Capítulo 15
El sábado por la tarde, ya extrañado de que no se escuchaba la música en casa de Olivia ni le había abierto la puerta, empezó a preocuparse.
Como no quería preocupar a Lourdes, decidió llamar primero a Ricardo, que seguro que estaba con Irene y le podría decir si estaba fuera el fin de semana o algo.
—Dime, Martín. ¿Ocurre algo?
—Ricardo, ¿está Irene ahí contigo?
—Sí, ¿por qué? ¿Quieres hablar con ella?
—Si no te importa, sí. Dile que se trata de Olivia; no logro localizarla…
—¿Cómo que no logras localizarla?
Al parecer, Ricardo, en cuanto que escuchó que quería hablar con Irene, había activado el altavoz del móvil, y ella, alarmada por lo que yo había dicho, no dudó en preguntar.
—Pues eso, Irene, que llamé ayer, cuando llegué del trabajo, a su puerta, y no me abrió, y ahora tampoco escucho ruido ni música, y eso sí que me preocupa.
—Joder, ayer nos llamó para decir que se anulaban los planes que teníamos, que se había ido a casa porque se encontraba mal, y tenía voz de ultratumba.
—¿Crees que se haya puesto peor y por eso no me abre? De verdad que me estoy preocupando mucho.
—Pues no lo sé, pero no llames a Lourdes todavía, que en diez minutos estoy allí. Yo tengo llaves de su casa y, si tan solo es que no se puede levantar de la cama por la fiebre, no alarmamos a su madre.
—No tardes, por favor, que estoy nervioso y necesito saber lo que le ocurre.
Martín se dio cuenta de que, por mucho que hubiera querido apartarse de ella, por mucha distancia que quisiera tener, su corazón no pensaba lo mismo. Se prometió a sí mismo que, a partir de ese momento, las cosas iban a cambiar mucho con respecto a ella.
Avisó a Estefanía por si podía venir a quedarse con el niño, porque algo me decía que no era que no se pudiera levantar de la cama, sino que algo le tenía que haber ocurrido. Su niñera, que además estaba por la zona, le dijo que no tardaba ni diez minutos, y así fue.
—¿Qué ocurre, Martín? —Le preguntó Estefanía en cuanto llegó a su casa.
—Llámame loco, pero algo me dice que a Olivia le ocurre algo.
—No tengo por qué llamarte así. Te lo dije ayer por la mañana, que me extrañó muchísimo escuchar su puerta tan temprano.
—Estoy esperando a que llegue Irene, su amiga, que tiene llaves de su casa, para entrar y ver lo que le ocurre.
—Pierde cuidado, cariño, que yo me ocupo de Héctor el tiempo que sea necesario.
En ese momento, se escuchó el sonido del ascensor y supo que se trataba de Irene, que, al final, había llamado a Lourdes y a Kike, que venían con ella. Salió de su casa, corriendo, para entrar con ellos, porque no pensaba quedarse allí y enterarse después de lo que había sucedido.
—Al final he llamado a sus padres; algo en mi interior me decía que era más importante de lo que nos imaginamos.
—Yo también tengo esa sensación, y por eso he llamado a Estefanía para que se quede con el niño, porque no me pienso quedar de brazos cruzados.
—He llamado a la clínica para que envíe una ambulancia, así podemos adelantarnos a todo —dijo Kike, mirándome a los ojos, mientras que Irene abría la puerta de la casa de su amiga.
El primero que entró en la casa fue su padre, seguido de cerca por Martín. Cuando entraron en el salón, vieron que allí no estaba y se dirigieron directamente a su habitación, pero tampoco estaba en la cama.
Algo sintió Martín por dentro, como si alguien lo tirara hacia el baño, mientras que Kike fue a mirar en la otra habitación, y allí estaba, tirada en el suelo y con un charco de sangre bajo la cabeza.
—¡Kike! ¡Corre, por favor!
—¿Qué ocurre? ¿Está ahí?
—Sí, en el baño, pero no dejes pasar a Lourdes ni a Irene.
—¿Por qué? ¿Qué le pasa a mi hija? —Gritó Lourdes desde el salón.
No hubo manera de aguantarla y, cuando la vio en el suelo, lo primero que hizo fue mirar si tenía pulso, pero ya se había asegurado Martín de eso antes de llamar a Kike. No la movieron hasta que no llegaron los sanitarios de la ambulancia.
Cuando vieron que la sangre provenía de una herida en la cabeza, provocada por un golpe en la caída, y se la limpiaron, al comprobar que tenía una fiebre altísima y dificultades para respirar, le pusieron un gotero, una mascarilla de oxígeno y la montaron en la ambulancia.
Lourdes tuvo que ser atendida también por los sanitarios, que le administraron un calmante para el ataque de nervios que le entró al ver a su hija tirada en el suelo, sin saber cuánto tiempo llevaba ahí, en esa situación.
—Gracias, Martín, si no hubiera sido por tu llamada, no nos habríamos enterado hasta mañana, cuando viniéramos a comer —dijo Kike.
—Debí llamar ayer, cuando Estefanía, la niñera de mi hijo, me dijo que había escuchado su puerta demasiado temprano.
—No podías saber nada, a no ser que ella te lo hubiera dicho —respondió su padre.
—Pero a nosotras sí que no nos lo dijo, y le hicimos caso cuando nos dijo que no quería que viniéramos, cuando tendríamos que haber venido en cuanto que nos llamó —se lamentaba Irene.
—No te culpes, Irene, no podríais haber supuesto que esto iba a pasar.
En cuanto que llegaron al hospital, se llevaron a Olivia dentro de los bóxeres, donde le realizaron un montón de pruebas para ver el alcance de sus lesiones. Por supuesto, sus padres entraron con ella, mientras que Martín, Irene y Ricardo se esperaron en la sala de espera.
El ataque de nervios que tenía era tan grande que ni siquiera se había dado cuenta de que su amigo estaba con Irene cuando llegó a la casa de Olivia. Minutos después, en cuanto que avisaron a Ana, llegaron ella y Rodri, con cara de preocupación.
Martín se desesperaba sin saber lo que ocurría ahí dentro y no paraba de dar vueltas por la sala de espera; se moría por saber que estaba bien.
—Joder, tendría que haber entrado antes. En cuanto que se despierte, le voy a decir que me dé una llave, porque no pienso pasar otra vez por esto.
—Es una posición un tanto extrema, ¿no crees? —Le preguntó Ana, que era la más crítica con él.
—¿A qué te refieres?
—Hombre, hace dos días no la dejabas entrar en tu casa, y ahora quieres que te dé una llave de la suya.
—Me he dado cuenta de una cosa, pero no serás tú la primera persona a la que se lo cuente, sino a ella.
—Tan solo te voy a advertir una cosa, yo soy muy buena y muy santa, pero como le vuelvas a hacer daño, te juro por mi vida que te corto los huevos.
Justo cuando Martín iba a contestarle, salió Kike para informarlos. Su cara no era de dar muy buenas noticias, y eso los preocupó más todavía. Se paró delante de los amigos de su hija, cogió una bocanada de aire y empezó a contarles la situación.
—No hay lesiones graves en la cabeza, pero debido a la situación de sus pulmones, han decidido sedarla.
—¿Qué les ocurre a sus pulmones? —preguntó Martín.
—No era un simple resfriado, sino una neumonía bastante acuciada, que se ha visto agravada por la falta de tratamiento. Ahora mismo le han puesto antibióticos, que esperan que hagan efecto rápido, y oxígeno, además de ingresarla en la unidad de cuidados intensivos.
—¿Podemos verla, por favor?
—Claro, pero a través de un cristal. Tiene las defensas tan bajas en estos momentos que no podemos arriesgarnos a que coja otra infección, porque podría ser letal para ella.
—¿Se sabe sobre qué hora se dio el porrazo en la cabeza? —Volvió a preguntar su vecino.
—Se supone que en torno a la cinco de la tarde de ayer…
—¡Me cago en la puta, joder! Si hubiera avisado cuando no me abrió la puerta y Estefanía me dijo lo de la puerta, ahora no estaría en estas circunstancias.
—Martín, no te fustigues más, las cosas pasan porque tienen que pasar, ni antes ni después. Si no hubieras llamado a Irene, la cosa hubiera sido todavía peor —le dijo su padre, agradecido.
Pasaron a ver a Olivia a la unidad de cuidados intensivos, a través del cristal que les había dicho Kike, y vieron a Lourdes dentro, completamente equipada y sentada junto a su hija, cogiéndole la mano y completamente destrozada.
Martín no pudo evitar que se le cayeran las lágrimas al verla así, tan indefensa, tan llena de cables y conectada a tantas máquinas, cuando, por lo general, era tan activa y tan llena de vida.