Un vecino con derecho a roce Capítulo 25
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Capítulo 25

Ya se habían instalado en la casa, habían puesto la camita del perro en el salón, pero no era para nada, porque seguía al niño allá donde iba.

Por eso, cuando Héctor se iba a la cama, y para que el perro no se subiera con él, terminaron por llevársela allí, a la habitación del niño, y colocarla junto a la suya.

Estefanía iba a diario a cuidar al niño, a pesar de las reticencias de su marido, que decía que la casa nueva estaba demasiado lejos y que tardaba mucho más en ir y en volver, por lo que tenía que salir antes de su casa y llegaba mucho más tarde.

Lo que ellos no sabían es que Martín le pagaba un extra por cada kilómetro, pero ella no quería que lo supieran, ya que, si se enteraban, el hijo trabajaría menos de lo que ya lo hacía. Muchas fueron las mañanas en las que Estefanía llegaba llorando por una pelea con su marido por culpa de su hijo.

Esa misma mañana, llegó con una maleta y los ojos rojos, además de los labios morados del frío, y Olivia se asustó mucho al verla llegar de ese modo.

—Estefanía, por el amor de Dios, ¿qué te ha pasado?

—Que ya no pienso aguantar más, mi niña. Hasta aquí hemos llegado.

—¿Cuánto tiempo llevas en la calle? Porque esos labios morados no son de haber salido a las siete de tu casa, como de costumbre.

—Pues no, me marché anoche a las dos de la madrugada, después de que llegaran mi marido y mi hijo, con una borrachera de cuidado y oliendo a perfume de mujer.

—¿Dónde has pasado la noche?

—Sentada en la parada del autobús, me monté en el primero que pasó y que venía hasta aquí, y llevo dando vueltas desde las seis menos diez de la mañana.

—Pero ¿por qué no te has venido hasta casa? Dios, estás helada. Pasa, siéntate junto a la chimenea, que te sirvo un café caliente para que entres en calor. Ahora me cuentas todo lo que quieras o necesites sacar fuera.

La complicidad entre Olivia y Estefanía era tal que se trataban como madre e hija.

Martín se había marchado de viaje a primera hora de la mañana y no vendría hasta el fin de semana, por lo que estaban solos Olivia y el niño.

Ella no trabajaba hoy, pues su compañera de trabajo le había pedido que la cubriera en su turno, y hoy era ella la que tenía que doblar.

—No es la primera vez que me hace eso, ¿sabes?

—¿El qué no es la primera vez?

—Que viene borracho, que me dice que no valgo para nada y que su amante es mejor que yo, que es más mujer.

—¿Por qué lo has consentido, Estefanía?

—Porque estaba sola y porque no tenía nada adónde ir. Mientras que yo me mataba a trabajar para poner un plato de comida en la mesa, él se tiraba su pensión en vino y con su amante.

—¿No se lo contaste a tus hijos? Porque creo que deberías habérselo contado.

—Claro que lo hice. El mayor, que es el que tengo en mi casa ahora mismo, me dijo que a él no le contara dramas, que con los suyos tenía suficiente. Y el pequeño… lo de ese fue peor todavía.

—¿Peor que decirte que no te contara dramas?

—Pues sí. Sus palabras fueron: «Mamá, tú sabías cómo era mi padre cuando te casaste; lo has aguantado así durante toda la vida».

Sabes que no es la primera amante que tiene.

Así que, más vale que te quedes quieta, porque, si lo que pretendes es venirte a mi casa, lo siento, pero no quiero que mi mujer tenga que aguantar a una suegra metiche todos los días».

—Tu hijo, y perdona que te lo diga, es un cabrón de marca registrada.

—No tengo que perdonar nada. Ahora, con lo que gano aquí, me puedo alquilar una habitación en cualquier pensión, y ellos, que se las apañen como puedan.

—No vas a alquilar ninguna habitación. Aquí tenemos la de invitados, que está completamente vacía, y ahí será donde te quedes a vivir, al menos hasta que tú quieras.

—¿Me lo estás diciendo en serio? No puedo hacer eso. Sois una pareja joven que necesita su intimidad, y yo…

—Y tú no vas a interferir en ella. No voy a permitirlo.

—Entonces, a cambio de eso, yo cuidaré del niño gratis.

—No te lo crees ni tú. Si yo soy cabezota, no te puedes imaginar cómo es Martín. El sueldo seguirá siendo el mismo, comerás aquí, con nosotros, y tendrás el dinero para lo que tú quieras.

—Para ahorrar, de este modo, cuando llegue la hora en la que me pueda jubilar, tendré un buen colchón económico…

—¿Has cambiado tu dinero de cuenta? ¿O acaso la tienes en una en la que tú sola eres la titular?

—Dios, no. Como en todos los matrimonios antiguos, tan solo tenemos una cuenta conjunta, en la que se ingresan tanto mi dinero como el suyo.

—Espera, ¿tienes banca digital?

—No. Bueno, sí, pero no me sé las claves; esas las tiene todas él, como las tarjetas. Yo tan solo le pedía dinero cada semana para hacer la compra.

—Me cago en la leche, Estefanía. Ese hombre seguro que se lo ha llevado todo y te ha dejado sin un solo céntimo. Pero no vamos a perder más tiempo; voy a vestirme mientras tú vistes al niño y ahora mismo vamos al centro, al banco.

—Te lo agradezco, hija, porque yo no sabría ni por dónde empezar.

Olivia entró a su habitación, se cambió de ropa rápidamente y salió, cogiendo las llaves del coche para ir a la sucursal bancaria con Estefanía. Tenía la esperanza de que ese hombre estuviera durmiendo la mona, al igual que su hijo, y que todavía no hubieran sacado nada de la cuenta.

Aparcó el coche en el garaje del ático, donde habían dejado dos plazas sin alquilar, pero vio que había un coche en una de ellas. Seguro que había sido alguno de los vecinos que, viendo que ellos no iban por allí, había ocupado la plaza, pero ahora no tenía tiempo para esas tonterías.

Salieron del garaje y se dirigieron a la sucursal bancaria. Tuvieron suerte: no habían tocado ni un céntimo, por lo que Estefanía dejó allí lo que le restaba a la pensión de su marido y sacó el resto, que era todo suyo.

Decidieron comer por el centro, aprovechando que tenían que ir al centro comercial a comprarle a Héctor unos zapatos y unas zapatillas deportivas, pues las que tenían ya le quedaban a lo justo y le podían molestar al andar.

Al final, no solo compraron eso, sino que también compraron varias cosas más para las dos.

Estefanía no quería que Olivia se gastara dinero en nada para ella, pero esta consiguió darle las vueltas para hacerlo.

Desde unas preciosas zapatillas para estar por casa, a juego con la bata y el pijama, hasta una bonita bolsa para cuando tuviera que ir al mercado.

Se sentaron en un restaurante, ya que el niño no paraba de decir que tenía hambre y que le dolía la barriga por eso. Al pequeño le pidieron un pescado asado con verduras, que le encantaba, y para ellas pidieron carne a la brasa, sabiendo que el niño también picaría de eso, así como una ensalada.

—No sé cómo te voy a agradecer lo que has hecho por mí, Olivia.

—No hay nada que agradecer, te lo aseguro.

—Si te soy sincera, esta mañana dudé en si ir a tu casa o no. No quería cargaros con mis problemas.

—Estefanía, llevas ya un buen tiempo con nosotros, y sabes que, para Martín y para mí, no eres una empleada, sino parte de nuestra familia.

La pobre mujer, al ver cómo Olivia le brindaba el apoyo que su propia familia le había negado, empezó a llorar, tapándose la cara con las manos, para que nadie la viera.

Se levantó para ir al baño y Olivia la dejó que fuera.

Tenía que desahogarse y no le apetecía que nadie la viera, así que era lo mejor.

Cuando volviera, ya hablaría con ella y le diría que no tenía necesidad de pasar por las cosas sola, que ella siempre estaría allí.

En un momento determinado, justo cuando Estefanía, como nueva, venía del baño después de haber soltado todo eso que le afligía, el niño miró hacia la puerta y dijo algo que no podía ser.

—Mamá, ahí papá.

—No, cariño, no es papá. Tu padre está de viaje y no viene hasta el viernes por la tarde.

—No, papá no viaje. Papá ahí, con mujer guapa.

—No le hagas caso, Olivia, seguro que ha visto a alguien parecido a su padre y se ha confundido.