Un vecino con derecho a roce Capítulo 30
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Capítulo 30

Olivia ya se había instalado en Valencia. Al final, la primera casa que visitaron fue la que más les gustó, sobre todo a ella, y, aunque la intención de ella era quedarse y la de su padre comprarle la casa, decidieron, a última hora, que firmarían un contrato de alquiler con derecho a compra.

La casa era preciosa, contaba con una sola planta, en la que había dos habitaciones, una de ellas con baño en suite y la otra, en la que había un despacho.

Un salón con cocina abierta y un cuarto de baño al final del pasillo.

Desde el salón se podía acceder a un pequeño jardín trasero, pero lo que más le gustaba era que, desde allí, se podía ver el mar.

Los propietarios la tenían ya amueblada y, aunque le dijeron que podían cambiar lo que quisieran, decidieron dejarla así, al menos hasta que tuvieran claro si continuar con el alquiler o comprarla.

Durante un mes, Kike permaneció allí con ella, organizando todo el tema de la clínica, hasta que la dejó funcionando. Como se acercaban las fiestas navideñas, Lourdes se tomó unas vacaciones y también se marchó hasta allí.

Su padre, en cuanto que supo que su mujer venía a Valencia, alquiló un pequeño apartamento para los dos, no muy lejos de donde vivía su hija. Estaban los tres en el salón de la casa de Olivia cuando ella ya no pudo aguantar más y soltó la bomba.

—A ver, tengo algo que contaros…

—¿Otra mala noticia? No, por favor, que ya te mereces ser feliz, hija, el cupo de desgracias ya lo tienes cubierto —dijo la madre.

—Hombre, para mí no lo es, no sé si lo será para vosotros.

—Hija, déjate ya de acertijos y suéltalo de una vez —continuó su padre.

—Vais a ser abuelos. Me enteré el día antes de que ocurriera todo, y…

—¿Abuelos? ¿Por qué no lo has dicho antes? —preguntó la madre, completamente desconcertada.

—¿Ese desgraciado lo sabía y, aun así, te hizo eso? —Añadió su padre.

—A ver, vamos por partes. No, papá, Martín no lo sabe ni lo sabrá nunca, porque no pienso decirle nada. A todos los efectos, este bebé es mío y solo mío. Y no lo he dicho antes porque tenía que asimilarlo, mamá.

—Pues, ¿sabes lo que te digo? Que apoyo tu decisión de no decírselo, porque no se lo merece —le dijo su madre, dándole la razón.

—Pues yo no estoy de acuerdo, deberías de decírselo, así no te quedaría en la conciencia, pero, aun así, te apoyo, porque soy tu padre y la decisión final es y siempre será tuya.

—Gracias a los dos por vuestro apoyo.

—¿Qué piensas hacer ahora, Olivia?

—Continuar con mi trabajo aquí y tener a un valenciano o valenciana precioso. Es como si la vida me hubiera querido compensar por la ausencia de Héctor, al que siempre querré con toda mi alma.

—El niño te echa mucho de menos. Hace unos días que estuvo en casa, con Gabriela y Estefanía, jugando con Harry y Pepe. Lo primero que hizo al entrar fue preguntar por su mami.

—Yo también lo echo de menos, mamá, pero no puedo volver, no hasta que mi corazón no esté sanado por completo.

—Te entiendo, mi vida. Aquí todos estáis sufriendo por culpa de una decisión que ese hombre ha tomado sin pensar más que en él.

—Espero que, al menos, el niño pueda disfrutar de sus padres, que esa mujer no lo haya hecho sentir de menos o despreciado, porque, por la forma de hablarle…

—No está disfrutando de ninguno de los dos. Del niño se están ocupando sus abuelos, junto a Estefanía. Su padre, como mucho, habrá ido a verlo en un par de ocasiones en todo este tiempo.

—¿Me lo dices en serio? ¿Cómo ha podido cambiar tanto con su hijo? Por favor, si Héctor siempre ha sido la prioridad de Martín.

—Eso mismo se pregunta Gabriela, pero no ha sido capaz de obtener una respuesta coherente y convincente.

—¿Has ido ya a la revisión del ginecólogo?

—No, tengo cita mañana por la mañana y me gustaría que me acompañaras, mamá.

—Por supuesto que te acompañaré. Tan solo me gustaría hacerte una pregunta más.

—Dime, mamá, si está en mi mano contestarte, no dudes que lo haré.

—¿Se lo puedo contar a Gabriela? Quiero decir, si puedo decirle que vamos a ser abuelos, que estás esperando un hijo que lleva su sangre.

—Antes de contestarte a eso. ¿Qué relación tienen sus padres con Martín? Me refiero a si siguen siendo cercanos, como antes.

—No, hija, Ismael ha despedido a su hijo del trabajo y la casa en la que vivisteis cuando erais pareja, la ha vendido. Decía que esa mujer no pisaría nada que fuera de su propiedad —contestó su padre.

—Si hasta le dio veinticuatro horas para sacar sus cosas de allí. Martín vive en el ático con ella y está buscando trabajo, por lo que hemos podido averiguar —añadió su madre.

—Entonces, y siempre y cuando ellos no le digan nada a su hijo, no tengo ningún problema en que lo sepan, incluso en que tengan contacto con el bebé.

—¿Estás segura de querer dar a luz aquí? Piensa que allí estaremos nosotros y tus amigas, que te podríamos ayudar mucho…

—De momento, es lo que quiero, pero eso no significa que, conforme avance el tiempo, no cambie de opinión.

—Pues, ojalá y eso ocurra.

Se fueron a la cama, pero antes de eso, Olivia se miró en el espejo.

Su vientre seguía siendo plano porque tan solo estaba de doce semanas.

Por un momento se imaginó con su vientre redondeado, sintiendo a su bebé en su interior, y una sonrisa se pintó en sus labios, la primera que le salía de verdad desde que había sucedido todo.

Por su parte, Martín estaba ya desesperado. Llevaba casi dos meses con Rocío y ella seguía igual, pensando nada más que en fiesta y cachondeo, cuando él necesitaba que se quedara embarazada ya, el tiempo le iba en contra.

Ese día tenía que ir a recoger a Héctor. De cara a sus padres, el motivo de llevárselo sería para que estuviera un ratito con su madre, pero, en realidad, lo tenía que llevar al médico, le tocaba una revisión.

No lo llevaría a la clínica de Lourdes, o todos se enterarían de eso que él pretendía ocultar, al menos de momento. Lo estaba llevando otro equipo médico, también de un hospital privado, pero en la capital.

—Martín, la cosa está muy clara. El niño ha empeorado bastante, y debes de haberlo notado mucho más cansado y apático…—afirmó el médico.

—El niño está viviendo con mis padres porque yo estoy hasta arriba de trabajo —le mintió al doctor.

—¿Y no te han comentado nada?

—Pues no, la verdad. Pero eso, ahora mismo, no es lo importante. ¿Qué podemos hacer?

—Ya te dije que el mayor porcentaje de compatibilidad solía darse entre hermanos, si son de los mismos padres, mucho mejor, pero no tenemos tiempo de esperar a eso.

—Joder, deme una solución, por favor.

—Que todos los miembros de la familia se sometan a las pruebas de compatibilidad.

—¿Y si ninguno de nosotros es compatible?

—Entonces, recurriremos a un donante externo, pero tenemos mucho más riesgo de rechazo, no sé si me explico.

Héctor se había quedado dormido en el cochecito y tan solo de pensar que le pudiera pasar algo, hacía que a Martín se le encogiera el corazón. Sin su hijo no era nada, su vida entera era él.

Su hijo sufría leucemia, se la habían detectado de manera accidental y, desde ese instante, su vida se había centrado en convencer a Rocío para que volviera a quedarse embarazada, era primordial para salvar la vida de su hijo, aunque ella no lo sabía.

Estuvo todo el día con el niño. La primera persona con la que hablaría sería con su madre.

Según el doctor, la compatibilidad entre madre e hijo, al haber compartido la sangre durante la concepción, también era alta.

Sin pensarlo, llamó a Gabriela para decirle que el niño pasaría la noche con él, que ya lo llevaría al día siguiente.

—Mamá, esta noche no te voy a llevar al niño, dormirá con nosotros.

—¿Ocurre algo, Martín? Te noto con la voz un poquito conmocionada.

—No, mamá, es tan solo que estoy cansado. Mañana cuando vaya a dejar al niño, te cuento.

—¿Otra vez es por culpa de esa mujer? ¿De nuevo te has dejado mangonear, Martín?

—No, mamá, no es por ella. Pero ahora no me apetece hablar de esto, de verdad.

—Está bien, pero prométeme una cosa.

—¿Qué quieres que te prometa?

—Que si alguna vez tienes un problema, sea el que sea, me lo vas a contar. Sigo siendo tu madre, aunque no comparta contigo determinadas decisiones.

—Te lo prometo, mamá.

Gabriela no se quedó demasiado conforme, pero decidió esperar a poder hablar con su hijo antes de sacar conclusiones precipitadas. Se acercaban las navidades, y quizás su hijo estaba así porque no las podría pasar en casa, porque esa mujer no iba a entrar en su casa, ni muerta.

Martín montó a su hijo en el coche para ir de vuelta a su casa, donde le había dicho a Rocío que lo esperaba, que tenían que hablar de algo muy serio. Esperaba que le hubiera hecho caso, porque como no fuera así, esa misma noche la pondría de patitas en la calle, sin más dilaciones.

Por una vez en su vida, Rocío le hizo caso, con mala cara y protestando, así como vestida para salir de fiesta.

En cuanto vio que llegaba con el niño, su enfado empeoró todavía más, ya que esperaba convencer a Martín de que saliera con ella, pero con el niño allí y sin niñera, estaba claro que no tendría la oportunidad de hacerlo.

—¿Se puede saber qué hace el niño aquí?

—Por si no te has dado cuenta, esta es su casa y me apetecía dormir con él hoy.

—Bueno, tú haz lo que quieras, yo pienso irme a salir de marcha.

—Tenemos que hablar, es algo importante.

—Pues venga, empieza ya, que me están esperando.

—¿No puedes quedarte ni un solo día sin salir?

—¿Otra vez vas a empezar con lo mismo? Si es eso de lo que querías hablar, ahórrate las palabras porque, desde ya, te digo que ni lo sueñes.

—No, no es de eso de lo que te quiero hablar. Es de la salud de Héctor.

—Chico, que un niño tenga mocos y fiebre de vez en cuando es normal, no tienes que hacer un drama de eso.

—Nuestro hijo tiene leucemia.

—¿Y qué quieres que haga yo? Mira, llévalo al médico y le manden algo, ya verás cómo se le quita.

—¿En serio eres capaz de decir eso, como si te hubiera dicho que tiene una caries en una muela? ¡Es su vida la que está en juego!

—Pues llévalo adonde tengas que llevarlo, a mí qué me cuentas.

—Tienes que hacerte una prueba para ver si tu sangre es compatible con la de él, para poder hacer un trasplante de médula.

—¿Yo con una aguja? Ni te lo pienses, me dan pavor.

—¿No te da más miedo que tu hijo se pueda morir?

—Ese no es mi hijo, es el tuyo. Yo tan solo estoy aquí porque me facilitas la vida. Además, para que no me volviera a ocurrir un incidente como ese, me practicaron una ligadura de trompas. Yo no estoy hecha para ser madre.

—¿Me has estado engañando durante todo este tiempo? ¿Sabías que no podías quedarte embarazada y, aun así, me has hecho creer que sí?

—Bueno, chico, cada uno tenía sus secretillos, porque tú tampoco me has contado la verdad sobre por qué querías ser padre de nuevo.

—Recoge tus cosas y sal de mi vida de una puta vez.