Un vecino con derecho a roce Capítulo 27
64%

Capítulo 27

Olivia terminó con el paciente que le quedaba y se dispuso para ir a comer.

Estaba el día tan feo que, en vez de entrar en cualquier restaurante a comer, se compró una ensalada y un bocadillo en un supermercado, así como una lata de refresco, y se fue directamente al ático, donde, además, descansaría al menos un rato.

No había dormido en toda la noche, y estaba que no podía ni con su cuerpo. Aparcó el coche en el garaje, donde, de nuevo, estaba ese vehículo que no conocía aparcado. Tenía que ser de algún vecino, pues si no tenía el mando a distancia de la puerta exterior del garaje, no podía entrar.

Con el pensamiento de hablar con el presidente de la comunidad, estaba cuando se subió al ascensor. Le dio a la planta del ático y volvió a sacar su teléfono para llamar. Le dio tono, pero no contestaba.

De repente, escuchó unas risas dentro del ático de Martín, pero pensó que sería que hacía eco del suyo, pues ese estaba vacío, no había nadie. Pero no, en cuanto que metió la llave, giró a la primera, como si estuviera abierto, y lo primero que pensó fue que se le habían metido ocupas.

Si hubiera sido eso, no le habría dolido tanto como lo que vio ante ella. Allí, en el salón, sentados, se encontró con Martín y con una mujer. Él con el brazo apoyado en la parte trasera del sofá, en la zona en la que estaba sentada, mientras que ambos reían a carcajadas.

Esto no era una confusión, esto era una mentira como una catedral de grande. No fue capaz de moverse; se quedó como petrificada. Y fue esa mujer la que se levantó del sofá, momento en el que Olivia descubrió que tan solo llevaba puesta una camiseta que casi ni le tapaba el culo.

—Hola, soy Rocío, una amiga íntima de Martín y la madre de su hijo. ¿Tú quién eres?

—Al parecer, no soy nadie importante en su vida.

—Ella es Olivia y se ha encargado de cuidar a Martín durante toda esta semana.

—Sí, pero lo siento, no podré ocuparme más de él. Me marcho de la ciudad. Ahora, en media hora, te lo traerá Estefanía, la otra niñera —contestó Olivia.

—Joder, macho, qué nivel. Dos niñeras para atender al niño. Pues, desde ya te digo que, si vuelvo, quiero las mismas comodidades. No pienso pasar mi tiempo libre cuidando del enano.

—No le llames así, tiene un nombre muy bonito…

—Ya, ya, pero para mí siempre será el enano. Al fin y al cabo, fuiste tú quien eligió el nombre solo, sin contar conmigo.

Olivia se dio la vuelta con los ojos llorosos. ¿Cómo podía un hombre ser tan rastrero? ¿Cómo podía haberla utilizado de esa manera? ¿Sus padres eran conscientes de lo que Martín estaba tramando?

Lo primero que hizo Olivia en cuanto que salió de aquel edificio fue llamar a Estefanía para decirle que le dejara al niño a su padre, además de que le enviaría la dirección del despacho del abogado, que no se preocupara por la minuta, que ella se haría cargo de eso.

—No te puedes ir; no es justo para ti ni para el niño.

—No pienso quedarme en un lugar en el que se me ha faltado al respeto, no te puedes imaginar la cara con la que me ha mirado ella, mientras que él ni siquiera se ha dignado a levantar la cabeza.

—¿Qué pasará ahora contigo? ¿Dónde vas a vivir?

—De momento, me iré a casa de mis padres, porque a este ático no pienso volver en mi vida, que tan solo me ha traído quebraderos de cabeza. Si tienes problemas de alojamiento con Martín, no dudes en avisarme, que en mi casa tienes sitio.

—Eso es lo que menos me preocupa ahora, te lo aseguro.

Olivia se despidió de ella, se subió a su coche y salió de allí lo más rápido que pudo. Se encaminó hasta la que había sido su casa hasta ahora y, en el momento en el que entró, pudo dejar caer sus lágrimas sin control, sin miedo a que nadie la viera, sin mostrarse débil ante nadie.

Cogió una maleta y metió toda su ropa, sus cosas de aseo y sus enseres personales. No quería que quedara nada, no quería tener que volver por ningún motivo. Hasta aquí había llegado su relación con Martín. Si por algo lo sentía, era por el niño.

Pepe, que parecía que se lo habían dicho, en cuanto que la escuchó llorar, vino hasta donde estaba ella y empezó a lamerle los pies. Ella lo cogió en brazos y empezó a hablarle como si fuera una persona, mientras que el perro lo miraba, casi sin pestañear.

—Pepe, mi Pepito bonito, cuida de mi niño. ¿Vale?

El perro soltó un ladrido, como asintiendo. Justo cuando salía de allí, se encontró con Gabriela, que venía a verlos y a pasar la tarde con ellos. En cuanto que se percató de que Olivia llevaba dos maletas y se fijó en sus ojos rojos, no dudó en abrazarla.

Eso era lo que más le gustaba de ella: que, antes de preguntar, lo primero que hacía era consolar; luego, cuando la otra persona estaba más tranquila, preguntaba.

—Vamos a mi casa, que, por lo que veo, estás deseando de salir de aquí. Cuando lleguemos, ya hablaremos con tranquilidad.

—Sí, por favor, prefiero tranquilizarme antes de ir a casa de mis padres.

Se montaron en el coche de Olivia, que condujo hasta la casa de los padres de Martín y aparcó en la zona habilitada.

En cuanto que entraron, se dirigieron a la cocina, donde Gabriela se dispuso a preparar dos infusiones relajantes, porque tenía la impresión de que lo que Olivia le iba a contar no le gustaría nada.

Después de darle el primer sorbo a la infusión, Olivia empezó a relatarle lo que había pasado, desde el momento en el que el niño dijo que había visto a su padre en el centro comercial, acompañado de una mujer guapa.

—¿Estaba con esa mujer en su ático?

—Sí, pero eso no es lo peor.

—¿Entonces? ¿Qué es lo peor que te ha pasado hoy?

—Ella se presentó como la madre de Héctor, y tu hijo ni siquiera se atrevió a decir quién era yo en realidad, me presentó como la mujer que iba a cuidar del niño durante estos días.

—¿Rocío era esa mujer de la que me hablas?

En ese momento, apareció Ismael por la puerta de la cocina y, al escuchar el nombre de esa mujer, se le descompuso la cara. No la quería cerca, ni de su hijo ni de su nieto, y algo le decía que había vuelto a aparecer.

—¿Qué pasa con esa mujer? Sabes que no me gusta que la nombre nadie en mi presencia. Le hizo tanto daño a mi hijo que no sé lo que haría si la tuviera delante —dijo, negando con la cabeza.

—Pues ve pensándolo, porque intuyo que la tendrás en tu casa muy pronto. Tu hijo ha vuelto con ella.

—¿De dónde has sacado eso?

Olivia volvió a repetir lo mismo que le había dicho a Gabriela minutos antes, pero mientras que ella se limitó a escuchar con la cara desencajada, Ismael soltó por su boca todo tipo de improperios y maldiciones hacia esa mujer y hacia su propio hijo.

—Así que, no creo que le hiciera mucho daño, porque yo tengo claro que no quiero saber absolutamente nada de Martín. Si me da pena es por el niño, que lo quiero como si lo hubiera parido, pero él ya ha tomado una decisión.

—Permíteme que lo dude. Mi hijo no puede ser tan gilipollas como para volver con ella, me niego. Si es así, en esta casa no entrará, lo siento, pero no pienso ver cómo se vuelve a consumir por su culpa.

Olivia le agradeció que la hubieran escuchado y se levantó para marcharse, pero Ismael le dijo algo que no se esperaba, pero que tampoco pensaba permitir.

—¿A dónde vas ahora?

—A casa de mis padres, hasta que encuentre una casa que me guste y que…

—No, esa casa la compró la empresa para vosotros, que se quede él en el ático…

—Te lo agradezco, Ismael, pero no tengo ninguna intención de quedarme allí. Esa casa es para que el niño viva allí, disfrute del jardín y de su perrito, junto a sus padres, que para eso se compró.

—¿Junto a sus padres? Eso sí que no. Prefiero venderla antes de que esa mujer ponga un pie en su interior.

—Eso ya es cosa tuya, yo no la quiero. Ahora, me despido de vosotros y, por favor, cuidad bien de Héctor, porque esa mujer no lo va a hacer.

Olivia le dio un beso a cada uno y salió de esa casa, donde tampoco tenía intención de volver nunca más.