Capítulo 12
Olivia, viendo que eran las diez y media de la noche y que Martín no había dado señales de vida, después de darle al niño el baño y preparar la cena para los dos, decidió que ya era hora de irse a la cama, pues el niño ya no podía ni con su cuerpo.
Era cierto que Héctor era un encanto y un niño de lo más bueno, pero también lo era que su padre no había llamado ni una sola vez para saber cómo se encontraba o para decir que llegaría más tarde.
Martín le había dicho a Olivia que se trataba de una cena de negocios, por lo que supuso que le habría sido imposible hacer esa llamada.
Olivia se acostó con el niño en su cama y le puso una silla por el lateral en el que estaba Héctor, por miedo a que se pudiera caer, y lo tapó bien, pues nada más poner la cabeza en la almohada se quedó completamente dormidito.
Ella no pudo pegar ojo en un buen rato y, cuando escuchó la puerta de su vecino, miró el reloj, que marcaba las dos y media de la madrugada.
Pues sí que le había alargado la cena, pensó Olivia, y fue como que se quedó más tranquila, pensando en que su padre estaba ya en casa, por si al niño le ocurría algo.
Lo que Olivia no pensaba era que, como quince minutos más tarde, y mientras que ella intentaba coger el sueño, el cabecero empezó a rebotar de nuevo, como aquel día, lo único que no se escuchaba eran los gemidos de aquella mujer tan escandalosa, por lo que, dedujo, que sería otra la que estaba disfrutando de una noche de sexo con él.
La rabia que le entró por el cuerpo no la dejaba conciliar el sueño, pero tomó una determinación. Si iba a dejarle al niño, al menos que fuera sincero y le contara la verdadera razón por la que lo hacía, y eso se lo iba a dejar claro en cuanto que lo tuviera por delante.
Se levantó de la cama, se dio una ducha a ver si así se relajaba, y terminó por coger el libro electrónico para ponerse a leer, y que así le rindiera el sueño. Como quince minutos después, volvió el mismo ruido del golpeteo del cabecero, y ya sí que no se pudo reprimir.
Olivia no quería dejar al niño solo ni tampoco quería despertarlo, por eso, abrió la ventana de su habitación y, con el palo de la escoba, se puso a aporrear el cristal de su vecino.
Tampoco podía estar mucho tiempo así, puesto que el frío era horrible y no quería que el niño enfermara.
Minutos después de eso, el ruido cesó para siempre.
Una hora después de eso, se escuchó la apertura de la puerta, por lo que corrió hasta la mirilla de su casa, desde la que se veía el ascensor de frente, hasta que vio llegar a una mujer que se arreglaba el pelo. Se cagaba en la leche de la madurita que, por su culpa, otro día más sin pegar un ojo.
A las ocho y media, llamaron al timbre y supo que era Martín. Como el niño seguía durmiendo, tendría la oportunidad de decirle eso que llevaba guardando en su interior desde que empezaron los dichosos golpecitos del cabecero de la cama.
—Buenos días, vengo a recoger a mi hijo…
—Hombre, menos mal que te acuerdas de que tienes un hijo. Pasa, que tú y yo vamos a tener unas palabritas.
—¿Perdona? Nunca me he olvidado de él.
—Ah, ¿no? Pues peor todavía, porque entonces, lo que me estás queriendo decir es que te importaba un carajo el descanso y el sueño del niño.
—De verdad, no sé lo que quieres decir.
—Mira, voy a ir directa al grano, antes de que el niño se despierte.
Vaya por delante de que mi importa un carajo con quién te acuestes, además de que para mí no es ninguna molestia quedarme con Héctor, pero no me engañes.
La próxima vez, mejor me dices: quédate con el niño, por favor, que necesito echar un polvo, pero no me digas que es una cena de negocios.
—Es que era una cena de negocios, que terminó en la cama, sí, pero cuando ya teníamos todo firmado.
Olivia pensó que ese hombre no podía tener menos vergüenza y tener la cara más dura, pero cuando iba a soltarle una fresca, escuchó cómo el niño llamaba a su padre, medio llorando, y le dijo que pasara a cogerlo antes de que se sintiera solo.
Martín pintó una sonrisa en su cara cuando entró por el pasillo, pensando que tenía que atornillar el puto cabecero de la cama o, cada vez que tuviera sexo, se enteraría la vecina, y eso, en cierto modo, le producía incomodidad.
Al entrar en la habitación, olía a ella y eso lo dejó completamente desconcertado.
Hasta su hijo tenía el olor de Olivia impregnado; no sabía si era que lo había bañado con su mismo champú, si era de estar toda la noche durmiendo a su lado, pero ese olor lo desestabilizaba incontrolablemente.
Salió con el niño en brazos, con su cabecita apoyada en el hombro de su padre, y se dispuso a volver a su casa, donde le daría al niño el desayuno.
Olivia estaba en la cocina, trasteando, y no pudo evitar fijarse en su trasero, ya que, en ese momento, se encontraba agachada, metiendo una taza en el lavavajillas.
Se sorprendió y se enfadó consigo mismo por lo que le hizo sentir. Al parecer, el sexo que había tenido esa noche no le había servido de nada, puesto que la deseaba de la misma manera. Quiso poner distancia de nuevo y, por eso, no dudó en hacerle una pregunta que la iba a molestar.
—Dime cuánto tengo que pagarte por el cuidado de Héctor de esta noche; no me gusta pedir favores, así no le debo ninguno a nadie.
—Vete al carajo, Martín. Que te quede claro que no lo hago por ti, que lo hago por el niño. Si por mí fuera, te podrías ir al infierno.
Martín salió de esa casa y, cuando cerró la puerta, la escuchó gritar. No sabía el motivo por el que una sonrisa se pintó en su boca, hasta el punto de provocarle una carcajada cuando entró en su casa, pero, sin duda, no pudo evitarla.
Olivia se marchó para su trabajo con un enfado evidente, ya no por no haber dormido, que tenía solución en cuanto que entrara en su casa después del trabajo, sino por la actitud de su vecino, que la atraía en el mismo modo en el que la repelía.
Había quedado con Irene y Ana para comer juntas y a punto estuvo de anular esa comida, pero, después de pensarlo mejor, decidió que le vendría bien desahogarse con ellas, y así llegar a su casa mucho más tranquila y relajada, pues sabía que la guerra con su vecino no había terminado ahí.
La mañana transcurrió demasiado rápido, con el trabajo suficiente como para que no le diera tiempo ni a pensar y, cuando miró el reloj, acababa de terminar de atender al último paciente.
Por eso, se quitó la bata, cogió su chaquetón y su bolso, y se despidió de sus compañeros hasta el día siguiente, que era viernes, gracias al cielo.
Encaminó sus pasos hasta el aparcamiento, pues el asador donde habían quedado para comer estaba a las afueras y, aunque podría ir dando un paseo, hacía demasiado frío para, después, tener que volver hasta allí para coger el coche.
Cuando llegó, sus amigas ya estaban en una mesa y le hicieron un gesto para que se uniera a ellas.
Sin pensarlo, una sonrisa se dibujó en sus labios; siempre le había pasado lo mismo.
Ellas eran su refugio, sus confidentes, y sabía que cualquier tipo de enfado que sufriera se evaporaría en cuanto pasara un ratito con sus amigas.
—Ya está aquí lo más bonito de toda la ciudad —dijo Ana.
—Sí, precisamente hoy estoy divina, por los cojones.
—Unas poquitas ojeras sí que tienes. ¿Se te ha terminado la cremita, reina?
—No, lo que tengo en exceso es la vida sexual de mi vecino.
—¿Te has acostado con él? —preguntó Irene.
—Más quisiera el idiota ese de pasar por mi cama…
—Pues yo creo que más bien sería todo lo contrario, y por eso te enerva tanto su actitud —sentenció Ana.
—Mira, bonita, a mí, con quién se acueste el gilipollas ese me trae sin cuidado, lo que no pienso hacer es actuar de niñera, no pegar un ojo en toda la noche y admitir mentiras, para que él se revuelque con una, dos o las tías que le dé la gana.
—Eso nos lo tienes que contar con pelos y señales, así que habla —dijo Irene.
Olivia empezó a contarle todo lo que había sucedido la tarde anterior, desde que apareció con el niño en brazos, hasta esta mañana, cuando lo recogió y le dijo esas lindezas antes de marcharse.
—Me saca de quicio, os lo juro.
—Pues tenemos una mala noticia para ti —dijo Irene, medio sonriente.
—¿Para mí? ¿Qué ocurre?
—Que acaba de entrar por la puerta con Ricardo y con Rodri y, lógicamente, vendrán a sentarse con nosotros.
—Pues entonces, y lo siento por vosotras, pero yo me levanto y me marcho en este momento. Ya comeré en mi casa.
—No seas niña, Olivia. Ignóralo y listo, pero no nos hagas elegir entre tú y nuestros chicos —suplicó Ana.
—Yo no os estoy haciendo elegir entre nadie, es tan solo que no quiero estar con alguien que sé, de buena tinta, que me va a estar lanzando pullitas durante toda la comida…
No le dio tiempo a seguir hablando cuando ellos ya habían llegado hasta la mesa en la que estábamos. Acercaron tres sillas a nuestra mesa, con tan mala suerte de que me tocó a Martín a mi lado.
—Hombre, vecina. ¿Mejor del cabreo de esta mañana?
—Yo no estaba cabreada, en todo caso, indignada por tu poquísima vergüenza.
—¿Por pedirte un favor?
—No, por engañarme para que dijera que sí. Además, ¿tú no dices que no te gusta pedir favores para no deberle nada a nadie?
—Tienes razón y buena memoria. Digamos que los favores me gusta más hacerlos yo, y si es en posición horizontal, mucho mejor para todos.
Esta última parte se la dijo susurrando en el oído de Olivia, y haciendo que su rostro se volviera completamente rojo, pero no sabía si era de vergüenza o de rabia, y no pudo evitar soltar una carcajada.
Sus amigos, que se habían dado cuenta del rollo que se traían los dos, le hicieron un gesto para que no siguiera.
—Martín, chico, nos ha costado mucho que Olivia no se marchara cuando has llegado tú, para que ahora lo jodas todo —le dijo Irene, negando con la cabeza.
—¿Te ibas a marchar porque estaba yo? Vecina, eso sí que no me lo esperaba de ti. ¿Tanto miedo me tienes?
—¿Miedo? ¿Yo? Ja, ja, ja, sigue soñando, chaval.
—¿Entonces? ¿Por qué no te querías quedar con tus amigas y preferías marcharte?
—¿Será porque no te soporto?
Eso le sentó a Martín como si le dieran una patada en la boca del estómago, y cambió su actitud con ella por completo, pasando a ignorarla durante toda la comida.
Ni siquiera se dignó a dirigirle una palabra y, cuando dijeron de ir a tomar una copa a casa de Rodrigo, Martín dijo que mejor en su casa, que era más grande y que, así, estarían con el niño.
Según supo después, había contratado a una niñera para que se quedara con él y así poder comer con sus amigos, ya que su madre estaba ocupada, y eso le dolió a Olivia como nunca le había dolido nada.