Un vecino con derecho a roce Capítulo 4
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Capítulo 4

Olivia se reunió con sus amigas en la casa de Irene y, al llegar, vio cómo la dueña de la casa tenía una cara que le decía que algo había ocurrido con Ricardo la noche anterior. No hacía falta que le dijera nada; la conocía demasiado bien como para saberlo.

—Te acostaste anoche con Ricardo, y no es una pregunta, es una afirmación —le dijo en cuanto que entró.

—Bueno, técnicamente no fue anoche, sino esta mañana… —le respondió ella, algo avergonzada.

—Da igual el momento en el que lo hayas hecho. Cuéntanos, ¿qué tal fue todo?

—Demasiado bueno, mucho mejor de lo que había pensado. Pero cuando me desperté, ya no estaba a mi lado en la cama.

—Hija, ¿qué querías? ¿Que se quedará aquí y te preparara el desayuno? —dijo Ana, negando con la cabeza.

—No, tampoco quería eso, pero no sé, un hasta luego, un nos vemos otro día…

—Irene, cariño, tú sabías lo que había; no le des más vueltas —le aconsejó Olivia, ante el bajón que su amiga estaba sintiendo.

—Por eso mismo no quería acostarme con él, pero es que, en esta ocasión, no me he podido resistir; cuando sentí sus manos en mi cuerpo, me encendió como a una bombilla…

Su amiga les explicó lo que había sentido cuando estuvo con Ricardo, con todo lujo de detalles, como solía ser habitual entre ellas. Cuando ella terminó, le tocó el turno a Ana, que también se deshizo en detalles.

—Chicas, no os podéis imaginar cómo es ese hombre…

—¿Qué te ocurre, Ana? Puedes hablar con total libertad. Cada una tiene la experiencia que le toca, hija mía —le dijo Irene, con cierta tristeza.

—Fíjate en mí, que el capullo de Martín me dijo que no quería nada conmigo, pero me plantó un besazo antes de que me subiera en el taxi que me llevó de vuelta a casa —explicó Olivia.

—¿No te acompañó a tu casa? —preguntó Ana, asombrada.

—Pues no. El muchacho me dijo que él vivía a dos minutos andando de allí, y que no pensaba acompañarme y tener que darse la vuelta.

Olivia les contó las palabras que tuvieron a la salida de la discoteca y cómo, antes de subirse al taxi, la pegó a su cuerpo y la besó con ganas, para, después, desearle buenas noches como si nada hubiera pasado.

—Ese tío es gilipollas, de verdad. Pero bueno, Anita, que no te vas a librar de lo que ibas a decir, empieza a largar —habló Irene.

—Pues, Rodri me ha dicho que quiere volver a verme, y lo hizo esta mañana, antes de acompañarme al taxi que me llevó a mi casa.

—¡Eso es fantástico! Porque a ti te gusta, eso lo tenemos claro todas —le contestó Olivia.

—Pues sí que me gusta. No sé dónde nos llevará todo esto, pero pienso disfrutar el tiempo que nos dure.

—Y haces bien, cariño. No todos los hombres son iguales, y eso tienes que tenerlo claro —sentenció Irene, dándole un abrazo a su amiga.

—Yo también tengo algo que contaros, y sé que os va a encantar —anunció Olivia.

—Uy, por esa cara que estás poniendo y teniendo en cuenta que, cuando te llamé, tus padres estaban contigo, no dudo de que ellos han tenido algo que ver con lo que nos vas a contar —afirmó Ana, riendo.

—Algo que ver, no. Lo han tenido todo, te lo aseguro —dijo Irene, sonriendo.

—¡Me mudo de casa!

—¿Cómo que te mudas? Pero si siempre has dicho que esa casa te encantaba —dijo Ana, sin terminar de entender ese cambio.

—Y me encanta, pero mis padres me han regalado un ático de muerte, con tres habitaciones y un salón en el que cabe mi piso entero…

—¿Cuándo vamos a ir a verlo? —habló Irene, impaciente.

—La semana que viene, cuando me traigan los muebles que hemos comprado hoy. Chicas, os va a encantar: tiene una terraza preciosa, con unas vistas espectaculares…

—Y lo mejor de todo, ya no nos clavaremos el grifo del fregadero cuando nos sentemos en el sofá —dijo Ana, haciendo alusión a lo que había dicho cuando habló con su amiga por teléfono.

—¿Se puede ser más cabrona que tú? —preguntó Olivia, riendo.

—Reconozco que si encuentras a alguien, me superará por poquito. Pero, eso sí, siempre seré tu cabrona favorita —contestó Ana.

Todas rieron y se decidieron a poner la mesa para comer antes de que las hamburguesas se enfriaran, y se pusieron a hacer planes para esa noche. Olivia tenía claro que no quería salir, pero sus amigas, como siempre, terminaron por convencerla.

Mientras que comían, Olivia se dio cuenta de que Ana estaba muy pensativa, como si en su cabeza estuviera planeando algo, pero que no supiera la manera de decirlo. Por ello, en cuanto que Irene se levantó para ir a coger el postre, no dudó en preguntarle.

—Ana, cielo. ¿Te ocurre algo?

—Quería hablar contigo, preguntarte algo, pero me da cierta vergüenza.

—Entre nosotros no hay de eso, así que ya estás largando por esa boquita.

—Estaba pensando que si vas a alquilar tu casa, yo podría ser tu inquilina. Supongo que podemos llegar a un acuerdo económico…

—En cuanto que me lleven los muebles, te puedes mudar. Lo dejaré arreglado, pero ten cuidado cuando te sientes en el sofá; no te vayas a clavar el grifo.

Ana soltó una carcajada, puesto que su amiga se la había devuelto.

Ella continuaba viviendo con sus padres, pues su sueldo no era para tirar cohetes, pero quería independizarse en cuanto que pudiera.

Eso de no tener libertad de movimiento, de entrar y salir cuando y con quien le diera la gana, la traía por la calle de la amargura.

Los padres de Ana eran todo lo contrario a los de Olivia.

Irene no tenía; se había criado con su abuela, que, cuando falleció, le dejó su enorme piso, que era en el que estaban en ese momento.

La controlaban en todo, desde las veces que se duchaba hasta los horarios que tenía en el trabajo.

Por eso, cuando salían de fiesta, solía quedarse a dormir en casa de alguna de sus amigas para no tener que dar explicaciones.

Esa noche fueron a cenar a una trattoria que les gustaba mucho, con la clara intención de ir después a tomar una copa y a bailar un rato. Ana no paraba de darle vueltas a lo del piso, pues su amiga no le había dicho cuánto le iba a cobrar por el alquiler.

En cuanto que estuvieron sentadas en la trattoria, no dudó en sacarle el tema, no de manera sutil, precisamente.

—Olivia, dime cuánto me vas a cobrar de alquiler, porque si piensas que me voy a meter en tu casa sin pagarte nada, lo tienes claro.

—Anita, cariño, no hace falta que me pagues nada; somos amigas y a mí no me va a sacar de pobre, te lo aseguro.

—Como que tú no eres pobre, chica. Pero no, me sentiría mal, como si estuviera ahí de prestado, no la sentiría como mi casa.

—Está bien, si te pones así, me pagas cien euros y te haces cargo de todos los gastos que generes, como luz, agua, comunidad…

—Vamos, estaría bueno que encima tuvieras que pagar tú todos mis gastos. Me parece que me estás ajustando el alquiler a mis necesidades, pero te lo agradezco. No sabes las ganas que tengo de salir de allí.

—Me lo puedo imaginar, eso de vivir eternamente en los quince años tiene que ser horrible —dijo Irene.

—Cariño, no te iba a cobrar nada por el alquiler, pero si te vas a sentir mejor, lo haré, pero no te vayas a pensar que te voy a subir ni un céntimo.

Terminaron de cenar y, justo cuando iban a salir del restaurante, se encontraron con Ricardo y sus dos amigos.

A Rodri se le iluminó la mirada, al igual que a Ana, no tanto a Irene ni a Olivia.

La primera, porque no sabía cómo mirar a su vecino; y ella, porque después de aquel beso se podía esperar cualquier cosa.

—Mira a quién tenemos aquí, a mi vecina más bonita y a sus amigas —dijo Ricardo, como si entre él e Irene no hubiera pasado nada.

—Ya ves, la ciudad no es tan grande como se presumía —contestó Martín, con mucha chulería.

—Ya habló el mudo… —murmuró Olivia, mirándolo con descaro.

—Uy, veo que entre ustedes hay un poquito de tensión… —afirmó Rodri, que no se había separado de Ana.

—¿Ya habéis cenado? —preguntó Ricardo, obviando la mala vibra que había entre su amigo y Olivia.

—Sí, nos vamos a tomar una copa. ¿Por qué? —respondió Irene.

—Porque nosotros también lo hemos hecho y teníamos pensado pasarnos por la discoteca, por si os apetecía venir con nosotros.

—Por mí, no hay problema —dijo Irene.

—Por mí, tampoco —añadió Ana, que vio la oportunidad de seguir junto a Rodri.

—Entonces, nos podemos ir, porque hay mayoría —dijo Martín, ganándose otra miradita de Olivia.