Capítulo 80 La cabaña
Dentro de la cabaña, Sara inmóvil sobre la cama de resortes. Las lágrimas seguían deslizándose silenciosas por sus mejillas, cada segundo que pasaba parecía una eternidad.
De pronto, la puerta de la habitación volvió a abrirse de par en par. Jordan entró con una sonrisa cínica que a Sara le congeló la sangre. Se quedó observándola durante unos instantes. —Mírate nada más... Siempre tan bonita, Sara.
Ella giró el rostro con desprecio, negándole la mirada. Él dejó escapar una risa desalmada. —Creo que debería irme despidiendo de ti. No sé si vuelva a verte en esta vida.
Sara sintió un nudo en la garganta. —Jordan... Todavía puedes detener esto a tiempo.
Él negó lentamente con la cabeza, con la mirada perdida. —Ya no. Todo esto es culpa tuya, ¿sabes?
Sara abrió los ojos, impactada por su descaro. —¿Mía? ¿De qué estás hablando?
Jordan comenzó a alterarse visiblemente, alzando la voz: —¡Sí! ¡Si no me hubieras dejado y te hubieras quedado a mi lado como debías, nada de esto estaría pasando!
Sara no podía creer la barbaridad que estaba escuchando de sus labios. —Me dejaste porque te encontré en la cama con Luiza. No fue mi culpa.
Jordan perdió el control de sí mismo. —¡CÁLLATE! El violento grito resonó con eco en toda la habitación. Sara dio un pequeño respingo de pavor. Jordan respiraba paseándose de un lado a otro. —Todo esto... —Se señaló el pecho con rabia—. ¡Todo esto es por nuestro propio bien!
Ella negó con la cabeza, mirándolo a los ojos. —No. Solo es por ti.
Él soltó una carcajada amarga. —No entiendes nada de la vida real. —Se acercó un par de pasos a la cama—. ¿Sabes qué? Ya hice exactamente lo mismo con Luiza, ella si solo era un pasatiempo, pero tu decidiste dejarme, por eso empecé a jugar…. Merecía lo que ahora tiene por zorra….
Sara sintió que el corazón dejaba de latirle en el pecho por un instante. —¿Qué...?
Jordan sonrió con una frialdad que le deformó el rostro. —La entregué a ellos. Y me perdonaron una buena parte de la deuda.
Sara sintió náuseas en el estómago. —Eres un auténtico monstruo...
Jordan se encogió de hombros con indiferencia. —Las mujeres... al final solo sirven para eso.
Sara rompió a llorar de nuevo, jamás en siete años imaginó que el hombre con quien había compartido su vida pudiera esconder semejante maldad por dentro. Jordan se acercó a la cama dispuesto a decir algo más.
Entonces...
¡CRASH!
Un golpe fuerte de madera rompiéndose resonó en la entrada principal de la cabaña. Jordan se volvió sorprendido, mirando hacia el pasillo. Después sonrió con descaro. —Vaya... Qué rápido llegaron, creí que tendría tiempo de despedirme una vez mas, antes de que no sirvas para nada…
Caminó hacia la entrada creyendo que se trataba de las personas con las que había negociado por teléfono.
Giró la perilla. La puerta apenas alcanzó a abrirse un par de centímetros cuando... ¡PUM!
El puño de John impactó de lleno en su rostro con fuerza. Jordan salió despedido hacia atrás, cayendo de espaldas sobre el suelo. —¡Eso es por haberle puesto una sola mano encima a Sara! —gritó John fuera de sí mientras se lanzaba encima para inmovilizarlo.
Los dos comenzaron a forcejear en el suelo de madera, intercambiando golpes. Al mismo tiempo...
Ray atravesó la casa corriendo. —¡Sara! ¿Dónde estás? Ella levantó la cabeza. Los ojos se le llenaron de lágrimas de emoción. —AQUÍ ¡Ray!
Él llegó a la habitación, se dejó caer de rodillas junto a la cama y comenzó a desatar las cuerdas con sus manos temblorosas. —Ya pasó, mi amor... Ya estoy aquí contigo.
Las manos le temblaban de rabia y nervios, pero por fin logró liberar sus muñecas y tobillos.
Sara intentó incorporarse de golpe, pero un gemido de dolor escapó de sus labios.
Las piernas no le respondían por el entumecimiento. Además del golpe en el rostro, tenía moretones visibles en los brazos por la fuerza con que Jordan la había sujetado.
Ray la sostuvo en el aire antes de que pudiera caerse. —No... No pudo terminar la frase. La estrechó contra su pecho con fuerza. Sara escondió el rostro en su cuello, respirando su aroma, y rompió en un llanto de alivio. —Pensé... Pensé que no ibas a encontrarme jamás, Ray...
Besó su frente, apretando los ojos. —Nunca iba a dejar de buscarte. Jamás en la vida. La levantó con cuidado en brazos como si fuera el tesoro más valioso del mundo. Ella rodeó su cuello con las pocas fuerzas que le quedaban.
Mientras tanto, en la entrada de la casa... John seguía intercambiando golpes con Jordan sobre el suelo. —¡Cobarde! ¡Maldito cobarde de porquería!
Jordan consiguió incorporarse como pudo y lanzó un puñetazo. John lo esquivó con agilidad y volvió a golpearlo con dureza en el estómago, dejándolo sin aire.
Ray pasó junto a ellos cargando a Sara en brazos. —¡John! ¡Vámonos de aquí ya! John asintió con la cabeza sin dejar de vigilar a Jordan, que se retorcía en el suelo.
Ray abrió la puerta de la camioneta y acomodó cuidadosamente a Sara en el asiento del copiloto. Le colocó el cinturón de seguridad con delicadeza. Ella seguía temblando.
Ray tomó el radio de comunicación de alta potencia que siempre llevaba en el vehículo y llamó a la central de emergencias. —Aquí Ray Petersen. Necesitamos apoyo policial e intervenciones médicas en la vieja cabaña de la carretera hacia Midland.
Hay una víctima de secuestro recuperada y el sospechoso continúa en el lugar. Repito, necesitamos unidades de la policía ahora mismo.
La respuesta de la operadora llegó casi al instante: —Recibido, señor Petersen. Las patrullas del sheriff ya van en camino a toda velocidad.
Ray respiró con alivio. Estaba a punto de bajar para ayudar a John cuando escuchó el rugido de un motor acercándose a gran velocidad.
Una camioneta negra sin placas apareció levantando una enorme nube de polvo por el camino de tierra.
Ray sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No sabía quiénes eran, pero recordó de golpe la espeluznante llamada telefónica de Jordan.
—¡John! —gritó Ray con todas las fuerzas de sus pulmones—. ¡Vienen más! ¡Súbete ya! no necesitó una segunda advertencia.
Le dio una última patada a Jordan, haciéndolo caer nuevamente al suelo, y corrió a prisa hacia la camioneta. Jordan intentó levantarse del camino, arrastrándose: —¡No! ¡No se vayan! ¡Regresen, malditos!
Pero Ray ya había encendido el motor. John saltó al asiento del copiloto de un movimiento.
Pisó el acelerador a fondo. Las ruedas traseras levantaron piedras y polvo mientras la camioneta abandonaba el lugar a toda marcha.
Por el espejo retrovisor, Ray vio a Jordan de pie en medio del camino desierto, gritándoles desesperado a la nada, mientras la camioneta negra se detenía justo frente a él en la cabaña.
Ninguno de ellos sabía quiénes viajaban en aquel vehículo ni qué pasaría con Jordan.
Lo único verdaderamente importante en ese momento era una sola cosa: Sara estaba viva, a salvo, y ya estaba de vuelta con ellos