré en volver, pero, mientras tanto, por favor, vaya echándole un vistazo a la casa. En unos días irá un amigo mío a recoger las llaves, menos una, que se quedará usted.
—Le agradecería que, cuando fuera a venir ese amigo, me avisara usted antes, y me diera el nombre y los apellidos de esa persona, para no meter la pata.
—Buena idea, Lorenzo. No dudes que lo haremos así.
Una vez que terminó la llamada, tomó de nuevo asiento junto a su padre y al padre de Olivia. Ismael lo miró, sabiendo que esa mujer le había vuelto a hacer una de las suyas, pero mientras que fuera dinero o algo material, no tendría importancia.
A Ismael lo que le dolía era que, sabiendo que podía salvar la vida de un niño, por mucho que no lo considerara su hijo, no hubiera movido un dedo, mientras que Olivia, a la que el niño no le tocaba nada, no era de su sangre, estaba dispuesta a arriesgarlo todo por Héctor.
El tiempo pasaba demasiado lento, y aunque Héctor ya había terminado con todas las pruebas que tenían que hacerle, no era el caso de Olivia, a la que habían tenido que aplicar anestesia para que no se moviera, pues un mínimo movimiento podía suponer un daño irreversible para el bebé.
Cuando ya pensaban que no podían aguantar más y que terminarían por entrar en ese quirófano, apareció Gabriela, con cara de cansada, pero una sonrisa en los labios.
—Ya está en planta, ahora tiene que guardar reposo absoluto durante veinticuatro horas.
—Yo pasaré la noche con ella —dijo Martín.
—Hijo, no creo que sea lo más conveniente, yo me quedaré aquí, puesto que Lourdes tiene mucho trabajo por delante —añadió Gabriela, y su hijo no tuvo más remedio que agachar la cabeza.