Un vecino con derecho a roce Capítulo 5
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Capítulo 5

Para Martín, esa noche fue una tortura, pues esa mujer, cada minuto que pasaba, le gustaba más. Como sus amigas estaban muy entretenidas con los amigos de él, ella decidió bajar a la pista a bailar, dándolo todo.

Llevaba un vestido de color berenjena que le llegaba a medio muslo, de escote barco y la espalda al descubierto, por lo que no llevaba sujetador. Ver cómo sus pechos se balanceaban al son de la música lo puso de lo más acaramelado.

Si estaba allí, era porque sus padres se habían llevado a Héctor a ver a los bisabuelos durante todo el puente, que vivían en un pueblecito cercano.

Si sus abuelos estaban encantados con el niño, no os podéis imaginar la locura que ese niño sentía por ellos, en especial por don Jacinto, el abuelo de su padre.

Los padres de Martín se casaron y lo tuvieron muy jóvenes, por eso, a pesar de que él ya tenía veintisiete años, sus padres recién llegaban a los cincuenta. Además de eso, se conservaban muy bien, y no era la primera vez que algún cliente los confundía con el hermano de su padre.

No podía apartar la mirada de ella, de Olivia, hasta que se decidió y bajó también a la pista.

Necesitaba tocarla, necesitaba besarla de nuevo, pero no sabía si iba a poder parar después de eso.

Por todo ello, y justo cuando llegó abajo, al ver a una de las mujeres con las que había tenido sexo, giró sus pasos y se decantó por bailar con esa mujer en vez de con Olivia.

—Hombre, si está aquí el desaparecido —le dijo ella cuando se acercó a darle dos besos.

—He estado ocupado.

—¿Vienes con alguna intención, Martín? O, por el contrario, me vas a dejar como la última vez.

—Será mejor que te lo demuestre…

La cogió por la cintura y la pegó a él, devorando su boca de la manera en que le hubiera gustado hacerlo con Olivia, y ante la atenta mirada de esta, que se quedó con la boca abierta al verlo actuar así.

Una sonrisa de satisfacción se pintó en la boca de Martín, no por el beso ni por esa mujer, sino porque había llamado la atención de Olivia y su reacción le había dejado claro que ella tampoco le era indiferente.

Cogió a esa mujer de la mano y salió de la discoteca con ella, dispuesto a quitarse todo lo que había provocado Olivia con sus bailes.

—¿Vamos a tu casa?

—No, esta vez vamos a un hotel; estoy de mudanza y no tengo ni sofá.

—¿Te mudas? Espero que me hagas un tour por tu casa nueva. Ya sabes eso que dicen de que hay que inaugurar cada habitación.

—Lo siento, chica, pero si voy a repetir contigo hoy es porque no me apetece buscar a nadie con quien quitarme el calentón.

—Vamos, que me estás diciendo que si hubieras encontrado a otra con la que quitarte el calentón, no estaríamos aquí, ¿no?

—Efectivamente. Sabes que no me gusta mentir, y todavía estás a tiempo de echarte para atrás, pero quiero que te quede claro que esto no es nada más que sexo, y que no se volverá a repetir.

—Eso mismo me dijiste la otra vez, y mira, aquí estamos, aunque sea porque no tengas otra cosa.

—Mientras que tú lo tengas claro, por mí no hay problema.

—No me pienso perder la oportunidad de pasar una buena noche de sexo contigo, sea en las circunstancias que sean.

Mientras entraban en el hotelito que habían encontrado por el camino, Martín pensó en lo que ella le había dicho, en la manera en que se había rebajado para acostarse con él. Tenía claro que, si le hubiera dicho eso a Olivia, le habría cruzado la cara de un tortazo y se habría marchado.

Pero bueno, si ella estaba dispuesta, una vez que le puso las cosas claras, a él tan solo le quedaba aceptarlo y disfrutar de su cuerpo.

Normalmente, cuando se llevaba a una mujer de una discoteca para tener sexo, la llevaba a su casa, ya que eso ocurría porque el niño no estaba con él, sino en casa de los abuelos.

Pasó una noche de sexo muy satisfactoria, pero era solo eso, sexo vacío, sin sentimientos, algo que, cuando ambos estaban saciados, terminaban con un beso de pico en la puerta.

No se quedaban a pasar la noche, no dormían juntos, tan solo follaban y, después, rebujina, rebujina, cada uno para una esquina.

Después de salir del hotel, se marchó a su casa, donde se daría una ducha y descansaría un rato para aprovechar el domingo y seguir preparando cajas, ya que los muebles no se los llevaría; los dejaría en la casa.

Lo único que se llevó fue el sofá y la televisión, ya que hacía pocas semanas que los había comprado.

Era domingo y se encontraba en la casa nueva, terminando de colocar todo lo que había traído en este viaje. Los muebles llegaron el día anterior y ya los tenía todos montados, en especial la habitación del niño, que había quedado de dulce.

A la hora de comer, llamaron al telefonillo y sabía que eran sus padres con el niño. Por suerte, ya tenía casi todo organizado, tan solo le faltaba colocar los libros y las cosas de su despacho, pero con cerrar la puerta de esa habitación para que el niño no tuviera acceso, tenía suficiente.

—¡Papi!

—Hola, mi vida. ¿Te lo has pasado bien con los abuelos?

—Sí, y con los grandes.

—¿Con los abuelos grandes también has jugado?

—Sí, con belo Jacinto y bela Marcela, comidita rica.

Su hijo les llamaba abuelos grandes a sus abuelos y, cada vez que venía, les contaba mil y una anécdotas de su estancia en el pueblo. Como estaba ocurriendo ahora, que le explicaba todo lo que había hecho con ellos, desde jugar hasta las comidas que le había cocinado su abuela.

—Papi y Héctor, a casa.

—Mi vida, papá y tú vais a vivir en esta casa. ¿No te gusta? —Le dijo la madre de Martín.

—¿Y el cuarto de Héctor?

—Ven, cariño, que te enseño tu habitación —le dijo Martín, cogiéndolo de la mano.

Cuando su padre le abrió la puerta de su dormitorio y el niño vio lo que su padre le había preparado, no pudo más que abrir la boca de asombro. Miraba todo como si estuviera en una exposición, de lo bonito que era.

La cama era como un campo de fútbol, como el césped, cuyas dos porterías eran el cabecero y los pies de la cama, y en la pared en la que iba apoyada, su padre había encargado que le pintaran las gradas de un estadio, con los espectadores.

Las cortinas eran de balones de fútbol y la pared en la que tenía el armario empotrado era el otro fondo del estadio. El chico que se había encargado de la decoración y la pintura no podía ser más genio en los murales, porque parecía que eran de verdad.

—¿Te gusta, cariño? —Le preguntó Martín.

—¿Es para Héctor?

—Sí, mi amor, es para ti.

Héctor se zafó de los brazos de su padre, que lo tenía levantado entre ellos, y se lanzó a jugar con todos sus juguetes.

Era un enamorado del fútbol, y todos sus juegos eran sobre eso.

Le encantaba dibujar y colorear, y por eso, su padre le había puesto una pequeña mesa con una sillita para que lo hiciera, con todos sus colores y cuadernos en unas pequeñas estanterías que colocó a cada lado de esa mesa, para que él pudiera alcanzarlas.

Martín salió al salón con sus padres, mientras que el niño continuó jugando en su habitación, de la que había quedado encantado.

Su madre traía unos táperes con la comida que la abuela Marcela había preparado.

Para ella no existían los restaurantes y, en el momento en el que mis padres iban a verlos, se venían cargados de táperes de comida casera.

—¿Otra vez la abuela con estas cosas?

—Como si no la conocieras. Dice que si no fuera por ella, el niño no comería en condiciones ni comería comida sana, ya sabes cómo es —contestó su madre.

—Una guerrera desde que nació. Si por ella fuera, cerraba todos los restaurantes del país y daría clases de cocina gratis a todo el que quisiera aprender.

—Uy, daría igual, hijo, según ella, nadie cocina en condiciones, nada más que ella —le dijo su padre, riendo.

—Pues a mí me va a solucionar la semana, la verdad, que después de la mudanza no me quedan ganas de ponerme a cocinar.

—¿Saliste anoche?

—Sí, fuimos a cenar y a tomar una copa…

—Una copa que se ha alargado hasta el amanecer, a juzgar por tus ojeras.

—Bueno, más que las copas, lo que se ha alargado ha sido…

—No me des más información, por favor, que no es necesario. Ya me puedo imaginar qué fue lo que se alargó —dijo su madre, negando con la cabeza.

—Mamá, es una necesidad fisiológica, igual que comer o beber.

—Sí, hijo, pero creo que ya va siendo hora de que sientes la cabeza, ¿no crees?

—No, no lo creo. Sabes que no me pienso volver a enamorar, ya me hicieron daño una vez y, para muestra, un botón.

—¡Cómo si se pudiera controlar! Martín, por favor, no seas tan ingenuo, que la vida es mucho más que echar un polvo los fines de semana.

—Hijo, no todas las mujeres son iguales —le dijo su padre, intentando suavizar el tono de burla que había empleado su madre.

—Prefiero no averiguarlo, la verdad.

Su padre quiso cambiar de tema y, por eso, empezaron a hablar de lo que pretendía hacer con el otro piso, pues Martín no estaba seguro de si quería venderlo o alquilarlo y todavía tenía la duda en la cabeza.

—Hijo, si yo fuera tú, no lo vendería; más bien, lo alquilaría. Siempre lo puede utilizar Héctor cuando crezca.

—Es que aquella casa me trae tan malos recuerdos.

—Pues también te tendría que traer buenos, porque ha sido donde has visto crecer a tu hijo, y eso te debería de pesar más que los malos.

—Lo sé, pero ahora quiero olvidarme de todo aquello y empezar aquí una nueva vida.

—El ático es precioso, hijo, y se ve una zona con muy buenos servicios, además de que estás cerca de la oficina del trabajo.

—Sí, y la guardería del niño también está cerca. Ya cuando tenga que matricularlo en el colegio, lo haré en el que está en la calle de atrás, que tiene muy buena fama.

—Papi, Héctor hambre.

—¿Tienes hambre, campeón? Pues vamos a comer, que la abuela Marcela nos ha enviado comidita de la buena.

—Nosotros nos marchamos, hijo, que hemos quedado con unos amigos para comer en el club.

—Pensaba que ibais a comer aquí, con nosotros.

—No, la comida te la dejamos a ti, además de que nos hemos venido pronto porque habíamos quedado.

—Pasadlo bien, mamá.

—Adiós, belitos —les dijo Héctor, dándoles un beso a cada uno.

Los padres de Martín salieron de la casa, mientras que él sentaba a Héctor en la trona para comer y sacaba uno de los táperes que su madre había guardado en la nevera, concretamente, uno de cocido madrileño, que sentaría muy bien con el frío que hacía, y que a su hijo le encantaba; era un fan de los garbanzos.

Después de comer, y aprovechando que el niño se quedó dormido en el sofá, Martín también se echó una siesta. No tenía problemas con que el niño se fuera a ninguna parte, pues la puerta de la terraza estaba cerrada; se aseguró de eso antes de sentarse junto a su hijo y no llegaba al pomo.

Además, Héctor estaba acostumbrado a que, cuando se despertaba, llamaba a su padre para que lo acompañara o le diera lo que quería. Por si acaso, dejó los dibujos animados puestos en la televisión.