Capítulo 8
La cara de Martín se tiñó de un rojo intenso, pero no de vergüenza, sino de rabia.
¿Quién coño se pensaba que era ella para opinar sobre su papel como padre?
¿Acaso sabía ella algo de su vida como para permitírselo?
No quería decirle nada, puesto que, visto lo visto, estaba claro que lo juzgaría; por eso, le dio la vuelta al asunto.
—Lo mismo, y es que tú tienes la vida sexual de una ameba y anoche te pusiste a tono con los gemidos de Claire. ¿Es eso? ¿Te pusiste a mil y tu vibrador no tenía pilas?
—Vete a la mierda, Martín. Y follo cuando y con quién quiero, a mí no me hace falta vibrador.
—Entonces, lo que ocurre es que querías ocupar el lugar de Claire. Pero vamos, no te preocupes, que si alguna vez tienes necesidad, nada más tienes que llamar a mi puerta, que yo siempre estoy dispuesto.
Olivia ya no quería seguir aguantando a ese hombre que la sacaba de sus casillas, y no dudó en cerrarle la puerta en la cara. Martín soltó una carcajada porque había conseguido lo que pretendía, que era hacerla perder los nervios, y sacó las llaves para entrar en su casa.
Una vez que entró y se encontró a solas, se le cortó la risa de manera inmediata.
El destino no tenía sentido del humor, lo que pasaba es que era un cabrón de primera.
No se podría haber imaginado nunca que esa mujer que tanto lo atraía, esa que le hacía pensar en algo más que en sexo, ahora la tenía a un tabique de distancia.
Sabía que si hubiera pensado en tener algo con ella más allá del sexo, lo habría arruinado casi sin darse cuenta.
Ahora, que la guerra ya estaba servida, tan solo le quedaba decir que ganara el mejor.
Estaba agotado, entre la noche de sexo que había tenido y la tensión por no haber atendido a la llamada de mi madre, así que me daría una ducha, me haría un sándwich rápido y me acostaría en cuanto terminara.
Pero Olivia tenía otros planes para él; por suerte, al día siguiente no tenía que ir a trabajar, pues en la clínica dental se había roto una tubería y todo estaba inundado.
Su jefe avisó al fontanero y le dijo que iría a primera hora, pero que tendría que cortar el agua al menos durante cuatro horas.
Por eso, se anularon las citas para ese día; tan solo se atenderían dos urgencias de maxilofacial, de las que se encargaba su compañera, así que, aunque a ella también le costara el descanso, no lo pensaba dejar dormir.
Para empezar, y como todavía eran las diez de la noche, pensó en poner su altavoz de música a la máxima potencia, pero entonces recordó que había varios niños que tenían que acudir al colegio y que, si no estaban ya durmiendo, lo estarían en un ratito, y declinó esa idea.
Lo único que le quedaba era hacer lo mismo que él había hecho la noche anterior.
Por eso, esperó un ratito mientras se terminaba de comer la tortilla de patatas que había cocinado para la cena hacía unos minutos, y cuando calculó que ya se habría acostado, le salió una sonrisa, pues empezaba el espectáculo.
Cogió una zapatilla porque su cabecero estaba atornillado a la pared, pero viendo que eso no haría suficiente ruido como para molestarlo, se sentó en la mesilla de noche y empezó a fingir que estaba practicando sexo con un hombre.
Sus gemidos fueron en aumento, y a su mente vinieron las imágenes del americano de la otra noche, pero sustituyéndolo por el vecino y, sin quererlo, se puso a tono, por lo que cogió el satisfayer del cajón y empezó a pasarlo por su sexo.
Ahí fue cuando dejó salir todo de verdad, cuando gritó y alcanzó el orgasmo, pensando que no era el succionador de clítoris, sino la lengua de Martín la que lo había provocado. Generalmente no era tan escandalosa, pero como lo que pretendía era molestar al vecino, lo hizo de manera exagerada.
Así estuvo durante más de dos horas, hasta que llamaron al timbre y supo que era él.
Por eso, se quitó rápidamente su pijama y se puso la primera bata que encontró en el cajón, sin darse cuenta de que era prácticamente transparente.
Se mordió los labios para simular que los tenía rojos de los besos y alborotó su pelo, antes de abrir la puerta.
—¿Se puede saber qué te pasa?
—¿A mí?
—Sí, a ti. ¿Quieres dejar de joderme y abandonar el numerito que estás montando?
—¿Ahora se llama montar el numerito a pasar una noche de sexo con un amigo?
—Venga, ya, Olivia, eso no te lo crees ni tú. Lo estás haciendo para molestarme, igual que te molestó que yo follara anoche con Claire.
—Eso no es cierto, tan solo tienes que mirarme.
Cuando Olivia dijo eso y Martín bajó la mirada hacia su cuerpo, pudo ver su cuerpo casi desnudo, tapado solo por una pequeña braguita y la tela de gasa de la bata que había cogido.
Estaba seguro de que se encontraba sola y, si se hubiera dejado llevar por sus instintos, por lo que ella le estaba provocando, la cogería en brazos y la haría gritar de placer, pero de verdad.
Pero no quería cruzar esa línea, no con ella, porque no solo sería sexo, y eso lo aterraba de una manera que nadie se podía imaginar.
Esa imagen de sus pechos, turgentes y reclamando atención, se quedaría grabada en su memoria para los restos.
Por eso, no quiso permanecer más allí; se dio la vuelta y se metió en su casa, sin decir ni siquiera adiós.
Olivia lo observó algo desconcertada hasta que se giró y se vio en el espejo, con esa bata transparente que mostraba claramente sus pechos y la braguita que llevaba. Si hubiera sido de las de algodón o de las de cuello vuelto, no se hubiera marchado así, pero esas le indicaban que buscaba guerra.
—Mierda, se ha pensado que era de verdad —murmuró, para ella, porque no había nadie más.
Decidió terminar con la farsa, se volvió a poner el pijama y se metió en la cama, pero esa mirada gris, intimidante, que echó llamas cuando la miró de arriba abajo, no se le iba de la cabeza. No tuvo más remedio que volver a coger el aparatito del placer, pero se había quedado sin pilas.
Por eso, entró al baño y se dio una ducha con la que pretendía relajarse, pero nada más lejos de la realidad. Terminó con su mano entre sus piernas, quitándose el calentón que su vecino le había provocado, sin saber que en el piso de al lado Martín también estaba haciendo lo mismo.
Cuando intentó acostarse para dormir, y viendo que la imagen de esos pechos no se le iba de la cabeza, no tuvo más remedio que meterse en la ducha, abrir el grifo y terminar por masturbarse.
Esa mujer le iba a traer problemas, y bastante serios, si seguía pensando en ella.
Por eso, y como su hijo se quedaría con su madre el resto de la semana, y aunque fuera agotador para él, traería a una mujer cada noche a su casa para follar.
Sabía que no le costaría ningún trabajo y con eso quería que fuera una medida disuasoria para Olivia.
Al día siguiente, en cuanto que Martín se levantó, con bastantes ojeras, dicho sea de paso, lo primero que hizo fue llamar a su madre, que le dijo que el niño había vuelto a tener fiebre durante toda la noche.
Por eso, no dudó en ir a por él y en decirle a su padre que no iría a la oficina, que trabajaría en los proyectos que tenía desde casa, para estar con el niño.
Como era evidente, su padre no le puso ningún inconveniente y salió directamente hasta la casa de sus padres. Por mucho que su madre insistió en que se quedara allí con él, Martín no lo consintió, pues era su responsabilidad y no quería pasar más tiempo separado de su hijo.
El niño estaba decaído, con su chupete puesto; se quedó dormidito en la sillita de seguridad del coche. Cuando Martín aparcó en el garaje del edificio, lo sacó, intentando no despertarlo, pues, según le había dicho su madre, no había dormido en toda la noche.
Lo apoyó sobre su hombro, se colocó su bolsa en el otro brazo y cerró el coche, y cogió el ascensor para subir. En cuanto que salió al rellano, escuchó el altavoz de Olivia con música a todo trapo. Supo que, como no la advirtiera, iba a despertarlo y se pondría impertinente y a llorar.
Por eso, y arriesgándose a que lo hiciera peor, llamó a la puerta de su vecina, que bajó un poquito la música antes de abrir, gesto que él agradeció.