Un vecino con derecho a roce Capítulo 20
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Capítulo 20

Decidieron dejar las compras para otro momento y volvieron a casa, no sin antes avisar a todos de que se iban a perder hasta el domingo. Tanto Lourdes como Gabriela, insistieron en quedarse con el niño para que ellos pudieran tener intimidad, pero Olivia no lo permitió.

Ella era de la opinión de que, si Martín tenía un hijo, ella tenía que compartir con él esa responsabilidad. Otra cosa sería que el niño contara con una madre con la que dejarlo, pero, como no era ese el caso, no pensaba cargar con ese trabajo a la abuela.

Esa misma tarde, y sin poder evitar esa conversación por más tiempo, Olivia se armó de valor y habló con Martín de todas sus dudas, de todas esas cosas que rondaban su cabeza y que no la dejaban vivir lo que tenían con tranquilidad.

—Martín, me gustaría preguntarte algo.

—Dime, pregunta lo que quiera.

—¿Qué somos?

—¿Perdona? ¿A qué te refieres? Porque no entiendo esa pregunta.

—Me refiero a qué hay entre nosotros, si somos pareja, amigos, vecinos con derecho a roce…

Martín comenzó a reírse, con una carcajada que le salió de lo más dentro, mientras que Olivia lo miraba sin saber si reírse con él, enfadarse o esperar a que le contestara. Al final, optó por la última opción, y se cruzó de brazos a esperar.

—Preciosa, creí que había quedado claro desde el primer momento.

—Pues te habrá quedado claro a ti, porque a mí me causa muchas dudas.

—Está bien, yo te lo aclaro todo. Amigos nos somos, bueno sí, pero no solo eso. Vecinos con derecho a roce, mucho menos, aunque nos rocemos todo lo que podamos y más.

—¿Entonces?

—Somos pareja, Olivia, y no creo que tardemos mucho en tirar ese tabique que separa las dos casas para hacer una mucho más grande. Es la ventaja de vivir pared con pared. ¿Te ha quedado claro ya?

—Pues ahora, sí que me ha quedado claro. Ni que decir tiene que no te volverás a acostar con otra mujer, porque eso de las parejas abiertas, a mí no me van.

—Ni a mí tampoco, por eso puedes estar tranquila. Si quisiera acostarme con alguna mujer, no tendría ninguna relación.

Aprovechando que el niño estaba durmiendo la siesta en el sofá de la cabaña, que era preciosa.

Martín llenó el jacuzzi que había en la terraza, desde la que se veía toda la montaña nevada, e invitó a Olivia a meterse con él, eso sí, completamente desnudos y dejando el albornoz de ambos apoyados en una de las sillas que había bajo el techado.

Allí, dentro de ese jacuzzi, con el agua burbujeando, se dejaron llevar por la pasión, haciendo el amor de nuevo, sin medir movimientos por miedo, comiéndose a besos y dejando clara la química que había entre ellos.

Después de un rato, y viendo que Héctor se había despertado ya, ambos salieron del jacuzzi, se pusieron los albornoces y entraron de nuevo en el salón.

Héctor, cuando los vio entrar abrazados, pintó una sonrisa en sus labios y, en vez de salir corriendo a los brazos de su padre, como sería lo lógico y normal, lo hizo a los de Olivia.

—Livia, Héctor quiere mucho.

—Yo también te quiero mucho, mi vida.

—Papi, ¿Livia mi mamá?

Martín miró a Olivia, que parecía aterrada. Él no quiso contestar por ella, no era quién para decidir por nadie, mucho menos para hacerlo por la persona que era su pareja, por eso encogió sus hombros y se dirigió a su hijo.

—Héctor, mi vida, eso no es algo que me tengas que preguntar a mí. Eso sí, y sin que sirva de condicionante para nadie, a mí no me importa que la llames así, siempre que ella quiera.

—Livia, ¿tú quiere?

—Sí, mi amor, yo quiero que tú me llames como te salga del alma.

—Entonces, Héctor dice papá y mamá.

El niño se lanzó a los brazos de los dos, que no dudaron a darle un abrazo y a comérselo a besos. El niño reía, en su corta vida, era la primera vez que Martín veía a su hijo así de feliz, y eso le llenaba el corazón.

El fin de semana pasó demasiado rápido, pero ellos lo disfrutaron al máximo, dejando los momentos románticos para cuando el niño dormía, y comportándose como una auténtica familia cuando el niño estaba despierto, paseando, haciendo muñecos en la nieve, porque hasta eso tuvieron, o jugando junto a la chimenea cuando el frío ya acuciaba demasiado.

Pero llegó el momento de volver, ya que, al día siguiente, ambos trabajaban y tenían que preparar todo. Esa noche decidieron pasarla en casa de Martín, por lo que Olivia entró a recoger su ropa. De ese modo, ambos se podían ir juntos por la mañana, sin tener que separarse.

Estefanía había llamado a Martín para decir que se encontraba con fiebre, justo cuando estaban a punto de acostar al niño, por lo que, sin más remedio y para que no tuvieran que levantarlo tan temprano, decidió que lo iba a llevar con su madre.

—¿Vienes conmigo?

—No, prefiero esperarte aquí, y así voy preparando la cena para nosotros, ¿te parece?

—Me parece una idea fantástica. No tardo nada, mis padres no viven lejos.

Olivia les dio un beso a los dos, y el niño se abrazó a ella, como si fuera la última vez que la fuera a ver, y a ella eso le hizo muchísima gracia. Habían acordado que, cuando vinieran y terminaran de cenar, se darían un baño de espuma, y ella quiso dejarlo todo preparado para entonces.

Había pelado patatas mientras que Martín le daba de cenar al niño una tortilla a la francesa, y las tenía lista para freírlas y batir los huevos. Iba a hacer una tortilla de patatas y una ensalada, que ya tenía casi lista.

Estaba dándole la vuelta a la tortilla, cuando llamaron a la puerta. Era demasiado pronto para que fuera Martín, así que, supuso que sería un vecino para preguntar o pedir algo.

Al abrir la puerta se encontró con una mujer que reconoció al instante, y que volvió a hacer lo mismo que la vez anterior, se quitó el abrigo, pero en esta ocasión no llevaba nada debajo.

—Hoy no me he equivocado. ¿Se puede saber dónde está mi hombre?

—¿Perdona? ¿Tu hombre? Me parece que te estás confundiendo con esas palabras.

—Mira, chica, Martín y yo tenemos… digamos que una relación abierta, como las que le gustan a él. Así que, si te piensas que eres la única en su vida, lo llevas claro.

Olivia sintió como la sangre le hervía. ¿Cómo le había creído cuando le dijo que a él no le gustaban las relaciones abiertas? Se sintió como una idiota y, en vez de decirle que ella era su pareja, cogió sus cosas antes de dirigirse a ella, que se había vuelto a cerrar el abrigo.

—Yo tan solo he venido para comprobar una cosa, pero ya me iba. Eso sí, lo siento por ti, pero no te pienso dejar aquí dentro, si lo quieres esperar, lo tendrás que hacer ahí fuera, en el rellano.

—No sería la primera vez que Martín me deja aquí dentro, chica, mientras que trabaja, y no me pienso quedar ahí parada, con estos taconazos…

—¿Qué haces aquí, Claire? —dijo Martín, que se acababa de bajar del ascensor.

—Venir a verte, como hago siempre que estoy en la ciudad. Mi avión acaba de aterrizar y tengo toda la semana libre, por lo que, llama a tu padre y dile que te tomas estos días para estar conmigo.

Claire se lanzó al cuello de Martín, que no se lo esperaba, y no reaccionó a tiempo para impedir que ella posara sus labios en los de él, y que a Olivia le sentó como dos patadas.

Como pudo, se la quitó de encima, pues no pensaba dejar que esa mujer le jodiera lo que había empezado con Olivia, por mucho que le gustara el sexo con ella, pero más le gustaba con su chica.

—Olivia…

—Yo ya me iba, que disfrutes de la noche.

—No, tú no te marchas a ninguna parte, la que se va a ir será Claire.

—¿Cómo que me voy a ir? No tengo a dónde, además, que no me vas a dejar tirada por otra mujer. Si quiere, que se nos una.

—Uy, chica, lo siento, pero a mí no me van los numeritos, y tengo cosas que hacer.

Sin que Martín se diera cuenta, se subió al ascensor, lo hizo como acto reflejo, por la necesidad que sintió de huir de ahí. ¿Cuántos secretos más tenía su chico? ¿Por qué, si era así, le había dicho al niño que podía llamarla mamá? No entendía nada, y tenía que salir de allí lo antes posible.

No le dio tiempo, porque, mientras que ella bajaba en el ascensor, él lo hizo por la escalera, encontrándoselo cuando salía de este.