Capítulo 10
—¡Vaya espécimen de hombre tienes como vecino, hija!
—Mamá, no, que ya te estoy viendo las intenciones.
—¡¿Yo?! Pero si no he dicho nada.
—Ni falta que hace, que ya nos conocemos. Además, nos llevamos muy mal desde la otra noche, que me dio un concierto de gemidos con la churri con la que estaba.
—Encima, ya sabes que en la cama funciona bien. Yo me tiraría a su cuello.
—Como se entere mi padre de que estás diciendo esas cosas… te vas a cagar.
—Hija, estoy hablando en el hipotético caso de que yo fuera tú. Además, que yo a mi Enrique no lo cambio por ninguno, por muy joven que sea o bueno que esté.
Olivia sabía que su madre estaba diciendo la verdad porque entre ellos nunca había presenciado ni una sola discusión. Se llevaban tan bien que una sola mirada del uno al otro bastaba para que se entendieran, sin necesidad de palabras.
Algo así era lo que ella quería, un amor de ese calibre, pero estaba concienciada de que era muy difícil encontrar a una pareja como sus padres, y, por eso, no encontraba al hombre ideal para ella.
Martín, esa noche, se la pasó en vela. En cuanto que se quedó a solas con el niño en la habitación, cogió su teléfono y llamó a su madre, a la que todavía no había avisado. Esta, en cuanto que vio que se trataba de una llamada de su hijo, no dudó en contestar al segundo tono.
—Martín, cariño. ¿Cómo es que no me has hecho videollamada para ver al niño?
—Mamá, el niño y yo estamos en el hospital…
—¿Qué le pasa a mi nieto?
—Tenías razón, el niño no estaba bien y mi vecina, que es médica, en cuanto lo vio, llamó a su madre…
Martín le contó a su madre todo lo que había ocurrido desde que recogió al niño en su casa esa misma mañana y cómo lo habían ingresado. Ni media hora después, ya estaban los dos allí, en la habitación, con ellos.
Héctor estaba dormidito, los antibióticos le estaban empezando a hacer efecto, y tenía mucho mejor color de cara. Además de eso, la mascarilla de oxígeno también lo estaba ayudando a descansar mejor.
Su abuela, Gabriela, en cuanto que lo vio, no pudo reprimir el llanto, tal y como le había ocurrido a Martín, pero luego, cuando la enfermera vino a tomarle la temperatura y la saturación, le dijo que estaba perfecto, sin fiebre y con el oxígeno en sangre al noventa y ocho por ciento.
Según les contó esa chica, que no le quitaba ojo al padre del niño, cuando Héctor llegó al hospital venía con la saturación al ochenta y cinco por ciento, algo un poquito preocupante que, gracias al cielo, se corrigió rápido por la rápida intervención.
—Eso se lo tengo que agradecer a Olivia, que no dudó en avisar a su madre, que es la pediatra de este hospital.
—Creo que no le han contado la verdad. La doctora Lourdes, junto a Enrique, su marido, son los propietarios de esta clínica, señor Villar.
—¿Me lo dices en serio?
—Claro que sí. Por cierto, cualquier cosa que necesite, no dude en pedirla, tanto a mí como a cualquiera de mis compañeras. La doctora Lourdes ha dejado dicho que lo tratemos como si fuera de la familia.
—Gracias, pero por ahora, no me apetece nada.
—Uy, pues ahora mismo le van a traer la Tablet para que pida la comida.
—¿Eso también es algo exclusivo para mí?
—No, señor Villar, eso se les hace a todos los enfermos ingresados en esta clínica. Los señores Parra consideran que ya es demasiado agobiante estar ingresado como para, también, tener que comer algo que no te gusta.
—¿Se puede pedir lo que quiera?
—Dentro de la dieta que los doctores dejan pautada, sí. Cada Tablet es personalizada por habitación. Ahora lo comprobará. Me marcho ya. Cualquier cosita, le das al botoncito y vendremos enseguida.
—Gracias, chica —le dijo su madre.
Martín se quedó un poquito desconcertado, puesto que Olivia no le había dicho que la clínica era familiar.
Además, tampoco entendía cómo, si tenía la oportunidad de trabajar allí, había optado por hacerlo en otra clínica.
No le había parecido que la relación con sus padres fuera mala, más bien todo lo contrario.
Pero bueno, ella tendría sus motivos para hacerlo.
—Hijo, en cuanto el niño salga de aquí, tienes que invitar a esa mujer a cenar —le dijo su padre.
—No me organices la vida, por favor, te lo pido. Ahora mismo, de lo único que tengo ganas es de llegar a mi casa con mi hijo de la mano y ya completamente curado.
—Por supuesto que eso es lo primordial, pero no dejes que esto te hunda. Has llegado a tiempo y, cuando el niño se ponga bien, seguirás haciendo tu vida normal —le dijo su madre.
—De verdad, no quiero pensar en eso ahora.
—Bueno, ya hablaremos.
Sus padres se marcharon bien entrada la noche porque, aunque Gabriela intentó quedarse ella esa noche con el niño, su padre no lo permitió. Tan solo admitió que, cuando vinieran por la mañana, iría a su casa a darse una ducha y volver enseguida, pues no se quería separar del niño.
Olivia, aquel día, no podía entender la situación de su vecino. ¿Quién era la madre del niño que había sido capaz de renunciar a él por dinero? ¿Hasta qué punto le había afectado a Martín esa relación? Todo en su cabeza seguía dando vueltas, hasta el punto de que se sintió muy agobiada.
Cuando algo así ocurría, lo primero que hacía era llamar a sus amigas, y no dudó en coger el teléfono y hacer una llamada en grupo, en ese que tenía con sus dos amigas del alma.
—Dime, guarri , ¿qué te pasa?
—¿Podemos vernos en mi casa, por favor?
—¿Te ha ocurrido algo?
—Me ha ocurrido todo, pero no quiero hablarlo por teléfono.
—Está bien, en media hora estamos allí.
Cuando Olivia colgó la llamada, se marchó a la cocina a preparar café y algunos pastelitos para tomar mientras le contaba lo sucedido.
Tal y como habían dicho, poco antes de la media hora, sonó el interfono de la puerta de acceso de la calle, y Olivia, sabiendo que eran sus amigas, no dudó en abrirles.
—Olivia, ¿qué ha pasado?
—No os podéis imaginar lo que me ha pasado con Martín.
—¿Martín? ¿Qué Martín?
—El amigo de Ricardo y Rodri.
—¿Lo has vuelto a ver?
—Es mi vecino de rellano y, además, tiene un hijo de dos años, Héctor…
Sus amigas no sabían nada de eso, pues desde que lo descubrió no habían podido quedar ni hablar entre ellas, bien por el trabajo o bien porque ellas habían quedado con sus chicos, pero el caso es que no le había dado tiempo a contarles nada.
Olivia les explicó lo que habían hablado mientras que esperaban a que saliera el niño de la sala de exploraciones, donde lo estaba tratando su madre. Hizo hincapié en lo de la madre del niño, por si ellas hubieran oído algo de parte de sus chicos, pero no tuvo suerte.
—Yo ni siquiera sabía que Martín tenía un hijo, como para que Ricardo me hubiera contado algo sobre la madre —dijo Irene.
—Ni yo tampoco, Olivia. Siento no poder ayudarte —dijo Ana, un tanto apesadumbrada.
—¿Por qué no le preguntas a él?
—Claro que sí, mañana, en cuanto que vaya al hospital, se lo voy a preguntar. Martín, ¿por qué no me explicas qué te hizo la cabrona de tu exnovia, la madre de tu hijo?
—Hija, no hace falta que seas tan directa, pero algo más sutil.
—Déjalo, de todas formas, no es de mi incumbencia. Tan solo somos vecinos.
—Venga ya, Olivia, ¿a quién pretendes engañar? —preguntó Ana.
—Eso mismo me pregunto yo. A ti, Martín, te gusta más que comer el pollo con las manos —apostilló Irene.
Olivia miró a sus amigas; era inútil desmentirlas porque, si alguien la conocía bien, eran ellas. Respiró hondo y se tapó la cara con las manos; no sabía si por vergüenza o por miedo, pero sus amigas la abrazaron sin dudarlo.
—¿Qué piensas hacer, Olivia?
—¿Con Martín? Nada. Él me ha dejado claro que no quiere una pareja ni una relación seria, y yo no pienso acostarme con él y escuchar cómo se folla a las demás a una pared de distancia.
—Pero eso no lo sabes, lo mismo y puede cambiar de opinión —dijo Ana.
—Yo opino lo mismo, a lo mejor es que no ha llegado la mujer adecuada —añadió Irene.
—Y, precisamente, ¿voy a ser yo? No, lo siento, pero por ahí sí que no pienso pasar, ya se me irá de la cabeza.
Sus amigas se miraron entre ellas, como dejando claro que eso no se lo creía ni ella, pero Olivia lo dejó pasar; no le apetecía seguir discutiendo con ellas; ya era adulta y muy capaz de decidir lo que quería y lo que no.