Capítulo 23
Durante toda la comida, Olivia estuvo pendiente de Héctor, cortándole la carne, pequeñita, como sabía que al niño le gustaba y le costaba menos trabajo de masticarla, y Gabriela no perdió detalle.
De su rostro no podía borrar esa sonrisa que le salía al verlos actuar como una familia, como lo que habían decidido ser. Por eso, cuando su hijo les explicó sus planes, no dudaron alegrarse por ellos, además de saber que su hijo había superado el daño que le hizo Rocío en el pasado.
—Mamá, papá, he decidido quedarme con el chalé grande de la nueva urbanización. Hay viviremos los tres, con un buen jardín dónde Héctor podrá jugar y correr.
—Me parece una idea fantástica. ¿Olivia ya lo ha visto? —preguntó su padre.
—No, todavía no. Tenía pensado llevarla cuando saliéramos de aquí…
—Vamos, todavía es pronto para merendar, y ya hemos terminado de comer —dijo su padre, levantándose para coger las llaves.
—¿Tienes las llaves aquí? —preguntó Gabriela, que no pensaba quedarse en su casa.
—Sí, me las traje porque vendrán de la inmobiliaria a por ellas para vender las que quedan, pero las de esa casa ya no se las daré a ellos, sino a Martín, que debe tener otro juego de llaves.
—Pues sí que las tengo, justo en la guantera del coche. Así que, estas, se las daré a Olivia, y así no tendremos que hacer copias.
Se volvieron a montar en el coche, y cuando los padres de Martín vieron que Olivia se sentaba en el asiento trasero, junto a Héctor, para que el niño no viajara solo, ambos se miraron, y con esa mirada se dijeron mucho más que si hubieran hablado entre ellos.
Cuando Martín abrió la cancela de la parcela en la que estaba situado aquel chalé, Olivia se quedó con la boca abierta. No solo era espaciosa, a pesar de no tener las dimensiones de la que acababa de venir, sino que estaba muy bien distribuida.
En el jardín, en la parte trasera, tenía una piscina y un pequeño jacuzzi, que le hizo recordar el de la cabaña en la que estuvieron aquel fin de semana. También tenía una zona de barbacoa con una barra de bar en una de las esquinas del jardín.
—Ven, vamos a verla por dentro. A ver si te gusta.
—¿Gustarme? Esto es un sueño hecho realidad, pero antes de entrar, tenemos que hablar de algo.
—¿Qué te ocurre? ¿Quieres que cambiemos algo? ¿Hacer alguna reforma?
—¿Cómo voy a querer hacer una reforma si está todo para estrenar?
—¿Entonces? ¿Qué es lo que ocurre?
—Si la casa la has pagado tú, los muebles los voy a pagar yo, y no te voy a dar la opción a decirme que no, porque, si lo haces, no me mudo.
—Querida nuera, lo siento por vosotros, porque la casa no la ha pagado mi hijo, sino que lo ha hecho nuestro despacho de arquitectura y construcción, con lo cual, no cuenta como que haya salido de su cuenta —dijo Ismael, sonriendo.
—Y los muebles ha corrido por nuestra cuenta, así no tendríais que pagar nada.
Sabíamos que nuestro hijo se había enamorado de esta casa y, aunque su padre haya disimulado, si tenía las llaves encima era para daros la sorpresa de que es vuestra, y está lista para vivir.
Tan solo esperamos que sean de vuestro agrado lo que hemos elegido.
Al entrar, Olivia se quedó con la boca abierta, pues no podían haber elegido muebles más bonitos y elegantes, eran todo lo que a ella le gustaba, y supo que alguien más sabía de todo esto, porque no era lógico que hubieran acertado en todo.
—Sí, lo tengo que confesar, he tenido ayuda.
—¿Cómo que has tenido ayuda, mamá?
—Pues muy sencillo, cuando tuvimos claro que queríamos esta casa para vosotros, y como conocí a Lourdes cuando el niño estuvo ingresado, no dudé en ponerme en contacto con ella, y juntas, elegimos todo.
—¿Mi madre lo sabía y no me había dicho nada?
—Pues sí, además, admito que los muebles los hemos pagado nosotros, pero todo el tema de cortinas, sábanas y menaje del hogar ha corrido por cuenta de tus padres.
—Pues nada, tan solo nos queda mover el culo y nuestra ropa y venirnos aquí —dijo Olivia, como si estuviera resignada, y todos empezaron a reír.
La habitación del niño era una pasada de bonita, si la de la casa de su padre era especial, esta no se quedaba atrás.
La habían decorado como si fuera una selva, con murales pintados con animales moviéndose entre los árboles, y la cama era como si fuera una casita de madera.
Cualquier niño se volvería loco con un dormitorio así.
La habitación principal también era de cine, con unos muebles en madera gris que daba una sensación de calidez que daba gusto. En ella, había un vestidor que era el doble de tamaño del que tenían en sus casas, y un baño con hidromasaje en la ducha del que darían buena cuenta.
También tenía una habitación de invitados, bastante grande, que tenía una cama doble y otra con dos camas individuales, además de baño incluido en ambos casos. En el pasillo, había un pequeño aseo, con una ducha, un lavabo, así como un váter y un pequeño mueble.
El salón era enorme, unido en planta abierta a la cocina y separados por una isla en la que se podía jugar un partido de pin pon, de lo grande y espaciosa que era.
Los muebles de la cocina estaban panelados en vinilo de color rojo, que contrastaba con el blanco de la encimera y de la pared, y que, sin ser extremadamente llamativa, daban ese toque de color tan divertido.
Desde el salón se podía acceder al jardín, de manera directa hasta la zona de la piscina, más concretamente a un porche trasero en el que había un bonito sofá de exterior, dos sillones y una mesa en la que cabían, fácilmente, diez o doce personas.
—He pensado que, en aquella parte del jardín, le podemos poner al niño columpios. ¿Qué te parece? —preguntó Olivia.
—Me parece una idea fantástica, y a él también le va a encantar —dijo Martín, con una sonrisa.
—¿Ves? A esto es a lo que me refiero, Ismael. Otra mujer estaría pensando en poner hamacas para tomar el sol, y ella, piensa en el niño, en la manera en la que pueda disfrutar del jardín —dijo Gabriela a su marido, sin que su hijo y su nuera se enteraran.
—Es la mujer perfecta para ellos, trabajadora, independiente y que siente un profundo y sincero amor hacia ellos.
—Ojalá y no lo estropee nadie.
—Si alguien lo puede estropear, eso son ellos, y no creo que eso ocurra. Por parte de Martín, porque se ve enamorado y, por parte de ella, porque siente devoción por los dos.
—Es cierto. Ahora, tan solo les falta llenar la casa de niños.
—No seas impaciente, que ambos son muy jóvenes para eso, todavía. Que se preocupen de Héctor, que los demás, ya vendrán.
Gabriela e Ismael se sentaron en el porche trasero, viendo como los dos hacían planes sobre lo que querían colocar en el jardín.
Se les veía tan felices, que no quisieron intervenir.
Héctor, mientras tanto, estaba dormido sobre el hombro de su padre, que se lo quitó a Olivia de los brazos en cuanto que se dio cuenta de que se había quedado dormido.
—Creo que va siendo hora de que volvamos a casa, Martín. Ya está haciendo frío para el niño —dijo Gabriela, viendo que ya estaba cayendo el sol.
—Sí, allí hablaremos más tranquilos y calentitos —contestó su hijo.
Se montaron de nuevo en el coche y, justo cuando Martín puso al niño en la sillita, se despertó, miró a su alrededor, comprobando que Olivia estaba allí, sentada a su lado, y volvió a quedarse dormido.
En cuanto que llegaron a la casa de los abuelos y el niño vio que iban a entrar, se agarró al brazo de Olivia, y empezó a lloriquear, pues pensaba que lo iban a dejar allí y se volverían a marchar sin él.
Ante esta situación, Olivia no dudó en coger la carita del niño, para secarle las lágrimas y hacerle entender que eso no sería así.
—Mi vida, vamos a entrar en la casa de los abuelos para merendar, pero, cuando nos marchemos de aquí, tú te vendrás con nosotros, te lo prometo.
—¿Merendar? Héctor quiere pasteles.
—Eso mismo vamos a comer, mi amor, de chocolate, de los que a ti te gustan.
—¿Mamá compra en patelería ?
—Si, cariño, los he comprado en la pastelería que te gusta tanto.
—Entonces, ¿promete Héctor se va con mami y papi?
—Te lo prometo. Ahora, vamos a entrar, que, si no, la abuela se va a poner triste porque pensará que no quieres estar con ella.
—Héctor mucho tiempo con bela , ahora quiere con papi y mami.
Su abuela, que lo estaba escuchando, entendía al niño perfectamente, aunque no por eso no sintió algo de pelusilla porque su nieto quisiera pasar más tiempo con sus padres que con ella, pero no dijo nada, porque era completamente lógico.
Una vez dentro de la casa, y con la bandeja de pasteles por delante, se pusieron a hablar de todo lo que querían comprar para el jardín, e Ismael sacó su portátil para buscarlo y hacer el pedido cuanto antes.
Además de eso, también hablaron de comprar un perro, para que el niño tuviera un compañero de juegos.
—¿Estáis seguro de eso?
—Sí, mamá, queremos que Héctor tenga un animal, vea la responsabilidad desde pequeñito.
—Yo, que me he criado con uno, puedo decir que es lo mejor que pudieron darme mis padres, a falta de un hermano —dijo Olivia.
—Entonces, ¿por qué no mejor adoptarlo? —preguntó Ismael, al que le faltó tiempo para entrar en las páginas de adopción de perros.
Ismael, viendo la ilusión en los ojos de Olivia, le dio la vuelta al portátil, para que ambos vieran la cantidad de perritos que buscaban un hogar en el que vivir. Los había de todos los tamaños y colores, pero el niño, en cuanto que se fijó en uno de ellos, lo señaló con su dedo.
—Este, pelito Héctor.
—¿Te gusta este perrito, mi amor? —preguntó Olivia, que había sentido el mismo flechazo que el niño.
—Sí, Héctor quiere este.
Su abuelo, para que la palabra del niño era ley, aunque no porque lo estuviera malcriando, sino porque era tan bueno, que se merecía todo lo que pudieran darle, sin que fuera nada material, no dudó en llamar al centro de acogida para ver si todavía lo tenían disponible, quedando en pasar por allí al día siguiente.
—Martín, nos han dado cita mañana a las doce de la mañana. ¿Podréis venir?
—Claro que iremos, tenemos que ver la reacción del perrito con el niño, que no queremos que tengan celos el uno del otro o que no congenien. Una cosa es verlo en la página, y otra muy diferente es verlo in situ —contestó Olivia, y todos los demás la entendieron.
Había llegado la hora de volver a casa, pues estaba empezando a lloviznar y no querían que les cogieran la lluvia fuerte por el camino. No es porque estuvieran demasiado lejos, pero, con el niño en el coche, no querían arriesgarse.
Por supuesto, la opción de quedarse allí, con los abuelos, quedaba completamente descartada, o al niño le daría un ataque, eso estaba claro. Además, ninguno de los dos llevaba ropa como para acudir al día siguiente a la protectora de animales para ver al perrito.
Se despidieron de los padres de Martín, que le volvieron a agradecer a Olivia todo lo que estaba haciendo por su hijo y su nieto, aunque ella seguía pensando que no hacía nada que otra persona no hiciera por su pareja y por el hijo de este, haciéndoselo saber.