Capítulo 9
Olivia se encontraba en su casa, limpiando y cantando, con la música a todo volumen. Eran las once de la mañana, así que nadie podría reprocharle nada, ya que durante ese horario se podía hacer todo el ruido que se quisiera, hasta las tres de la tarde.
En ese momento, cuando había ido a la cocina a servirse un refresco, le pareció que llamaban a la puerta y, por eso, bajó el volumen de su altavoz; no quería tener que hablar a gritos con la persona que llamaba.
—¿Se puede saber qué mosca te ha picado?
—¿Puedes enterrar el hacha de guerra durante unos minutos, por favor?
—Está bien. ¿Qué ocurre?
—Venía a pedirte un favor.
—Si no es muy difícil ni es algo sexual, lo mismo y hasta te lo hago.
—Tengo al niño malito; mi madre ha estado con él toda la noche, pero no ha dormido nada por la fiebre, y ahora se ha quedado dormido…
—¿Me permites un momento?
—¿Perdona?
—¿Qué si te importa que me acerque un momento al niño?
—Claro que no me importa, ¿por qué? ¿Eres médico?
—Soy odontóloga, pero mis padres sí son médicos, uno de ellos traumatólogo, pero mi madre sí que es pediatra, así que, como comprenderás, he visto y oído mucho en casa.
Olivia se acercó al niño y le puso el oído en el pecho. El ruido que escuchó no le gustó nada; parecía que el niño tenía el pecho cogido, por no decir algo un poquito más complicado, ya que no quería aventurarse y asustar a su padre.
—¿Qué le ha dicho el médico? Porque supongo que lo habrás llevado.
—Lo hicieron mis padres la otra noche, a mí se me quedó el móvil sin batería y no me pudieron avisar…
—Martín, no me interesan tus explicaciones, lo único que quiero saber es lo que le dijo el médico al niño.
—Pues que tenía un enfriamiento y que se le había juntado con un estirón.
—Este niño tiene algo más que un enfriamiento. Déjame que llame a mi madre y que lo vea en su consulta de manera inmediata.
Martín la miró asustado, como si se culpara de todo lo que le estaba pasando a su hijo, y no supo cómo reaccionar ante lo que le estaba diciendo Olivia. Ella, sin prestarle atención, cogió su móvil y marcó el número de su madre, que le contestó de manera inmediata.
—Mamá, ¿estás en la consulta?
—No, cariño, estoy saliendo de guardia. ¿Te ocurre algo?
—A mí, no, pero al hijo de mi vecino… Está ardiendo en fiebre y, al poner mi oído en su espalda…
—Traedlo ahora mismo, os espero en la puerta del hospital.
Olivia cortó la llamada y llamó a Martín, que seguía mirando a la inopia, sin poder reaccionar. Ella supo que no estaba para conducir, por lo que se puso las zapatillas de deporte, el chaquetón y, tal y como estaba, salió con ellos de su casa.
Al llegar al garaje, Martín miró extrañado porque no esperaba que ella fuera a ser la que condujera, pero esta se lo aclaró de manera inmediata, y él entendió la situación.
—No estás en condiciones de conducir, Martín, además de que el niño está acomodado en tu hombro.
—Pero, no quiero molestarte, estabas en tu casa, tranquilamente, y he venido yo a…
—No lo hago por ti, lo hago por el niño.
—No haces falta que me lo digas más, ya sé que te caigo mal.
—Verás, si tú también necesitaras mi ayuda, te la daría, sin ninguna duda, pero ahora, lo que me preocupa no soy yo ni tú, sino tu hijo.
—¿Eso significa que no te caigo mal?
—Digamos que no me caes y vamos a dejarlo ahí.
Martín sintió un pellizco en su pecho, pero decidió ignorarlo y centrarse en su hijo. Como había dicho Olivia antes, ahora, lo único que importaba era el niño, que no fuera nada grave y que volvieran a casa lo antes posible.
Tal y como llegaron al hospital, Olivia vio a su madre esperando en la puerta; ni siquiera se había quitado la bata de médico, y ella se lo agradeció. No quiso dejar al niño en manos de ningún compañero, a pesar de que llevaba más de quince horas en el hospital.
—Mamá, él es Martín, mi vecino. Lo dejo en tus manos y ahora vuelvo, que voy a aparcar.
—Toma, hija, aparca en mi plaza, que yo no he traído el coche.
—Perfecto, así no tardaré nada en volver.
Su madre le tendió una tarjeta que había cogido del cajón de su despacho, pues siempre tenía una allí, por si era necesario para alguno de sus amigos o familiares, siempre y cuando no tuviera la suya allí, aparcada.
En dos minutos, ya estaba ella en el interior del hospital. Como todo el mundo la conocía, tanto por ser la hija de sus padres, que eran los propietarios de la clínica, como por su trabajo, nadie le impidió el paso a la zona de los boxes.
—Tu madre se ha llevado a Héctor para hacerle una radiografía y me ha dicho que me espere aquí.
—Así que tu hijo se llama Héctor, bonito nombre.
—¿No lo sabías?
—No, mi bola de cristal no me suele decir los nombres de la gente.
—Perdona, pensé que tu padre ya te lo había comentado.
—No te preocupes, te estaba gastando una broma.
—Estoy nervioso; si le ocurre algo al niño, me muero.
—No le pasará nada. Está en las mejores manos, te lo aseguro. Pero… ¿no deberías avisar a su madre?
Cuando Olivia vio cómo le cambiaba el semblante a Martín, entendió que no debería de haber hecho esa pregunta e intentó disculparse por su intromisión. Al fin y al cabo, ella no conocía nada de su historia y no era quien para preguntar.
—Perdona, no debería haberte dicho eso. Tú eres su padre y sabes lo que tienes que hacer…
—Su madre renunció a él cuando nació, a cambio de dinero.
—¿Perdona? Creo que no te he oído bien.
—Me has escuchado perfectamente. Ella no quería al niño y, cuando nació, me dijo que si quería que renunciara a él, le tenía que dar el suficiente dinero para que pudiera rehacer su vida.
—Joder, lo siento, no me lo podía ni imaginar.
—No lo sientas, era lo mejor que le pudo pasar a Héctor, separarse de una mujer que no lo quería. Y la culpa la tuve yo, que la consentía en todo.
Olivia entendió que tuvo que estar muy enamorado de ella y que, quizás, ese era el motivo por el que era así con las mujeres, para blindar su corazón. El rato que estuvieron allí, charlando, se dio cuenta de que estaba muy equivocada con él, pero eso no significaba que fuera a cambiar su trato.
Minutos después, llegó Lourdes con el niño en una camilla, con una mascarilla de oxígeno puesta y un gotero en uno de sus bracitos. Se le veía agotado y daba una pena horrible.
Martín, en cuanto que lo vio así, no pudo aguantar más y se arrodilló a llorar, su llanto era desgarrador, y Olivia entendió que se sentía culpable por lo que había sucedido, cuando, esto, era muy normal en los niños a esta edad.
—Martín era tu nombre, ¿verdad?
—Sí, ¿qué tiene mi hijo?
—Es normal que te hayas impresionado al verlo así, pero no tienes que alarmarte.
—¿Es algo grave?
—No, porque lo has traído a tiempo. Es una enfermedad muy jodida, pero también muy común en los niños hasta los cuatro o cinco años. Tu hijo tiene bronquiolitis, pero con oxígeno y el tratamiento que le estoy administrando, te aseguro que mejorará en unos días.
—Gracias, Lourdes, de verdad, que no sé cómo os voy a pagar lo que estáis haciendo.
—Anda, anda, siendo vecino de mi hija, con que la cuides, tengo suficiente. Ahora vendrá uno de mis compañeros para asignarle una habitación, porque, como comprenderás, se tiene que quedar ingresado.
—Es lógico, y en cuanto a cuidar a tu hija, ten por seguro que estaré pendiente de ella durante lo que me queda de vida.
—Anda, mira el otro, encima, me amenaza —dijo Olivia, para quitar tensión al asunto.
Para ella, el que Martín le hubiera dicho que estaría pendiente, era una utopía, pues nunca, ningún hombre a excepción de su padre, le había brindado tal protección, pero le hizo mucha gracia.
Esperaron a que el niño estuviera instalado en la habitación para preguntarle a Martín si quería ir hasta su casa a ducharse, que se llevara el coche de Olivia y ellas se quedarían con el niño, pero declinó la oferta.
—Mañana vendré cuando salga de la consulta, para que vayas a ducharte a tu casa.
—Te lo agradezco, Olivia, pero no me moveré de aquí hasta que mi hijo no salga conmigo de la mano. Les diré a mis padres que me traigan algo de ropa para poder ducharme aquí.