Capítulo 6
Olivia se quedó desconcertada con la actitud de Martín y, por eso, decidió pasar del tema y centrarse en el baile que estaba teniendo con un hombre que estaba buenísimo.
Se pensó si tener sexo con él y, cuando ese hombre se acercó un poquito más a ella, tuvo claro que era lo que necesitaba para olvidarse de esos ojos grises de una vez por todas.
El tipo en cuestión se llamaba Peter, era americano y estaba allí de vacaciones, por lo que no se tendría que preocupar de que insistiera en tener algo más serio con ella. Había dado en el clavo al elegirlo.
Como era lógico, antes de marcharse y de manera disimulada, le tomó una foto al chico y la envió al grupo de sus amigas; de ese modo, si le sucedía algo, sabían con quién se había marchado.
Era algo que se había puesto de moda entre las mujeres que tenían sexo ocasional con alguien, después de ver todo lo que estaba ocurriendo.
Sus amigas contestaron con un «pásalo bien» y un «disfruta de la noche de pasión», lo que le provocó una sonrisa. Ya os podéis imaginar de quién era cada mensaje, y le indicó a Peter que era hora de marcharse.
Entraron en el primer hotel que encontraron, pues Olivia jamás llevaba a un hombre a su casa, a no ser que fuera alguien con quien ya se hubiera visto varias veces, y eso tan solo sucedió una vez, con Ernesto, con quien pensaba que tenía una relación algo más estable.
Digamos que ella pensaba que eran follamigos, pero se llevó la desilusión más grande de su vida cuando se lo encontró en el centro comercial, con su mujer y sus hijos. Sí, el muy cabrón estaba casado, tenía dos niños de unos siete u ocho años y su mujer estaba embarazada de nuevo.
Podéis pensar que tenían una relación abierta, pero nada más lejos de la realidad, pues la cara de terror que puso le indicó que la mujer no sabía absolutamente nada de las relaciones extramatrimoniales que mantenía su marido.
Desde ese mismo momento, decidió que no volvería a repetir con ningún hombre, mucho menos a llevarlo a su casa.
Sacó el teléfono y, desde lejos, le hizo saber que lo había bloqueado.
Ella no era la amante de nadie. Una cosa era que no quisiera tener una relación seria, y otra, muy distinta, que se fuera fijando en hombres casados con los que no tendría ningún futuro.
En cuanto que entraron en la habitación del hotel, se desató la locura. Ese hombre tenía un ímpetu y un aguante que no había conocido en su vida. Y eso que parecía de lo más tímido y soso. En ese momento entendió aquello que decían de que las apariencias engañaban.
Ese hombre era un auténtico semental que la hizo gritar de placer en más de una ocasión y con el que perdió la cuenta de los orgasmos que tuvo.
Era bien entrada la madrugada cuando decidieron salir del hotel.
Ella, porque ya no aguantaba ni un asalto más, y él, porque tenía que tomar un avión en unas horas y debía ir a recoger a sus amigos.
—Un placer, Peter, y nunca mejor dicho.
—El placer ha sido mío, darling . Nunca me había encontrado con una mujer como tú.
—Mira, no sé si me estás llamando puta o me estás lanzando un halago, pero prefiero tomármelo en el buen sentido. Hala, bonito. Que tengas un buen viaje de regreso.
Se subió a un taxi que había parado, dejando al americano en la acera, con cara de no saber si mandarla a la mierda a gritos, o si darse la vuelta y quedarse con los orgasmos que había sentido con ella.
El taxi se fue alejando hasta que lo perdió de vista, y entonces una sonrisa se le pintó en los labios.
Llegó el día en el que trajeron los muebles y, junto a sus padres, los fueron montando todos, entre risas y anécdotas. El mobiliario de la terraza quedó ideal; había formado un rincón de lo más bonito para pasar las noches de verano o de primavera.
Mientras su padre iba montando los muebles, entre su madre y ella iban guardando todas las cosas que compraron, además de limpiar y decorar cada habitación que su padre terminaba de montar.
Al final de la tarde, tan solo quedaba traer su ropa, esa que ya no tenía que ir cambiando según la estación del año, pues tenía un vestidor de lo más grande y espacioso.
Las de verano las tenía allí, porque estaban todas metidas en cajas y guardadas en el altillo de la habitación que tenía en mi casa.
Su padre se ofreció a ir a por ella, que ya estaba lista para cargar, pero no le cabía en su coche cuando vino, ya que se había traído las otras. Mientras que no llegaba, su madre y ella colgaron todas las que tenían allí en la parte derecha del vestidor.
Estaba diseñado para que se pudiera compartir, pero como ella no lo tenía que compartir con nadie, pues lo diferenció por estaciones. Una vez que ya lo tenían todo colocado, cogió su teléfono para pedir comida a domicilio. Estaban demasiado cansadas como para ponerse a cocinar ahora.
—Gracias, mamá. Si no fuera por ti, no habría terminado nunca.
—No seas exagerada, hija, hubieras tardado un poquito más, pero lo hubieras terminado igual.
—Encantado de conocerte, aunque no sé si nos veremos mucho por aquí, puesto que la que vivirá es mi hija. Adiós, campeón —escucharon a su padre despedirse de alguien.
—¿Con quién hablabas?
—Con tu vecino, que es un chico encantador con un hijo precioso y que es igualito a su padre.
—No lo conozco. Las veces que he venido, ella no estaba o, al menos, no he coincidido con ninguno de los tres.
—Hija, te he dicho un padre y un niño de unos dos años.
—Tendrá que haber una madre, ¿no?
—Evidentemente, pero no significa que tenga que vivir aquí también.
Olivia miró a su padre, que ya estaba dentro de la casa y había cerrado la puerta. Tenía razón: no significaba que estuviera casado ni que tuviera pareja. Su padre empezó a decir que ese muchacho le había caído muy bien, que se veía como un hombre serio y formal y que además era un buen padre.
—Papá, ¿me lo estás vendiendo como un posible candidato a yerno o es una impresión mía?
—No te estoy vendiendo nada, tan solo te digo que deberías de conocerlo y llevarte bien con él.
—Pues nada, mañana, cuando venga de trabajar, le cocino un bizcocho y se lo llevo, como en las películas americanas.
Una vez que ya lo tuvieron todo organizado, sus padres decidieron marcharse a su casa, y ella llamó a las niñas para que fueran a cenar a su casa, pero no podían esa noche porque habían quedado con «sus chicos»; por eso decidieron quedar el viernes.
A Olivia no le habría importado que fueran a su casa con ellos, pero le parecía que se conocían desde hacía poco tiempo y por eso prefirió callarse. Cuando llevaran unos meses más, ya se reunirían todos para cenar o para comer cualquier día del fin de semana.
Se dio una ducha, se tumbó en el sofá, cogió el mando a distancia de la televisión, puso un episodio de su serie favorita y, sin darse cuenta, se quedó dormida.
Cuando se despertó, ya pasaban de las nueve de la noche, así que se levantó y fue a prepararse algo de comer, cuando se dio cuenta de que su nevera estaba vacía.
Sin querer, soltó una carcajada. Ninguno de ellos se había percatado de que no habían hecho la compra.
Lo que tenía en la otra casa, que era más bien poco, se lo quiso dejar a su amiga, que esta noche ya la pasaría allí, pues, sabiendo que Olivia lo había dejado todo amueblado, y a pesar de que la televisión que tenía era la que se compró para su habitación en la casa de sus padres, montó sus enseres en el coche y se lo llevó todo.
Ana le había enviado a Olivia un audio en el que le contaba cuántos improperios le habían dicho sus padres, pero que a ella le dio exactamente lo mismo.
Por fin se sentía libre, por fin podía vivir sus veintisiete años como cualquier mujer de su edad, y eso bien valía todas esas palabras feas que sus padres le dijeron.
Como no tuvo más remedio, buscó en la aplicación de su móvil algo de comer que le apeteciera y, al final, se decidió por pedir un menú de esos de comida rápida para que se lo llevaran a casa.
Mientras que no llegaba, se asomó a la terraza; le encantaba mirar al cielo cuando se hacía de noche; le fascinaban las estrellas.
De repente, llamaron a la puerta y pensó que era el menú que había encargado, pero al abrirla se encontró con una mujer despampanante que, a pesar del invierno, venía un tanto ligerita de ropa. En cuanto que vio a Olivia, su rostro mudó de color, tapándose rápidamente.
—¿Buscabas a alguien?
—Perdona, creo que me he equivocado de puerta.
—Me parece que sí, porque aquí no hay nadie que pueda tener estos gustos. Vamos, que estoy yo sola.
—Lo siento, de verdad…
—Eso sí, te aconsejo que no te abras el abrigo hasta que estés completamente segura de que la persona a la que buscas es quien te abre la puerta, porque te puedes llevar un buen susto.
La chica la miró con la cara roja de la vergüenza y, disculpándose, se marchó a la otra puerta, que estaba justo enfrente de la suya.
Le entró curiosidad por saber quién era su vecino que tenía ese tipo de visitas, pero no consideró oportuno el ponerse a mirar por la mirilla; por eso, volvió a su terraza.
En el momento en que se terminó un menú que le supo a gloria, cogió un cuaderno y un bolígrafo y se puso a hacer una lista de todo lo que tenía que comprar en el supermercado al día siguiente, en cuanto saliera de trabajar.
Se dio una ducha, se puso su pijama calentito y se metió en la cama. Eran eso de las doce de la noche, cuando, en la habitación de al lado, donde vivía ese hombre tan perfecto, empezaron los sonidos de película para adultos.
Por favor, ese hombre tenía que ser un portento, porque la manera en la que gritaba esa mujer no era ni medio normal. Le recordó a ella la noche que pasó con el americano y le salió una carcajada.
Pero esos ruidos que, al principio, le hicieron reír, cuando ya eran las tres de la mañana, la tenían ya de los nervios. ¿Ese hombre no podía anclar el cabecero de la cama para que no diera esos golpes? De momento, se acordó de ese niño que, según su padre, vivía con ese hombre y se apiadó de él.
Si eso era un martes por la noche, ¿qué no haría cuando llegara el fin de semana? Harta de dar vueltas en la cama, se levantó, se puso unos auriculares de esos que aislaban el ruido exterior para escuchar música y pudo dormir un poco.
Lo tenía claro, en cuanto que volviera del trabajo, le iba a cantar las cuarenta a ese tipo. Con su descanso no se jugaba; si quería follar, que se fuera a la otra habitación o que aislara esa, pero a ella no la iba a molestar más, y eso lo sabían hasta los hebreos.
Cuando llegó al trabajo, llevaba una cara que hasta su jefe le dijo que él se haría cargo de su consulta, mientras que ella se quedaría por si venía una urgencia.