Capítulo 11
Había llegado el momento de que le dieran el alta a Héctor, que esperaba impaciente, pues estaba deseoso, al igual que su padre, de volver a casa.
Olivia había ido todas las tardes a verlo al hospital, durante toda la semana que se mantuvo ingresado, al igual que la doctora Lourdes, que se lo tomó como si de su propio nieto se tratara.
El niño había hecho muy buenas migas con la vecina, que le prometió que, en cuanto que le dieran el alta, harían una tarde de cine y películas, lo que lo entusiasmó de gran manera.
Allí, en la habitación, estaba Martín con sus padres, esperando los resultados de las últimas pruebas que le habían realizado al niño y que serían determinantes para que le firmaran ese alta.
—Bueno, pues ya estamos aquí y está todo perfecto —dijo Lourdes, la doctora.
—¿Nos podemos ir a casa? —preguntó Gabriela.
—En cuanto que le quitemos a este muchachito la monitorización.
—Lourdes, gracias, de verdad…
—No vayas a empezar con los agradecimientos, por favor. Ya tenemos un trato: yo he cuidado de tu hijo, y tú cuidarás de la mía.
—Te has portado de maravilla con mi nieto y con mi hijo, y yo sí que me ocuparé de que Martín cuide a Olivia —le dijo Ismael, el padre de Martín.
Estuvieron un buen rato más charlando, mientras que las enfermeras le quitaban la monitorización al niño y su padre lo ayudaba a vestirse, hasta que llegó la hora de la despedida y la habitación se llenó de enfermeras.
—Adiós, precioso, cuídate mucho —dijo una de ellas.
—Te echaremos de menos, pero espero que, cuando te veamos por aquí, sea porque vienes a visitarnos, no porque estés de nuevo malito —añadió otra enfermera.
—Y al padre, también lo vamos a echar de menos. El niño es un encanto, simpático y educado, pero el padre nos alegraba la vista en cada turno —dijo la más descarada de las tres.
—Gracias por las palabras dedicadas a mi hijo y por el trato tan bueno que le habéis dado. Como ha dicho vuestra compañera, si nos volvemos a ver, que sea porque vengamos de visita —dijo Martín, ignorando las palabras de esta última que había hablado.
—A mí, si me quieres ver, nada más que me tienes que invitar a cenar, y a lo que surja… —volvió a hablar.
Martín no era de esos hombres que hinchaban su ego como un globo con comentarios de este tipo. Sabía y era consciente de lo que provocaba en las mujeres, por eso no le cogía de improviso, pero no por ello iba a permitir que lo trataran como un objeto sexual.
—Señorita, si hubiera querido quedar con usted, si estuviera interesado o me hubiese llamado la atención, no dude que ya se habría enterado. Por lo tanto, ni insista más —le dijo a la enfermera en cuestión que, lejos de agachar la cabeza, avergonzada, lo miró directamente a los ojos.
—En esta vida, una mujer no se puede conformar con lo que llega, tiene que luchar e insistir por lo que quiere, y yo, cuando quiero algo, no paro hasta conseguirlo.
Martín no quiso discutir más con ella, cogió a su hijo en brazos, porque todavía estaba un poquito débil, y salió de la habitación, seguido por sus padres y por la doctora, que los acompañó hasta el ascensor.
—Héctor, espero que tanto tu padre como mi hija te lleven un día a mi casa, a jugar con mi perrito, Harry, que estará encantado de jugar contigo.
—Papi, ¿Héctor puede Harry?
—Cuando estés mejor, te prometo que irás a jugar con Harry.
—¡Bien!
El niño se puso a aplaudir de la emoción, y es que si algo lo emocionaba y le alegraba la existencia, era la presencia de un animal, en especial de los perros, que le encantaba.
Su padre siempre había dicho que, si tuviera más tiempo libre o una casa con jardín, le habría regalado uno, pero como no era así, tenía que conformarse con uno de juguete, como el que tenía.
En cuanto llegaron a casa, Héctor quiso ir a visitar a Olivia, pero estaba en el trabajo, así que, como me había dejado su teléfono, por si necesitaba algo, no dudé en marcar su número, para que mi hijo pudiera hablar con ella.
Tardó en contestar, y supuse que lo hizo porque estaría con algún paciente, así que corté la llamada.
—Cariño, Olivia no está en su casa, está en el trabajo. Cuando vuelva, vamos a su casa. ¿Vale?
—Vale. Héctor, pintar coches.
—¿Quieres que te traiga el libro de colorear de los coches y los colores aquí o prefieres jugar en tu cuarto?
—Héctor, aquí, con papi.
—Muy bien, campeón, pues vamos a ponernos cómodos y ahora nos sentamos en el salón. Mientras que tú coloreas, papá se pondrá a trabajar.
En los días en los que su hijo había permanecido ingresado, Martín había bajado el ritmo de trabajo. Sabía que estaba cubierto, tanto por su padre como por sus compañeros, pero, aun así, tenía la necesidad de ponerse al día.
Lourdes le había aconsejado que mantuviese al niño reservado, al menos, durante unos quince días, así que, en el transcurso de ese tiempo, él teletrabajaría, porque no quería dejarlo, de nuevo, con su madre, ni separarse de él.
Le puso al niño un chándal de su equipo de fútbol preferido, mientras que él se puso un pantalón de algodón y una sudadera finita, pues no soportaba nada más gordo, sobre todo cuando tenían la calefacción puesta.
Después, ambos salieron al salón y, mientras que Héctor se sentaba en la alfombra a colorear en la mesa baja, Martín se sentó en la mesa alta con su portátil.
Casi sin darse cuenta, llegó la hora de comer y, si no llega a ser por el niño, que tenía una alarma en el estómago, él hubiera continuado trabajando hasta la extenuación.
Por eso, se levantó, sacó uno de los táperes de la abuela y lo puso a calentar.
En esta ocasión, era un guiso de patatas con carne, que al niño le encantaba.
Mientras tanto, Olivia seguía en el trabajo; había sido una mañana de locos, en la que los pacientes presentaron dolencias mucho más complicadas de las que se esperaba en un primer momento, y que le llevó más tiempo de lo esperado.
Había visto cómo Martín le había llamado en un par de ocasiones, pero como sabía, por su madre, que le habían dado el alta al niño, supuso que sería para avisarla de que ya estaban en casa.
No le había dado tiempo a llamarlo, así que compraría algo de dulce en la pastelería que había junto a su trabajo y llamaría a su casa para merendar juntos.
Eso hizo, en cuanto que salió, compró una tarta de tres chocolates, que era la que le gustaba al niño, y a ella, porque no lo iba a negar a estas alturas, era una adicta al chocolate, y cualquier cosa que lo contuviera era su debilidad.
Subió en el ascensor, algo nerviosa; había decidido enterrar el hacha de guerra, al menos, de momento, pero todo dependía de cómo se comportara Martín con ella.
Si seguía tal y como había estado en el hospital, no tendría problema en mantenerla, pero si, por el contrario, volvía a actuar con ella con esa chulería, se terminaría de manera inmediata.
—Hola, ¿os cojo en mal momento?
—Hola, Olivia, pues, Héctor se ha quedado dormido y yo estoy trabajando, que lo llevo muy atrasado.
—Ah, bueno, no te preocupes. Me marcho a casa, y perdona por no haberte llamado, pero he estado muy liada y he preferido venir directamente. Si no te importa, cuando se despierte el niño, me avisas o me lo dejas en mi casa y así puedes trabajar más tranquilo.
Olivia se dio la vuelta, abrió la puerta de su casa y entró dentro, mientras que Martín la miraba desde la puerta de su casa, algo desconcertado por lo que le había hecho sentir.
No se lo podía permitir y, aunque su hijo tuviera locura con ella, él se mantendría al margen, teniendo la mínima relación con ella.
Olivia no entendía la manera de actuar de Martín, que de pronto se mostraba amable y agradecido, como en el hospital, como cambiaba al ser altivo y grosero como el que le había abierto la puerta de su casa hacía unos minutos.
Pues nada, si él quería romper la buena sintonía que había entre los dos, no sería ella la que le dijera nada.
Entró a su casa y se dio una ducha antes de cambiarse de ropa.
Como no pensaba salir de su casa, se puso uno de sus pijamas gorditos, porque el frío ya había hecho acto de presencia, sus calcetines antideslizantes, porque no le gustaba utilizar zapatillas, y se preparó un café con uno de los pastelitos que había comprado para su casa.
Ni siquiera le había dado tiempo a comer al mediodía, pero no lo iba a hacer ahora, o se le trastocarían todos los horarios de comida, y eso, después, le provocaba dolores de estómago. No quería tener que volver a pasar por el hospital, como la última vez que le ocurrió.
Se sentó en el sofá a ver la televisión, pero estaba tan agotada que se quedó dormida en cuanto se terminó el café y el pastelito. Se despertó cuando escuchó el timbre sonar y miró la hora que era, casi las ocho de la tarde, por lo que se levantó a abrir.
—Siento molestarte, Olivia, pero tengo que salir urgentemente y no quiero sacar al niño…
—Ven, precioso, que te quedas conmigo. ¿Has traído algo para jugar los dos o cogemos algo de lo que te he comprado nuevo?
—¿Héctor, compra juguetes nuevos?
—Sí, pequeño Yoda, pasa, está todo en la mesita del salón.
—¿Por qué le has llamado a mi hijo pequeño Yoda?
—Porque habla igual que él, ¿no te has dado cuenta?
Martín aguantó la carcajada porque era cierto: su hijo hablaba igual que ese pequeño personaje de tan famosa saga de películas, pero, lo peor, es que él no se había dado cuenta hasta ahora.
—No sé el tiempo que me tomará…
—Dame un pijama para el niño. Si se queda dormido, lo recoges mañana por la mañana, antes de las nueve, por favor, que tengo que entrar a trabajar a las diez.
—Gracias, podría llamar a mis padres, pero no me gustaría que se pusieran ahora en carretera, con el frío que hace, y sacar yo al niño, después de lo que ha pasado, tampoco es una opción.
—No te preocupes, que a mí no me molesta; es un niño encantador.
—Intentaré volver lo antes posible.
Martín le dejó un beso a su hijo y se marchó, y a ella, ni por ahí te pudras. A Olivia le hubiera gustado que, por lo menos, le dijera adiós y le dejara un beso en la mejilla, pero pasó olímpicamente de acercarse a ella.
En un arrebato, levantó el brazo y se olió la axila, aunque no podía ser, porque se acababa de duchar. Pensó que no se había acercado a ella porque olía mal, pero la realidad era todo lo contrario. Si Martín no se había acercado, era porque su olor lo embriagaba y no se podría resistir más.
Por eso, tomó la determinación de que esa noche, y aprovechando que Olivia le había dicho que se quedaría con el niño a dormir, él buscaría a alguien con quien pasar un buen rato de sexo.
Sabía que no le costaría trabajo, entre otras cosas, porque con quien tenía la cena de trabajo era una de las mujeres con las que se había acostado, casada y bastante más mayor que él.
Entró en su casa, se dio una ducha y salió presto a cerrar ese negocio, además de pasar un buen rato.