Capítulo 32
Por otro lado, en Valencia, y en el salón de la casita en la que Olivia vivía, Lourdes se preparaba para contarle a su hija y a su marido lo que le sucedía a Héctor.
No había buenas palabras para una noticia así, no podía decirle a su hija que todo iba a salir bien, cuando en realidad no sabía lo que podía suceder.
Pero antes de hablar de todo eso, y pidiendo disculpas por ausentarse durante un rato, tenía que hablar con su compañero y leer bien todos los informes, para saber el tratamiento que se le podía administrar hasta obtener la solución definitiva.
—Hola, doctor Escobar, soy la doctora Lourdes Carrión.
—Hola, doctora Carrión. ¿En qué puedo ayudarla?
—En primer lugar, me gustaría pedirle disculpas por las horas en las que lo he llamado…
—No se preocupe por eso, estoy de guardia de noche, así que, no, no me incomoda, más bien se lo agradezco, porque así estaré un rato entretenido.
—Entonces, no me andaré por las ramas, que todo sanitario sabe cómo son las guardias, que pueden pasar de ser las más aburridas a las más movidas en cuestión de segundos.
—En eso tiene razón. Dígame, ¿cuál es el motivo de esta llamada?
—Verá, se trata de un paciente suyo, que es el hijo de un conocido mío, Héctor Villar.
—Ah, sí, el pequeño Héctor…
El doctor Escobar le explicó todo lo que necesitaba saber sobre la enfermedad del niño, mientras que ella tomaba notas para analizarlo todo en profundidad. Cuando terminó la llamada, ya sabía todo lo necesario para emitir un veredicto.
Salió del despacho bastante apesadumbrada, porque el tiempo se le venía encima a ese pequeño que era la delicia de todos los que lo conocían. Por eso, no se anduvo por las ramas, y habló con su hija directamente, sin medias tintas, por mucho que pudiera doler.
—Olivia, Héctor tiene leucemia, y el tiempo del que disponemos para salvarle la vida, cada vez en menor.
—¿Qué estás diciendo, mamá?
—Lo que oyes, y tú tienes en tu interior la solución, el tratamiento para que ese niño viva.
—¿Yo? Pues, si es así, sácame el hígado, si hace falta.
—Llamaré a Martín a primera hora, para que traiga al niño hasta aquí. En esta clínica tenemos las técnicas más avanzadas para realizar lo que tenemos que llevar a cabo.
—¿En qué consiste, mamá?
—Hija, hay que hacerle un trasplante de médula, y para eso, debemos comprobar que la genética ha hecho su función, y que ese bebé que llevas en tu vientre es compatible con su hermano.
Lourdes le explicó a su hija en qué consistía la prueba que tenían que realizar, así como los riesgos que se podrían sufrir. Ella no lo dudó, y le dijo que sí, que no podría vivir sabiendo que podía haber salvado la vida de ese niño y que no había movido un dedo.
Así mismo, y sin saber que Gabriela e Ismael no sabían la noticia, se puso en contacto con ellos, para decirles que tenían que estar en Valencia lo antes posible.
Al principio se quedaron en shock, pero enseguida reaccionaron, diciendo que iban para la casa de su hijo, y que, a primera hora de la mañana estarían allí.
En cuanto que estos llegaron a casa de Martín, se abrazaron a su hijo, que lloró en los brazos de su madre como si fuera un bebé, como hacía cuando era un niño y se había caído, o llegaba peleado con Ricardo, al que conocía desde que tenían ambos cinco años.
Sus padres no le reprocharon nada, tan solo le dijeron que preparara una maleta para él y otra para el niño, pues se marchaban a Valencia. Tenían que estar en la nueva clínica de Lourdes a primera hora de la mañana, sin falta.
—No me ha dicho nada, me dijo que iba a hablar con el doctor que trataba al niño, y que me llamaría mañana.
—Nos ha llamado a nosotros, pero eso no es lo importante ahora.
—Está bien, dadme quince minutos para que lo prepare todo. Además, así le dará tiempo al niño de dormir un poquito más en su cama, aunque luego siga durmiendo en el coche.
—Martín, tú no estás en condiciones de conducir, así que, lo haré yo —dijo su padre, sentándose en el sofá.
—Ninguno estáis en condiciones de conducir. Por eso, lo mejor será que contratéis un coche con conductor, yo me ocupo de eso —habló Ricardo.
A sus amigos les hubiera gustado estar allí, con ellos, pero no podían porque tenían demasiado trabajo y no se podían coger vacaciones en esos días. Pero no dudaron en decirles que, si las fiestas las iban a pasar allí, las pasarían todos juntos.
Martín, en media hora, tuvo todo preparado y, sin despertar a su hijo, lo sacó de la cama, lo envolvió en una manta, porque frío hacía para parar un tren, y se marcharon hacía la calle, en la que ya los estaba esperando el coche que Ricardo se había encargado de contratar.
El trayecto hasta Valencia fue de lo más intenso, puesto que sus padres le preguntaron el motivo por el que no les había contado la verdad, y él se los explicó.
—¿No crees que podrías haberte ahorrado, y a nosotros también, dicho sea de paso, muchos dolores de cabeza, si nos hubieras dicho la verdad desde un primer momento? —preguntó su padre.
—Puede ser, pero ahora, ya no hay remedio.
—Eso mismo pienso yo. Mirar al pasado ya no sirve de nada. Ahora tenemos que mirar al futuro, y procurar que todo salga bien —dijo su madre.
—¿Qué pasará si no podemos hacer nada por Héctor? Porque, si eso ocurre, te juro que yo tampoco tendré ganas de vivir…
—No digas eso, Martín. Vamos a poner al niño en las mejores manos, y si vemos que aquí no hay solución, pues miraremos fuera del país. Ni tu padre ni yo nos vamos a quedar de brazos cruzados, te lo aseguro.
Lourdes le había enviado a Gabriela la ubicación de la casa en la que estaban y, aunque les había advertido que en esa casa no cabían todos, porque era demasiado pequeña, no dudó en facilitarle la solución, pues el chalé que había junto al de su hija, también estaba disponible.
Después de unas cuantas horas de carretera, estaban entrando por la urbanización en la que vivía Olivia. Martín sintió un nudo en el estómago, sobre todo cuando imaginó la carita de su hijo cuando la tuviera de nuevo delante.
Una duda se hizo eco en su cabeza. ¿Cómo lo trataría ella?
¿Sería capaz de hablarle como lo había hecho antes?
¿Permitiría que le siguiera llamando mamá?
Todo eso se hizo una pelota en su cabeza, y empezó a faltarle el aire.
Su madre, siendo consciente del estado de Martín, le cogió la mano, e intentó tranquilizarlo.
—Martín, ni Olivia ni nadie que esté dentro de esa casa, te va a reprochar nada, al menos de momento.
—Ya, pero yo me siento en la obligación de darles las explicaciones pertinentes.
—Y se las darás, pero en el momento oportuno.
El coche paró en la puerta de una pequeña casita, en la que se suponía que vivía Olivia. Martín ni siquiera había sabido que se marchó de la ciudad, mucho menos que se había establecido en Valencia, a tantos kilómetros de distancia de él y de su hijo.
Al bajarse del coche, Héctor se despertó, mirando alrededor, pues no sabía dónde estaba, pero se tranquilizó en cuanto que vio que estaba rodeado de los suyos.
Lourdes los esperaba en la puerta, y el niño se puso a aplaudir en cuanto que la vio, pero eso no fue nada comparado con el momento en el que se dio cuenta de Olivia estaba allí, al lado de su yaya.
—¿Mami? ¿Verdad tú?
—Sí, mi vida, es verdad que soy yo.
Olivia lloraba abrazada al niño, aunque al padre ni siquiera lo miró. Le dolía hacerlo, le dolía saber que se había perdido todos estos meses de la vida del niño, sin saber por lo que estaba pasando en esos momentos.
Gabriela también se abrazó a ella, al igual que Ismael, pero ella, en cuanto que se separó la miró de arriba abajo, se había dado cuenta de que su cuerpo había cambiado, y se llevó las manos a la boca, en señal de sorpresa.
—Eso te lo contaré luego, Gabriela, ahora, vamos dentro que tenemos mucho que hablar antes de salir para la clínica.
—¿Qué es lo que te tiene que contar luego, cariño? —preguntó Ismael.
—Cosas de mujeres, ya te enterarás cuando ella lo considere oportuno.
Martín se vino abajo, pensando que Olivia había conocido a otro hombre, que se había olvidado de él, pero era lógico, después de todo lo que le había hecho pasar, lo raro hubiera sido que no lo hiciera.