Capítulo 78 Llamen a la policía
La feria seguía llena de música, risas y niños corriendo entre los puestos de juegos y puestos de comida.
Ray acababa de descargar las últimas cajas de material deportivo en el gimnasio de la escuela cuando notó un tumulto de personas cerca de la entrada principal. Frunció el ceño. Algo en el aire no estaba bien.
Comenzó a caminar a paso rápido hacia el grupo, a cada paso que daba, escuchaba voces cada vez más desesperadas. —¡Llamen al sheriff de inmediato!
—¡Traigan una ambulancia, la señora cayó mal!
—¡Ayuden a la señora Morgan!
El corazón de Ray comenzó a acelerársele en el pecho, cuando llegó al lugar, vio a Adam arrodillado junto a su abuela en el suelo.
La señora Morgan tenía un golpe en el brazo y el vestido cubierto del polvo de la calle. Adam la ayudaba a incorporarse con cuidado.
—Abuela, despacio... No intentes levantarte sola todavía.
Ray se abrió paso entre la gente que rodeaba la escena. —¿Qué pasó aquí, Adam?
Adam levantó la vista. La mirada de rabia en sus ojos bastó para que Ray sintiera un terrible mal presentimiento. —Ray... —Adam respiró hondo antes de soltar la bomba—: Un tipo golpeó a mi abuela y se llevó a Sara.
El mundo alrededor de Ray pareció detenerse en un segundo. —¿Qué...? ¿De qué hablas?
Adam habló de prisa, con la voz entrecortada: —Un hombre vino a buscarla... Discutieron fuerte. Mi abuela intentó meterse para defender a Sara y la empujó al suelo. —Miró a la anciana —. La empujó sin miramientos... Y después golpeó a Sara para subirla a la fuerza a un automóvil.
Ray sintió que la sangre se le subía a la cabeza con furia. —¿Quién fue? —preguntó entre dientes.
—le decía Jordan —respondió la señora Morgan con la voz temblorosa por el susto y las lágrimas—. Era... era ese muchacho del que Sara tenía tanto miedo, creo que es su exnovio con el que se iba a casar…por el que se vino a vivir aquí.
Ray apretó los puños con fuerza. Sin decir una sola palabra, dio media vuelta y echó a correr a toda velocidad hacia la salida. —¡Ray! ¡¿A dónde vas?! —gritó Vicky al verlo pasar hecho una furia
Pero él ya no escuchaba nada, solo tenía un pensamiento fijo en la mente: encontrar a Sara y destruirlo si le había tocado un solo cabello.
Llegó corriendo hasta su camioneta estacionada a la orilla del recinto. Las manos le temblaban tanto por la adrenalina que tardó varios segundos en introducir la llave en la ranura.
Cuando por fin encendió el motor con un rugido, una voz lo detuvo de golpe. —¡Ray! ¡Espera!
Era John, que venía corriendo a toda prisa hacia él. Abrió la puerta del copiloto y se subió de un brinco. —¿Qué demonios pasa? Toda la feria está hecha un caos.
Ray apenas podía respirar, acelerando el motor. —Se llevaron a Sara, Sube …John.
John quedó inmóvil por un segundos. —¿Qué? ¡¿Quién?!
—Jordan. Fue ese infeliz con el que iba a casarse antes… John cerró la puerta de golpe.
—¡Arranca ya! ¡Vamos! La camioneta salió quemando llanta y levantando una enorme nube de polvo sobre el camino.
Durante varios minutos recorrieron la carretera principal del pueblo sin un rumbo fijo ni claro, Ray golpeó el volante con frustración.
—¡Maldita sea! ¡No sé adónde va a llevarla ese infeliz!
John intentó mantener la cabeza fría y pensar con rapidez. —Espera... Tranquilízate. —Sacó su teléfono del bolsillo—. Voy a llamar a Cristian de inmediato.
Ray asintió apretando los dientes, sin apartar la vista del asfalto, John marcó el número de su primo, y la llamada fue contestada al segundo tono. —¿Bueno?
—¡Cristian! Soy John. ¡Se llevaron a Sara! Al otro lado de la línea se hizo un silencio.
—¿Qué dices, John? ¿Cómo que se la llevaron?
—Jordan. La secuestró a la fuerza en plena feria escolar.
La respiración de su primo se volvió agitada al instante. —Estoy en la clínica con Emily. Espera un segundo.
Se escuchó el ruido del teléfono moviéndose a prisa y, un segundo después, la voz de Emily entró en la llamada. —¿John? ¿Qué está pasando?
John habló de prisa: —Emily, necesitamos que nos digas si sabes dónde vive o a dónde podría llevarla Jordan.
Durante unos segundos, solo se escuchó la respiración de la joven al otro lado de la línea. Emily comenzó a llorar. —No... No puede ser verdad... Dios mío...
Cristian la tomó por los hombros para contenerla. —Emily, mírame. Necesitamos esa dirección. Ella cerró los ojos intentando serenarse, aunque las lágrimas le seguían cayendo por las mejillas.
—Sí... —respiró profundamente—. Él tenía un departamento en las afueras de San Ángelo... En una casa blanca junto a una vieja gasolinera abandonada. Pero... —le temblaba la voz.
John sintió cómo se le hundía el estómago. —¿Pero ¿qué, Emily?
Emily se secó las lágrimas con el dorso de la mano, haciendo un esfuerzo enorme por recordar.
—Esperen... Su madre me dijo una vez que su familia conservaba una cabaña privada de cacería en la carretera vieja hacia Midland, es un lugar solitario está a unas horas de aquí por la carretera estatal, es una casa verde…desolada
Cristian abrió los ojos al escucharlo. —Emily... ¿estás segura?
Ella asintió. —Sí, estoy segura, la usaban los fines de semana para ir de cacería.
John miró a Ray al volante. —¡Ya tenemos un lugar hacia dónde ir! Por favor llamen a emergencias el Sheriff nos podrá ayudar…
Ray giró el volante con fuerza brusca en el siguiente cruce, la camioneta cambió de dirección derrapando sobre la grava.
El motor rugió mientras aceleraba a sobre la carretera vieja.
Emily seguía al teléfono, llorando.
—Por favor, Ray... —su voz se quebró—. Tráiganla de vuelta sana y salva...
Cristian tomó el teléfono para calmarla. —John, escúchame. Voy a avisar al sheriff y a las patrullas. No vayan a hacer ninguna locura solos.
John soltó una risa amarga, mirando a su hermano al lado. —Conociendo a mi hermano...no cuentes con ello mejor apresúrate para que no sea algo de lo que después nos podamos arrepentir…
Miró el rostro de Ray: tenía la mandíbula apretada por la furia y los ojos fijos en el horizonte con frialdad, las manos aferraban el cuero del volante con fuerza, capaz de romperlo.
John terminó la frase en voz baja: —...creo que ya es demasiado tarde para pedirnos que no hagamos locuras.
La camioneta devoraba kilómetros a toda velocidad mientras el sol comenzaba a ocultarse lentamente en el horizonte de Texas, por primera vez en mucho tiempo, Ray no sentía temor por su propia seguridad.
Solo tenía un pensamiento ocupando su mente: llegar a tiempo antes de que ese desgraciado le hiciera más daño a Sara