Un vecino con derecho a roce Capítulo 13
31%

Capítulo 13

En cuanto que llegaron al edificio y, en concreto, al ático del rellano, Martín soltó una de sus perlas, y todos se quedaron mirándolo, sin entender su manera de actuar con respecto a Olivia, porque estaba claro que le gustaba, y mucho, a juzgar por cómo la miraba cuando pensaba que nadie se daba cuenta de que lo hacía.

—Creo que, como no me soportas, no es necesario que entres en mi casa, así te ahorro el mal rato.

—No pensaba entrar, gilipollas. Pero, por desgracia, tengo que compartir el rellano contigo. ¿Acaso no te has dado cuenta de que llevaba las llaves de mi casa en la mano?

—Me alegro por ti, así nos entendemos. Así, tú no tienes que soportarme a mí, ni yo a ti. Ah, por cierto, ya no te tendrás que quedar con mi hijo; he contratado a una mujer que lo cuida cuando yo no esté.

—Ten cuidado, no te la vayas a tirar también y se marche en cuanto que te conozca de verdad.

—Lo mismo, y es que esos son tus pensamientos, y ella se te ha adelantado.

—¿Perdona? ¿Qué estás insinuando?

—Chica, te creía más inteligente. Es muy sencillo, tú pensabas cuidar a mi hijo para tener acceso a mí, para meterte en mi cama, esa que, por cierto, no pienso fijar el cabecero, así te enteras de cuando follo.

—Hazlo y te juro que cojo un taladro y, desde mi casa, te pongo la pared como las bragas de las sevillanas, de agujeritos.

—También quieres mirar cómo lo hago. Chica, no hace falta que hagas ningún boquete, me lo dices y te dejo que te sientes en el sillón de mi cuarto.

Olivia no se lo pensó dos veces y le dio tal guantazo que, si tenía un tapón de cera en el oído izquierdo, se le había desplazado al derecho, antes de entrar en su casa.

Iba a cerrar la puerta, pero sus amigas lo impidieron, entrando detrás de ella, no sin antes decirle a ese gilipollas cuatro cosas.

—De verdad, Martín, jamás pensé que eras así de gilipollas —le dijo Irene.

—Te has cubierto de gloria, macho —añadió Ana.

—Desde luego, Martín, si alguna vez tenías una posibilidad de conquistarla, con esta actitud la has jodido del todo —esta vez habló Rodri, mientras que Ricardo asentía.

—No quiero nada con ella, creo que es evidente que no me gusta nada, ¿no?

—Pues yo pienso que, más bien, todo lo contrario. Te gusta tanto que lo único que quieres es alejarla de ti; no te vaya a pasar lo mismo que con Rocío…

—A esa mujer, ni la nombres, y estás completamente equivocado con respecto a mis sentimientos hacia Olivia.

—Lo que tú digas, pero quizás, cuando quieras recular, lo mismo y es demasiado tarde para ti.

Los amigos de Martín, antes de entrar en su casa, lo hicieron en la de Olivia, donde sus chicas no quisieron dejarla sola hasta que se tranquilizara un poco, por lo que quedaron en que, en cuanto lo hiciera, ellas serían las que irían allí.

Ahora, tan solo querían estar con ella, apoyarla en todo y aconsejarla.

—¿Veis lo que tengo que aguantar con él? Joder, casi estoy pensando en vender el piso y buscarme otro. Si no lo hago, es por mis padres, que lo han comprado con toda la ilusión del mundo.

—¿Por qué te tienes que marchar tú? Que lo haga él.

—Él no lo va a hacer, teniendo en cuenta que tiene un niño pequeño y que ya es la segunda mudanza que ha sufrido, aun teniendo tan corta edad. Es lógico que quiera que el niño tenga la sensación de estabilidad.

—No sé por qué lo intentas justificar, con lo mal que te lo está haciendo pasar y todo lo que te gusta.

—Ya os he dicho que no me gusta; es más, lo detesto.

—¿Sabes eso que dicen que del amor al odio tan solo hay un paso?

—Pues, en mi caso, ese paso está separado por un abismo, te lo digo yo.

Estuvieron un buen rato ahí, hasta que Olivia les dijo que se marcharan con sus chicos, que ella estaba bien, que se daría una ducha, se pondría un pijama y se tiraría en el sofá a descansar.

Como no se sentía bien en el sofá, pues los nervios no la dejaban, y después de haberse dado esa ducha que tanto necesitaba, se echó una manta por los hombros y salió a la terraza.

Necesitaba sentir el frío en la cara, dejar salir todo lo que tenía por dentro. Escuchó a sus amigas salir del piso de Martín, acompañadas de sus chicos, pero ya les había advertido de que no llamaran a su casa, que quería estar sola durante un rato, y ellas la respetaron.

Minutos después, se escucharon las risas de una mujer en la casa de Martín; estaba claro que la niñera continuaba allí, y eso la hizo entristecerse. ¿Por qué era tan simpático y bueno con todo el mundo menos con ella? ¿Tan antipática resultaba o tan mal le caía como para que se comportara así?

Esa noche, como quería descansar y sabía que el puto cabecero no la dejaría, se acostó en la habitación de invitados, esa en la que, al final, puso dos camas individuales, y se puso a mirar en el móvil alguna solución para no escuchar nada de lo que ocurriera en esa habitación.

Y lo encontró, pues había una especie de insonorización que podía poner y que, aunque le quitaría como un par de centímetros a la habitación, todavía le daría el suficiente espacio como para poder moverse con facilidad, y no dudó en anotar el número de teléfono de la empresa que lo instalaba, para que le diera cita lo antes posible.

Martín, por su parte, en cuanto que Estefanía, la niñera, bañó y acostó al niño y se despidió de ella en la puerta, se metió en la ducha, pues era el único lugar en el que se permitía pensar en Olivia y tuvo que reconocer que no se había portado bien con ella.

Le hizo creer que Estefanía era una mujer joven, cuando, en realidad, era una señora de sesenta años, casada y hasta con nietos, que uno de sus compañeros de trabajo le había recomendado, pues él también la había tenido como niñera hasta que sus hijos fueron autosuficientes.

En el salón, cuando sus amigos se marcharon, Estefanía le dijo a Martín que, si ella tuviera treinta años menos, se montaría una orgía con los tres, y eso hizo que ambos estallaran en una carcajada.

Esta mujer era así, que decía las cosas sin pensar, y Héctor había conectado con ella desde el primer momento.

Tanta fue la conexión que, por una vez, le hizo caso a su madre y llamó a la guardería para decir que el niño no iría más, por si tenían a más niños en lista de espera.

Estefanía cuidaría de él, en horario de ocho de la mañana a tres de la tarde, salvo cuando Martín tuviera algún otro compromiso, que estaría más tarde, horas que le pagaría aparte.

Ella estuvo de acuerdo desde el primer momento, pues decía que eso sería un complemento a la pensión de su marido al que, después de llevarse toda la vida trabajando, le había quedado una mierda que no le daba ni para poder pagar y comer cada mes.

Ninguno de los dos quería molestar a sus hijos, que ya estaban casados y tenían sus vidas, y por eso, cuando a Estefanía le salía algún trabajito de este tipo, cuidando niños, no dudaba en aceptarlo.

El momento en el que Martín le dijo que le firmaría un contrato y que la daría de alta en la seguridad social, no dudó en abrazarlo, porque, para ella, eso era un avance increíble, ya que, así, contaba con algo fijo todos los meses.

Le pagaría quinientos euros, y en la casa no tendría que hacer absolutamente nada, tan solo estar pendiente del niño, aunque ella, al final, haría lo que le diera la gana.

Cuando salió de la ducha, tuvo la intención de hacerle creer que se estaba acostando con ella, pero cambió de opinión enseguida, pues ella también necesitaba descansar y no quería tener más enfrentamientos con ella.

Por eso, se marchó a la cocina, donde Estefanía le había dejado una tortilla de patatas buenísima, y se dispuso a cenar, sentado en el salón y viendo uno de los episodios de su serie favorita.

En cuanto que terminó, recogió su plato y su cubierto, los metió en el lavavajillas y se metió en la cama, donde se pondría a leer un rato antes de que el sueño le venciera, pero calentito con su nórdico, pues el frío era demoledor.

Cualquiera podría pensar que estaban en enero, en vez de a mediados de noviembre.

Ni diez minutos después, apagó la luz y cerró los ojos, a pesar de que la única imagen que venía a su mente era la cara de decepción y dolor de Olivia justo antes de darle el guantazo.