Capítulo 7
Martín llevó al niño a comprar el pan, pues cuando se fueron a comer se dieron cuenta de que no tenían, y eso, para su hijo, era como si le faltara el aire.
Los abuelos grandes, como el niño los llamaba, le habían enseñado a comer con pan y, si no tenía un trocito junto a su plato, se negaba a comer.
A la vuelta, en la puerta del ascensor, se encontró con un hombre de unos cincuenta años, que venía cargado de cajas. Pensó que sería el nuevo vecino del otro ático que había en su planta, y se alegró, pues si traía a alguna chica, él lo entendería, pero se equivocó.
Lo ayudó a sacar las cajas del ascensor al rellano antes de despedirse de él, quien le aseguró que la que viviría ahí sería su hija. Tan solo esperaba que no fuera una de esas mujeres solteras amargadas que odiaban a los hombres, como ya le había pasado en su casa anterior.
La tarde la pasó jugando con el niño, que hoy no había ido a la guardería, ya que su padre le dio el día libre para poder terminar de arreglar todo, pero, a eso de las siete de la tarde, su madre pasó por allí para llevarse al niño, y así no tendría que levantarlo temprano, pues había estado estornudando varias veces, y la abuela lo notó cuando le hizo la videollamada que se hacían a diario.
—Mamá, el niño no tiene nada; puede ser un poco de alergia.
—O puede ser un resfriado que se complique por sacarlo tan temprano y llevarlo a la guardería.
—Tú y tus historias, mamá. ¿No es más fácil decir que quieres quedarte con él unos días?
—Si te digo eso, no me lo ibas a permitir, al menos hasta el fin de semana. Además, que mi niño es muy pequeño y si no va a la guardería, no es que vaya a sucederle nada.
Martín soltó una carcajada al escuchar las palabras que había dicho su madre y negó con la cabeza.
Fue hasta la habitación del niño a prepararle una mochila con sus cosas, aunque no le hacía falta, porque en la casa de sus abuelos tenía incluso más cosas que en la suya propia, pero lo hacía para que su hijo supiera que dormiría allí.
—Papi, ¿Héctor duerme belita ?
—Sí, mi amor. ¿Te apetece, o quieres dormir aquí con papi?
—¿Papi, mañana guarde?
—Claro, papá tiene que trabajar, así que te llevaré a la guarde.
—Mucho fío , Héctor duerme con belita .
Así sentenció el niño el asunto y salió corriendo a darle un abrazo a su abuela, belita , como él la llamaba. Se despidió de su padre y se marchó con ella, tan contento, pues no había otra cosa que le gustara más a Héctor que permanecer en su casa, con la chimenea encendida y jugando con su abuela.
Martín aprovechó para terminar de organizar las cajas que le quedaban por guardar, ya que, con el niño por allí pululando, no se atrevía a hacer muchas cosas porque quería ayudarlo y le daba miedo que se le cayera algo encima y le hiciera daño.
Eran más de las nueve cuando terminó y se metió a la ducha.
Salía de ella cuando llamaron a la puerta.
No esperaba a nadie, entre otras cosas, porque nadie sabía que estaba viviendo allí, así que, pensando que era su vecina, se anudó una toalla en la cintura y, descalzo como estaba, salió a abrir la puerta.
—Hola, mi amor…
—¿Qué haces tú aquí? ¿Quién te ha dado esta dirección?
—Parece que no te alegras de verme… cuando yo me moría por volver aquí.
Se trataba de Claire, una azafata de vuelo con la que había estado en alguna que otra ocasión.
Le dio paso dentro de su casa, sobre todo cuando se quitó ese abrigo y vio que tan solo llevaba un conjunto de ropa interior que dejaba muy poco a la imaginación, con unas medias de liguero, que, particularmente, lo volvían loco.
Claire soltó la toalla que llevaba anudada en la cintura y lo hizo de un tirón, dejando su miembro, ya más que listo y erecto, libre de cualquier prenda que lo sujetara.
—Me moría de ganas de tenerte así.
—Ah, ¿sí? Pues demuéstramelo.
Claire se arrodilló ante él, y pasó su lengua por toda la extensión de su miembro, desde la base hasta la punta, recreándose en esta parte con ella, haciendo círculos que lo dejaron con las piernas temblando.
En determinado momento, y sin poder ya más, la levantó, la cogió en brazos y la llevó hasta la habitación, donde estuvieron follando hasta bien entrada la madrugada.
Entendió que debía hacer algo para que el cabecero no diera golpes en la pared, así como que tendría que ir al día siguiente para pedirle disculpas a la vecina, porque menuda noche que le estaban dando.
A eso de las seis de la mañana, y cuando ya se habían saciado el uno del otro, Martín le dijo a Claire que se tenía que marchar. Todavía no se había enterado de quién era la persona que le había dado su dirección, pero lo terminaría averiguando.
Ella volaba de nuevo en unas horas; era un vuelo transoceánico que tenía que encadenar con varios más, sin saber cuándo volvería a caer en Madrid. Ambos sabían lo que había; entre ellos tan solo había sexo, muy bueno, según decía Martín, pero nada más.
Martín aprovechó en cuanto que Claire se marchó, se dio una ducha y se preparó el desayuno, presto para ir al despacho a trabajar.
Llegaría demasiado temprano y lo sabía, pero así podría terminar y salir antes, ir a comer a casa de sus padres y ver cómo seguía su hijo.
Si estaba mejor, no dudaría en llevarlo de vuelta con él, porque lo echaba tremendamente de menos.
—¿Cómo ha pasado el niño la noche?
—Tal y como tu madre te dijo, con fiebre. Lo llevamos al médico; no te preocupes. Nos dijo que era un simple enfriamiento y que podría haberse juntado con un estirón.
—¿Por qué no me habéis llamado? Sabes que no me gusta que lo llevéis vosotros al médico cuando yo puedo hacerlo.
—Lo hicimos, pero tenías el teléfono apagado y supusimos que lo habías desconectado para descansar.
Martín sacó el móvil de su bolsillo, ese que había guardado al salir de casa, sin ni siquiera mirarlo y, efectivamente, vio que estaba apagado. Se le debería de haber quedado sin batería y no se había dado cuenta, entre el ajetreo de las cajas y la visita de Claire…
—Mierda, me habré quedado sin batería y no me he dado cuenta.
—No te preocupes, hijo, no ha sido nada.
—Ya, pero podía haber sido algo grave y no me hubiera enterado.
—Martín, no te fustigues. Si hubiera sido algo más complicado, no habríamos dudado en ir a buscarte.
—Está bien, ahora llamaré a mamá para ver cómo sigue.
Tras hablar con su madre, Martín se quedó algo más tranquilo, pero quedó con ella en que pasaría a comer y a verlo, por si necesitaba que lo llevara de nuevo al pediatra, aunque su madre le dijo que al único sitio donde tendría que llevarlo sería al centro comercial, pues todos los pantalones se le habían quedado cortos.
Pasó toda la tarde allí, con sus padres y su hijo, hasta que llegó la hora de marcharse. Para no llevar al niño a la guardería hasta que no estuviera completamente recuperado, lo dejó allí, con su madre, coloreando en la mesa bajita del salón.
Se dispuso a volver a casa, se daría una ducha y arreglaría el cabecero de la cama, pero antes iría a pedirle disculpas a su vecina; lo que no se esperaba era lo que le esperaba allí.
Olivia, en cuanto que escuchó el ascensor, y sin pensárselo dos veces, abrió la puerta de su casa, dispuesta a decirle más de cuatro cositas a su vecino, ese que había cautivado a su padre, pero que a ella le había hecho pasar la peor noche de su vida, hasta el punto de que le había afectado hasta en el trabajo.
Cuando los dos se vieron cara a cara, la sorpresa fue mayúscula, pero ambos intentaron disimularla, poniéndose su mejor coraza antes de enfrentarse al otro, porque sabían que la guerra estaba servida.
—¿Tú eres mi vecina? Venga ya, el destino tiene un amplio sentido del humor.
—Todo el que no tengo yo. ¿Te parece bonito hacerle saber a toda la comunidad de vecinos tus escarceos amorosos?
—Para empezar, ningún vecino se me ha quejado y, para terminar, no son escarceos amorosos: es sexo, y lo que hago se llama follar.
—Buen ejemplo que le estás dando a ese niño, tan solo espero que no estuviera anoche en tu casa, que estuviera con su madre y que tenga un poquito más de sentido común que tú.