Un vecino con derecho a roce Capítulo 29
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Capítulo 29

Absolutamente nadie sabía el motivo por el que Martín estaba haciendo esto, y tenía claro que no lo diría hasta que tuviera más remedio, pero era una razón de fuerza mayor.

Le dolía en el alma no poder decirlo, porque, entre otras cosas, se ahorraría muchos problemas, pero también sabía que causaría mucho dolor a los que lo rodeaban.

Por otro lado, Estefanía acababa de llegar a la casa de Gabriela e Ismael cuando recibió la llamada de Lourdes. Tal y como le había prometido a su hija, estaba dispuesta a ayudar a esa mujer, pero su exconsuegra se le había adelantado.

—Lourdes, de verdad que no sabes cómo te lo agradezco, pero Gabriela me dijo que viniera aquí, a su casa, con el niño, para que Héctor no tuviera tanto cambio.

—Y lo entiendo, pero si en algún momento tienes que salir de allí, por lo que sea, no dudes de que en mi casa tendrás un hueco, siempre.

—¿Cómo se encuentra Olivia?

—Pues te puedes imaginar, destrozada.

—Había apostado mucho por esa relación y, de buenas a primeras, se encuentra con que su pareja, con quien había planeado un futuro, la está engañando con su ex.

—Sí, pero no solo eso. Ella quiere mucho al niño y a los padres de Martín, con los que tenía muy buena relación. Pero bueno, ahora le toca remontar y, para eso, lo mejor es marcharse de aquí.

—¿Tiene pensamientos de marcharse?

—No, pensamientos, no. Tiene la certeza de que se va a marchar, pero permíteme que no te diga dónde, puesto que ella no quiere que nadie lo sepa, ni siquiera se lo ha dicho a sus mejores amigos.

—Y yo pienso respetarla, te lo aseguro. Dile que si en algún momento necesita hablar, estoy a un golpe de teléfono.

—Se lo diré, Estefanía, y gracias.

—¿Gracias? Eso se lo tendría que dar yo a vosotros, y en especial a ella.

—Has sido un gran apoyo para mi hija, y eso siempre es de agradecer.

Cortaron la llamada y, cuando estaba de vuelta en el sofá, se encontró a Gabriela desesperada, con Héctor en brazos y llorando, de manera desconsolada, y no había manera de pararlo.

Quería con su mami, como él llamaba a Olivia, y a ella, por desgracia, no la volvería a ver en mucho tiempo, según le había contado Lourdes.

—¿Vamos a ver al perrito? —le dijo Estefanía, para intentar distraerlo.

—¿Pepe, aquí, casa bela ? —preguntó el niño, un poquito más calmado.

—Sí, cariño, ven con el belo , que vamos a ir a buscarlo —le dijo Ismael, cogiendo al niño en brazos.

Cuando el niño ya estaba lejos y no podía escuchar lo que hablaban su abuela y Estefanía, esta se sinceró con ella y le contó todo lo que había hablado por teléfono con Lourdes, y Gabriela se llevó las manos a la cabeza.

—Dios mío, no sé qué ha llevado a mi hijo a querer volver con esa mujer, cuando con Olivia había vuelto a sonreír.

—Pues no lo sé, pero parece que lo tiene clarísimo.

—Mucho menos que te diga que te lleves a su hijo y que, encima, la otra afirme que ya te avisará cuando tengas que llevarlo de vuelta, y él se quede callado.

—Eso sí que me ha sorprendido, la verdad. Es más, cuando ella me ha menospreciado en mi trabajo, Martín se ha mantenido en silencio, como si no fuera con él.

—¿Sabes qué? Ahora mismo lo voy a llamar y me va a dar una explicación, quiera o no quiera.

Gabriela se levantó y fue a coger su móvil, marcando el número de teléfono de su hijo, dispuesta a cantarle las cuarentas, y la iba a tener que escuchar, quisiera o no.

—No quiero más reproches, así que, si me llamas para eso, más vale que cuelgues, porque no te pienso escuchar.

—¿Te estás oyendo? De verdad que no entiendo cómo has podido cambiar tanto, y me merezco una explicación.

—No tengo que darle explicaciones a nadie, ni siquiera a ti.

—¿Has pensado en tu hijo? ¿Sabes lo que está llorando por su madre?

—Precisamente por mi hijo estoy haciendo todo esto, y su madre es la que está aquí conmigo, ninguna otra mujer.

—Entonces, ¿por qué permitiste que la llamara así?

—De eso es de lo único que me arrepiento, porque no quisiera que mi hijo se hiciese un lío.

—Tu hijo no se va a hacer un lío, es más inteligente que tú y sabe quién lo quiere de verdad y quién no.

—Por eso, como se supone que ahora está con la gente que lo quiere, que se quede con vosotros hasta que yo considere oportuno.

—¿Me estás diciendo que no piensas venir a ver a tu hijo?

—Mamá, ahora mismo tengo mejores cosas que hacer y sé que con vosotros va a estar bien.

—De verdad que no te reconozco, Martín. Esa mujer ha tenido que hacerte algún tipo de brujería, porque, si no, es que eres tonto de remate, chico.

—Piensa lo que quieras, mamá. Ahora tengo que cortar la llamada…

—Martín, Martín… ¿De verdad ha colgado sin hablar con su hijo? ¿De verdad no piensa venir, ni siquiera a verlo?

Gabriela tenía un nudo en la garganta, intentaba aguantar las lágrimas, pero no por ella, ni siquiera por Olivia, sino por Héctor.

Ese niño había tenido que vivir con la ausencia de una madre y, cuando por fin estaba feliz, ahora tendría que lidiar también con la falta de su padre, al que estaba tan unido.

Su hijo, cuando cortó la llamada, también tenía ese mismo nudo, pero por motivos diferentes.

Se recompuso como pudo, antes de entrar en el salón, donde se encontraba Rocío, que seguía sentada en el sofá, pues él, en cuanto que vio el nombre de la persona que llamaba, supo que se avecinaba tormenta y atendió esa llamada en la terraza.

—¿Otra vez tu madre dando por culo?

—Hombre, tanto como eso, tampoco. Me estaba preguntando cosas del niño.

—Venga ya, Martín. Los dos sabemos que ni tu padre ni tu madre me han tragado nunca.

—Ya, pero no son ellos con los que vas a vivir, sino conmigo. Así que, si a mí no me importa su opinión, a ti tampoco te tiene que importar.

—No, si no me importa. Me gustas tú, los demás me sobran.

Cuando Rocío pronunció esas palabras, le entraron ganas de decirle cuatro cosas, pero si no lo hizo, fue porque la necesitaba, porque, para él, su hijo era lo más importante. Por todo eso, y para quitarse el malestar que tenía en el cuerpo, decidió proponerle algo que sabía que le encantaba.

—¿Qué te parece si pedimos al italiano ese que tanto te gusta? Es la hora de cenar y sé que tú no te vas a meter en la cocina, y a mí no me apetece tampoco.

—¿Yo? ¿Meterme en la cocina? Ja, ja, ja, sigue soñando, corazón.

—¿Sigues igual?

—Por supuesto, yo nací para que me sirvan, cariño, no para servir a nadie.

—¿Qué hiciste con el dinero que te dio mi padre? ¿Montaste algún negocio?

—Pues no, lo que hice fue vivir hasta ahora. Me alquilé un piso, me levantaba a las tantas, pedía comida y, por la noche, salía de fiesta.

—Vamos, lo mismo que hacías cuando estábamos juntos.

—Y así seguirá siendo. Si pretendes cambiarme, lo siento, pero no.

—No quiero cambiarte, sé que eres así. Lo que sí quiero es tener otro hijo, contigo, por supuesto. Yo soy hijo único y no quiero que Héctor crezca solo, como me ocurrió a mí.

—Bueno, por ahí sí que estoy dispuesta a pasar de nuevo, pero firmando antes una especie de contrato.

—¿Un contrato? ¿A qué te estás refiriendo?

—Pues muy sencillo, si me vuelvo a quedar embarazada y nos separamos, por supuesto, el niño se quedará contigo, y a mí me tendrás que dar una pensión de mil quinientos euros mensuales.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Por supuesto que te lo digo en serio. No me voy a conformar con una cantidad cerrada, como la otra vez. Además, esa cantidad se fijará, independientemente de quién deje al otro.

—Me parece bien. Ahora, vamos a cenar y luego seguimos hablando.

—Uy, yo quiero hacer otra cosa después de cenar, que no es hablar. ¿Qué te parece una duchita juntos, como nos dábamos cuando éramos pareja?

A Martín se le cortó el cuerpo, pero no tenía más remedio que hacerlo, tenía que pensar en su hijo, era lo único que tenía que hacer: centrarse en su hijo y, de ese modo, seguro que lo conseguiría.

Evidentemente, Rocío sabía lo que se hacía. Mientras que no se quedara embarazada, viviría a cuerpo de reina, le pondrían todo por delante y podría comprarse todo lo que le diera la gana, como hacía cuando era pareja de Martín, antes de quedarse embarazada.

Al parecer, aquí todo el mundo tenía secretos, empezando por Martín y terminando por Olivia, pasando por Rocío.

Porque sí, Olivia también se había callado algo de lo que se había enterado el día anterior, y que tenía intención de compartir con Martín cuando este hubiera vuelto de su supuesto viaje, sin saber que el destino le tendría preparado eso.

Rocío se salió con la suya y tuvo sexo con Martín en la ducha y, en cuanto que llegaron a la cama, no dudó en pedirle algo. En ese instante, él supo lo que ella pretendía, pero como la necesitaba, se calló la boca y no dijo nada.

—Martín, me tendrías que dar la tarjeta que tenía cuando éramos pareja, por si necesito algo.

—Esa la destruí y la di de baja, pero no te preocupes, que mañana mismo iremos al banco y te pediré una nueva. Eso sí, esta tendrá límite, pues mi padre me ha despedido esta mañana.

—¿Cómo que te ha despedido? ¿Qué vas a hacer ahora? Porque digo yo que tendrás que buscar un trabajo para mantenernos…

—También lo podrías buscar tú y mantenernos a los dos, para variar un poquito.

—Lo siento, chico, pero partirme el lomo trabajando no está en mis planes y, si no vas a ser capaz de cumplir con lo que te he dicho antes, será mejor que me lo digas, no me gusta perder el tiempo.

—Yo no he dicho que no pueda cumplir con lo que vamos a firmar, simplemente te he dicho que, mientras que no encuentro un nuevo trabajo, mientras que me pienso si me establezco por mi cuenta, debemos frenar un poquito los gastos.

—Bueno, pues ya sabes, te frenas tú. Yo necesito un mínimo de mil quinientos euros todos los meses para mis gastos.

—Eso ya me ha quedado claro, y los tendrás, pero una vez que tengas otro hijo mío.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, tendrás techo, comida y quinientos euros mensuales para tus caprichos.

Rocío lo miró, pensando que, si le ofrecía de nuevo sexo, al final claudicaría y entraría por lo que ella quería, pero lo que no se imaginaba era que eso tan solo le facilitaría todo a Martín.

Eran las cinco de la madrugada cuando decidieron dormirse de una vez. Martín estaba tan agobiado que, en cuanto que vio que Rocío se había dormido, no dudó en coger el móvil y ponerse a mirar la fotografías que tenía de él con Olivia, sobre todo en las que salían ellos dos con el niño.

Sin poder evitarlo, en cuanto que vio la sonrisa tan bonita que tenía su hijo, no pudo reprimir las lágrimas. ¿Por qué el destino era tan cabrón? ¿Por qué tenía que ponerlo en esta tesitura, ahora que por fin era feliz?

Echaba tanto de menos al niño, que tenía que reprimir su deseo de ir a buscarlo, o todo su plan se iría a la mierda.

—Te quiero, mi vida. Ojalá y me puedas perdonar algún día —dijo mirando la foto en la que salía su hijo con la que él consideraba su mamá.