Capítulo 14
Olivia se levantó esa mañana algo constipada, y supo que era de la noche anterior, de cuando se sentó en la terraza con el frío que hacía.
Tenía mal cuerpo, pero no tenía fiebre, por lo que se levantó de la cama, se vistió y se marchó al trabajo, ya desayunaría en la cafetería que había frente a la clínica dental, pues no le apetecía preparar café ni tostadas.
En cuanto que entró en la clínica y después de atender a dos pacientes, empezó a sentirse peor, por lo que fue a hablar con su jefe, que le dijo que se marchara a casa y que aprovechara el fin de semana para recuperarse.
Joder, todo le pasaba a ella, un viernes en los que tenía planes, y se ponía enferma.
Por suerte, y viendo que no se encontraba demasiado bien, no vino a trabajar en el coche, sino que lo hizo en el autobús, que la dejaba en la parada de la esquina, pero ahora, ni siquiera se veía capaz de coger uno, por lo que le pidió a una compañera que le llamara a un taxi.
Llegó a su casa a lo justo, pues cada vez se encontraba peor. Iba a llamar a su madre, pero la preocuparía y la haría ir al hospital; por eso, prefirió entrar en la farmacia y comprar un antifebril y un antigripal, que se tomaría en cuanto que subiera, junto con una tacita de caldo caliente.
Por si acaso se quedaba dormida, les envió un mensaje a sus amigas en el grupo que tenían para anular la cena y los planes que tenían esa misma noche. Para que no pensaran que estaba poniendo excusas, lo hizo a través de un audio.
Olivia: Chicas, me he tenido que venir del trabajo con un gripazo del dos, por eso, me voy a tomar un antigripal y me meto en la cama. Por eso, anulo todos los planes que tenemos para hoy; los dejamos para la semana que viene. Os quiero.
Inmediatamente, recibió las respuestas de sus amigas, por si necesitaba que se fueran con ella a cuidarla, pero no consintió, entre otras cosas, porque lo único que necesitaba era meterse en la cama y sudar todo el resfriado.
Con todo el esfuerzo del mundo, Olivia se cambió de ropa, se calentó una tacita de caldo y se tomó las pastillas. Minutos después, se metió en la cama, donde se quedó completamente dormida. Se despertó, pero no sabía ni qué hora era, y estaba mareada y desconcertada.
Quiso levantarse para darse una ducha, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Esperó un buen rato antes de intentarlo de nuevo, sin conseguirlo, por lo que se dio la vuelta y aguantó hasta que su vejiga le permitiera hacerlo y no tuviera más remedio que ir al baño.
Se quedó dormida de nuevo y, cuando ya no pudo más, haciendo un esfuerzo enorme, se levantó de la cama.
Fue dando tumbos hasta el baño, agarrándose a todo lo que podía.
En cuanto llegara a la cama, de nuevo, llamaría a su madre, porque algo no iba bien, y se acababa de dar cuenta de que eso no era un simple resfriado.
De pronto, sus fuerzas le jugaron una mala pasada; se mareó y cayó al suelo, golpeándose la cabeza con el filo de la bañera, y todo se le volvió negro, cayendo en la inconsciencia de manera casi inmediata.
Mientras tanto, Martín estaba en el despacho, revisando los planos de una de las urbanizaciones que tenían planeadas en uno de los pueblos de Madrid, y con cuyo representante de la empresa de construcción que la llevaría a cabo tenía una reunión en una hora.
Estaba deseoso de terminar y volver a casa, pues Héctor había pasado la noche regular, le estaban saliendo las muelas y estaba de lo más impertinente y llorica. Al final, había terminado por meterlo en su cama a ver si así descansaba un poquito más, pero no lo había conseguido.
Con el miedo de que se pudiera caer o de que lo pudiera aplastar mientras dormía, el sueño no había sido profundo y estaba que se moría de sueño. Había llamado a Estefanía para ver cómo seguía, y le dijo que estaba a ratos, y suponía que sería cuando le diera el latigazo.
Sin pensarlo, y como tenía el teléfono de Lourdes, no dudó en llamarla para que le aconsejara algo que pudiera aliviarle el dolor, pues estaba visto que con el Apiretal no tenía suficiente.
—Dime, Martín. ¿Héctor se encuentra bien?
—Hola, Lourdes, perdona que te moleste en el trabajo…
—No me molestas, ¿en qué puedo ayudarte?
—Verás, Héctor está un pelín impertinente, pues le están saliendo las muelas, y esta noche no ha descansado bien, ni en lo que va de la mañana, tampoco.
—¿Le has dado Apiretal? Es lo que se les suele dar a los niños, pero no todos se encuentran en el mismo umbral de dolor.
—Sí, se lo he estado dando, pero parece que no es suficiente, porque no le está haciendo nada.
—Bien, entonces, te recetaré algo; anota. Se trata de una crema que le ayudará a que la encía esté más blandita y le cueste menos romper, y eso lo aliviará bastante. Otra cosa que ayuda mucho es que le metas el chupete en el frigorífico, ya que es un poquito mayor para un mordedor.
—Gracias, en cuanto que salga del trabajo, pasaré por la farmacia.
—No hay de qué, Martín. De todas formas, el domingo, que iremos a comer a casa de mi hija, me pasaré por tu casa a echarle un vistazo; espero que no te moleste. De todas formas, si antes lo necesitas, no dudes en llamarme.
—Lo haré, y para nada me molesta, más bien todo lo contrario.
Cortó la llamada sintiéndose mal, porque esa mujer se desvivía por su hijo, mientras que él ni siquiera se había dignado a pedirle perdón a Olivia por su comportamiento del día anterior. Tomó la decisión de que, en cuanto que llegara a su casa, llamaría a su puerta para hacerlo.
La mañana resultó de lo más tediosa, pero, al final, llegaron a un acuerdo con la constructora que edificaría la urbanización, y eso, en cierto modo, compensó todo el trabajo y la incomodidad que había sentido.
A eso de las dos, y cuando ya lo había liquidado todo, entró en el despacho de su padre, que estaba revisando todo el tema del acuerdo, para hacer las primeras transferencias bancarias.
Con el tiempo, habían aprendido que era mejor hacerlo ellos todo y luego vender los pisos o chalés por su cuenta, y así lo estaban haciendo desde hacía algún tiempo.
—Papá, me marcho ya, que tengo que ir a la farmacia.
—¿Le ocurre algo al niño? Si es así, no entiendo qué haces aquí.
—No es nada grave, papá. Tan solo es la boquita, que le están saliendo las muelas.
—¿Has llamado al pediatra?
—Pues claro, Lourdes me ha recetado una cremita para la boca, y por eso quiero ir a la farmacia antes de subir a casa.
—Ya estás tardando en marcharte. Luego le diré a tu madre que te llame para ver cómo sigue el niño.
Martín se despidió del niño, se montó en el coche y fue directamente a su casa, ya que tenían una farmacia en la urbanización, de esas que están abiertas las veinticuatro horas, y que era un gran servicio el que prestaba, porque no tenías el temor de que estuviera cerrada.
Subió a su casa, pero antes de entrar en ella, se paró delante de la de su vecina y llamó al timbre, sin recibir respuesta, y pensó que no habría llegado todavía del trabajo, así que estaría pendiente de la puerta y, cuando la escuchara, pues iría a hablar con ella.
Entró a su casa y se encontró con Estefanía que estaba sentada en el suelo, jugando con el niño con dos cochecitos. Me hizo muchísima gracia que una mujer de su edad, y tan trabajada como ella, no dudara en tirarse al suelo para jugar con mi hijo.
—No sé si te va a sentar bien, pero he cogido el chupete y lo he metido un ratito en la nevera. Lleva un rato masticándolo y parece que está bastante más aliviado.
—Eso mismo me ha dicho el pediatra que hiciera, por eso, he parado en la farmacia para comprar dos o tres chupetes más, además de una cremita para la encía.
—Ay, hijo, sabe más el diablo por viejo que por diablo.
—Tú no eres vieja ni eres diabla.
—Por cierto, hace un buen rato que escuché la puerta de la vecina, y me extrañó que sonara tan temprano hoy.
—Pues ha tenido que volver a salir porque he llamado para ofrecerle una disculpa por cómo me comporté ayer y no me ha abierto.