Capítulo 19
Llevaban ya tres semanas, alternando entre ambas casas, unos días dormían en la de Olivia y otros, en la de Martín, para que el niño no se acostumbrara a una sola. Estaban mejor que nunca, y deseando de que a Olivia le dieran ya el alta definitiva, y hoy era el día.
—¿Estás nerviosa?
—No, lo que estoy es ansiosa.
—¿Ansiosa? ¿Se puede saber por qué?
—¿En serio te lo tengo que explicar?
—Sé que te mueres de ganas de volver al trabajo, pero creo que tampoco debería ser para tanto; han sido unas pequeñas vacaciones.
—Por supuesto que tengo ganas de volver al trabajo, porque me encanta, pero no es por eso por lo que necesito el alta.
—Ah, ¿no?
—¿Estás buscando que te lo diga con todas las letras?
—Sí, creo que no he sido demasiado sutil.
—Entonces, te lo diré, pero si te pones duro, no quiero quejas ni admito reclamaciones.
—Duro ya estoy, preciosa. Lo que necesito es que me digas las palabras exactas para hacerte mía en la ducha, que es donde vamos a terminar.
—No tendremos tiempo, pero, de todos modos, te lo diré. Si quiero que me den el alta, es para que me folles de verdad, para que no me trates como si fuera de cristal, para ver a mi vecino el portentoso en su máximo esplendor.
Martín soltó una carcajada que se escuchó en toda la casa. Por suerte para ellos, Héctor había salido con Estefanía al mercado, ya que hacía un día precioso, a pesar de que el frío acuciaba, el sol brillaba de manera brillante y apetecía salir.
Sin que Olivia se lo esperara, la cogió en brazos, se la echó al hombro y se metieron en la ducha, dejándola en el suelo en cuanto que estuvieron dentro.
Con el agua cayendo sobre sus cabezas, Martín la besó de una manera arrolladora, de esas que te dificultan hasta la respiración, mientras que llevaba su mano a la entrepierna de ella.
En cuanto que comprobó que estaba lista, la cogió por las nalgas, haciendo que rodeara sus caderas con sus piernas y, sin dejarla reaccionar, la penetró, de una fuerte y certera estocada, que la hizo gritar por la impresión, pero también por el placer que estaba sintiendo.
Así la tuvo un buen rato, hasta que ella alcanzó el primer orgasmo, que fue cuando la bajó, le dio la vuelta y, con las palmas de las manos apoyadas en la pared de la ducha, levantó sus caderas y la volvió a penetrar, esta vez desde atrás, mientras que besaba y mordía su cuerpo.
—¿Esto es lo que querías, Olivia?
—Sí, pero quiero más.
—Esto no es más que el principio, cariño. En cuanto que tenga el alta en mi mano, te prometo que no te voy a dejar descansar en todo el fin de semana, te voy a follar hasta que me supliques que pare.
Esas palabras, ese tono y ese deseo que Martín estaba declarando hacia ella fue lo que necesitó para estallar de nuevo, arrastrando con ella a su vecino, con el que todavía no había hablado para definir qué eran, si pareja, follamigos o qué coño, porque no sabía cómo dirigirse a él.
En el momento en el que ambos alcanzaron el clímax, cuando hubieron recuperado el aliento, se lavaron el uno al otro.
Las miradas y las manos del otro acariciando todo el cuerpo los encendió de nuevo, pero no tenían tiempo de volver a perderse en la pasión, porque, si lo hacían, llegarían tarde a la consulta y tendrían que esperar hasta que el doctor atendiera a todos los demás pacientes.
Olivia se secó el pelo y se vistió rápidamente, mientras que Martín hablaba con Estefanía, que acababa de llegar. Querían ir al centro comercial a pasar el día, pues ambos tenían que hacer algunas compras, y por eso le dijo que se llevaban al niño, y así no tenían que volver a la casa a por él.
Héctor se volvió loco de contento, pues no había nada que le gustara más que pasar el tiempo con Olivia y su padre, en cualquier plan que ellos tuvieran, ya fuera ver una película en el sofá, salir a dar un paseo o ponerse a colorear junto a ellos.
Martín sentó al niño en su sillita de paseo, bien abrigadito, y salieron del edificio. Como el centro médico no quedaba demasiado lejos y, contra todo pronóstico, iban con tiempo, decidieron ir dando un paseo.
En cuanto que entraron por la puerta del hospital, se encontraron con Lourdes, por quien el niño tenía auténtica devoción y a la que le decía yaya Lourdes. Parecía imposible que supiera diferenciar a la perfección el parentesco que tenía con cada uno.
—Pero bueno, si tenemos aquí al niño más bonito de toda la ciudad… ¿qué digo de la ciudad? De todo el mundo.
—Yaya Lourdes, Héctor contigo, papá médico.
—¿Te quieres quedar conmigo mientras que papá y Olivia van al médico?
—Sí, Héctor contigo.
—Pues hala, me lo llevo. Avisadme cuando terminéis y os digo dónde estamos, porque no sé si me lo llevaré a mi despacho o no me dará tiempo a llegar, porque como tiene a todas las enfermeras locas…
—Entonces, igual que el padre. Mira allí, están todas pendientes de él.
—Lo mismo y están pendientes de ti, y me echas a mí la culpa.
—¿Te demuestro que no es así?
—¿Está usted celosa, señorita Parra?
—Más quisieras, chaval.
Martín, para dejarle claro que no quería nada con otra mujer que no fuera ella, la cogió por la cintura y la besó, de una manera tan pasional que hizo que Olivia se pusiera roja como un tomate y que el niño empezara a aplaudir, contentísimo por lo que estaba sucediendo delante de sus ojos.
Ni Lourdes ni nadie, a excepción de Estefanía y sus amigas, sabían de la relación que estaban manteniendo, pero a Martín le daba igual. Estaba harto de comportarse como un amigo cuando estaban sus padres delante, y no pensaba ocultarse más.
—¿Sabéis una cosa?
—Miedo me da, mamá, de lo que tú vas a soltar por esa boquita.
—Pues no es nada malo. Tan solo que anoche mismo estuvimos hablando tu padre y yo de esto que está pasando. Por mucho que habéis intentado ocultarlo, vuestras miradas y vuestras caricias furtivas os han delatado.
—¿Lo ves? Te lo dije, y tú te pensabas que tu madre no se había dado cuenta…
—Bueno, id subiendo que el doctor os está esperando para que entréis de manera inmediata. Avisadme cuando salgáis, a ver si tengo tiempo de tomarme un refresco con vosotros.
Al pasar junto al grupo de enfermeras que no paraban de mirar a Martín y de cuchichear, todas agacharon la cabeza, sobre todo cuando este no dudó en pasar su brazo por encima de los hombros de Olivia y dejarle un beso en los labios.
Fue breve, fue un simple roce, pero que dejó clara su postura ante el resto de las mujeres.
En el momento en el que llegaron a la consulta, la enfermera del doctor les hizo un gesto para que pasaran directamente, sin tener que esperar en la sala de espera, y así poder terminar lo antes posible.
Después de hacerle una espirometría y varias pruebas más, y en cuanto que tuvieron los resultados, el doctor le dio la buena noticia de que podía volver a hacer su vida normal, dándole el alta médica en ese mismo momento.
Como era viernes, no tendría que volver al trabajo hasta el lunes, y a Martín se le ocurrió una fantástica idea.
—¿Qué te parece si preparamos una bolsa y nos vamos a una cabañita a pie de la montaña?
—Hijo, lo has dicho como la canción de Marco; te ha faltado decirme «en un puerto italiano…»
Martín soltó una carcajada porque le encantaba eso de ella, esa manera de tomarse la vida con un humor que a todo le sacaba punta. No te podías imaginar por dónde iba a salir, y eso era lo que le maravillaba de Olivia.
—No me has contestado. ¿Nos vamos de fin de semana romántico?
—Por supuesto que sí, pero el niño viene por delante. No me podría ir a ninguna parte sabiendo que se queda con alguien que no es su padre, mucho menos por mi culpa.
—Está bien, esta vez nos lo llevamos, pero no te vayas a pensar que será siempre así. Quiero un fin de semana para nosotros dos, a ser posible con un buen puente, y no pienso parar hasta conseguirlo.
—Eso también suena muy bien…
Martín volvió a besarla en el ascensor, pues bajaban a la cafetería, que era donde Lourdes los esperaba con el niño, que le dijo que tenía hambre, algo que tampoco era extraño en él, pues siempre estaba comiendo y le hacía una fiesta a cualquier cosa que le pusieran por delante.
Era como si no le dieran de comer nunca.