Capítulo 31
Rocío soltó una carcajada que desconcertó a Martín por completo. ¿De qué coño se reía? ¿Qué le resultaba tan gracioso? Porque él, desde que conoció el problema del niño, no había sido capaz de reírse de manera sincera, mucho menos a carcajadas, como estaba haciendo ella en estos momentos.
—Me parece increíble, tu hijo está al borde de la muerte con menos de tres añitos, y tú te ríes a carcajadas.
—Ya te he dicho que ese no es mi hijo. Digamos que yo solo he sido el envase, el lugar donde se ha gestado, pero nada más.
—¿Me estás diciendo, de verdad, que no sientes ni siquiera un poquito de lástima por él?
—No siento nada por él, y si me apuras, tampoco por ti. Lo nuestro se terminó en el mismo momento en que no entendiste mi manera de vivir.
—¿Tu manera de vivir? Venga ya, Rocío. Esa vida se lleva cuando uno tiene veinte años y no tiene responsabilidades ninguna, no con la edad que tienes ya, mucho menos con un hijo que venía en camino.
—Un hijo que, te recuerdo, yo no quería tener.
Si antes tenía claro que Rocío no quería al niño, ahora lo tenía mucho más. Por eso, él mismo fue el que cogió las cosas que ella había traído, las metió de mala manera en su maleta y se la puso en la puerta.
Ella, al ver que lo decía en serio, intentó convencerlo, diciendo que se iba a realizar las pruebas, que haría todo lo que él quisiera, pero no logró convencerlo, entre otras cosas, porque si hubiera compatibilidad entre ellos, Rocío tendría que llevarse una temporada sin vivir excesos, y a eso, seguro que no estaba dispuesta.
Sin prácticamente escucharla, le cerró la puerta en las narices. Desde el interior de la casa se escuchaban sus gritos, como maldecía a Martín, incluso al propio niño, algo que provocó que su sangre hirviera de rabia, pero también de dolor.
Martín ya no podía más. Había perdido a la mujer que amaba por intentar salvar la vida de su hijo, se había distanciado de su familia, e incluso había perdido su casa y su trabajo, ya que su padre, sin saber absolutamente nada, lo había despedido.
En esos momentos, necesitaba el apoyo de alguien, y por eso, no dudó en llamar a sus amigos, sin saber cómo iban a responder estos, ya que los había apartado deliberadamente de su vida.
¿El motivo? Ellos lo conocían demasiado bien y sabrían que estaba representando un papel, y no pararían hasta que supieran la verdad.
Se levantó del sofá y fue a buscar su teléfono, no sin antes pasar por la habitación del niño, que seguía durmiendo ajeno a todo lo que estaba sucediendo en su vida. Le dejó un beso en la cabecita y, sin poder evitar que unas lágrimas cayeran por sus mejillas, marcó el número de su mejor amigo.
—Ricardo, os necesito.
—¿Martín? ¿Qué te ha sucedido?
—No quiero hablar por teléfono. Estoy en el ático, ¿podéis venir?
—Ahora mismo vamos para allá. Ni diez minutos tardamos porque estamos cerca. ¿Necesitas que me mantenga al teléfono mientras que no llegamos?
—No, no hace falta. Os espero, y gracias.
—Somos familia sin ser de sangre, así que, no me tienes que dar las gracias por nada.
Martín cortó la llamada, y se volvió a sentar en el sofá, con la mirada perdida y en completo silencio.
Ellos serían los primeros a los que les confiaría la enfermedad de Héctor, y a los que les pediría consejos para salvar su vida.
Estaba dispuesto a llevarlo donde hiciera falta, a dejar hasta el último céntimo de su cuenta bancaria, siempre y cuando le mostraran una mínima posibilidad de que esto fuera posible.
Exactamente diez minutos después, llamaron a la puerta del ático, y ahí estaban los cuatros, mis dos amigos y sus dos chicas, mirándome sin entender que era lo que ocurría, sobre todo, cuando Martín empezó a llorar, de manera desconsolada.
—¿Qué ocurre, Martín? —preguntó Ricardo, en cuanto que entró en la casa.
—Es Héctor…
—¿Qué le ocurre al niño? —añadió Rodri.
—No puede ser tan malo, tranquilízate —le aconsejó Irene, sin saber de qué se trataba.
—Sí que lo es, Irene. Es muy grave…
—Por Dios, Martín, habla ya de una vez, que me estás matando de la incertidumbre.
Martín se levantó, se sirvió una cerveza antes de hablar, al igual que le llevó un botellín a cada uno de sus amigos. Dio un pequeño sorbo y empezó a hablar, contándoles todo lo que sucedía con el niño, además de lo que había hecho para salvarle la vida.
Irene miró a Ana y esta última supo lo que le estaba diciendo. No preguntaron, ambas se levantaron y se marcharon a la terraza, donde no dudaron en llamar a Lourdes, ya que habían intentado llamar a Olivia, pero su teléfono seguía apagado o fuera de cobertura, y no sabían dónde podían localizarla.
—Lourdes, tenemos que vernos —le dijo Irene en cuanto que esta contestó a la llamada.
—Pues, lo siento, cariño, pero no estamos en la ciudad.
—Es algo importante que considero que Olivia debería de saber.
—Irene, preciosa, no te lo tomes a mal, pero si es algo relacionado con Martín y con esa mujer, no creo que le venga bien tener noticias de ese tipo.
—Es de Martín, bueno, en realidad es algo que le afecta directamente, pero sin ser el protagonista de la situación.
—Hija, por favor, háblame claro, que no te entiendo.
—Es Héctor, tiene leucemia y…
—¿Cómo que Héctor tiene leucemia? Nadie me ha informado de eso, y yo soy su pediatra.
—Al parecer, Martín lo llevó a otro pediatra para no coincidir contigo.
—Quiero que me digas el nombre del profesional que lo está tratando.
—No lo sabemos…
—Pásame ahora mismo con él.
—Lourdes, no le hemos dicho nada de que íbamos a hablar contigo…
—He dicho que me pases con él. Si se enfada, que beba agua, la vida del niño está por encima de todo.
De fondo se escuchó la voz de Olivia, preguntándole a su madre qué le sucedía al niño, pero su madre no le contestó, seguramente le haría algún gesto de que luego le contaba. Eso, el saber que su amiga estaba allí, a su lado, las tranquilizó, porque sabían que no se quedaría de brazos cruzados.
Irene y Ana fueron a buscar a Martín para pasarle la llamada. No sabían cómo iba a reaccionar, pero, tal y como había dicho Lourdes, lo primero era la vida y la salud del niño, lo demás se quedaba de manera secundaria.
—Martín, escúchame…
—Lourdes, yo…
Martín no pudo seguir hablando, rompió a llorar al escuchar que esa mujer, a pesar de lo que le había hecho a su hija, estaba dispuesta a ayudar al niño, y eso le demostró todo lo que lo quería, haciéndolo sentir todavía peor de lo que ya lo estaba.
—Martín, deja el llanto, que con eso no se soluciona nada.
—Tienes razón, pero tengo tanto dolor en el pecho.
—Necesito que me des el nombre y el teléfono del profesional que le ha diagnosticado esto a Héctor.
—Lo siento, pero lo descubrieron de manera accidental, y pensé que podría solucionarlo sin hacer que todos sufrierais por este motivo.
—Como ya te he dicho, las lamentaciones y las disculpas, las dejamos para cuando el niño se encuentre bien, ahora eso no es lo importante.
Martín le indicó el nombre del jefe del equipo que estaba tratando al niño, además de enviarle toda la documentación de los informes médicos de Héctor, por correo electrónico.
Lourdes le pidió a Martín que le dejara que revisara todo, que, a la mañana siguiente, lo llamaría para darle su opinión y tratar de encontrarle la solución.
Sin embargo, Lourdes sabía cuál era esa solución, tan solo tenía que hablarlo con Olivia, de la que estaba segura de que diría que sí, sin pensárselo, además, pero no podía hablar por ella ni decidir sin que ella no lo supiera antes.
A Martín le albergó un sentimiento de esperanza, era como si viera una pequeña luz al final del túnel. Ahora también le tocaba explicarles a sus padres lo que sucedía, y justificar, así, todos sus movimientos, esperando que lo entendieran.
Sus amigos se mantuvieron a su lado, prestándole todo el apoyo que necesitaba, y permanecieron con él durante toda la noche.
No querían que se sumiera en la tristeza que se estaba apoderando de él, sino que tenían toda la intención de que se apoyara en ellos, de que sacara todo eso que lo estaba matando por dentro.
Martín les contó lo sucedido con Rocío, y lo idiota que había sido cuando no le dijo la verdad de lo que pasaba a nadie, en especial a Olivia, apartándola así de su lado.
Ahora, tan solo quería ponerse delante de ella, y esperar a que lo perdonara en algún momento, aunque no volvieran a ser pareja de nuevo.