Un vecino con derecho a roce Capítulo 2
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Capítulo 2

Martín tenía treinta años y era arquitecto. Era padre de un niño de dos años, Héctor, fruto de una relación fallida que le había marcado para siempre.

Cuando Martín conoció a Rocío, ambos tenían veinte años y estaban a mitad de carrera: él, de arquitectura; ella, de cirugía plástica.

Todo era tan idílico que, en cuanto que terminaron la carrera y él empezó en el despacho de su padre, no dudó en pedirle que se fueran a vivir juntos, y ahí empezó el calvario.

Mientras Martín se pasaba los días trabajando, ella se los pasaba durmiendo ya que por las noches seguía saliendo de fiesta con sus amigas, llevando la misma vida que cuando no tenía pareja. Si antes no lo había hecho, era porque quería y debía estudiar para no perder la beca.

En cuanto que la terminó, en vez de buscar trabajo, se dedicó a vivir la vida. Según ella, cuando Martín le propuso que se fueran a vivir juntos, lo hizo con todas las consecuencias, que no eran otras que mantenerla y darle todos los caprichos.

La cosa empeoró cuando se quedó embarazada, ya que las broncas eran constantes y siempre por el mismo motivo. Seguía saliendo de fiesta igual, seguía bebiendo y no se estaba cuidando; es más, para que Martín no le dijera nada, este se enteró del embarazo cuando ya estaba casi de dieciséis semanas.

—He cogido cita con el ginecólogo, así que levántate de la cama y date una ducha, que apestas a alcohol —le dijo Martín una mañana.

—No me pienso levantar todavía; además, deberías de saber que una mujer embarazada necesita descansar.

—Pues no te hubieras ido de fiesta. Levántate, o te prometo que te llevo a la consulta médica tal y como estés, y sabes que no te estoy vacilando.

—No entiendo esa prisa que te ha entrado ahora, así, de repente.

—Lo que yo no entiendo es que te hayas saltado todas las revisiones del primer trimestre y que lo hayas hecho a propósito.

—Chico, es que te pones muy pesado con todo.

—¡Es la salud de mi hijo, por el amor de Dios! ¿Cómo quieres que no me ponga pesado?

—Vale, vale, que me duele la cabeza y no tengo ganas de seguir escuchando reproches. Dame una hora para que me arregle.

—Tienes quince minutos; no pienso permitir que se nos pase la hora de la consulta.

Martín salió de aquella habitación, que ya no le parecía ni la suya, y se sentó en el salón, a esperar a que Rocío saliera del baño.

Se habían ido a un pequeño apartamento de dos habitaciones, propiedad de la familia de Martín, que tenían pensado cambiar en cuanto terminaran el edificio que estaban construyendo.

La consulta fue bien, sobre todo teniendo en cuenta las barbaridades que esa mujer había hecho mientras estaba embarazada. Era un niño y todo estaba bien, pero el ginecólogo le aconsejó que no siguiera con el mismo ritmo de vida, que tan solo eran unos meses.

A Martín le costó convencerla de que se calmara un poco, de que no le decía que no saliera con sus amigas, ni a comer ni a cenar, pero sí que evitara los excesos que había tenido hasta ahora.

Ella le dijo que si quería que eso fuera así, tendría que pasar más tiempo en casa, pues lo extrañaba y se aburría.

—Está bien, hablaré con mi padre por si puedo trabajar desde aquí.

—¿No tienes la independencia suficiente como para decidir desde dónde vas a trabajar?

Otra bronca con ella y, por consiguiente, otra con su padre, que no entendía por qué tenía que hacer eso y trabajar desde su casa. A Ismael, el padre de Martín, nunca le había caído bien Rocío, y no era por la diferencia de clases sociales, ni mucho menos, pues eso no era importante para él.

Lo que le dolía era ver a su hijo convertido en un muñeco de trapo en sus manos, que no fuera capaz de dar un golpe encima de la mesa y sentar las bases de una relación seria, y no era la primera vez que se lo decía.

—Martín, si sigues haciendo lo que ella quiere, terminarás anulado por completo.

—Papá, está embarazada y me necesita a su lado.

—Hijo, no quiero meter el dedo en la llaga, pero lleva cuatro meses en ese estado y no ha dudado en ocultarlo para seguir saliendo de fiesta cuando le apetece.

Martín sabía que su padre tenía razón, pero no podía dársela, y eso que no conocía todos los detalles de sus salidas; si lo supiera, él mismo la pondría de patitas en la calle.

No es que Martín se dejara influir por la opinión de sus padres, pero es que había llegado un momento en el que ya no podía más.

Aguantaría hasta que naciera el niño, que sería el momento en el que hablaría seriamente con Rocío; si no era capaz de cambiar y dejar atrás esa vida, lucharía por la custodia de su hijo y terminaría con aquella relación.

Y había llegado el día en el que nació Héctor.

Para no variar, Rocío se puso de parto en una cena con las amigas, que fueron quienes la llevaron al hospital.

Cuando avisaron a Martín, el niño ya casi estaba en el mundo porque no se marcharon en cuanto tuvo las primeras molestias, sino que esperaron hasta que ya no pudo aguantar más.

Martín entendió que no iba a cambiar nunca, y que su hijo le importaba una mierda.

Se dio cuenta en cuanto le dijo al doctor que quería que él recetara las pastillas para la retirada de la leche, puesto que si alimentaba así al niño, tendría que seguir sin poder tomarse una copa y estaría pensionada durante toda la lactancia.

Ni siquiera se dignó a pedir que le pusieran al niño en brazos; toda su conversación giraba en torno a que tenía que ir al gimnasio lo más pronto posible para recuperar su figura, o bien que toda la ropa que tenía no le serviría y se convertiría en la gorda de su pandilla.

—Rocío, quiero que te marches de casa; lo nuestro se ha terminado —le dijo Martín, en un arrebato.

—¿Te piensas que me voy a ver en la calle con un niño recién nacido? Eso no te lo crees ni tú.

—¿A qué te estás refiriendo?

—A que no pienso cargar con un niño que no he buscado y que me cortaría toda mi libertad.

—Por el niño, no te molestes, que yo me haré cargo. En cuanto a ti…

—Si quieres quedarte con la custodia del niño o pretendes que renuncie a él, tendrás que darme algo a cambio.

—¿Cuánto quieres?

—Lo suficiente para poder comprarme una casa y montar mi propia consulta.

—Estás loca si crees que voy a ceder en eso…

Justo cuando Martín terminaba de decir esas palabras, Ismael, que lo había oído todo, intervino de inmediato, dejando a su hijo completamente anonadado.

—Yo te daré lo que pidas, eso sí, no te volverás a acercar ni a mi nieto ni a mi hijo. Su madre y yo lo ayudaremos a criarlo.

—Entonces, ya sabes lo que he pedido, y espero tenerlo antes de que me den el alta, o no volveréis a ver al niño.

Ismael llamó de inmediato a su abogado y le encargó que redactara la renuncia, así como la cantidad que se le entregaría a modo de compensación por el embarazo; no quería dejar ni un solo fleco suelto.

Un par de horas después, Rocío firmaba ese acuerdo mientras que el padre de Martín hacía la transferencia bancaria.

—Como ya está todo listo y el niño no tiene que permanecer en el hospital, hablaré con el doctor para llevarlo a casa —le dijo Ismael a su hijo.

—Gracias, Martín, porque me hiciste un hijo que no deseaba, pero que me ha solucionado el futuro.

—No entiendo cómo una madre puede actuar así, tan solo espero que, cuando pase el tiempo, no te arrepientas de esto.

Martín cogió al niño en brazos y le dio el biberón.

Era igualito a él; tenía el mismo pelo negro y los mismos ojos grises.

No podía garantizar que Rocío no le hubiera sido infiel, pero lo que tenía claro es que ese era su hijo; hasta tenía el mismo hoyuelo en la barbilla, tan característico de los Villar.

Su padre entró minutos más tarde, con el alta del niño en la mano y la renuncia de Rocío en la otra, para llevarse a su hijo y a su nieto de vuelta a casa. Por fin se habían podido librar de ella, y quería ver a su hijo sonreír como cuando lo hacía antes de conocerla a ella.

Ni qué decir tiene que su madre se volvió loca con ese niño y, desde ese momento, empezaron a vivir ahí hasta que llegara el momento de la entrega de llaves de su nueva casa.