Capítulo 3
Olivia se levantó esa mañana algo melancólica, recordando esa mirada gris que la dejó completamente desconcertada, además de ese beso que le dio antes de subirse al taxi, que la cogió por sorpresa, pero también la dejó con ganas de mucho más.
Ese día iba a comer a casa de sus padres, dos prestigiosos médicos que tenían una clínica propia, pero con quienes Olivia se negó a trabajar, al menos por el momento. Ella quería hacerse un nombre por sí misma, sin que nadie le dijera que estaba donde estaba gracias a la ayuda de sus padres.
Ella vivía en un pequeño apartamento que se compró con el fondo fiduciario que le dejaron sus abuelos maternos, en cuanto que empezó a trabajar, pero que era una cajita de zapatos.
Como decía Irene, tenía la ventaja de que, si le entraba hambre mientras que se duchaba, tan solo tenía que estirar el brazo para abrir la nevera.
Sus padres, por el contrario, vivían en una preciosa casa con jardín y piscina, en la que Olivia creció y vivió hasta que se marchó a la universidad. Aparcó su vehículo en la zona destinada para ello y se dispuso a entrar a su casa.
—Mami, papi, ya estoy en casa —gritó desde la entrada.
—Hija, ¿por qué gritas si estamos en el salón?
—Por eso mismo, porque la última vez que vine y no avisé de mi llegada, os encontré en una situación demasiado amorosa para mis ojos.
Sus padres empezaron a reírse al recordar aquella situación. Olivia estaba en la universidad y no esperaban que regresara a casa hasta ese fin de semana; por eso, se pusieron cariñosos, por no decir eróticos, y cuando ella entró en el salón, se los encontró desnudos y haciendo el amor.
—Hija, ni que tuvieras diez años y te hubieras traumatizado.
—Diez años, no, que tenía casi veintiuno, pero esa imagen me costó borrarla de mi mente durante mucho tiempo.
—Anda, pasa, que tu padre y yo tenemos que contarte algo.
—Miedo me dais cuando me decís esas cosas.
—Lourdes, díselo tú, que seguro que contigo no se enfada…
—Don Enrique Parra, ya estás soltando eso que me tenéis que decir, antes de que entre en cólera.
Olivia se puso las manos en la cintura, como si estuviera enfadada, cuando lo cierto era que, por mucho que lo intentara, jamás había podido enfadarse con ninguno de los dos.
Lourdes y Kike, sus padres, eran de esas personas que respetaban los tiempos y la intimidad de su hija y que jamás le habían impuesto nada; tan solo le explicaban las cosas tal y como eran, aconsejándola de la mejor manera.
—Verás, cariño, esa casa en la que vives nos provoca claustrofobia: no caben más de tres personas en el salón y no queremos que vivas de esa manera —dijo su madre.
—Mamá, fue mi decisión y siempre me habéis respetado.
—Claro que sí, cariño, pero eso no significa que no queramos que vivas mejor. Por eso, tenemos que hacerte un regalo.
—¿Qué regalo?
—Uno de cumpleaños adelantado, porque cuando llegue el día en el que lo celebremos, queremos que sea en el salón nuevo —dijo su padre.
—¿No habréis sido capaces de comprarme una casa?
—Una casa, no, pero un piso de nueva construcción, sí. Tiene tres habitaciones, una terraza preciosa y unas vistas a la sierra que dan gusto verlas —añadió su madre.
—Además, tienen piscina comunitaria —dijo su padre, como si eso fuera algo determinante para ella.
—De verdad, sois de lo que no hay…
—Venga, que ya tenemos las llaves y debemos ir a comprar los muebles, porque con los que tienes en tu casa no rellenas ni la terraza —dijo su madre, negando con la cabeza.
—Digo yo que, antes de comprar nada, tendré que verla y tomar las medidas, ¿no?
—Las medidas ya las tenemos en el plano; no hace falta que midas nada. En cuanto a que quieras verla, no tenemos ningún inconveniente. Eso sí, vamos en tu coche y así luego nos traes a casa —dijo su padre, cogiendo su chaquetón y su cartera.
Salieron de esa casa y se encaminaron a la dirección que le había dado su padre.
Se trataba de una urbanización nueva, con varios edificios de viviendas que tenían muy buena pinta.
Su ubicación era perfecta, porque estaba justo en el centro de la ciudad, porque, aunque era un pueblo, por sus dimensiones no se le podía llamar así.
Se encontraron con muchísima gente que estaba empezando a hacer la mudanza, la mayoría gente joven, parejas con hijos y también gente sola, que ella suponía que eran solteros o separados, y eso le gustó, pues el ambiente se veía genial.
Cuando entró en la que era su casa, se quedó boquiabierta. Se trataba de uno de los dos áticos que había en ese edificio, con un salón en el que cabía su piso actual entero y aún sobraba sitio.
—Es precioso, mamá.
—¿Te ha gustado? —preguntó su padre, emocionado.
—Papá, me ha encantado, pero no sé si debo aceptarlo.
—Vamos a ver, Olivia, eres nuestra única hija. No has consentido que te ayudáramos en el trabajo; de alguna manera te lo tenemos que compensar —le hizo entender su padre.
Ella lo entendía, pero era superior a sus fuerzas, porque ese dinero era suyo y serían ellos quienes tuvieran que disfrutarlo.
Aunque sabía de sobra que sus padres no iban a permitir que ella dijera que no.
Por eso, lo único que le quedaba era darle un abrazo y un beso a cada uno, antes de recorrer todas las estancias de la casa.
Cuando se lo contara a sus amigas, iban a enloquecer, pues en los momentos en que se quedaban a dormir en su casa, una tenía que hacerlo en el sofá, que, por muy cómodo que era, no era lo mismo que hacerlo en una buena cama.
—Aquí quiero poner una habitación de invitados; lo que no sé es si ponerla con dos camas o con una cama doble.
—Lo que tú veas mejor, cariño. Tu padre había pensado en convertir esta otra en una biblioteca. ¿Qué te parece la idea?
—Esa idea también la he pensado yo, en cuanto que la he visto.
—Sabía que te iba a gustar, con lo que te apasiona leer…
Estuvieron hablando de todo lo que tenían que comprar porque Olivia había tomado una decisión: no se traería nada de su antigua casa, nada más que sus enseres personales; el resto del mobiliario y demás lo dejaría para alquilar la casa amueblada.
Junto a sus padres, se dirigió a un centro comercial que, a pesar de ser un día festivo, se encontraba abierto, en busca de todo lo que necesitaba, desde muebles hasta enseres del hogar. De repente, tenía la necesidad de comprarlo todo nuevo.
Para ella, era como si el destino le estuviera diciendo que empezaba una vida nueva, y ella se lo había tomado al pie de la letra.
En el dormitorio principal, que tenía el baño integrado, también había un precioso vestidor, pero era como un lienzo en blanco, pues no tenía ni organizadores de cajones ni nada parecido, y eso también había que vestirlo.
Pasaron todo el día allí, comprando muebles y demás cosas, en una de esas cadenas internacionales, y quedaron en que se los llevaría el martes de la semana siguiente, por lo que ella se tomaría dos o tres días libres para dejarlo todo organizado antes de mudarse definitivamente.
Justo cuando estaban llegando a casa de sus padres, de vuelta, recibió una llamada de Ana, que se había marchado la noche anterior con Rodri, uno de los amigos de Martín, y seguro que quería contarle lo maravillosa que había sido la experiencia.
—Amiga, ¿nos vemos esta noche en casa de Irene?
—¿Por qué no en mi casa?
—Hija, porque si te sientas en el sofá del salón, te clavas el grifo del fregadero en la nuca.
Lourdes, que todavía continuaba en el coche de su hija, pues quería decirle algo antes de marcharse, soltó una carcajada que resonó en todo el vehículo y que contagió a su hija.
—¿Lo ves? No soy yo la única que piensa eso —dijo su madre.
—Mamá, por favor, sigue siendo mi casa, en la que vivo.
—Bueno, dejad los dramas familiares para cuando yo cuelgue la llamada y hazme caso. ¿Te viene bien o no? —dijo Ana, zanjando la polémica.
—Está bien, nos vemos allí en una media hora.
—Que sean cuarenta minutos, y así te subes unas hamburguesas de esas que nos gustan tanto.
—Desde luego, como si no pudiéramos hacer un pedido a domicilio.
—Claro que podemos, pero tardaría mucho más en llegar, además de que te coge de camino…
—Vale, vale, que encima, me dirás que no quiero llevarlas por no gastarme el dinero.
—Uy, qué mentirosa, ni que yo te hubiera dicho algo así alguna vez.