Capítulo 16
Olivia se quedó en la unidad de cuidados intensivos casi tres semanas hasta que la subieron a planta. Durante todos esos días, Martín fue a verla a diario, tanto en el horario de mañana, como de tarde, aunque fuera detrás del cristal que los separaba.
Ese día empezaban a quitarle la sedación; dos días atrás, le retiraron la entubación que tenía en la respiración asistida, y ya respiraba con una mascarilla de oxígeno. Esa mañana, su madre dejó que Martín entrara en la sala, pues entendía que era el que más lo necesitaba.
—Olivia, preciosa, tienes que salir de esta, puesto que tenemos muchísimo de lo que hablar.
—Ojalá y te haga caso, Martín, y vuelva mi niña, la que siempre ha sido.
—La echo muchísimo de menos, Lourdes.
—Todos lo hacemos, corazón. Esperemos que no le hayan quedado secuelas de ese golpe, que es lo que más preocupa en estos momentos.
El tratamiento antibiótico hizo su efecto, y de la neumonía ya estaba casi curada, pero todavía no tenían constancia de lo que el golpe podría haber provocado en ella, por lo que la incertidumbre era total. Una vez que estuviera completamente fuera de la sedación, la pasarían a planta.
Martín volvió al trabajo, pues no sabían el tiempo que tardaría en despertar, en salir de la sedación, quedando, tanto Lourdes como Kike, en que lo avisarían cuando eso se hiciera realidad, para que pudiera acudir al centro hospitalario.
Olivia, por su parte, tardó casi siete horas en abrir los ojos y, cuando lo hizo, no sabía lo que había pasado ni el tiempo que había transcurrido desde que se metió aquel día en la cama hasta que descubrió que estaba en un hospital, en cuidados intensivos, más concretamente.
—¿Qué ha pasado?
—¿No recuerdas nada?
—Recuerdo que me volví del trabajo porque tenía fiebre y me encontraba mal, me metí en la cama y, en algún momento, necesité ir al baño, y ahí se me pone todo en negro.
Su madre avisó al neurólogo que la estaba llevando y salió de allí para que el doctor le realizara todas las pruebas pertinentes, cogió el teléfono y llamó a Martín, que contestó al segundo tono de llamada, como si tuviera el móvil en la mano, esperando que eso se produjera.
—Martín, ya ha despertado.
—Voy para allá.
—Gracias, corazón. Pero si necesitas estar con el niño, te mantendré informado; no hace falta que vengas.
—No hay que darlas. Mi hijo está completamente atendido por Estefanía, así que nada me va a impedir que esté a su lado cuando la pasen a planta.
—Te aviso en qué habitación está. Si llegas antes de que te envíe el mensaje, dirígete a la unidad de cuidados intensivos.
—Así lo haré, nos vemos en un rato.
Lourdes cortó la llamada y, apoyada por su marido, también llamó a las amigas de su hija, que se alegraron muchísimo y acordaron que pasarían por allí en cuanto salieran del trabajo, con sus respectivos chicos. Estaba despidiéndose de ellas cuando Martín llegó por el pasillo.
—¿Ya estás aquí? No has tardado nada —le dijo Kike.
—En cuanto que Lourdes me avisó, apagué el portátil y me vine para acá.
—Están haciéndole pruebas; ahora nos avisarán. ¿Te apetece tomar un café? Porque van a tardar en salir un buen rato.
—No, prefiero quedarme aquí por si acaso salen a decir algo. Id vosotros, en cuanto que salgan y os llamo.
—Vamos, Lourdes, tanto tú como yo necesitamos tomar algo; tenemos muchas horas por delante dentro de este hospital, tanto con nuestro trabajo como con nuestra hija —le dijo Kike a su mujer.
Martín se quedó apoyado en la pared que había justo enfrente del cristal de la habitación en la que se encontraba Olivia, que se veía llena de médicos, y un escalofrío le recorrió la espalda.
De pronto, unas ganas enormes de llorar se apoderaron de él.
¿Cómo había sido tan imbécil como para no darse cuenta de lo que esa mujer le provocaba?
¿Cómo había intentado alejarla de él? Si le hubiera pasado algo más grave, si ese golpe hubiese sido más complejo…
la culpa se lo estaba comiendo por dentro.
Media hora después, los médicos salieron de la habitación y preguntaron por Lourdes y Kike, por lo que Martín no dudó en avisarlos, mientras que uno de los médicos le preguntó si quería entrar a verla en tanto no la pasaban a planta, para que no estuviera sola y así poder hablar con los padres con tranquilidad.
—Sí, por favor, me encantaría.
—Pues pase, creo que no tengo que decirle el camino, ya que no es la primera vez que lo veo por aquí.
—No, vengo a diario, aunque tan solo la vea desde fuera.
Martín entró en la habitación; Olivia tenía los ojos cerrados en ese momento, pero no era producto de la sedación, sino del cansancio que le habían provocado las pruebas que le habían realizado.
El vecino no hizo ruido, sino que se sentó a su lado, en la misma silla en la que se sentaba su madre, y la cogió de la mano.
—¿Qué haces aquí? —Le preguntó ella, sin abrir los ojos.
—¿Cómo te encuentras?
—Como si me hubiese atropellado un camión y me hubiera tirado barranco abajo. Pero eso no contesta a mi pregunta.
—Si tenías los ojos cerrados… ¿cómo has sabido que soy yo?
—Tu perfume te delata. Pero sigues sin contestarme.
—Vengo todos los días y tu madre me había avisado de que habías despertado.
—Tengo que darte las gracias; si no hubiera sido por ti, lo mismo y hoy no estaría aquí…
—No digas eso; además, debí darme cuenta antes, debí hacerle caso a Estefanía cuando me dijo que escuchó tu puerta demasiado temprano.
—¿Ahora tu nuevo ligue controla mis horarios? Será por consideración a mi descanso, pero no te molestes. He insonorizado esa pared; puedes hacer todo el ruido que quieras.
—¿Has insonorizado la pared?
—Me alegra que, de todo lo que te he dicho, tan solo te hayas quedado con eso.
—No te va a hacer falta, porque me he dado cuenta de que me gustas, Olivia, y mucho, y quiero que empecemos de cero, y que me permitas invitarte a cenar cuando estés completamente curada.
—Uy, me parece que la sedación me está haciendo alucinar. Pues no he escuchado que te gusto…
Olivia abrió los ojos, y Martín pudo notar en ellos el cansancio, pero también el desconcierto por todo lo que le estaba diciendo, y eso le hizo soltar una carcajada. Eso tan solo le pasaba a ella, bueno, y a Estefanía, que era como su vecina, pero en la versión de la tercera edad.
—Estefanía no es mi nuevo ligue; es la niñera de Héctor, tiene sesenta y pocos años y es una señora adorable.
—¿Por qué me hiciste creer que era una jovencita que pasaba por tu cama? Porque aquel día os escuché reír, y por eso, me fui a dormir a la habitación de invitados; pasaba de escuchar cómo te acostabas con ella, como con las otras.
—Yo no te hice creer nada, tú sacaste tus propias conclusiones y a mí me vino bien para molestarte.
—Ahora en serio, ¿qué haces aquí? Tendrías que estar en el trabajo.
—Esto era más importante; tú eras más importante.
—Martín, ahora mismo tengo la cabeza como el bombo de la lotería de Navidad, con todo dando vueltas esperando a que salga el gordo. No soy capaz de procesar nada más.
—Tranquila, preciosa, que ya hablaremos cuando estés mejor. Ahora, descansa, que es lo que tienes que hacer.
Martín, en cuanto vio que los padres hablaban con el médico y que las enfermeras llegaron para subirla a planta, le dejó un beso en los labios, muy superficial, y salió de la habitación.
Los médicos le estaban diciendo que no había secuelas, que el golpe, a pesar de estar en una zona un tanto complicada y parecer muy aparatoso, había sido superficial. Por eso, la subirían a planta, la controlarían durante un par de días y le darían el alta.
Lourdes le dijo que se la llevarían a casa, pero Martín, sabiendo que no le iba a gustar, les dio una alternativa a los padres de su vecina. No había hablado con Estefanía, pero sabía que estaría completamente de acuerdo, y no solo por el dinero que cobraría de más.
—No te preocupes, Lourdes, se podrá ir a su casa, ya que Estefanía, la señora que cuida de mi hijo, lo hará también de ella.
—¿Estás seguro? Porque mientras que no esté al cien por cien, no me atrevo a dejarla sola.
—No lo estará. Estefanía se encargará de ellos mientras que yo estoy en el trabajo y, en cuanto salga de trabajar, seré yo el que me ocupe de ella.
—¿Y por la noche? Porque no quiero que se levante y se vuelva a caer de nuevo.
—Eso es impredecible, Lourdes, y no tiene cinco años para que la podamos controlar.
—Os he dicho que yo me ocuparé de ella, tanto en la tarde como en la noche.