Un vecino con derecho a roce Capítulo 17
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Capítulo 17

Habían pasado ya tres días desde que subieron a Olivia a planta, y todo había ido bien; por eso, estaban esperando a que llegara el médico para darle el alta. Martín no había faltado ni uno solo de esos días, llevándole flores, bombones y todo lo que se le pudiera antojar.

La relación entre ellos se había estrechado bastante, y era habitual que se escucharan las risas desde el pasillo, sobre todo por la cara que ponía él cada vez que llegaba alguna enfermera comiéndoselo con los ojos y Olivia soltaba alguna de las suyas.

—Estás causando furor entre las enfermeras del hospital, chaval, y ya no solo con las de la planta de pediatría.

—No me interesa ninguna de ellas, te lo aseguro.

—Claro que no, y yo voy y me lo creo.

—Tenemos una conversación pendiente, pero como ahora vamos a pasar mucho tiempo juntos, podremos hacerlo con tranquilidad.

—¿De qué estás hablando?

—¿No te ha contado tu madre nada?

—Pues mira, no, no me lo ha contado, pero tú lo vas a hacer, y ahora mismo.

Martín le explicó, de la mejor manera posible, el acuerdo al que habían llegado sus padres con él y, a pesar de que a Olivia no le sentó demasiado bien, entendió el miedo de todos ellos y era preferible aguantar al vecino durante unas horas que vivir con Lourdes y Kike y su pregunta constante de «¿estás bien? ».

Como Lourdes y Kike estaban trabajando, Martín, que había pedido la mañana libre a su padre, sería el encargado de llevarla de nuevo a casa. Por eso, en el momento en el que ya tuvo el alta en la mano y ayudada por una enfermera para vestirse, salieron del hospital.

Al llegar allí, Irene y Ana ya estaban allí. Ellas habían sido las encargadas de limpiar todo el ático, de cambiar las sábanas de la cama y de lavarlas, así como de preparar la comida que, junto con Estefanía, que también estaba allí, cocinaron un banquete.

—¡Bienvenida a casa, preciosa! —le dijo Irene, sumiéndose en un abrazo con su amiga.

—Gracias a todos por haber estado tan pendientes de mí. En especial a ti, Estefanía, que, sin conocernos, te diste cuenta de que llegué antes de tiempo y eso, sumado a las dudas de Martín, me salvaron la vida.

—No hay de qué, cariño. Quiero que me veas como a una madre, como a una abuela, o como te haga sentir mejor a ti, pero que sepas que estoy aquí para ti, y que cuentes conmigo para cualquier cosa.

Justo cuando Estefanía y ella se abrazaron, Héctor, que se había quedado dormido en el sofá, abrió los ojos y, en cuanto se dio cuenta de que Olivia estaba allí, salió corriendo hacia ella.

—¡Livia! Héctor echa de menos.

—Hola, campeón. Yo también te he echado de menos, pequeño Yoda.

Olivia se sentó al lado del niño, en el sofá, pues todavía no tenía la suficiente fuerza como para cogerlo en brazos, y se lo sentó en la falda, comiéndoselo a besos, algo que a Héctor le encantaba, y su padre lo sabía.

Sus padres llegaron a última hora de la mañana, al igual que Rodri y Ricardo, que no dudaron en llevar un ramo de flores enorme y una buena bandeja de pasteles de chocolate, que sabían que eran los preferidos de Olivia.

Cuando llegó la noche, todos se fueron marchando, hasta quedar tan solo Martín, el niño y ella.

La primera en marcharse fue Estefanía, que lo hizo a la hora de comer, seguida de Lourdes y Kike, que, en cuanto vieron que su hija estaba acompañada, no dudaron en dejarlos a solas y, finalmente, sus amigos.

—Bueno, voy a preparar la cena y a bañar al niño. ¿Ha dejado Estefanía la ropa por aquí?

—¿Para qué va a dejar Estefanía la ropa del niño?

—Porque no pretenderás que lo acueste con la misma ropa de todo el día, ¿no?

—Pero…

—Creo que no te ha quedado claro que no me pienso separar de ti, a excepción de las horas del trabajo, que se quedará Estefanía contigo.

—¿Cómo te vas a quedar a dormir aquí?

—Pues en tu cama, junto a ti, porque no sé dormir en una cama individual, me muevo mucho y me puedo caer.

Olivia mudó su gesto; parecía que le habían impuesto el peor castigo con el que podían haberle castigado. ¿Cómo iba a poder dormir con él acostado a su lado? Tenía que darle mil vueltas a la cabeza para que no ocurriera eso, aunque Martín se percató de sus intenciones.

—No le des más vueltas a la cabeza, porque lo que hay es lo que hay.

—Ya, pero aunque tengas que estar aquí, no tenemos por qué dormir en la misma cama.

—¿Tanta repulsión te provoca que no puedas dormir conmigo?

Olivia se puso roja de la rabia y, sin poder aguantarse más, sin pensar lo que iba a decir, soltó todo lo que le estaba carcomiendo por dentro.

—¿En serio te parece que es repulsivo lo que provocas en mí? ¿De verdad me estás diciendo eso?

—Por supuesto, es lo que me has dado a entender y, de verdad que me duele en el alma…

—Eres gilipollas. Como si no te hubieras dado cuenta ya de que lo que provocas es completamente lo contrario.

—Dímelo, necesito saber lo que provocó, sin dobleces, sin medias tintas, abre tu corazón, para poder actuar en consecuencia.

—¡Me gustas! Me siento atraída por ti, y para mí, era un suplicio cada vez que te escuchaba teniendo sexo con una mujer a través de la pared. ¿Ya estás contento?

Martín, con una sonrisa en los labios, cogió a Olivia por el cuello y, sin prisa y sabiendo que no lo iba a rechazar, posó sus labios en los de ella, de manera lenta, saboreando sus labios, y haciéndolos gemir a ambos.

—Sí, estoy contento, demasiado contento, porque yo también siento lo mismo por ti, y quiero llegar más allá, pero te voy a respetar hasta que te encuentres bien del todo.

—¿Piensas dormir conmigo, aun sabiendo lo que me haces sentir?

—Claro que sí, y no me pienso separar de ti.

—Entonces, te aseguro que vas a pasar la peor noche de tu vida.

—O la mejor, que nadie puede predecir lo que va a pasar.

Olivia, completamente desesperada, se levantó del sofá, dispuesta a poner a Martín en el palo.

Si quería dormir a mi lado, lo iba a hacer, pero iba a terminar con un dolor de huevos que no se lo esperaba ni él.

Se quitó la ropa que llevaba, se dio una ducha y se puso un conjunto de lencería que tenía sin estrenar y que era de lo más sexy que os podéis imaginar.

Martín, viendo que ella estaba en la ducha, se metió en el otro baño, donde también se duchó, pero lo que Olivia no sabía era que él también tenía el mismo plan para ella, y que una sonrisa se pintó en sus labios, mientras que, recordando ese beso y esas palabras, no pudo evitar ponerse duro.

Casi sin darse cuenta, y para que la tortura no fuera mucha, porque tenía claro que, aunque Olivia se pusiera un saco para dormir, ese simple olor que tenía su pelo lo pondría duro, cogió su miembro con su mano.

Empezó a acariciarse hasta que, demasiado pronto, explotó y tuvo un orgasmo como no había sentido nunca.

Con un simple bóxer, el pelo mojado y revuelto y descalzo, llegó a la habitación. Como estaba la calefacción puesta, se recostó en la cama completamente destapado; quería que, cuando Olivia saliera del baño, lo viera de esa guisa.

Y así fue, en ambos casos, cuando Olivia salió del baño, con ese conjunto de lencería negro que dejaba muy poquito a la imaginación, se quedó parada al ver a Martín de esa forma, pero no menos se sorprendió él.

Ahora entendía eso de una tortura, aunque, en este caso, la tortura iría en ambas direcciones.

Martín se levantó, se fueron acercando el uno al otro y, cuando estuvieron a pocos centímetros, y sin pensar en nada más, se lanzaron el uno al otro y se devoraron la boca, con pasión, con hambre, con todas las ganas que habían estado reprimiendo.

Ese beso no tenía nada que ver con el que se habían dado en el sofá, que fue como de reconocimiento del terreno, como si ambos necesitaran saber en qué punto estaba el otro, no como este, que lo que anticipaba era el deseo que ambos sentían el uno por el otro.

—Efectivamente, esta noche va a ser una tortura.

—No, si le ponemos remedio.

—Olivia, gustosamente te haría mía en este mismo momento, pero acabas de salir del hospital.

—¿Y? Me encuentro perfectamente, respiro con normalidad y…

—No voy a permitir que hagas ningún esfuerzo, te lo aseguro.

—Entonces, hazlos tú, pero déjame sentirte de la manera que sea.

Esas palabras fueron para Martín como su propio pistoletazo de salida, como si fuera todo lo que él necesitaba para dejar a un lado lo que su cabeza le decía y darle paso a lo que le indicaba su corazón que hiciera.

Por eso, y con mucho mimo, la llevó hasta la cama, donde la dejó caer, situándose entre sus piernas.

La besó de nuevo y fue bajando por su cuerpo con esos besos, sacando sus pechos del sujetador, uno que, en pocos minutos, ya estaba tirado por el suelo, ya que Olivia no quería sentir ningún tipo de tela entre Martín y ella, quería sentirlo piel con piel.

Martín siguió bajando, recreándose en cada milímetro del cuerpo de su vecina, haciendo que ella gimiera sin poder reprimirlo. Y, de ese modo, llegó a su sexo, que lamió, mordisqueó y succionó, hasta conseguir que tuviera su primer orgasmo y que lo hiciera en su boca.

—No pares ahora, por favor.

—¿Estás segura? ¿Te encuentras bien?

—Me encuentro de maravilla, pero aunque tuviera que pedir oxígeno, ya lo haría cuando terminaras conmigo.

Martín soltó una carcajada por la desesperación con la que lo había dicho Olivia, pero que se le cortó de manera inmediata en cuanto que ella invirtió las posiciones, quedándose encima de él, completamente desnuda como estaba y dándole una de las visiones más eróticas que había tenido en su vida.

Olivia fue bajando por su pecho, dejando un reguero de besos, hasta llegar al elástico de su bóxer, en el que metió sus dedos por los laterales, bajándolo y deshaciéndose de él, dejando el miembro de Martín al descubierto, completamente erecto y apetitoso.

Sin apartar la mirada de él, pasó su lengua por el pene, desde la base hasta la punta, en la que se dedicó a hacer círculos con su lengua, para terminar por metérsela al completo en su boca.

Martín gemía y jadeaba de placer y, de muy buen grado, hubiera terminado ahí, si no supiera que Olivia necesitaba mucho más que eso. Por eso, y para que ella no siguiera haciendo esfuerzos que le pudieran provocar un ataque de tos por la neumonía, la levantó y la posó de nuevo en la cama.

Su vecina le tendió un preservativo que sacó de la mesilla de noche y, ayudándolo a ponérselo, con una mirada le hizo saber que lo quería dentro de ella, y lo antes posible, y él se lo dio.

Esa vez no hubo cambio de postura porque no quería forzarla mucho y, aun así, con un simple misionero, sintió mucho más que con cualquiera de las mujeres con las que se había acostado anteriormente.

Escucharla gemir, ver cómo, con sus manos, agarraba sus nalgas, amasándolas con deseo, impidiendo que saliera de su interior, lo estaba poniendo como una moto. Por eso, no dudó en pedirle a su vecina que le diera todo, que lo arrastrara con él, y así sucedió.