Capítulo 26
A pesar de saber que era imposible, Olivia no se quedó del todo tranquila, pues entre aquel coche aparcado y el hecho de que ahora su hijo había dicho que había visto a su padre, algo se le movió por dentro.
No quiso prestarle mucha atención a aquello, así que, cuando terminaron de comer, sentaron al niño en su cochecito y se marcharon hacia el garaje para recoger el coche, y lo hicieron dando un paseo, aprovechando el solecito de la tarde, que todavía calentaba un poco.
Al llegar al edificio donde estaba el ático, ese coche seguía ahí y anotó la matrícula mentalmente para que, si al día siguiente continuaba ahí, avisara al presidente de la comunidad para que le dijera que no podía aparcar.
Estuvieran o no viviendo en el edificio, esas dos plazas eran suyas y no pensaba permitir que nadie las ocupara.
De vuelta a casa, mientras bañaban al niño, que se empeñó en ponerse su pijama y sus calcetines nuevos, guardaron todas las cosas de Estefanía, que puso en un cajón todos los documentos que le habían dado en el banco, así como el dinero en efectivo con el que se había quedado.
Su nueva tarjeta tardaría unos diez días y, por eso, para no quedarse sin efectivo para cualquier cosa, no ingresó todo su dinero. Estaba haciendo eso cuando su teléfono móvil empezó a sonar. Al ver el nombre de su marido, empezó a temblar sin remedio.
—No estás sola, Estefanía, ya no. Contesta y no le muestres debilidad; tienes que mantenerte fuerte.
—Sí, eso haré.
Justo cuando terminaba de decir eso, la llamada se cortó, pero no le dio tiempo a respirar, porque empezó a sonar de nuevo, y parecía que lo hacía con más insistencia, aunque eso no fuera posible.
—¿Qué quieres, Joaquín?
—¿Qué quiero? Pues quiero que me devuelvas mi dinero. Si te quieres ir, adelante, ya era hora de que lo hicieras y me dejaras libre, pero no me vas a robar.
—¿Cómo tienes tan poca vergüenza? ¿Tu dinero? Tu dinero es el que he dejado en la cuenta, ni un céntimo más. El resto era mío, fruto de mi trabajo…
—¿A eso le llamas trabajar? Me he estado informando y una niñera no gana lo que tú ganas. ¿Qué pasa, que te has buscado un viejo al que hacerle una mamada para ganar dinero?
—Soy Olivia, la señora que la tiene contratada para cuidar a mi hijo, y no pienso consentir que le hable de esta manera. A partir de ahora, si usted tiene algo que decirle, será a través de los abogados. Mañana mismo recibirá usted noticias del nuestro. Buenas noches.
Olivia le cortó la llamada ante la mirada de Estefanía, que era una mezcla de felicidad, por ver con qué manera tan educada la había defendido, y miedo, porque sabía que su marido no se conformaría con eso y seguiría llamándola y diciéndole cosas.
Por eso, en cuanto que cortó la llamada, Olivia lo primero que hizo fue bloquearlo, tanto a él como a sus dos hijos. Si no habían querido saber nada de los problemas de su madre, tampoco tendrían que estar presentes en sus soluciones.
—Lo siento, Estefanía, pero no pienso permitir que te desequilibren, no delante de mí, no si puedo evitarlo.
—¿Los has bloqueado a todos?
—Sí, y sé que estás en tu derecho de desbloquearlos si quieres, pero mi opinión es que no lo hagas; no se merecen ni una sola de tus lágrimas.
—No lo haré, te lo aseguro. Pero… yo no me puedo pagar a un abogado.
—De eso no te preocupes. Mañana, a primera hora, avisaré al mío para que nos dé cita lo antes posible. Ya te aviso yo. Ahora, vamos a cenar y a la cama, porque el día de hoy ha sido agotador.
—¿Héctor ya está en la cama?
—Mi hijo ya está en el séptimo sueño, te lo aseguro. Ha cenado casi por inercia, dando cabezazos, pero no quería acostarlo sin cenar, o de madrugada lo despertaría el hambre, ya sabes que no perdona sus comidas.
—Sí, es cierto, come como un león. No he visto nunca a un niño que coma tanto y tan variado, la verdad.
—Es una alegría verlo comer.
—Ni que lo digas. Conozco a muchas madres que se desesperan para darle de comer a un niño, y con este, lo que desespera es tardar un poquito más de la cuenta.
Ambas rieron porque tenía razón: cuando llegaba la hora de la comida, o la tenías en la mesa, o se ponía a llorar como si no le hubieran dado de comer en la vida. Con esta conversación, ambas se sentaron a la mesa a cenar unos filetes de pollo con patatas que Olivia había preparado.
Estefanía le dijo a su jefa, por llamarla de alguna manera, que se fuera a ducharse y que ella recogería la cocina, y no dudó en hacerlo, pues quería llenar la bañera y hacerle una videollamada a Martín, que estaría encantado de recibirla.
En cuanto estuvo dentro de la bañera, marcó el número de su pareja, pero le cortó la videollamada para pasar a una llamada normal, y eso la mosqueó un poquito, pues nunca le había hecho eso, pero no quiso darle más importancia.
—No puedo ahora, Olivia. ¿Es importante?
—¿Estás reunido a esta hora?
—No, estoy en una cena importante; mañana te llamo.
—Perdona…
Se quedó hablando sola, pues Martín había cortado la llamada.
Miró el móvil, como si aquello no fuera posible.
Quizás se había cortado. Durante un buen rato estuvo esperando a que le devolviera la llamada, sin éxito.
Por eso, y un par de horas después, volvió a marcar su número, pero le salía apagado o fuera de cobertura, y eso sí que le extrañó.
No durmió en casi toda la noche, pues no era normal que Martín apagara el móvil, mucho menos sabiendo que su hijo no estaba con él, y eso la tenía preocupada. En cuanto que se despertó, volvió a marcar su número de teléfono, sin éxito, y lo que hizo fue llamar a Ismael.
—Hola, preciosa, ¿hay algún problema?
—Hola, Ismael. Estoy intentando llamar a Martín y no me coge el teléfono; lo tiene apagado.
—Olivia, yo…
—¿Sabes si tenía alguna reunión esta mañana?
—Será mejor que esperes a que él te llame; no sé la agenda de mi hijo, cariño.
—Bueno, lo intentaré más tarde. Gracias.
—No tienes que dármela, de verdad.
—Una cosa más.
—Dime, ¿en qué te puedo ayudar?
—Si hablas con él, por favor, dile que me llame, que estoy preocupada.
—No te preocupes, que lo haré.
Ismael no podía decirle a Olivia que su hijo no estaba de viaje; se lo había prometido. Hacía unos días vino a decirle que necesitaba faltar de su casa unos días, que debía resolver algo, averiguar una cosa, pero que su novia no debía enterarse, como tampoco su madre.
Su padre le recriminó la mentira, le dijo que así no se hacían las cosas, que hablara con Olivia de lo que le pasaba, pero su respuesta fue que confiara en él, que ella no lo entendería y que prefería contárselo cuando ya hubiera terminado todo.
Ante la duda y el miedo de que su nuera hiciera algo que le perjudicara, en el sentido de que también lo dejara como un mentiroso, lo que hizo fue marcar el número de móvil de su hijo, pero, tal y como le había dicho Olivia, aparecía apagado o fuera de cobertura, y empezó a preocuparse.
Esperaría todo el día; si en veinticuatro horas su hijo no atendía el teléfono, hablaría con ella y con su esposa, les contaría todo lo que su hijo le había pedido y avisaría a un detective para que lo buscara y le dijera lo que estaba haciendo.
Olivia, por su parte, se marchó a su trabajo, no sin antes llamar al abogado, quien le indicó que podría atenderla a las cinco de la tarde. No le dio tiempo a avisar a Estefanía, pero lo haría en cuanto que tuviera un descanso.
La mañana transcurrió demasiado lenta para su gusto, pues estaba deseando de tener un hueco para poder llamar de nuevo a Martín, al menos, intentarlo, pero no tuvo ocasión hasta pasadas las dos de la tarde. Antes llamaría a Estefanía.
—Hola, Olivia. ¿Has hablado ya con el abogado?
—Hola, preciosa, para eso te llamaba. Nos recibirá a las cinco. Para no ir y venir y como todavía me queda un paciente, coge un taxi que te lleve hasta el edificio del ático; yo comeré allí.
—Está bien, te recojo a las cuatro y media, para que te dé tiempo a comer.
—Perfecto, allí te espero.
—¿Has conseguido hablar con Martín?
—Todavía no. Con quien sí he hablado ha sido con su padre, que me ha dicho que espere a que él me llame, pero ahora voy a intentarlo de nuevo.
—Si lo localizas, me avisas, por favor.
—No lo dudes, que lo haré.
Olivia le había contado a Estefanía lo que había sucedido, tanto la noche anterior como por la mañana, y la mujer se encontraba preocupada.