Un vecino con derecho a roce
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Capítulo 1
Olivia era una chica preciosa, de veintisiete años, que trabajaba como dentista en una clínica privada.
Junto a sus amigas, Irene y Ana, vivía una vida típica de una mujer de su edad.
Ellas no creían en el amor, bueno, eso no es del todo cierto, porque Ana sí que creía, pero pensaba que todos los amores eran como los de los libros que le gustaba leer.
—¡Esta noche, fiesta! —exclamó Irene, en cuanto que sus amigas contestaron a la videollamada que habían hecho.
—¿Con el frío que hace? —preguntó Olivia.
—Chica, pues te abrigas y listo. Esta mañana, Ricardo, mi impresionante vecino, me ha dado entradas para la inauguración de su nueva discoteca.
—Entonces, no digas más. Vamos a ir porque Ricardito estará allí… Hija, no entiendo por qué no te tiras a la piscina con ese hombre de una vez —le dijo Ana.
—¿Será porque veo cómo van pasando una tras otra por su casa?
—Eso tampoco es tan malo, Irene, ni que tú quisieses casarte con él —contestó Oliva.
—No, no me quiero casar con él, pero tampoco quiero cruzarme con él por las escaleras ni que la situación se vuelva incómoda para cualquiera de los dos.
—¿Más incómoda de lo que ya es? Porque, chica, no me negarás que la tensión sexual que hay entre vosotros no lo es. Si, cuando estáis en la misma habitación, se puede cortar con un cuchillo —apostilló Ana.
—Por supuesto que no te lo voy a negar, cuando además me lo ha insinuado en un par de ocasiones. Pero prefiero que sea así a que a mi mente vuelvan las imágenes de los dos en la cama en cuanto que nos crucemos en el edificio.
—Entonces, no es por lo que has dicho antes, tan solo quieres protegerte de tus sentimientos —continuó Ana.
—¿De qué coño hablas? Yo no tengo sentimientos por ningún tío, y creo que no los tendré nunca.
—Como ninguna de nosotras, al menos yo —añadió Olivia.
Continuaron hablando un buen rato hasta que Irene consiguió convencer a sus amigas de que acudieran a la inauguración. Por suerte, al día siguiente era puente, ya que el viernes era festivo, así que no tendrían que madrugar, aunque Olivia estaba de guardia ante alguna posible emergencia.
El trabajo de Olivia era de lunes a viernes, de nueve a tres de la tarde, siempre en el mismo turno, pero algunos fines de semana o festivos, le tocaba estar de guardia. Eso no significaba que tuviera que estar en la clínica, pero sí que tuviera que estar localizada cuando estaba en esta situación.
Olivia tenía que estar de guardia ese fin de semana, excepto el día de puente, que le tocaba a otro compañero. Al menos, esa noche podría beberse alguna copa, porque si hubiera sido al día siguiente, tendría que llevar el pinganillo en la oreja y no tomar nada más que refresco o agua.
A pesar de que el frío ya se hacía notar, pues estaban a primeros de noviembre en la sierra de Madrid, Olivia no quería abrigarse demasiado, ya que, después, en la discoteca, entre la gente y los bailes, pasaría calor.
Eso estaba demostrado, por lo que se plantó delante del armario a ver qué se ponía esa noche.
Al final, se decantó por una camisa de gasa en color negro, con un escote en V bastante pronunciado, y que tenía unos brillitos muy sutiles, que aportaban elegancia sin parecer una bola de discoteca.
Por abajo, eligió unos pantalones pitillos, también negros, que le quedaban como un guante y que le hacían una silueta preciosa.
Todo eso lo complementó con unos botines de tacón alto en color rojo, al igual que su abrigo.
Para ella, el lema «Antes muerta que sencilla» era el summum de sus noches de fiesta.
Una coleta alta que recogiera su melena negra, unos buenos pendientes y un labial rojo, además de un ahumado en los ojos y su máscara de pestañas, y ya estaba lista.
Terminó de arreglarse, justo cuando sus amigas le enviaron un mensaje de que se encontraban cerca de su edificio, en un coche de Uber, porque, cuando nos íbamos de fiesta, ninguna de nosotras quería coger el coche, y preferíamos que nos llevaran y nos trajeran.
—¡Toma ya, pedazo de bellezón! —exclamó Irene al verla llegar.
—Esta noche, ligas, amiga —continuó Ana.
—Sí, sí, ligamos un resfriado, porque no veas el frío que tengo.
—Yo me maquillé los labios en un tono rosado, pero ya están adquiriendo un color morado intenso —dijo Ana, señalándose los labios.
—Mira que sois exageradas, ni que estuviéramos bajo cero —negaba Irene con la cabeza.
—Si estuviéramos bajo cero, iba a salir de mi casa un guardia vestido de gitano, porque yo no —dijo Olivia, provocando la risa de todas sus amigas; hasta el chófer soltó una carcajada por la manera en que lo dijo.
Cuando llegaron a la discoteca, había una cola para entrar que daba la vuelta a la esquina. En cuanto que Olivia lo vio, se volvió hacia sus amigas, en especial hacia Irene, que era la que había insistido.
—Yo no pienso aguantar esa cola, por mucho que Ricardo esté esperando. Vamos, como si estuviera el Papa ahí adentro.
—Tranquila, que está todo controlado.
Irene sacó su móvil y tecleó algo; minutos después, ya tenían a Ricardo en la puerta para decirle al portero que las dejara pasar.
Antes de ir a la inauguración, fueron a cenar a un restaurante cercano para no tener que esperar al conductor y que pudiera marchar a su casa o a otro servicio; desde allí, dieron un paseo hasta la discoteca.
—Ya están aquí las mujeres más bonitas de toda la fiesta —dijo Ricardo, haciéndoles un escáner a las tres, pero en especial, a Irene.
—Chico, nos podías haber dicho que la gente iba a venir tan arreglada, que ahora parecemos las primas pobres de la Cenicienta —le dijo Olivia.
—Venga ya, si estáis ideales. Vosotras no necesitáis nada para estar estupendas. Anda, pasad conmigo, que tengo un reservado listo para mis amigos más íntimos…
—Pues como hayas metido ahí a todas tus «amigas» que has conocido íntimamente, va a parecer ese reservado la carpa de un circo —dijo Ana, como quien no quiere la cosa, haciendo que Ricardo se doblara de la risa.
—Cariño, esas son follamigas, no amigas íntimas —le contestó, sin parar de reír.
En el momento en el que llegaron al reservado, se encontraron con que había como unas diez personas, todas del círculo más cercano del propietario, entre ellos, sus amigos de toda la vida.
Oliva no pudo evitar fijarse en un hombre en concreto, alto, moreno, con una nariz recta y unos ojos grises que te traspasaban el alma. Cuando sus miradas se cruzaron, a la hora de que Ricardo los presentara a todos, Olivia fue incapaz de apartar la mirada.
Estuvieron allí charlando, bebiendo y bailando hasta bien entrada la madrugada, cuando decidieron dar por concluida la noche. Irene decidió marcharse con Ricardo, que, por sorprendente que fuera, no iba acompañado de ninguna mujer.
Ana, que hizo buenas migas con Rodri, uno de los amigos de la infancia de Ricardo, se marchó con él, pero no con la intención de que la acompañara a su casa; más bien, llevaba la intención de que la acompañara en el desayuno, o que se la desayunara a ella, lo cual también podía ser, y Olivia estaba segura de que lo conseguiría.
Mientras que ella se tendría que marchar sola, en un taxi, pues no iba a pedir un Uber para ella sola. Esperaba que ese buenorro de Martín, que así se llamaba el hombre en el que se había fijado, la acompañara, pero el tiro le salió por la culata.
—Te diría de acompañarte a tu casa, pero lo cierto es que vivo a dos minutos de aquí.
—Uy, no te preocupes, que yo sé irme sola. Tampoco he bebido tanto como para no saber dónde vivo.
—¿Por qué te has puesto así de borde? ¿Acaso tenías otros planes?
—Si hubiera querido algo contigo, ten por seguro de que ya estarías en posición horizontal.
—Joder, vaya seguridad la tuya. Das por hecho que me gustas y que iba a estar dispuesto a todo contigo.
—No doy por hecho nada, pero hombres como vosotros sois más simples que el mecanismo de un botijo.
Martín soltó una carcajada por la manera en la que lo había dicho. Lo cierto es que esta mujer le gustaba mucho y, por eso, cuando alguien lo cautivaba de esa manera, huía como la peste. Ya había tenido una mala experiencia con el amor y no pensaba volver a pasar por algo así.
La acompañó hasta el taxi y, cuando ya estaba a punto de despedirse, sin saber si la volvería a ver o no, no pudo reprimir la tentación de hacer una cosa: cogerla de la cintura y besarla, hasta el punto de dejarle las piernas temblando.
—Que pases un buen fin de semana, Olivia.
—Igualmente, Martín.