Un vecino con derecho a roce Capítulo 24
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Capítulo 24

Llegaron al centro de acogida de animales, en busca de ese perrito tan mono que habían visto en la página web, y deseosos de saber cuál sería la reacción del niño en cuanto que lo viera, si le daría miedo o si, por el contrario, se adaptarían el uno al otro.

—Buenas tardes, veníamos a ver el perrito del que hablamos ayer por teléfono —le dijo Ismael a la chica de la protectora de animales.

—Los señores Villar, ¿verdad? —contestó ella.

—Exacto.

—Vengan por aquí, por favor.

La chica, mientras que no llegaban hasta la zona en la que se encontraban los perretes, les fue contando la historia de ese perrito en concreto. Al parecer, era una camada de cinco cachorros, que dejaron abandonados hacía unos días junto a un contenedor.

A la mañana siguiente, un chico que salió a correr, escuchó como un lamento, y se acercó a la caja de la que provenía. De los cinco, tan solo él había sobrevivido, pero presentaba una hipotermia severa; por eso, tuvieron que tener especial cuidado con él hasta conseguir que saliera adelante.

Cuando llegaron a las pequeñas jaulas en las que los tenían metidos durante el tiempo que no salían al patio a correr y jugar, y al abrir la suya en concreto, el perrito salió corriendo hacia el niño, lamiéndole la cara.

Era como si ambos se hubiesen reconocido como parte del otro, y eso les encantó a todos los que presenciaban la escena.

—Vaya, parece que se han caído bien —dijo la chica, sonriente.

—Mami, mira. Da besitos Héctor.

—Sí, cariño, te está dando besitos.

—Héctor, ¿nos lo llevamos a casa? —preguntó su padre.

—¡Sí, sí, siiiiiií! —exclamó el niño.

—Pues, entonces, habrá que rellenar la documentación, para que, legalmente, sea vuestro y de vuestra familia —añadió la chica.

El momento más gracioso de la jornada, el más anecdótico, fue cuando la chica les preguntó el nombre que recibiría el cachorro, y Héctor, con todo su arte y muy serio, lo dijo, haciendo que todos nos quedáramos mirándolo, para, minutos después, soltar una carcajada.

—A ver, ¿cómo se va a llamar el cachorrito?

—Pepe.

—¿Perdona? Creo que no me has entendido, y lo mismo me has dicho tu nombre —le dijo la chica, algo desconcertada.

—No, no, yo, Héctor, pelito , Pepe.

En ese momento, todos se echaron a reír, hasta la chica, que tenía las lágrimas saltadas, producto de la risa.

—Pues nada, Pepe, ya está sentenciado.

—Eso parece —contestó la chica.

Una vez que tuvieron todos los documentos listos para poder llevarse al cachorrito a casa, el padre de Martín sacó su chequera, extendiendo una cantidad generosa al centro de acogida de animales, a modo de donación, que la chica agradeció de manera evidente.

—Vamos a llevarlo al veterinario, para que le ponga las vacunas, el chip y demás —dijo el padre de Martín.

—Sí, además, tenemos que comprarle todas las cosas que necesita, su camita, su cuenco para comer y beber, y pienso —respondió su hijo.

—Y una correa, no se te olvide, por si lo sacamos algún día de casa —añadió Olivia.

—¿Lo dudas? El niño querrá llevárselo al parque, eso seguro, y, sobre todo, se lo llevará en cuanto que vaya a casa de las abuelas. Por cierto, ¿cómo se llevará con Harry?

—Uy, Harry es muy bueno y protector, no dudará en acogerlo como si fuera suyo, ya verás.

—¿Vamos a comer a casa de tus padres y lo comprobamos?

—Por mí, perfecto. Los voy a avisar, por si tienen planes, que no creo, porque a mi madre, en invierno, le gusta estar en casa. Como mucho, me atrevo a decir que estará en el jardín.

Olivia marcó el número de su madre, que no tardó ni dos tonos en contestar, y lo hizo con una sonrisa en los labios, pues sabía de los planes de su hija y su pareja sobre ir a adoptar un perrito, y quería conocer de primera mano cómo había ido todo.

—Hola, mamá. ¿Estáis en casa? —preguntó Olivia.

—Claro, ¿por qué? ¿Ocurre algo?

—No, tranquila, era porque ya hemos adoptado al perrito y habíamos pensado pasar por vuestra casa a comer, y así ver cómo se comporta Harry con él.

—Ah, perfecto, y diles a los padres de Martín que se vengan también.

—Perfecto, ahora compramos algo de comer…

—De eso nada, no te preocupes por eso, que nosotros nos encargamos de todo. Ahora mismo le digo a tu padre que llame al asador para que nos traiga un cochinillo y demás.

—Nos vemos ahora, mamá. Un beso.

—Un beso, y otro para mi niño.

La madre de Olivia había acogido a ese niño como si fuera de su propia sangre, y ambos sentían adoración por el otro. Olivia se acercó a su chico, que la esperaba en el coche, junto a sus padres y al niño, que estaba sentado en la sillita de seguridad, con el cachorrito en sus brazos.

El perrito estaba sembrado, porque parecía que se lo habían dicho.

Entendía todo lo que el niño le pedía y lo cumplía sin cuestionar nada.

Minutos antes, Héctor le había dicho que, ahora, en el coche, tenía que ir quieto, o se caería y se podría hacer daño.

Y ahí estaba Pepe, sentado en su regazo y sin levantar ni la cabeza.

—Mis padres nos esperan a todos en una hora para comer.

—Héctor, ¿va casa yaya?

—Sí, cariño, vamos a ir todos, Pepe, también.

—Los habrás puesto en un compromiso, Olivia; deberíamos de haber quedado en cualquier restaurante. Los has avisado con poco tiempo de maniobra, y lo mismo, no tienen nada preparado —dijo Lourdes, algo preocupada.

—Ah, por eso no te preocupes. En su urbanización hay un asador muy famoso, y han encargado un cochinillo y no sé qué más.

—Bueno, es que no quiero que se sientan violentos por la intromisión.

—No es una intromisión, Lourdes, somos su familia.

—Mamá, es como cuando yo voy a tu casa con el niño y sin avisar —añadió Martín.

—Tienes razón, hijo.

— Bela , Pepe conoce Harry.

—¿Quieres que Pepe conozca a Harry, cariño? —preguntó su abuela con una sonrisa.

—Sí, ellos amigos. Cuando Héctor va, jugar.

—Pues muy bien, tesoro, a ver si se llevan bien.

Antes de ir a casa de los padres de Olivia, pararon en un veterinario de guardia, que pasaba consulta en el interior de una tienda de animales enorme, en la que, mientras que Martín llevaba al perro a que lo reconocieran y le pusieran el chip, los demás compraron todo lo que necesitaba el perrito, por partida doble, además, para cuando Héctor se lo llevara a casa de sus abuelos, no tuviera que cargar con todos los tiestos del perro.

Con todo hecho y comprado, y el maletero del coche lleno hasta los bordes, salieron rumbo a casa de Lourdes y Kike, que ya los estaba esperando. Pero antes de bajar del coche, Olivia le puso la correa al perro, por si acaso Harry reaccionaba mal, lo cual no creía.

—¡Yaya! —exclamó Héctor en cuanto que vio a Lourdes.

—Hola, mi vida. Ven aquí. ¿Y este perrito?

—Es Pepe, pelito de Héctor.

Al niño le costaba pronunciar la letra r en la mayoría de las palabras, pero ya Lourdes se había encargado de decirles que era normal a esa edad, que ya verían cómo, cuando tuviera un par de años más, la pronunciaba perfectamente, porque no era un problema de logopedia, ya que, en otras palabras, sí que la pronunciaba.

Harry llegó de repente, pero al ver a tanta gente, se frenó en seco, algo temeroso. No le duró mucho, pues en cuanto vio al niño y a Olivia, se lanzó a ellos para darles lametazos. Minutos después, ambos perros se acercaron, se olisquearon y Harry no dudó en darle mil lametones a su amigo.

Con la seguridad de que se iban a comportar, le quitó la correa a Pepe, que no dudó en salir a correr y a jugar con Harry por todo el jardín.

Pero, ahora, tenían un problema, no podían meter al perro en el ático, ya que, en una reunión de la comunidad, se acordó que no se admitirían mascotas, a no ser que fuera un animal terapéutico o algo parecido.

—A ver quién es el guapo que le dice ahora al niño que el perro lo tenemos que dejar en casa de mis padres —dijo Martín.

—¿Por qué? ¿No podéis llevarlo a casa? —preguntó Kike.

—No, porque el edificio no admite mascotas. Además de que tenemos que preparar las cajas de la ropa y las demás cosas para la mudanza. Queremos aprovechar el puente e instalarnos allí el mismo martes.

—Bueno, siempre podéis dejarlos a los dos aquí. Nosotros no trabajamos hasta el jueves, porque teníamos días sin coger, y hemos decidido ampliar un poquito más el puente.

—¿Tenéis planes? —preguntó Olivia, a la que le costaba, casi más que al padre, dejar al niño en cualquier lugar que no fuera con ella.

—Sí, disfrutar de la tranquilidad del jardín y descansar.

—Martín, aquí podrán jugar ambos perros y el niño con ellos —dijo Lourdes.

—Yo también creo que es una buena idea. Así, mañana, papá y yo os podemos ayudar con las cajas, y Estefanía también podría al no tener que ocuparse del niño —dijo Gabriela, que se llevaba de maravilla con los padres de Olivia.

—Pues, entonces, no hay más que hablar. Ahora mismo le preguntamos al niño, no vaya a ser que diga que no le apetece y se ponga a llorar —dijo Lourdes.

—Sí, sí, este va a llorar lo que yo te diga, con lo que le gusta un visiteo —añadió Ismael, haciendo que todos rieran por la manera en la que lo dijo.

En cuanto que Lourdes llamó a Héctor, vinieron los tres, con él encabezando el grupo y los dos perros detrás.

La simple idea de quedarse allí, con los dos perros durante todo el fin de semana, le hizo pintar una sonrisa y empezó a aplaudir, diciéndoles a los perros que se quedaban juntos durante unos días.

Dicho esto, Martín sacó del maletero del coche la camita del perro, sus cuencos y algo de pienso, pues como era un cachorrito no podía comer el mismo que comía Harry. Después de eso, se despidieron de ellos y se dispusieron a llevar a los padres de Martín a su casa y continuar para la suya.

—Nos espera un fin de semana un tanto ajetreado, ¿no crees?

—Ni que lo digas, y no precisamente de la manera en la que a nosotros nos gustaría.

—Bueno, siempre nos queda esta noche. Piensa, los dos solos, sin el niño, el baño lleno de agua calentita…

—Tus padres llegando a las ocho de la mañana, miles de cajas por preparar…

—Por eso mismo, debemos relajarnos antes.

Al final, el plan de Martín fue el que llevaron a cabo, con una botella de vino blanco helado, una bandeja de fruta con chocolate que le había dejado preparada Estefanía el día anterior y la pasión como ingrediente adicional.

Cuando sus padres llamaron al timbre a la mañana siguiente, ellos apenas acababan de quedarse dormidos, por lo que les hizo una gracia enorme haber quedado a esa hora.

Lo único por lo que mereció la pena levantarse fue por el chocolate y los churros que traían con ellos, por lo rápido que iban a terminar siendo cuatro.

Ellos decidieron que, de momento, tan solo alquilarían el ático de Olivia, dejando el otro para cualquier momento en el que tuvieran que volver al trabajo por la tarde, o se tuvieran que quedar en la ciudad por causa del clima, así tendrían donde quedarse y no tendrían que recurrir ni a un hotel ni a los amigos, ya que sus padres también vivían a las afueras.

Hablarían con la inmobiliaria en cuanto que ya estuvieran instalados en la otra casa. El motivo de que fuera la de Olivia era muy sencillo: en el otro estaba la habitación del niño y podrían dejar algunas de sus cosas, así como algo de ropa para los tres.