Un vecino con derecho a roce Capítulo 18
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Capítulo 18

Hicieron el amor, porque eso no se podía llamar practicar sexo, ya que Martín tuvo todo el cuidado del mundo para que ella no hiciera esfuerzos, para que no se cansara más de lo necesario y, aun así, había sentido mucho más que con cualquier otra pareja que hubieran tenido ambos.

Se quedaron dormidos abrazados, completamente desnudos y saciados, y sin todavía creerse el paso tan grande que habían dado.

Martín, a la mañana siguiente, se levantó sin hacer ruido para no despertar a Olivia, que dormía plácidamente, acurrucada entre las sábanas y el nórdico, y con una cara de paz que decía mucho.

Martín se metió en la ducha, se vistió para ir al trabajo, pero, antes que nada, comprobó que Olivia no tuviera fiebre y que Héctor siguiera durmiendo, y así era. Su hijo tenía una sonrisa en sus labios y se encontraba abrazado a su muñeco de peluche preferido.

Su padre le dejó un beso en la frente y salió de la habitación, en dirección a la cocina, donde ya se encontraba Estefanía, preparando el desayuno. La tarde anterior, y por si llegaba después de que Martín se hubiera ido a trabajar, Olivia le entregó la llave de su casa.

—¿Cómo es que has venido tan temprano? No son ni las ocho…

—Porque sabía que me necesitarías. Además, que ayer hubo movida en mi casa y no quería permanecer más tiempo allí.

—¿Y eso? ¿Qué ha sucedido?

—Mi hijo, que se ha separado, y se ha venido a vivir a mi casa. Hasta ahí, todo bien, pero el problema es que también ha perdido el trabajo y dice que se quiere tomar un año sabático para descansar.

—¿Para descansar? ¿Y tú, no tienes el mismo derecho?

—Pues eso mismo le he dicho yo. Que si yo me mato a trabajar todos los días para llegar a fin de mes, él también. Además de que tiene que pasar la manutención de sus dos hijas, que no tienen culpa de que su padre sea un absoluto desastre.

—Bueno, supongo que también estará su madre, ¿no?

—Por supuesto, esa mujer es una santa; demasiado le ha aguantado a mi hijo.

—Joder, ¿tan desastre es?

—Mucho más de lo que te puedas imaginar, Martín. No quiso estudiar; se marchó a trabajar con dieciséis años, pero ningún trabajo le ha durado más de un par de años, según él, porque le aburre hacer siempre lo mismo.

—¿Su mujer lo permitía? Digo yo que, si ella trabajaba…

—Su mujer estaba tan enamorada de él que le permitía todo. Cuando la pobre llegaba de trabajar, que es asistente de un alto ejecutivo en una gran empresa, se tenía que poner a cocinar, a limpiar, a duchar a las niñas…

—¿Y él? ¿No se hacía cargo de nada?

—Pues no, él se limitaba a tumbarse en el sofá a jugar a la videoconsola. Cuando se hartaba de los reproches de los demás, entonces buscaba un trabajo y vuelta a empezar.

Estefanía continuó contándole todo, desde las infidelidades de su hijo que su nuera había perdonado, hasta la actitud chulesca de él, que le decía que, si no estaba de acuerdo, que se largara, aun sabiendo que la casa era de ella, pues fue una herencia de sus abuelos.

—Y ha llegado el día en el que ella se ha terminado de hartar, ¿no?

—No, ha llegado el día en el que un hombre la ha conquistado, con cariño, con amor y con todo lo que mi hijo no les daba, tanto a ella como a mis nietas, y le ha plantado las maletas en la puerta.

—Y supongo que él no se lo ha tomado bien.

—Eso es lo peor, que para él ha sido una liberación, pensando que yo le iba a consentir todo, pero no ha sido así. Mi marido me dice que le demos un tiempo, pero yo no estoy dispuesta a ser su criada; me niego.

—Y haces bien. Con la edad que tiene, ya va siendo hora de que coja las riendas de su vida, de que se haga responsable de todo lo que le atañe a él.

—Precisamente eso es lo que le he dicho, que no, que tiene tres días para encontrar un trabajo y un mes para encontrar una casa, que yo, todo lo que tenía que hacer por él, ya lo había hecho.

—Por supuesto. Una cosa es que los padres ayuden a sus hijos y otra muy diferente, que se conviertan en una carga para ellos, siempre y cuando no tengan una enfermedad o algo parecido.

—Sus hermanos me han dicho lo mismo, porque él, en un arrebato de valentía, llamó a otro de mis hijos para contarle lo mala madre que yo era y, cuando su hermano me dio la razón, cortó la llamada, no sin antes decirle que había muerto para él.

—Déjame decirte que, aunque te enfades, tu hijo es un caradura de mucho cuidado. Es más, dile que se pase por mi despacho el lunes a primera hora, que voy a buscarle un trabajo para que pueda ser independiente.

—¿Harías eso por él?

—No, Estefanía, lo haría por ti, que no te mereces cargar con problemas que no te pertenecen.

Estefanía agachó la cabeza, pues sabía que tenía razón en todo lo que le estaba diciendo, pero no pudo evitar darle un abrazo. Para ella, se había convertido en otro hijo más y, debido a eso, se dio cuenta de que hoy sonreía más que de costumbre.

—¿Tú no tienes nada que contarme?

—Sí, pero no me da tiempo de hacerlo, ya te lo contaré otro día.

—Pero… ¿se puede tener más poca vergüenza que tú?

—Sí que se puede, pero lo que sucede es que yo lo cuento con mucho arte.

Estefanía soltó una carcajada, mientras que Martín se terminaba la taza de café y cogía su maletín con el portátil y demás antes de salir para el despacho.

Hoy el día sería un poquito más tranquilo, y por eso, suponía que llegaría antes que de costumbre, aunque no quiso decirle nada a nadie por si acaso se complicaba el trabajo.

Mientras tanto, Olivia seguía dormida en su habitación, en su cama. Cuando se despertó, tocó el otro lado de la cama, que ya estaba vacío y demasiado frío, lo que significaba que Martín se había marchado de su lado mucho antes de lo que ella se había imaginado.

Se levantó y fue hasta el baño; le apetecía darse una ducha antes de desayunar. Se sentía demasiado bien y, al mirarse en el espejo, vio unos colores en sus mejillas que no había tenido en su vida, y eso le provocó una sonrisa preciosa.

Una vez que se hubo duchado y secado el pelo, pues no quería que le volviera a suceder lo mismo que la vez anterior por culpa del pelo mojado, se vistió con unas mallas negras, una sudadera finita y se puso los calcetines gordos, antes de ir hasta la cocina.

—¿Qué es eso que huele de maravilla?

—Estoy haciendo estofado de carne con patatas, que a Héctor le encanta y que a ti te vendrá bien.

—¿De dónde has sacado los ingredientes? Porque en mi nevera había poco, bueno, más bien nada.

—Un yogur caducado y medio limón, para ser exactos.

—Es que, antes de ponerme enferma, tenía que haber hecho la compra, pero como no me dio tiempo…

—Ah, no te preocupes, que ya la he hecho yo. Los frescos los compré esta mañana, antes de venir aquí, y el resto, he hecho un pedido online que ha llegado hace como media hora.

—Pues no sabes cuánto te lo agradezco. Pero dime lo que tengo que dar, que no estás tú como para gastar mucho más de la cuenta.

—No te preocupes, Martín me dio una tarjeta para todo lo que tuviera que comprar, además de para lo que me apeteciera, y lo he pagado con ella.

—Entonces, dime cuánto te has gastado para hacerle un Bizum a mi vecino, que no creo que le corresponda pagar nada.

—Uy, eso fue lo primero que me advirtió. Me dijo, palabras textuales, «Conociendo a Olivia como la conozco, no querrá que yo pague la compra». Pero, como nosotros también vamos a comer aquí, no pienso cogerle ni un céntimo. Así que, ya sabes, gastes lo que gastes, tienes amnesia de los precios».

Olivia soltó una carcajada y negó con la cabeza.

No dudaba que lo hubiera dicho de ese modo, pero tampoco dudaba de que le devolvería el dinero que se había gastado.

Por eso, fue hasta la nevera, la abrió y calculó, aproximadamente, lo que se podía haber gastado, y lo mismo hizo con la canasta de la fruta y la verdura.

Cogió su teléfono, entró en la aplicación del banco y le hizo un Bizum de cuatrocientos euros, más valía que sobrara a que faltara. Ni dos minutos después, recibió la llamada de él.

—¿Se puede saber a qué viene que me hayas hecho un Bizum de esa cantidad?

—Es una estimación aproximada de lo que se ha gastado Estefanía esta mañana, entre el mercado y el super para llenar mi nevera.

—Pues lo siento por ti, pero acabo de rechazarlo y lo tienes de nuevo en tu cuenta. Y no se te ocurra volver a enviármelo, o te las verás conmigo en cuanto que llegue a casa.

—Uy, eso suena muy amenazante, señor Villar.

—Sí, pero no de la manera en la que te lo estás imaginando. Para eso, tendremos que esperar a que el médico te dé el alta. Entonces, te aseguro que será cuando te haga gritar; mientras tanto, tendremos que conformarnos con algo como lo de anoche.

—¿Te pareció mal? Porque a mí, personalmente, me encantó y lo disfruté como nunca.

El tono que empleó Olivia era como de enfado, algo que no le gustó a Martín, que no pensaba echar a perder todo lo que había conseguido con ella, y no tuvo más remedio que apaciguarla con lo que le dijo a continuación, aunque, más que apaciguarla, lo que hizo fue encenderla.

—Yo no he dicho eso y, para demostrártelo, te diré que todavía tengo el sabor de tu sexo en mi boca, como el mejor de los elixires, que conservo en mi mente, repitiéndose en bucle, la imagen de tu cara mientras que te embestía, y que, ahora mismo, estoy duro como una piedra y sin tiempo para remediarlo.

—Joder, Martín, no me puedes decir eso, que estoy acompañada y tampoco le puedo poner remedio.

—Mucho mejor, porque durante la siesta de Héctor, te demostraré cómo he estado yo toda la mañana. Te diría que fueras hasta tu baño y cogieras a tu amiguito, ese que guardas en el primer cajón y jugaras con él, pero tengo una reunión en cinco minutos y tendría que dejarlo en lo mejor.

Olivia, en este momento, no tenía ni capacidad para hablar, no le salían las palabras, y eso hizo que Martín siguiera poniéndola a mil, a pesar de que él también se encontraba en el mismo estado.

Antes de entrar en la sala de reuniones, se tendría que controlar, puesto que era con Sofía, la madurita con la que ya se había acostado en varias ocasiones, y no pretendía que pensara que su estado se debía a su excitación por ella.

Cuando cortó la llamada, ambos sentían un calor en el rostro que no podían resistir.

Olivia se metió en el baño y se refrescó la cara, intentando tranquilizarse, ya que Héctor le había pedido que se sentara con él a colorear y no quería hacerlo en ese estado y que Estefanía pensara que tenía fiebre.

Por su parte, Martín también avisó de que llegaría a la reunión cinco minutos más tarde, alegando que estaba terminando de redactar unos correos electrónicos, cuando en realidad lo que pretendía era esperar a que su excitación se bajara.

Ambos estaban deseando de que llegara el momento de estar juntos de nuevo, aunque para eso quedara todavía un par de horas.