Un vaquero Timido Capítulo 84 El anuncio
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Capítulo 84 El anuncio

Unos minutos después, Ray salió despacio de la habitación de recuperación.

Toda la familia seguía esperando en el pasillo, entre tazas de café frío y rostros cansados pero expectantes.

En cuanto escucharon el pestillo de la puerta y lo vieron aparecer en el umbral, todos se pusieron de pie casi al mismo tiempo.

John fue el primero en dar un paso al frente y romper el silencio.

—¿Cómo está, hermano? ¿Logró despertar bien? Ray no respondió de inmediato; llevaba una sonrisa imposible de ocultar dibujada en el rostro.

Vicky, que conocía a su hijo mejor que nadie en el mundo, entrecerró los ojos con viva curiosidad maternal. —Esa cara no es de simple alivio, Ray Petersen... ¿Qué hiciste allá adentro?

Ray respiró hondo, acomodándose el sombrero que llevaba en la mano, y miró a cada uno de los miembros de su familia. —Sara aceptó casarse conmigo.

Durante un segundo entero hubo un silencio en el pasillo del hospital.

Después... —¡¡¡¿QUÉ?!!! —gritaron varios al mismo tiempo, retumbando en las paredes.

Mónica fue la primera en dar un brinco de emoción y lanzarse a abrazarlo por el cuello, casi tirándole el sombrero al suelo. —¡Lo sabía! ¡Sabía que detrás de esa facha de vaquero callado eras un romántico empedernido!

John soltó una carcajada que contagió a los presentes y le dio un fuerte golpe amistoso en el hombro. —¡No lo puedo creer! ¡Al fin hiciste algo mucho más rápido que yo en esta vida, hermanito!

Luke sonrió con complicidad, guiñándole un ojo a Mónica. —Pues parece que pronto habrá otra gran boda vaquera que organizar en la familia.

Vicky comenzó a llorar, esta vez de pura felicidad, y abrazó a Ray con todas sus fuerzas, pegando el rostro a su pecho. —Mi niño hermoso... Encontraste a la mujer indicada para ti.

Jandy sonrió emocionada, secándose las lágrimas con un pañuelo. —Y además tendrás a una nuera maravillosa en el rancho…

Hasta Frank, el patriarca que pocas veces demostraba sus sentimientos en público, se aclaró la garganta con fuerza antes de hablar, acomodándose el cinturón.

Con una leve pero sincera media sonrisa en los labios sentenció: —Bueno... pues parece que a primera hora del lunes habrá que empezar a medir el terreno para construir otra casa en el rancho.

Las risas y el bullicio llenaron el pasillo del hospital por primera vez desde que aquella terrible pesadilla del secuestro había comenzado.

Y, detrás de la puerta de la habitación, recostada en la cama de hospital y con la mano sobre el pecho, Sara escuchaba con una ternura el alboroto de esa familia numerosa que, sin haberlo planeado, ya sentía completa y suya.