Capítulo 22
Ese día, después de salir del trabajo, Martín había hablado con sus padres para que conocieran a Olivia, ya que, ni el niño ni él, paraban de hablar de ella.
Para Gabriela, que su hijo hubiera abierto de nuevo su corazón, ya era un motivo de alegría y, si encima, la chica era tan buena con ellos como decían, mucho mejor.
Por eso, habían quedado en ir a comer a su casa, y, de ese modo, también recogerían al niño, puesto que el fin de semana ya estaba aquí y Estefanía había avisado a Martín de que el lunes volvía al trabajo, pues ya se encontraba perfectamente.
La señora había sufrido un episodio de gripe bastante fuerte, que la había mantenido en la cama durante toda la semana, y que había sido atendida por profesionales del hospital de los padres de Olivia, que no dudaron en enviarle a un equipo de sanitarios a su casa en cuanto que se enteraron de que estaba enferma.
Olivia estaba nerviosa por conocer a los padres de su novio, aunque sabía que no había motivos para estarlo, ya que, tanto Ricardo como Rodri, le habían dicho que era una pareja de lo más sencilla, a pesar del dinero que tenían. Vamos, que eran muy parecidos a sus padres.
—¿Estás lista, preciosa? —le preguntó Martín en cuanto que llegó a la altura del coche en el que la estaba esperando.
—Hombre, lista no estaré nunca, pero estoy dispuesta, que es lo importante.
—Sigo sin entender el motivo de tus nervios. Te aseguro que, con lo que Héctor le ha contado de ti, lo primero que va a hacer será darte un abrazo.
—¿Héctor le ha hablado de mí?
—Sí, bueno, ya sabes, en idioma jedai , pero sí.
—¿Qué le ha dicho? Si puede saberse.
—Pues, en resumen, que su mami es la más guapa del mundo, que lo quiere mucho, que juega con él…
—Vamos, que me ha pintado como…
—Como una estrella que ilumina su camino, y el mío, que no se te olvide.
Olivia pintó una sonrisa en sus labios, y no dudó en darle un beso a su chico antes de que arrancara. Antes de llegar, le dijo que parara en su pastelería de cabecera, esa en la que todas las semanas solía comprar sus pasteles o tarta preferida, y que, además, al niño le encantaba.
—¿Cómo es que eres tan golosa?
—Me encanta el chocolate, ya sabes que soy adicta.
—Sí, y le estás contagiando esa adicción a nuestro hijo.
Cuando Olivia lo escuchó referirse al niño de esa manera, no pudo evitar mirarlo, porque le había sorprendido muchísimo. Martín, en cuanto que se dio cuenta, y aprovechando un semáforo, no dudó en aclarárselo.
—Olivia, mi hijo te considera su madre, y yo, mi mujer.
—Joder, Martín, me vas a hacer llorar.
—Tenía pensado decírtelo este fin de semana, pero, mira, lo voy a hacer ahora.
—No me asustes, Martín, por lo que tú más quieras.
—No, no te voy a asustar, lo que quiero es que tiremos ese maldito tabique y unamos las dos casas, que hagamos las reformas necesarias para que no sean dos casas independientes, sino una sola que albergue nuestras familias.
—Lo tienes todo pensado, por lo que veo.
—Pues sí, incluso tengo los planos ya hechos, tan solo me tienes que decir que sí, y yo me encargo de todo.
—¿Dónde vamos a vivir mientras tanto?
—Esto también era una sorpresa, pero, al final, me vas a hacer hablar más de la cuenta.
—¿A qué te refieres?
—He comprado un pequeño chalé a la salida de la ciudad, en la que me gustaría que pasáramos los veranos, con su piscina y su jardín, para que Héctor, y todos los hijos que vengan, puedan jugar y correr todo lo que quieran.
—Ahora te propongo yo algo. ¿Por qué no nos vamos a vivir allí y dejamos los áticos como están? Podríamos alquilarlos y…
—¿De verdad te gustaría vivir allí?
—Pues sí, ¿por qué? ¿Tan difícil es de entender para ti? ¿O es que no te gusta la idea? Porque, si es así, no quiero que lo hagas por contentarme…
—Para, para, que parece que te han dado cuerda. Si te lo pregunto es porque eso siempre ha sido mi sueño, vivir en un lugar así, con mi mujer y mis hijos, además de con un perro, que es lo único que nos faltaría.
El resto del trayecto lo hicieron así, hablando sobre cuando podrían mudarse, y llegaron al acuerdo de que sería lo mejor para ambos, así, ninguno tendría que estar pensando en qué personas pasaron por allí. Sería su casa familiar, nueva, un lugar dónde empezar de cero como pareja.
Casi sin darse cuenta, Martín estaba aparcando en la zona destinada para eso que tenía la parcela.
Olivia se quedó con la boca abierta, porque, si sus padres vivían en una casa espectacular, al lado de esta, parecía una chabola.
No solo por la cantidad de metros que tenía la parcela, sino por la construcción que tenía delante.
Gabriela, en cuanto que escuchó el coche de su hijo, no dudó en abrir la puerta y salir a darles el encuentro y a saludarlos, pero no contó con que su nieto, que se encontraba con ella, se metiera entre sus piernas y saliera corriendo en dirección a ellos.
Estaba acostumbrada a que, cuando pasaba unos días en su casa, el niño, en cuanto que veía a su padre, se lanzaba a sus brazos, pero en esta ocasión no fue así, sino que el niño se lanzó a Olivia, que lo esperaba con los brazos abiertos.
—¡Mamita! Héctor echa de menos.
—Yo también te he echado de menos, mi vida. Pero, no te preocupes, que hoy te vienes con papá y conmigo.
—¿Héctor a casa con papá y mamá?
—Sí, campeón, te vienes a casa.
—Ten hijos para esto… ¿A papá no le vas a dar un beso?
—Sí, pero antes, mamá.
Héctor empezó a darle besos a Olivia, que le correspondía a todos y cada uno de ellos, haciendo que el niño riera y provocando que su abuela pintara una sonrisa en su boca, viendo el cariño que el niño estaba recibiendo por parte de su futura nuera.
Nada más que por eso, y por volver a ver el brillo en la mirada de su hijo, ya se tenía ganado su cariño y admiración. No todas las mujeres son capaces de querer al hijo que su pareja tenga de una relación anterior, mucho menos, cuando este vivía con él de manera perenne.
—Hola, mamá. ¿Qué tal todo? —le preguntó Martín, cuando llegó a su altura.
—Todo perfecto, mi niño, sobre todo después de ver a mi nieto tan querido por tu novia.
—Bela, ella no novia papá, ella mamá mía.
—Ya lo sé, mi amor, pero, aunque es tu mamá, también es la novia de papá.
El niño se quedó pensativo, como si no entendiera que su madre pudiera ser también la novia de su padre, como si una persona no pudiera ser dos cosas a la vez, pero no dijo nada. Prefirió callar, no fuera a ser que le quitaran su título, ya que su padre era mayor que él.
—Mamá, ella es Olivia, mi pareja.
—Encantada, Olivia, y gracias.
—El placer es mío, y no tiene que agradecerme nada, este niño se da a querer desde el primer momento en el que se posa los ojos en él.
—Ya, mi nieto tiene ese efecto, pero no he visto a nadie que lo mire como tú lo haces, además, que no solo es por eso, sino también porque he vuelto a mi hijo ser el que era antes de aparecer Rocío en su vida.
Olivia conocía la figura de la madre del niño, pero no sabía su nombre, así que, supuso que se refería a ella, pero no dijo nada. Martín, que había cogido a su hijo en brazos, echó uno por los hombros de Olivia, acercándola a él y dejándole un beso en la cabeza.
En ese momento, llegaba Ismael, que venía de la otra parte del jardín, con un precioso ramo de flores variadas en la mano, y que se suponía que era para su futura nuera, pero que, como le dio vergüenza, terminó entregándosela a su mujer para que las pusiera en un jarrón en la mesa del salón.
—Tú debes ser Olivia ¿verdad? Yo soy Ismael, el padre de Martín.
—La misma, encantada, Ismael.
—Hijo, has elegido muy bien, y no solo porque es preciosa por fuera, sino porque también lo es por dentro, y no hay más que ver la manera en la que os mira a ti y al niño para comprobarlo.
—Uy, al final me voy a ir de aquí roja como un tomate, ya verás. Y perdona que te tutee, pero es que a mí las formalidades cuando estamos en familia, no me van.
—Por supuesto que sí, nosotros somos de la misma opinión.