Capítulo 28
Olivia entró por la puerta de la casa de sus padres, que, al ver la cara que traía, junto a las maletas que la acompañaban, supieron que algo no iba bien. Otra vez volvió a llorar, de una manera desgarradora, como si se le fuera la vida.
Eso fue lo que puso a sus padres en alerta, porque, hasta ese momento, pensaban que podría haber sido una discusión de pareja, como las que muchas veces se tienen, pero ese llanto evidenciaba que no era nada de eso.
Kike la ayudó a subir las maletas a la que, hasta que se independizó, había sido su habitación, y las dejó a uno de los lados del armario. Su padre no le dijo nada, tan solo la abrazó y esperó a que ella se recompusiera para poder hablar.
Bajaron al salón, donde Lourdes esperaba, nerviosa y retorciendo sus manos. Su hija nunca se hubiera marchado de allí, nunca hubiera dejado a ese niño, a no ser que lo que hubiese sucedido fuera demasiado fuerte como para no tener más remedio que hacerlo.
Le contó todo lo que había sucedido, sin dejarse nada, y sus padres entendieron que lo que mejor le podía pasar era alejarla de la ciudad, que hiciera nuevas amistades y, por eso, no dudaron en hacerle la gran pregunta.
—Y eso es todo lo que ha sucedido. No lo quiero delante de mi vista en lo que me queda de vida.
—Y haces bien, mi niña. Te mereces un hombre que te valore y que te quiera, no que te oculte y te trate como su niñera —dijo Kike.
—Cariño, tenemos que proponerte algo, y espero que nos digas que sí, porque sería lo mejor para todos, empezando por ti —añadió Lourdes.
—¿Qué me tenéis que proponer?
—Hija, queremos abrir una nueva clínica, pero esta vez en Valencia. Ya lo tenemos todo listo, a falta de encontrar al personal, y habíamos pensado que fueras tú la que la dirigieras y te encargaras de todo.
—Sí, mamá, lo haré. Necesito tomarme mi tiempo para que, cuando me lo cruce de nuevo por la calle, no me afecte de esa manera. Además, así también el niño se olvidará de mí.
Decir aquello le dolió en el alma, pues no quería que el niño se olvidara de ella, pero, con dos años, aquello era inevitable. Además, su madre estaría a su lado, que era la que tenía que estar, no ella, no Olivia.
Esa misma noche se pusieron a buscar una casa en Valencia y seleccionaron varias. Saldrían para allá al día siguiente, para verlas y alquilar o comprar la que más les gustara. De esa manera, podría ponerse manos a la obra a la semana siguiente.
Sus padres le explicaron que ya tenían todos los acuerdos con las aseguradoras firmados, que tan solo estaban esperando a que estuviera operativa para empezar a desviar a los pacientes, y que necesitaban que estuviera lista en el plazo de un mes.
Durante este tiempo, Kike se quedaría allí con ella, mientras que Lourdes se encargaba de dirigir la clínica de la sierra de Madrid.
Desde allí mismo, envió un correo electrónico a la clínica en la que estaba trabajando, solicitando una excedencia de al menos un año, alegando motivos personales y de carácter inmediato.
Si tenía clara una cosa, era que, si su empresa no le concedía esa excedencia, se despediría de ella.
Necesitaba huir, necesitaba poner kilómetros de por medio.
Eso sí, nadie debía saber dónde estaba, ni siquiera sus amigas, a las que les enviaría un mensaje para decirles que se marchaba de la ciudad durante un tiempo, sin darles más explicaciones.
Olivia: Chicas, me marcho de la ciudad por un tiempo. No os voy a decir dónde, pues necesito estar sola y tranquila. Cuando vuelva, si es que vuelvo en alguna ocasión, os avisaré. Sed muy felices; yo lo voy a intentar.
Como sabía que no dudarían en llamarla, su padre le ofreció cambiar de número de teléfono y le tendió una de las tarjetas con un número de empresa, que Olivia cogió de inmediato. Ese número nada más que lo tendrían sus padres y los empleados de la nueva clínica de Valencia.
—Mamá, me gustaría pedirte un favor, porque no creo que esa mujer vaya a permitir que Estefanía se quede a dormir con ellos…
—No te preocupes, que ahora mismo la llamo, que se quede en tu habitación. Además, así también estaré acompañada cuando tu padre se marche a la clínica de Valencia.
Olivia abrazó a su madre y subió a su habitación. Le dolía la cabeza muchísimo; tan solo quería darse una ducha y meterse en la cama, pero antes se tomaría una pastilla, a ver si así podía descansar mejor.
Saldrían al día siguiente a primera hora, iría en coche, ya que así Olivia se podría llevar el suyo y no tendrían que enviarlo desde aquí.
Habían quedado a las siete de la tarde para ver la primera casa, que era la que más le gustaba a Olivia, tanto por las fotos que aparecían en la web como por la ubicación, muy cerca de donde se abriría la clínica.
Mientras tanto, Martín se moría de la pena por lo que había pasado, pero no podía decirle nada a nadie, todavía. Todos debían pensar que estaba pensando en volver con Rocío, hasta sus padres.
Hablando de sus padres, Martín recibió una llamada de ellos, bueno, más bien de su padre, que no paraba de reprocharle cosas, hasta que ya no aguantó más y, con todo el dolor de su corazón, le contestó de mala manera.
—Mira, papá, lo siento por ti, pero ella es la madre de mi hijo, y tú no tienes que opinar nada. Es mi vida, ¿lo entiendes?
—Una vida que vas a arruinar por seguir empeñado en escoger a la mujer equivocada. Una madre a la que no se le puede llamar así, porque renunció a su hijo en el mismo momento de nacer, y a cambio de dinero. ¿Continúo?
—Ya te he dicho que me da igual lo que opinéis los demás. Es mi vida y la viviré como me dé la gana.
—Está bien, si es eso lo que quieres, la vivirás, pero con todas las consecuencias. Estás despedido. Ah, y la casa en la que vivías con Olivia, la voy a poner a la venta.
—No puedes hacerme eso, papá.
—Claro que puedo y, como tú dices, me importa muy poco lo que opinéis los demás. Por cierto, el perro está en mi casa, ya he ido a recogerlo. Tienes veinticuatro horas para ir a recoger tus cosas, o las tiraré a la basura.
—Te vas a arrepentir de todo esto, papá.
—¿Es una amenaza? Porque te digo yo por dónde me las paso. Además, si alguien se va a arrepentir de todo lo que está haciendo, ese serás tú.
Martín colgó la llamada con una sensación agridulce. Por un lado, estaba consiguiendo lo que quería, que era que todos se pensaran que quería volver con ella, pero, por otro lado, se sentía mal por mentirle a todo el mundo, por el daño que les estaba causando, sobre todo a Olivia y a su hijo.
Héctor, en el momento en el que su padre le dijo que ella era Rocío, su mamá, empezó a llorar, diciendo que no, que su mami era Olivia, no esa mujer. Ella, en vez de tomarse la cosa con paciencia, en vez de intentar ganarse el cariño del niño, lo reprendió.
—Mira, enano, la que te llevó aquí dentro fui yo, la que te parió con dolores, fui yo, pero si no me quieres llamar mamá, me da exactamente lo mismo, como si no me quieres llamar, mejor para mí.
—No debería decirle eso al niño, sino todo lo contrario, acercarse a él y ganarse su cariño —le dijo Estefanía.
—Para empezar, chacha, eso no es asunto tuyo. Tú, ocúpate de que el niño no moleste, que su padre y yo tenemos mejores cosas que hacer.
—Estefanía, por favor, llévate al niño a su habitación y mantente con él hasta que se duerma la siesta, ya luego, si quieres, puedes marcharte a casa. Nosotros nos ocuparemos —le dijo Martín, sin apenas mirarla a los ojos.
—Ah, no, de eso nada. Que se quede toda la noche, que no quiero que los llantos de ese enano nos interrumpan.
—Está bien, puedes dormir en la habitación de invitados con él, así no tendréis que salir de ahí.
—¿Sabe, señor? Mejor me lo llevo conmigo a casa de sus padres, que ya me han llamado para que lleve allí al niño.
—Eso, y os quedáis allí hasta que nosotros os avisemos, que tenemos que encargarle un hermanito al enano…
Eso era lo peor, tener que acostarse con ella, pero dicen que el fin justifica los medios, ¿no? Pues cuando todos entendieran el motivo por el que lo había hecho, seguro que se vendrían abajo.